Day: 17 marzo 2009

Vibraciones: modelos mentales y límites en la empresa industrial

modelos-mentales3Ha sido el temprano post de Julen Iturbe de ayer por la mañana el que me ha hecho vibrar esta vez.

Se trataba de dar respuesta a la tercera de las 27 preguntas de Borja Lastra que ha prometido responder: «¿Cuáles son nuestros esquemas mentales que condicionan nuestra interpretación de la realidad y nuestra conducta?»

La reflexión de Julen concluye en 5 «modelos mentales», frecuentes fuentes de oposición a los cambios relacionados con el trabajo. Recomiendo vivamente la lectura del post porque la sencilla descripción de estos 5 modelos muestra la verdadera profundidad con que condicionan los comportamientos humanos frente al trabajo.

A saber:

  1. El trabajo está hecho para sufrir.
  2. La empresa me va a explotar porque su objetivo es maximizar resultados.
  3. El conocimiento es importante y, por tanto, tengo que protegerlo.
  4. Las cosas hay que pensarlas bien antes de hacerlas.
  5. La empresa, a pesar de todo, me da seguridad porque me asegura el ingreso económico que necesito.

Los cinco me son familiares. Puedo encontrarlos mirando a mi alrededor… e incluso puede que no me haya desprendido yo aún del todo de alguno de ellos.  Pero al recorrerlos, he tenido la sensación de que esa propuesta incuestionable no me dejaba del todo satisfecho.

Creo que ahora tengo algunas razones que puedo explicitar, aunque las dudas y la pequeñez del principiante lo conviertan en audacia ;-).

Vamos, que creo que falta al menos uno. Es el que sigue:

6.   Café para todos.

Este modelo mental nace de algo bueno en su propia esencia (como en el punto 4): igualdad de trato por parte la empresa que evite la adopción de medidas arbitrarias y discriminatorias y fomente relaciones laborales justas. Muy bien… Pero su larga vida reivindicativa en las organizaciones, necesaria por otra parte, ha acabado por generar un monstruo anquilosante que impide los grandes cambios necesarios para renacer.

Permítanme que me centre en las empresas de producción industrial, que son las que yo he conocido desde dentro (no voy a pensar ahora en si es extensible al resto) y déjenme que reconozca que quizá esté mi reflexión ya demasiado teñida del mundo cooperativo en el que me integro. Algunas consecuencias y disfraces del café para todos:

  • Nos han terminado por dotar de normas y reglamentos de funcionamiento interno normalmente muy rígidos, fruto de un trabajo de ajuste y regulación de excepciones tan pesado, consecuencia de conflictos pasados y anclados en la memoria colectiva… que cambiarlos ahora supone un reto para titanes: ¡mejor no tocarlo!
  • Es fácil encontrar valoraciones estructurales asociadas al puesto y a las tareas, aprobadas en su día con el objetivo de hacer una «justa» y «objetiva» valoración del trabajo. Valoraciones que han acabado siendo defendidas sobre todo por quienes rehúyen entrar a debatir la valoración ligada a la aportación de valor o al mérito. Una traslación casi directa del proceso de límite permanente que suponen, a mi modo de ver, los sistemas de incentivos a la producción. Pero… díganme si son capaces de encontrar a alguien que considere justo el sistema que tiene, sea el que sea.
  • Confusión entre reconocer el trabajo de equipo y negar el reconocimiento individual. Oposición sistemática a la diferenciación individual retributiva. Aunque sea merecida.
  • Normativas de horarios y calendarios elaboradas desde la noción de control y el todos-igual, cuyo cumplimiento universal es «vigilado» para evitar «privilegios». «Privilegios» frecuentemente mal entendidos: si yo tengo que trabajar a relevo y mi «trabajo» es controlable… ¿cómo pretendes hablarme de teletrabajo y de flexibilidad? ¡O todos… o ninguno! (luego ninguno, claro).
  • La excusa de los caraduras: como al mostrarme flexible afloran algunos «jetas», para evitar que existan… elimino la flexibilidad. ¡Bien hecho, con rigor… era intolerable!
  • En la actual situación de dramática reducción de la actividad, el café-para-todos nos conduce a reforzar la vigilancia social sobre las consecuencias que se asumen por la dicotomía de trabajadores directos-indirectos: ¡aquí todos igual! ¡que no se mueva nadie!… Cuando lo que debe ajustarse es la producción a la demanda, parece lógico pensar que la forma en que una empresa salga de esta crisis no va a ser baladí para su futuro. ¿No debería haber, por tanto, un claro desequilibrio hacia quienes deben centrarse en encontrar o crear un futuro distinto, aunque decirlo sea «políticamente poco correcto»?

Puedo seguir con más puntos. Seguro que alguno de los anteriores son muy matizables o discutibles: bórrenlo. Y quédense con el resto, cuya voladura normalmente significa asumir que «con la Iglesia hemos topado». ¿No es este esquema mental una descomunal barrera para afrontar los cambios que estamos viviendo en la noción del trabajo?