Día: 5 octubre 2009

Vibraciones: las láminas chinas

Desde hace 3 ó 4 años, los veranos familiares vienen también marcados por un pequeño piso en una villa marinera y cántabra.

cuadrojaponés1El piso prolonga la sensación de vacaciones a los fines de semana soleados que siguen al relax agosteño y les permite disfrutar de la calidez del sol por anticipado, desde antes de que la primavera abandone su paso por cada ejercicio anual.

Recibieron el piso amueblado… pero como si la selección de mobiliario hubiera sido conducida por dos mentes inconexas: habitaciones vestidas con una idea conductora, equilibradas, armoniosas… y habitaciones hechas a retazos de dudoso gusto, con piezas que me atrevo a calificar de vulgares junto a otras de estilo, que incluso dimensionalmente no guardaban análoga proporción frente al tamaño del cuarto en que habitaban.

cuadrojaponés2Los anteriores propietarios habían pintado a brocha los dos dormitorios, tiñendo sus paredes de un azul y un verde chillones, casi insultantes, pero con una falta de pericia tal que se adivinaban trazos del color original en numerosas zonas.

Corregir ese desaguisado y dar coherencia a las habitaciones inconexas fue lo único que sintieron necesidad de hacer para convertir ese piso en su hogar de verano.

Tiraron para esto último de complementos, algunos adornos, ropas de cama o nuevos estores, pensados para dar un cierto sentido a cada espacio.

Y lo hicieron todo en el primer verano.

Todo… excepto ocupar la mayor pared de la vivienda, en el salón, que hasta este año había permanecido desnuda, con dos solitarias escarpias clavadas, esperando que un par de cuadros nuevos justificaran su existencia.

El caso es que este año, él tropezó sin proponérselo con dos láminas sobre marco que le llamaron la atención lo suficiente como para decidirse a comprarlas. Consultó con ella por teléfono antes de pagar: “oriental no”, le dijo, aunque también añadió: “pero si tú lo ves claro…”.

Decidió arriesgarse.

Cuando llegó a casa y colgó las láminas de las solitarias escarpias, enseguida tuvo claro que no había acertado. A ella, definitivamente, tampoco le gustaron. Ni a sus dos hijos. Sin embargo parece que, tácitamente, todos en la familia prefirieron tenerlas colgadas a seguir contemplando la pared desnuda, así que, aún con el plástico protector que traían como envoltorio, las dos láminas llevan ya más de un mes decorando su salón.

Lo curioso es lo que ha pasado en el transcurso de este mes. Familiares y amigos les hemos dicho que las dejen, que nos gusta cómo quedan. Sus hijos han empezado a decir también que ahora les gustan y hace unos días, él se descubría a sí mismo reconociendo que le volvían a gustar, que por él podrían quedarse.

Así que le pregunté de nuevo a ella si también se había “convertido”… y me lo dijo con claridad: “no es lo que buscábamos, no pegan con la idea que teníamos ni con el resto del salón. A mí, desde luego, no me gustan nada”.

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No sé cómo acabará la historia de las láminas, pero pensando en ella, de vuelta a casa, me vinieron varias preguntas y alguna reflexión a la cabeza que me parecieron interesantes y que paso a compartir con quienes deseen seguir leyéndome…

Desde hace tiempo me atrae el dominio de la estética. Aunque no conozco las claves del tema y de su efecto sobre los mercados, este verano he leído algunos libros relacionados con la búsqueda de tendencias y con la labor de los denominados coolhunters sobre productos orientados a mercados de consumo.

En este dominio… ¿cómo se crean esas tendencias? ¿qué es la belleza? ¿cómo se introducen nuevos cánones de belleza socialmente aceptados?

Recuerdo haber visto el lanzamiento de nuevos vehículos con una estética diferente a la norma imperante y haber pensado que eran definitivamente horrorosos… y reconocer años después que esos vehículos fueron los precursores de una estética del automóvil que es la que hoy describiría nuestro actual estándar de belleza (automovilística) para ese producto.

A pesar de que hemos llegado a un estadio de civilización en que varias modas pueden convivir naturalmente, observen un automóvil, un televisor, un teléfono móvil, un corte de pelo o un traje que hace diez años les pareciera insuperablemente bello… y compárenlo con su percepción de ahora.

Me pregunto si uno de los mecanismos que funcionan es una analogía de la historia de las láminas chinas, si el hecho simple de que algo diferente se pasee persistentemente a nuestro lado basta para ir transformando nuestros cánones de belleza.

Recuerdo que, cuando era muy pequeño, nos hicieron un test psicológico en el colegio, uno de cuyos ejercicios consistía en pintar un paisaje. Mi tía, que era maestra, nos explicó más tarde que dibujar ese paisaje con perfiles definidos y firmes, con las montañas apuntadas, era una buena señal, de madurez y de sentido estético del niño.

Qué barbaridad, ¿no?: pocos años después, las casas se llenaban de esmaltes ‘naif’…

La historia de las láminas chinas me ha transportado de nuevo a ello. Frente a una idea general, masivamente aceptada, de pronto… alguien se siente tentado a desafiarla. Puede que luego, al diferenciarse en comunidad, se arrepienta y su desafío sea breve, pero si forma parte de una “tribu” en la que su imagen pública de reto le satisface, probablemente haya plantado una semilla que será observada y que podrá ir creciendo. Incluso si en su entorno no se identifican “tribus”, alguien habrá observado su paso adelante… y puede que una “tribu” situada muy lejos de la provocación inicial sea el lugar a donde el viento la arrastre para que polinice.

Son los “precursores“.

En la impregnación, habrá quienes desde otros cánones no la vean extraña sino original y la adopten con naturalidad (los que se identifiquen “cool), habrá personas que no se fijarán en ello hasta que vaya extendiéndose y cobre notoriedad social (los “dispersores“), habrá otros que, cuando se haya convertido en una corriente masiva, la adopten por el simple hecho de serlo (la “gran masa“)…y habrá, finalmente, quienes sigan defendiendo sus criterios originales, sólidamente asentados (los “clásicos“, podemos decir…).

Bien… si me siguen habitualmente en esta bitácora, probablemente se sientan extraños con este post

Pues volvamos a lo que más me interesa… ¿hay en estos patrones de comportamiento claves para la introducción de nuevos productos en mercados de consumo? ¿es lo “diferente” y su “persistencia en la memoria” uno de los elementos clave para que una nueva tendencia sea acogida y divulgada viralmente, desde un entusiasmo masivo o de nicho?

De ahí se deriva mi segunda línea reflexiva: ¿puede ser también un patrón de comportamiento esperable en la introducción de cambios en las organizaciones?

Me explico…

Lo que nuestro protagonista ha hecho para cambiar la aceptabilidad de un elemento que desafía la armonía estética en su entorno familiar, ¿es lo que podríamos esperar si introdujéramos un elemento contracultural en nuestras organizaciones? ¿Funcionaría a modo de germen patógeno? ¿Estaría condenado, si el poder lo detentaran los “clásicos”?

Como en las láminas chinas, el final es incierto, aunque me temo que intuyo algunas respuestas… ¿qué opinan?