Déjenme aquí abrir una reflexión, derivada de uno de esos cuentos personales que suelo gustar de compartir con quienes con frecuencia se asoman a estas letras…

Yo estudié Ingeniería Industrial en la entonces Escuela Técnica Superior de Ingenieros Industriales de Bilbao.

La visión de los seis años de estudios era casi unánime al considerar que el diseño formativo de los cursos era básicamente teorizante, muy poco ligado a las necesidades reales de la empresa y totalmente desconectado de las que serían nuestras preocupaciones reales en el futuro.

De hecho, la llegada al mundo de la empresa de quienes compartimos aquellos años no hizo sino confirmar esas sensaciones: salvo para quienes entraron en departamentos técnicos o de investigación (y en muchas ocasiones, ni siquiera en esos casos), las preocupaciones con que nos teníamos que enfrentar en la empresa no tenían nada que ver con lo aprendido en la Universidad.

Con el tiempo, llegué al mundo de las cooperativas de Mondragón del que ahora formo parte. Desde la cooperativa pude valorar una apuesta formativa diferente, la de Mondragon Unibertsitatea, ligada a un entorno más reducido y más cerrado, sí, pero con un modelo pedagógico muy diferente y fuertemente implicada en la inserción final del alumno en las empresas de corte industrial que, en buena parte pertenecientes a la Corporación MONDRAGON (aunque no necesariamente), conforman el tejido empresarial del Alto Deba.

Durante muchos años envidié la cercanía a las necesidades de la empresa que traían como bagaje las nuevas generaciones que se incorporaban al mercado laboral desde la “fábrica de ingenieros” de Mondragón (Mondragon Goi Eskola Politeknikoa – MGEP): conocimiento básico de lo que es una empresa, idiomas, capacidad de trabajo en equipo…

Lo comparaba con mi propia experiencia y no tenía mucho de qué alardear: unas pobres horas de taller mecánico, prácticas de tres meses sólo tras acabar la carrera, teorías ya olvidadas, infinidad de asignaturas cuya futura utilidad era cuando menos dudosa… Fueron 6 intensos años de esfuerzo para terminar una carrera de Ingeniería Industrial casi sin haber pisado una industria, 6 años para salir a la calle con un papel… y las manos en los bolsillos.

Mis primeras entrevistas de trabajo me sirvieron para darme cuenta de que mi inglés era bochornoso (a pesar de años de clases con buenas notas) y que el expediente académico servía para más bien poco. Mi proyecto fin de carrera, para ser consciente de que más me valía sacar yo mismo las castañas del fuego en que estuvieran, porque no iba a ser fácil encontrar a quien estuviera dispuesto a ocupar graciosamente su tiempo en facilitar mi adaptación al mundo laboral.

Mi primer contrato laboral, para tener la absoluta certeza… de que no tenía ni la más remota idea de lo que era una empresa, de cómo se organizaba internamente, de cuáles eran sus principales procesos, de que la clave de su funcionamiento estaba en la gestión tanto como en el negocio (ni siquiera era capaz de distinguir con claridad que hay que trabajar conscientemente en ambos territorios) y, en definitiva, de que los resultados del trabajo y la satisfacción para con el mismo dependían fundamentalmente más de cuestiones humanas que de soluciones técnicas.

Ya en la cooperativa, de Eskola llegaban ingenieros con dominio del inglés y muchas veces con conocimiento de al menos otro idoma. Gente que había vivido uno o dos años en Francia, en Inglaterra o en Alemania, becado o no, como parte de su aprendizaje. Gente que había pasado ya por al menos un año de vida laboral, en múltiples formas. Gente que con relativa frecuencia habían comenzado con una carrera media y habían abordado la titulación superior compatibilizándola, en un esfuerzo encomiable, con un trabajo remunerado. Gente que, en definitiva, había tomado decisiones relevantes para conducir el rumbo de su propia formación.

Así que… ¿cómo no iba a envidiarlo?

Pues…

Hoy tengo una visión matizada que me gustaría compartir y que comencé a abrir hace algo así como hace un año en un debate en LinkedIn.

