Muchos de los “viejos rockeros” de la blogosfera seguro que lo conocen. En especial aquéllos inquietos a quienes entender el porqué de las cosas que despiertan de vez en cuando nuestra curiosidad y hacerlo disfrutando del estilo de un divulgador científico les atrae.

Pero para muchos de los lectores de esta bitácora es posible que esta entrada signifique el descubrimiento de un lugar para el ejercicio neuronal, para la sonrisa inteligente y el deleite de entender de forma sencilla acontecimientos sorprendentes pero que con frecuencia asumimos sin hacernos preguntas, como parte de nuestro mundo cotidiano.

Hoy cierro este agosto veraniego presentándoles un blog.

Antes de enlazarlo o darles su nombre, permítanme mostrarles algunos datos que creo convendrán conmigo en que lo califican, al menos, como un blog singular:

  • Nació nada menos que en agosto de 2004. Es decir, tiene ya la friolera de 8 años, que para una bitácora no está nada mal. En su post inicial (que se queda muy, pero que muy corto prediciendo en qué va a consistir) anuncia: Este blog surge como intento de poner por escrito muchas de las cosas graciosas, curiosas y, por supuesto, inútiles, con las que me voy topando. No creo que a mucha gente le interese saber que “helicóptero” significa “ala redonda” en griego, pero a mi me encantó saberlo. O cuántos escritores que han descrito un viaje a la luna han cometido errores de bulto. O lo impresionante que es la novela “Criptonomicón”, de Neal Stephenson. O que es inevitable tener (al menos) un remolino en la cabeza (incluidos los calvos), o que tras remover un café al menos una de sus moléculas está (grosso modo) en el mismo sitio donde estaba antes de removerlo, o que es mentira que el agua gire en los lavabos en un sentido u otro según el hemisferio en el que estemos…
  • De su autor (hubo un tiempo en que no fue el único) a quien no tengo el gusto de conocer, solo puedo adelantar que es un físico aeroespacial reconvertido en “trader”, divulgador científico y violinista, según su propia definición.
  • Desde el principio, la relación con sus lectores fue intensa. De hecho, muchos de los post de divulgación científica son respuestas elaboradas contra los desafíos planteados por sus lectores y compañeros de conversación.
  • Presten atención, por favor, a estos datos:
    • 883 entradas.
    • 18.067 comentarios.
    • 4.033 comentaristas.
  • Lo siguiente impresiona aún más: el 31 de mayo de 2008 publica un post bastante intrascendente dedicado a una simple novela y, sin aclaración ni aviso de ningún tipo, no vuelve a publicar hasta el 24 de septiembre de 2011, tres años más tarde. En ese artículo de 2008 recibe 272 comentarios… ¡que se prolongan durante nada menos que 12 meses!
  • Tras esos tres años de sequía y silencio, el post de reencuentro, de un único párrafo, recibe 196 comentarios.

Señoras y señores… tengo el honor de introducirles a CPI (Curioso Pero Inútil) y de presentarles a Remo, su autor.

Si quieren saber la respuesta a una pregunta como “¿Por qué cuando te subes a una escalera mecánica que NO funciona y sabes que NO funciona, los primeros pasos en ella parece que se mueva y lo mismo al salir (por qué hay una especie de tiempo de recuperación al entrar y salir si sabemos de sobra que no funciona)?”, si les tienta entender por qué se corta el ali-oli si se cambia la dirección de giro, si quieren conocer el por qué son posibles los concursos de camisetas mojadas (por qué la ropa mojada transparenta)… ese es su sitio.

Porque CPI ha vuelto.

A 2 por año, pero ha vuelto.

¿Apetece un vistazo rápido a qué tipo de temas se responden en CPI?: pasen por su esencia. Hay más cosas, pero les dejo que las descubran.

Se lo recomiendo, además, porque Remo adorna en CPI el rigor divulgativo con retazos de humor inteligente.

Y no tengo nada más que añadir.

La mañana del sábado se ha despertado tan fría como los dos días precedentes. Bilbao se encoge bajo cero y se apresura en sus urgencias antes de esconderse de las nieves de la tarde.

Este salón de grandes ventanales, la verdad sea dicha, resulta poco acogedor en amaneceres así, después de que el cristal haya sido fuente de fuga térmica durante toda la noche.

Pero envuelto en una manta de sofá, me ha dado por repasar mi lista de blogs sindicados, que la verdad necesitaba un poco de atención después de la última puesta a punto de hace un año.

Últimamente tenía la sensación de que me resultaba más sencillo seguir las nuevas publicaciones en mi Google Reader, a pesar de que el tiempo que puedo dedicarle es mucho menor que años atrás. Y en efecto… el ritmo de publicación ha disminuido de forma significativa.

