Vibraciones: las láminas chinas

Desde hace 3 ó 4 años, los veranos familiares vienen también marcados por un pequeño piso en una villa marinera y cántabra.

cuadrojaponés1El piso prolonga la sensación de vacaciones a los fines de semana soleados que siguen al relax agosteño y les permite disfrutar de la calidez del sol por anticipado, desde antes de que la primavera abandone su paso por cada ejercicio anual.

Recibieron el piso amueblado… pero como si la selección de mobiliario hubiera sido conducida por dos mentes inconexas: habitaciones vestidas con una idea conductora, equilibradas, armoniosas… y habitaciones hechas a retazos de dudoso gusto, con piezas que me atrevo a calificar de vulgares junto a otras de estilo, que incluso dimensionalmente no guardaban análoga proporción frente al tamaño del cuarto en que habitaban.

cuadrojaponés2Los anteriores propietarios habían pintado a brocha los dos dormitorios, tiñendo sus paredes de un azul y un verde chillones, casi insultantes, pero con una falta de pericia tal que se adivinaban trazos del color original en numerosas zonas.

Corregir ese desaguisado y dar coherencia a las habitaciones inconexas fue lo único que sintieron necesidad de hacer para convertir ese piso en su hogar de verano.

Tiraron para esto último de complementos, algunos adornos, ropas de cama o nuevos estores, pensados para dar un cierto sentido a cada espacio.

Y lo hicieron todo en el primer verano.

Todo… excepto ocupar la mayor pared de la vivienda, en el salón, que hasta este año había permanecido desnuda, con dos solitarias escarpias clavadas, esperando que un par de cuadros nuevos justificaran su existencia.

El caso es que este año, él tropezó sin proponérselo con dos láminas sobre marco que le llamaron la atención lo suficiente como para decidirse a comprarlas. Consultó con ella por teléfono antes de pagar: “oriental no”, le dijo, aunque también añadió: “pero si tú lo ves claro…”.

Decidió arriesgarse.

Cuando llegó a casa y colgó las láminas de las solitarias escarpias, enseguida tuvo claro que no había acertado. A ella, definitivamente, tampoco le gustaron. Ni a sus dos hijos. Sin embargo parece que, tácitamente, todos en la familia prefirieron tenerlas colgadas a seguir contemplando la pared desnuda, así que, aún con el plástico protector que traían como envoltorio, las dos láminas llevan ya más de un mes decorando su salón.

Lo curioso es lo que ha pasado en el transcurso de este mes. Familiares y amigos les hemos dicho que las dejen, que nos gusta cómo quedan. Sus hijos han empezado a decir también que ahora les gustan y hace unos días, él se descubría a sí mismo reconociendo que le volvían a gustar, que por él podrían quedarse.

Así que le pregunté de nuevo a ella si también se había “convertido”… y me lo dijo con claridad: “no es lo que buscábamos, no pegan con la idea que teníamos ni con el resto del salón. A mí, desde luego, no me gustan nada”.

___

No sé cómo acabará la historia de las láminas, pero pensando en ella, de vuelta a casa, me vinieron varias preguntas y alguna reflexión a la cabeza que me parecieron interesantes y que paso a compartir con quienes deseen seguir leyéndome…

Desde hace tiempo me atrae el dominio de la estética. Aunque no conozco las claves del tema y de su efecto sobre los mercados, este verano he leído algunos libros relacionados con la búsqueda de tendencias y con la labor de los denominados coolhunters sobre productos orientados a mercados de consumo.

En este dominio… ¿cómo se crean esas tendencias? ¿qué es la belleza? ¿cómo se introducen nuevos cánones de belleza socialmente aceptados?

Recuerdo haber visto el lanzamiento de nuevos vehículos con una estética diferente a la norma imperante y haber pensado que eran definitivamente horrorosos… y reconocer años después que esos vehículos fueron los precursores de una estética del automóvil que es la que hoy describiría nuestro actual estándar de belleza (automovilística) para ese producto.