Han pasado casi 14 años desde mi incorporación a la cooperativa de la que soy socio y veo ya no sólo el bagaje que trae la gente que se incorpora, sino su posterior carrera profesional, sus ambiciones, cómo desarrollan sus capacidades y dónde ponen sus intereses.

Por favor, consideren que necesito generalizar como base de mi reflexión. Los colectivos humanos son siempre variados y en ellos siempre hay personas diferentes, pero es la generalización la que permite analizar fortalezas y debilidades de un modelo, sea pedagógico o de gestión.

En estos años he observado las bondades del modelo de formación de MU, pero al mismo tiempo he observado otra cosa igual (?) de importante: muchos de sus ingenieros centran sus aspiraciones en alcanzar el nivel de jefe de proyecto o en recorrer en un plazo medio una carrera que lleve hasta puestos de elevado componente técnico o de gestor técnico, pero luego se estancan ahí. Por decirlo de otra manera, ninguno quiere ser gerente… o crear una nueva actividad. Pocos de los que entran en una Ingeniería de negocio muestran apetencia por una carrera profesional con frecuente rotación por diferentes ámbitos funcionales… pocos aspiran a formar parte de un equipo directivo.

En definitiva: trabajan duro, pero cuando alcanzan un nivel que consideran satisfactorio (lo que no les suele llevar más de 6 o 10 años), se estabilizan. No aspiran a nuevos retos profesionales, diferentes, que hagan crecer su visión sistémica del negocio y de la empresa. Algunos lo intentan bien avanzada su vida laboral… y en muchos casos ya es tarde, el encasillamiento es lo suficientemente fuerte como para que la organización “no les vea” en otros sitios.

Me resulta curioso el paralelismo con el hecho de que la mayoría de los ingenieros salidos de la factoría Eskola pretendan trabajar en su entorno más próximo. He hecho una pequeña lista de la gente de mi generación de estudiantes de la que puedo trazar su andadura profesional hasta la fecha. No son muchos (a mí me resulta muy fácil perder las pistas), pero de ellos, un porcentaje altísimo trabajan (trabajamos) fuera de Bilbao. Aunque no tengo datos que lo fundamenten adecuadamente, me da que no se produce con la misma frecuencia en los formados en la Universidad de Mondragón, que el grado de quienes acaban trabajando en un entorno muy próximo es muy alto. Me resulta hasta dificil la imagen mental contraria a la mía, de un ingeniero de MU trabajando en una empresa de Bilbao…

En fin, el caso, volviendo al hilo del post, es que hoy valoro de otra manera la formación exagerada y quizá excesivamente teórica de la vieja Escuela de Ingenieros. Creo que nuestras carreras profesionales han sido y son más abiertas, probablemente (juzgo yo), porque la “carrera de obstáculos” que supusieron nuestros 6 años de paso por allí consiguió de nosotros algo parecido a la definición de ingeniero que me hizo un antiguo jefe: “alguien que es capaz de conseguir lo que se le pide”.

Hoy veo que la disciplina de estudio y de dominio teórico aparentemente inútil para el futuro de la mayoría, nos aportó una capacidad de abstracción que luego ha sido importante para dotarnos de una visión sistémica de las cosas. Para desarrollar capacidad creativa y potencial de cambio de puntos de vista. Paradójicamente… para pasar del lado técnico al de gestión.

Hoy creo que son dos modelos muy diferenciados a los que conviene acercarse con tranquilidad si se está en el momento de optar.

No sé si en otros 15 años mi perspectiva volverá a cambiar. También es verdad que los que sí han cambiado son la Escuela y Eskola: lo que yo observo es fruto de sus modelos pedagógicos anteriores y no sé cuál será el resultado de los actuales. Pero hoy, mi reflexión forma parte de ese volumen de juicios que han ido dejando de estar sólidamente asentados…

¿Comparten mi percepción?

Sí, es un poco simple, pero si quieren dejar su punto de vista, ya saben… es sólo un poco más abajo.

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