Mi propia cadencia ha descendido mucho desde aquel primer año donde casi cuento 50 artículos, hasta este último en que los 17 publicados apenas han dado para cubrir ese mínimo autoimpuesto de un post mensual. Pero hoy he visto que, de los aproximadamente 40 blogs que sigo sistemáticamente, en casi la mitad no había aún una actualización en lo que llevamos de año.

A ver… ¿cómo es eso? ¿Se me están fugando los bloggers este invierno, igual que el calor hogareño durante las noches? ¿Volverán, como vuelve el calor en verano?

Porque les adelanto que la mayoría son bitácoras de largo recorrido, con años de interesantes contenidos publicados y bloggers que han hecho de su presencia abierta una marca intransferible, muy personal.

Quizá tener un blog se parezca a un matrimonio en el que las pasiones evolucionan hacia amores más serenos… y que por tanto tenga los mismos riesgos de disfrutar de ello que de acabar convertido en una rutina de la que al final no quede nada más allá de un techo.

Pasear por muchos cascos históricos rehabilitados o bien conservados de nuestras ciudades es todo un espectáculo. Pero si se fijan bien, muchos están repletos de viviendas vacías y de lonjas dedicadas a servir como simple almacén para otro comercio.

En ambos, viviendas y locales cerrados, falta esa luz encendida cada día que simboliza la vida activa para  un barrio que sin ella envejece.

Pienso ahora en Twitter y veo que muchos amigos parecen haberse ido, que intuyo que no pagan ya los gastos de comunidad.

Y reparo también en que en muchos bares de LinkedIn hace tiempo que solo se pueden tomar unas cañas entre tópicas conversaciones de ascensor.

Conservar y cuidar a los amigos, sí, visitarles con frecuencia en casa, también (y espero que incluso con mayor intensidad), pero, aunque siempre da pereza ponerse a buscar piso… tal vez sea el momento de cambiar de barrio.

La Navidad de 1994 fue para mí diferente a cualquier otra.

Cuatro meses atrás me habían comunicado el despido de la empresa en la que llevaba 6 años trabajando, así que tras tres meses de búsqueda poco afortunada de trabajo y ya inactivo, el diciembre del 94 me llegó, como cualquier otro año, entre los habituales y enormes excesos de propaganda consumista en televisión.

Entonces la televisión era una parte importante de nuestras vidas: Internet no existía para nosotros ni para nuestras empresas (tremendo cómo pasan, el tiempo y las cosas) y los tubos catódicos nos mostraban las primeras señales privadas en nuestros hogares desde apenas 4 años atrás.

Recuerdo perfectamente la sensación personal de rechazo profundo que me generó la mezcla de sentirme un parado en un momento en que las ofertas de empleo que encontraba eran muy escasas (en 1994 se alcanzó un porcentaje de desempleo récord en España, el 24% de la población activa) y el hecho de pasarme horas frente a la tele bajo un bombardeo de anuncios de juguetes, perfumes, lotería, moda, relojes, discos, aparatos musicales y domésticos, todos orientados a fomentar un consumo desmedido e innecesario entre los que podían permitírselo.

Les aseguro que ese bombardeo publicitario, en un momento en el que no podía saber cuándo tendría un nuevo empleo (de hecho, aún estuve 4 meses sin actividad laboral) ni cómo sería, me llegó a parecer indecente.

Cuento esta historia porque desde entonces las cosas me han ido razonablemente bien… pero no hasta el punto de que me hayan hecho olvidar aquellas sensaciones.

Y la cuento como forma de enfrentar una paradoja: me gustan las tradiciones, las navideñas incluidas, aunque casi siempre vayan acompañadas de aspectos desmedidos o innecesarios.

En cierto modo, es precisamente la parafernalia que rodea a una fiesta la que hace de ella un  momento temporal muy diferente al del día anterior y al del siguiente. Y en la sociedad de consumo en la que vivimos, su aprovechamiento comercial es no solo inevitable, sino que tiene indudables efectos sociales positivos: muchas industrias y muchos pequeños comerciantes viven todo el año dependientes de que un par de tradiciones (como las navidades… o las rebajas) funcionen razonablemente bien. El comercio genera ciudad, vida de comunidad… y finalmente sostiene actividad económica y empleo.

Incluso en mi situación personal frente a las navidades del 94 fui consciente de ello.

Porque aunque la racionalidad de este discurso no pudiera mitigar la sensación de inmoralidad por el desperdicio que conlleva el consumir objetos de incierta necesidad al lado mismo de otras situaciones donde casi cualquier necesidad básica es difícil de cubrir… dice una vieja frase liberal algo así como que, en una sociedad, la riqueza o la renta se distribuyen mejor cuando no se distribuyen. Y con los correspondientes matices, yo creo en ello.

