Vibraciones: ignorancia y felicidad

Muchas veces he dado vueltas a la idea de si la ignorancia es un aliado de la felicidad, entendida no como emoción instantánea, sino como estado de ánimo subyacente a una época (o a la totalidad, si ello fuera posible) de una vida.

De nuevo ha sido Julen Iturbe quien me ha hecho “vibrar” tras más de dos semanas de ausencia de esta bitácora en las que, simplemente, no me apetecía escribir. Y lo ha hecho por medio de uno de esos post que comienzan sin un aparente fin, en torno a la relación de la felicidad con la inconsciencia de poder manejar sus hilos, pero cruzando los territorios de la sociedad hedonista de consumo y de la “empresa emotiva” del homo economicus.

También Alberto Barbero había tenido la amabilidad de citar este modesto blog sólo tres días antes, en un interesante artículo en el que se declaraba investigando sobre qué es lo que produce la felicidad.

Y como entre los dos me han revuelto el dilema existencial, en lugar de hacer los habituales comentarios me he lanzado esta vez, por variar, a volcarlos en todo un señor post.

Para comenzar por algún lado, se me ha ocurrido la poco original idea de buscar frases célebres sobre el tema, así que me he topado con un prolífico sector italiano con sentencias como “La ignorancia es la mayor fuente de felicidad” (Leopardi Giacomo), o desde el humor en serio, “La ignorancia es la madre de la felicidad… y de la bienaventuranza sexual” (Giordano Bruno).

Claro que no sólo con italianos nos las tenemos que ver… Una de Sigmund Freud es clarificadora: “Existen dos maneras de ser feliz en esta vida, una es hacerse el idiota y otra serlo“.

Ojos que no ven…

Veamos…

Para mí que la felicidad de una persona (para seguir y sin pensarlo demasiado), sí tiene que tener algo que ver con eso de que “ojos que no ven, corazón que no siente“, porque cuando alguien moderadamente bueno toma conciencia de las realidades de este mundo, más se le tornan intolerables las desigualdades y más real visualiza su personal acomodo incómodo frente a ellas.

Julen traía a colación la idea de felicidad en nuestra sociedad asociada al culto al hedonismo en todas las facetas de nuestra vida, desde los diferentes entornos en que ésta se desenvuelve.

La idea es profunda y me temo que yo me voy a limitar a sobrevolarla, pero esa idea le permitía volver sobre las empresas, para él ese monstruo incurable (aunque quizá ya evitable) que condiciona la vida actual de nuestro mundo con su adaptabilidad camaleónica a las variaciones de los anhelos sociales… de forma que nada, en sustancia, pueda cambiar.

Empresas que son necesarias para sostener una civilización sujeta en un entramado de consumo sin el que se caería con estrépito: “Hijo mío, la felicidad está hecha de pequeñas cosas: un pequeño yate, una pequeña mansión, una pequeña fortuna…“, que diría Groucho Marx😉.

Empresas que procuran nuestra felicidad cómplice también dentro de ellas porque sólo así nos alinearemos en el logro de los objetivos que necesitan sean colectivos.

Pues les voy a decir una cosa: en todo caso, ese es un mal menor.

Porque aún hay empresas en que la persona es un mero factor económico (y no en tiempos de crisis sino habitualmente), personas para quienes el trabajo será siempre sólo un medio para poder vivir y que proclamarán que “la vida está fuera”… y trabajos que no permiten sentir que a eso se le pueda llamar “vida”.

A mí me da que, en cualquiera de estos casos, arrinconar el trabajo en la esquina de las 8 horas vuelve a ser “ojos que no ven“, una claudicación, unas orejeras que ponerse mientras se camina por la otra parte de la existencia.

Y también es “ojos que no ven” el llenar de actividad los tiempos de ocio, o el esconder los problemas de relación en obligaciones cotidianas, cobijo de nuestras cobardías personales y de silencios. Todo eso es también consumo, aunque no de bienes materiales, sino de algo más importante por escaso: consumo de tiempo.

Pero lo que sí parece, es que para muchas personas resulta más fácil alcanzar la felicidad cuando se cierran los ojos a la desigualdad social, al trabajo como pesada carga o a los problemas relacionales.

Huir, mirar para otro lado… lo hace mucha gente, así que parece que ayuda, ¿no?

(…) corazón que no siente.

Que no siente… ¡o que no sufre!, habría que decir mejor para preservar el sentido de la frase.

Hablar de ser feliz respecto de uno mismo o de cualquier otra persona es establecer un juicio. Para valorar si es un juicio fundamentado, suele ser recomendable hacer el ejercicio de fundar el juicio contrario… y no vendría mal para ello ponerle orígenes a la infelicidad: sufrimiento, por un lado (la resignación entra en juego) y emociones negativas que te esclavizan, por otro (con el resentimiento como “rey del mambo”).