A pesar de que hemos llegado a un estadio de civilización en que varias modas pueden convivir naturalmente, observen un automóvil, un televisor, un teléfono móvil, un corte de pelo o un traje que hace diez años les pareciera insuperablemente bello… y compárenlo con su percepción de ahora.

Me pregunto si uno de los mecanismos que funcionan es una analogía de la historia de las láminas chinas, si el hecho simple de que algo diferente se pasee persistentemente a nuestro lado basta para ir transformando nuestros cánones de belleza.

Recuerdo que, cuando era muy pequeño, nos hicieron un test psicológico en el colegio, uno de cuyos ejercicios consistía en pintar un paisaje. Mi tía, que era maestra, nos explicó más tarde que dibujar ese paisaje con perfiles definidos y firmes, con las montañas apuntadas, era una buena señal, de madurez y de sentido estético del niño.

Qué barbaridad, ¿no?: pocos años después, las casas se llenaban de esmaltes ‘naif’…

La historia de las láminas chinas me ha transportado de nuevo a ello. Frente a una idea general, masivamente aceptada, de pronto… alguien se siente tentado a desafiarla. Puede que luego, al diferenciarse en comunidad, se arrepienta y su desafío sea breve, pero si forma parte de una “tribu” en la que su imagen pública de reto le satisface, probablemente haya plantado una semilla que será observada y que podrá ir creciendo. Incluso si en su entorno no se identifican “tribus”, alguien habrá observado su paso adelante… y puede que una “tribu” situada muy lejos de la provocación inicial sea el lugar a donde el viento la arrastre para que polinice.

Son los “precursores“.

En la impregnación, habrá quienes desde otros cánones no la vean extraña sino original y la adopten con naturalidad (los que se identifiquen “cool), habrá personas que no se fijarán en ello hasta que vaya extendiéndose y cobre notoriedad social (los “dispersores“), habrá otros que, cuando se haya convertido en una corriente masiva, la adopten por el simple hecho de serlo (la “gran masa“)…y habrá, finalmente, quienes sigan defendiendo sus criterios originales, sólidamente asentados (los “clásicos“, podemos decir…).

Bien… si me siguen habitualmente en esta bitácora, probablemente se sientan extraños con este post

Pues volvamos a lo que más me interesa… ¿hay en estos patrones de comportamiento claves para la introducción de nuevos productos en mercados de consumo? ¿es lo “diferente” y su “persistencia en la memoria” uno de los elementos clave para que una nueva tendencia sea acogida y divulgada viralmente, desde un entusiasmo masivo o de nicho?

De ahí se deriva mi segunda línea reflexiva: ¿puede ser también un patrón de comportamiento esperable en la introducción de cambios en las organizaciones?

Me explico…

Lo que nuestro protagonista ha hecho para cambiar la aceptabilidad de un elemento que desafía la armonía estética en su entorno familiar, ¿es lo que podríamos esperar si introdujéramos un elemento contracultural en nuestras organizaciones? ¿Funcionaría a modo de germen patógeno? ¿Estaría condenado, si el poder lo detentaran los “clásicos”?

Como en las láminas chinas, el final es incierto, aunque me temo que intuyo algunas respuestas… ¿qué opinan?

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17 comments

  1. Muy, muy, muy interesante. Me acerco de manera totalmente pasional al tema que traes. Yo suelo decir que soy bastante “chiíta” respecto a ciertos valotes esteticos. Hay cosas que me gustan mucho, otras que vaya y otras por las que no pasaría en la vida. Y cuando me encuentro con una o con otra mi respuesta es desde las tripas. Tengo una sensibilidad entrenada que me hace “vibrar” en función de las cosas “bellas” y las cosas “feas”.
    hablas también de subjetividad, obviamente. Y puedo relativizar “mis” gustos porque también tengo experiencia de haberme enamorado de otras maneras de imagen a fuerza de verlas y que se confundan con mi paisaje más habitual. Me ocurre que en el momento no puedo ser inteligente, ni mediador, ni dar un paso hacia atrás,…
    Creo que es algfo que me ocurre sobre todo con los colores, las tipos, las imagenes, los dibujos,… Son fuente de semejante placer, tengo la experiencia de que es tán sencillo hacerlo más bonito…¿Me ocurre lo mismo en las organizaciones y con propuestas que no estaban a priori en mi mochila? Voy a pensarlo un poco más pero las preguntas se me hacen especialmente sugerentes.
    Un abrazo