Pero dejemos a un lado este territorio racionalista para acercarnos al emocional; disfrutar tradiciones exige precisamente eso: disfrutarlas. Y si no se consigue, su valor, a pesar del discurso anterior, desaparece.

Porque toda la actividad comercial de estas fiestas navideñas descansa en el valor emocional que casi todos les damos:

  • en volver a conectar con esa familia a la que queremos, aunque sea para recordar que ya nos cuesta convivir demasiado tiempo seguido con ella sin discutir; :roll:
  • en decorar la casa con brillos, espumillones, luces, colores en contraste, belenes y árboles de plástico, aunque si la tuviéramos así todo el año nos ahogaríamos en lo recargado e incluso hortera del asunto; :o
  • en gastar pensando en agradar a los demás, aunque ello nos suponga acabar reventados de “patear” la ciudad buscando lo que tanto nos ha costado pensar; :idea:
  • en esconder la magia de los magos a los niños, aunque sea a base de llenar los rincones, los fondos y los techos de los armarios de paquetes ocultos de forma insospechada; :|
  • en esperar a ver el asombro de todos, pero sobre todo de los más pequeños, al ver el montón de paquetes bajo el belén o el árbol, o al abrir cada uno de ellos y descubrir lo que contiene, aunque luego pueda que no le hagan ni caso durante todo el año; 8O
  • en comprar, repartir y compartir lotería de navidad (¿cuántos lo hacemos sólo por Navidad?), aunque sea la que menos reparte de las que se sortean a lo largo del año; :cool:
  • en percibir la satisfacción por una gran cena, aunque nos haya costado horas o una “pasta gansa” el prepararla… y luego desaparezca casi en minutos; :)
  • en revivir con los hijos las sensaciones que conservamos de nuestros padres, como el chocolate con churros del desayuno del día de Reyes, aunque haya que mantenerles alejados del salón hasta que terminen; ;)
  • en comer las uvas a las 12 en punto de la Nochevieja, aunque haya que tolerar que algunos las extraigan las pepitas y hasta las “desnuden” previamente para luego “llegar”; :evil:
  • o, para algunos de nosotros, en reservar momentos para el recogimiento festivo, para la pascua, para hacer balance y para revivir la sensación de que “ser bueno” merece la pena, aunque la vida lo ponga a veces difícil. :razz:

Me gustan las tradiciones, sobre todo y por lo tanto, por la conexión que establecen con vivencias pasadas que activan resortes emocionales positivos.

Por eso en mi casa los regalos los siguen trayendo los Reyes Magos, porque ni Papá Noel, ni Santa Claus… ni el Olentzero (que amén de feo, sucio y fumador…  es de dudosa reputación histórica en su relación con los niños… :-) ) forman parte del pasado real de nadie de mi familia ni de nuestras familias de origen en sus más remotos recuerdos.

Y por si acaso piensan que se me escapa algo… en mi casa nos hacemos regalos sólo un par de veces al año. A mí me parece que hay actitudes que sortean la borrachera comercial de estas tradiciones y conviven con ella como algo sostenible, que son capaces de combinarlas con otras facetas más propias de la esencia más tradicional de la Navidad y que depende de cada uno de nosotros hacer que el consumismo sea otra cosa.

Ya, ya sé que hay otros que piensan bien diferente

Pero yo lo siento así. Y eso que rizo el rizo paradójico cuando además, mi actividad laboral se basa en provocar cambios dentro de mi empresa… ;-)

Feliz Navidad y un espléndido 2012 para todos.

Les presento aquí otro libro cuyas cualidades literarias puras, se lo adelanto, me parecen más bien limitadas.

Se puso de moda entre nosotros hace 3 ó 4 años por un acompañamiento mediático inusual para un libro de estas características, que ni alcanzará nunca el nobel de literatura, ni revolucionará el mundo de ninguna empresa, ni probablemente será el libro de autoayuda de cabecera de ningún aficionado a los mismos.

Pero como varios de los libros que traigo a esta sección, ha tenido para mí una aplicación práctica… y he disfrutado mucho de ello.

Y puedo decir, por qué no, que he aprendido varias cosas de sus páginas.

