Una tarde, dejó sobre mi mesa uno de esos papelitos con nota que solía pasarme. “Dios ha muerto (Nietzsche)”. Al día siguiente le pasé yo otra en la que escribía: “Nietzsche ha muerto (Dios). Mi afirmación resulta evidente… ¿la tuya?”.
El pasaje no es literal, pero es lo que ha quedado en mi memoria de la lectura de varios libros de José Luis Martín Vigil que leí (varias veces alguno) en la década de los 70. Supongo que leer de nuevo estos textos podría llevarme a revisar las sensaciones que me dejaron, a reconocer trasfondos ideológicos hijos de su tiempo y de la biografía del autor que hoy quizá me causarían incomodo… Y por eso no voy a hacerlo.
Con tres años yo era capaz de leer un periódico del revés, lo que probablemente no tiene gran mérito dado que mi madre había sido maestra antes de casarse. Pero no albergo dudas de que el orgullo con que mi abuelo “me mostraba” a cada visita que llegaba a su casa fue decisivo para que mi afición a la lectura se consolidara.
A los nueve años y con dos amigos, ya me hice cargo de la biblioteca del colegio. Pocos años después llegué a leer quince libros en una semana, la mayoría de pequeño formato (tengo que reconocerlo), pero con la lectura rápida de una voluminosa biografía de Rasputín incluida en el lote. Esa popular imagen nocturna de taparse completamente bajo las mantas para poder seguir leyendo a escondidas con una linterna en vez de dormir… también es la mía.
Cuento todo esto porque creo que en esta civilización Internet hay que reivindicar el placer y el poder reflexivo de la lectura de un libro. Y es como todo: conviene leer mucho para saber disfrutar intensamente de ello… y para encontrar pequeñas joyas que te remuevan por dentro, que formen parte de lo que aprehendes para usarlo a la hora de juzgar lo que sucede en la vida.
Me vienen a la mente “Trinidad”, de Leon Uris (entender cómo germina una revolución y cómo se forja el carácter de un pueblo), “La casa de los espíritus” , de Isabel Allende (descubrir cómo un mundo hecho por mujeres es fuerte de forma diferente), “Sauce ciego, mujer dormida”, de Haruki Murakami (relatos de individuos consecuencia de los hechos de su pasado y de los enigmas que guardan, universo social de seres aislados al que nos acercamos)…
También sobre el trabajo hay libros que me generan inquietud, que hacen que nazcan preguntas y que afloren posibilidades tras cada línea. Tras un paréntesis en que perdí el buen hábito de la lectura (no siempre hace uno las cosas que debe), lo he recuperado hace algunos años, sobre todo ligado al verano.
Hablar de estos libros, sí. Va a ser uno de los recursos que traeré por aquí. Libros que inquietan…
4 agosto 2009 at 12:09
[...] under Libros que inquietan | Etiquetas: aprendizaje, emociones | Leave a Comment Reivindicaba casi al principio de esta aventura el conservar el placer de la lectura de libros como fuente de emoción, de traslación mental a [...]
22 febrero 2010 at 9:27
[...] capítulos que me han hecho recordar han sido los de “Libros que inquietan” y “Personas inquietas“. Entre los primeros, les he glosado y [...]
24 febrero 2010 at 18:28
[...] Libros que inquietan [...]
3 marzo 2011 at 7:20
[...] agrupados en “Personas inquietas” se han ausentado por completo… y los “Libros que inquietan” han hecho una simple aparición [...]
27 febrero 2012 at 22:15
[...] libros sí ha habido reseña. A los “Libros que inquietan” se ha [...]