    1. Gracias, Asier, por el comentario… desde las tripas.
      Los sentidos son un imperio en otro sentido… La elegancia, la provocación, la divergencia… hedonismo sensitivo e incontrolable de la estética, que lo provoca a caricias o a borbotones.
      Me quedo aquí en esta respuesta. Dejo la organización para otro día… 😉

  2. Me ha encantado tu historia!!
    La nueva tendencia puede ser bien recibida mientras no entorpezca el camino de los demás en el sistema al que pertenece.
    La estetica entra por los sentido, y eso es algo mas animal que la razón. Cuando nos tocan en nuetra parte mas animal hay algo que se activa.
    hasta otro ratito, eres un cuanta cuentos fenomenal y veo que sigues enganchado al carro de la transformación…
    Animo!!!
    Un abrazo

    1. Hola, Elena.
      Más que bien recibida… lo que suele ser, si no molesta mucho, es tolerada, ¿no?
      Me ha gustado eso de calificar a la estética de elemento animal. Solemos relacionarla con la cultura y por derivada con lo intelectual: aunque le adscribamos emociones, lo hacemos desde el lado racional. Y quizá no… quizá tengas razón…
      Un abrazo.

  3. Reconozco que a mi me pasó lo mismo con una alfombra y una lámpara. Finalmente se quedaron las dos en casa.

    Hoy es el día en que, después de 10 años, odio la lámpara y me encanta la alfombra.

    Y sí, es algo animal

        1. Deiane, ¿de verdad quieres una respuesta? 😉
          De momento… la otra pregunta (que es de lo que trata este post): ¿cómo o por qué llegó a gustarte la alfombra?

  4. Quizás merecería la pena echar un vistazo al mundo de la memética por si nos puede ayudar a entender cómo se propagan los virus culturales por las sociedades y las organizaciones.
    Recuerdo un libro de Robert Aunger “El meme eléctrico” que en su día no supe apreciar mucho pero que igual ahora…

    1. Mmm… Apuntas duro, David.

      Partamos de la idea de que a un meme le sean aplicables todas las características de un proceso evolutivo, incluida la fidelidad en la replicación. Si forma parte de un proceso evolutivo, entonces, esa replicación fiel debería ser natural, no conscientemente provocada, con mecanismos virales… Eso encaja en la formación de patrones culturales generales o, en este caso, estéticos… y en última instancia y en lo concreto, en la creación de culturas organizativas.

      No voy a hacer una crítica de la teoría de memes, fundamentalmente porque no tengo ni idea y sería al menos presuntuoso meterme en esas harinas, pero lo que sí me interesa es cómo se produce el cambio de esos patrones, cómo se produce una inflexión en la dirección expansiva de replicación natural del meme.

      Digámoslo de otra forma… desde la analogía genética… ¿cómo se produce una mutación?

  5. Interesante tu última pregunta, a ver si me acuerdo cuando vuelva a casa en un par de días de echar un vistazo al libro que comentaba por si aparece este concepto de “mutación cultural” que propones 🙂

  6. Estoy con David y Jesús.
    Interesante reflexión iniciada “Mutación cultural”.
    ¿Podemos gestionar la mutación?
    ¿Podemos prever una posible mutación?
    Parece que es lo que hace un Sociólogo o mejor dicho ser especialista en “Construccionismo social”.

    Quizá sea interesante ver cómo una organización ha ido evolucionando – con el enfoque memética.

    Del artículo:
    http://www.degerencia.com/articulo/la-gerencia-de-hoy-ya-no-puede-con-su-mutacion-genetica/imp
    yo me quedo con el poder de “Efecto mariposa”, para que ese “germen patológico”, que comenta Jesús en este post, sea lo más contagioso posible.
    ¿Quien será la primera mariposa?
    ¿Tenemos muchas mariposas en nuestra organización para llegar a provocar una tormenta? (eso sí, luego… un cielo despejado con un precioso arco iris).