Michael J. Gelb es también un personaje bastante mediático, ocupado en buena parte de su tiempo en dar conferencias por todo el mundo. Pero, además de profesor universitario, escritor e investigador, es también un hombre de consultoría que ha conducido seminarios y prácticas en el campo de la creatividad y la innovación en empresas tan relevantes como General Electric, Mattel, Microsoft, Merck, Alcatel-Lucent, IBM, KPMG, Pfizer, AT&T, Dupont, Nike, Unilever, Xerox…

Aún no lo he leído, pero su último libro parece ofrecer, en torno al vino como otra de sus pasiones, un recorrido sensorial que enlaza con algunas propuestas del que nos ocupa.

En “Atrévase a pensar como Leonardo da Vinci”, Gelb nos propone una visión lúcida del genio renacentista (tengo que advertirles que en ocasiones llega al punto de loa empalagosa), a través de la que nos invita a crecer como personas y a desarrollar un poder personal cercano a lo que Rafael Echeverría (a quien ya he mencionado en numerosas ocasiones en esta bitácora) denominaría la “concepción ontológica del poder”.

Comienza por analizar cómo pudo abrirse una etapa creativa como la del Renacimiento después de 1.000 años de Edad Media y de asfixia del pensamiento independiente: drástica sacudida de los cimientos de la fe de entonces, o inventos que hicieron accesible el acceso al conocimiento a numerosas personas, que aportaron una visión global del comercio, que permitieron el control del tiempo…

¿Les suena?

De ahí, Michael J. Gelb nos conduce a preguntarnos si no estaremos abriéndonos a un nuevo “renacimiento” y, como consecuencia, a la revitalización de la figura del “uomo universale“, por nadie mejor encarnada que por Leonardo da Vinci, cuya vida también recorre pero cuyo comportamiento, sobre todo, trata de escrutar a través de siete principios que, según el autor, explican la forma en que observaba la vida.

Los siete principios son:

  • Curiosità: tomarse la vida con una insaciable curiosidad y buscar implacablemente el aprendizaje continuo.
  • Dimostrazione: el compromiso de contrastar el conocimiento con la experiencia, la persistencia y la voluntad de aprender de los errores.
  • Sensazione: el continuo refinamiento de los sentidos, especialmente la vista, como modo de vivificar la experiencia.
  • Sfumato (literalmente «esfumarse»): el deseo de abrazar la ambigüedad, la paradoja, la incertidumbre.
  • Arte / Scienza: el desarrollo del equilibrio entre la ciencia y el arte, entre la lógica y la imaginación. «El cerebro íntegro» en acción.
  • Corporalità: el cultivo de la gracia, lo ambidiestro, la salud, el equilibrio.
  • Connessione: el reconocimiento y el aprecio por la interconexión de todas las cosas y los fenómenos. Los sistemas piensan.

No les cuento más ya: saben que no es el objetivo de mis post sobre libros el describirlos. Pueden encontrar un extracto del comienzo del libro aquí… y les dejo, más abajo, 10 minutos de vídeo por si quieren que el propio autor les resuma su obra.

Sólo me centraré, para terminar, en contarles muy brevemente mi experiencia con el texto.

Cada uno de los capítulos anteriores viene regalado con prácticas que el autor nos propone realizar. Aparte de que les reconozco mi amor a primera vista por el concepto de “sfumato“, alguno de esos ejercicios me resultó lo suficientemente atractivo como para realizarlo… y el resultado fue extremadamente gratificante.

Les recomiendo, por ejemplo, realizar la próxima visita a un museo que hagan con sus hijos en la forma en que él la plantea, o seguir las instrucciones del curso de dibujo si consideran que nunca serán capaces de dibujar algo de lo que se sientan orgullosos.

Pero, sobre todo, les recomiendo vivamente que sean audaces para jugar al juego de los sentidos que propone con la simple condición de desterrar el que más utilizamos (la vista), para excitar la atención a los restantes.

Yo he podido guiarlo varias veces… y les aseguro que lo disfrutarán.

Más incluso de lo que esperan.

Sólo una cosa más…

Con este libro me acerqué por primera vez a los mapas mentales. No es una herramienta que utilice con mucha frecuencia, pero el texto me guió por algunas claves que me permiten disfrutar sensorialmente cada vez que me enfrento a uno.

Más adelante descubrí, previamente advertido por una persona cercana que precisamente fue quien me introdujo en este libro, que el mapa mental le sirve básicamente a uno mismo… y que es sobre todo útil en el momento en que se construye. De ahí el brevísimo cruce twittero con Alfonso Alcántara de hace no mucho… sobre el paso de los “mapas de servilleta de papel” a los “mapas 2.0″… ;-)

Pero esa… es otra historia.

 

Atrévase a pensar como Leonardo da Vinci“. Michael J. Gelb, 1998. 400 páginas. Punto de lectura (edición en castellano de 2006). ISBN: 978-84-66316-95-8

 

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