    1. ¡Xxxx!… yo preocupado por mi barroquismo epistolar… y me salta David con el “meme” y Yuri con el “constructivismo social”… Voy a decirle a @dreig que tengo un ejemplo de PLE-EPA… 😉

      (Menos mal que algunas cosas me suenan un poco y que tengo algunas viejas notas de las que tirar y una red para refrescar conceptos…)

      A lo que vamos. Si no me equivoco, el constructivismo liga el conocimiento con la experiencia, lo que a mi modo de ver es muy coherente con mi comprensión del aprendizaje, entendido como capacidad efectiva de acción y por tanto inevitablemente ligado a la misma. El constructivismo social liga, por tanto, una parte del aprendizaje que todos desarrollamos, tácito, a la observación inconsciente de lo que ocurre en el entorno en que nos movemos. ¿Es así?

      En ese caso (si no he “metido la pata” hasta el fondo), un “interventor” en constructivismo social sería aquél que es capaz de provocar cambios en un ecosistema de forma que se produzcan aprendizajes tácitos en los individuos y con ello cambios en la cultura imperante. La verdad… yo me pregunto si puede ser así, si hay facticidad real en este tipo de intervenciones de “gran hermano”, si alguien puede darme algún ejemplo real más allá de la experimentación en prototipos sociales, por muy listo o maquiavélico que haya sido el “interventor”…

      Me da que, de todas formas, este comentario va más allá de mis intenciones originales. Mi inquietud era entender las claves de lo que sucede sin “interventores”, sin expertos desde su dominio sociológico. Tiendo a pensar que, sin ser un sociólogo, hay cosas que hacer que son factibles y que son más simples, que es posible (también en esto) alcanzar a tener algunas ideas claras, que no es utópico explicitar parte de lo que tácitamente entendemos como una reacción variable, pero normal, que lo que nos interesa es entender algunos de los caminos de esa variabilidad… y a poder ser los más simples.

      Porque para los más complejos… investigadores. Un área de la que disfruto pero que no ha sido la mía… (de momento, habrá que decir)…

  7. Excelente, Jesús. Me ha recordado un vídeo viral (sería excelente para convertirlo en un post multimedia :))

    Quizás sea así, pequeñas variaciones que (sí, al estilo genético)sobreviven o no según nos sean adaptativas, según “haya llegado o no su momento”. Lo más disruptivo suele vivirse en un primer momento como locura, hasta que el pensamiento general evoluciona, llega su momento y pasa a ser genialidad.

    Por si no tenías suficiente, me haces pensar en que existe la disonancia cognitiva, la disrupción que somos capaces de tolerar.

    Llegará a gustarme la alfombra no solo cuando, como dices, me acostumbre a ella, sinó a muchas otras ideas que son afines a la consideración social de su belleza.

    No sé si me explico, pero sí, también el conectivismo tendría mucho que ver con el proceso que tan bien has sabido describir:

    Integraremos la belleza de la alfombra cuando hayamos logrado o nos hayan enseñado a conectarla con elementos que ya conocemos. Será mayor el éxito de una idea cuanto más conectada resulte. En fin…. que no termino 🙂

    Un abrazo

    1. Voy a darle una vuelta a tu comentario sobre la disonancia cognitiva: el paso de lo disruptivo a la genialidad es cada vez más rápido y, al mismo tiempo, el camino desde la genialidad ya extendida en una tribu a la aceptación social masiva (normalmente más lento) es cada vez más fugaz. ¿Qué permanece al final del proceso? Y sobre todo… ¿por qué? No lo tengo claro…

      Pero interesantísimo conducir la reflexión hacia la conectividad de las cosas que camban con las que nos resultan conocidas. Otra vez la relación más importante que el nodo… si creemos que tenemos potencial de intervención.

      Gracias por acudir a la llamada de auxilio… aunque sea añadiendo fuego a la hoguera (no esperaba menos… 😉 ).

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