 

El resentimiento te atrapa, condiciona tu vida, te llena de rabia sin posibilidad de reclamar lo que en justicia crees que te corresponde. Hace daño, te ciega, te vigila, está siempre al acecho para saltar al campo a la mínima ocasión que se presente.

La resignación habla de expectativas y deseos… a cuyo logro renunciamos definitivamente, porque llega un momento en que las etiquetamos como imposibles para nosotros.

La resignación es de la familia de la tristeza, el antónimo de la ambición, y colorea en gris el estado de ánimo de una persona incluso si ésta consigue ocultarlo a su mente y a su vida cotidiana. Algún día quizá hablemos más sobre ello…

Pero ambas cosas son origen de sufrimiento y por tanto de infelicidad como trasfondo emocional.

Por eso les planteo si realmente piensan que cerrar los ojos ayuda a ser más feliz, o si solo lo parece.

No voy a cuestionar ahora el que Freud acertara ligando la felicidad al hecho de ser idiota. Pero sí me pregunto seriamente si funciona el hacerse…

Ojos que ven… lo que al corazón hace sentir bien.

No crea felicidad tener una meta en la vida, sino creer que es posible, sentirla aún deseable y, sobre todo, verse en marcha hacia ella: sentir que se avanza o que esta vez sí que se avanzará, aunque sea poco, aunque sea sin saber muy bien hacia dónde… pero con el impulso suficiente como para ser consciente de ello.

No crean felicidad los sueños rotos, los anhelos que sentimos incumplibles, las renuncias conscientes y dolorosas a posibilidades que se cierran sin que nosotros lo deseemos.

Como modelo, podemos asumir la inconsciente felicidad de la primera infancia, pero cuando puede contemplarse… me ha encantado siempre la felicidad de la madurez.

Una felicidad serena, basada en la duplicidad del querer y apreciar a quienes sentimos que nos quieren y nos aprecian. Con perspectiva vital, ambas cosas nos permiten desprendernos de otros factores que pasan a ser definitivamente superfluos.

“No es más feliz el que más tiene, sino el que menos necesita”… Creo que esta frase preciosa, citada en uno de los comentarios al post de Julen, evita un círculo ontológico que se vicia con frecuencia: en términos de felicidad, también hay “posesiones” inmateriales tan valiosas… que hacen que el resto del mundo nos parezca menos necesario.

O lo que es lo mismo, cerrando con otra cita, esta vez de Ralph Waldo Emerson: “El éxito consiste en obtener lo que se desea; la felicidad, en disfrutar lo que se obtiene“. Aunque no olviden que eso exige que lo que cada uno obtenga… lo sienta como suficientemente valioso.

Las expectativas vitales de cada uno se forjan en función de lo que conoce, de lo que ha probado… o de lo que interpreta que significa para él lo que sabe que existe pero no ha probado. Se anhela aquello de lo que uno es consciente que desea y carece… pero sobre todo se añora lo que se ha tenido y se pierde sin desearlo.

Hay otra ignorancia, absoluta (la que se da sobre lo que ni siquiera sé que existe), que sí ayuda a la felicidad, aunque sólo sea por el simple hecho que que es incapaz de generar expectativas.

Disculpen las citas. Cuando hay más de una en un texto me generan repelús… pero hoy me he concedido una licencia.

El conocimiento nos hace más comprometidos y mejores personas… pero en la dimensión social del ser humano. Por tanto, no es evidente que nos haga más felices. Y un obvio descubrimiento: la felicidad es individual.

Por eso no les voy a hablar de la mía, ni les preguntaré sobre la suya.

¿Se lo preguntan ustedes?

8 comments

  1. Precioso post, Jesús. Gracias. La felicidad… ¡qué palabra tan profunda! Yo lo veo como “algo” que se mide en base a los deseos/expectativas/sueños y el grado de su avance o cumplimiento. Ahora bien… ¿a dónde apuntamos a la hora de desear? He visto niños que parecían tan felices en la África profunda… Son cosas que dan mucho que pensar.

    1. Yo también he visto en África niños que parecían felices… pero no he visto a sus padres así. Ellos sí conocen.
      Yo creo que más que el grado de avance o cumplimiento, la clave está en la facticidad que consideramos de lo que nos proponemos: si creemos que nuestra expectativa es factible pero la situamos en el terreno de lo imposible para nosotros, tenemos abono para la frustración. Sin embargo, si nos vemos capaces y la ambición sana pasa al mando, la energía fluye caudalosa.
      Muchas gracias, Aitor, por estrenar casillero en esta bitácora. Me encanta recibir a gente… y tú aún faltabas.
      Hasta la próxima, ¿si?

  2. me encanto tu idea de ser feliz,

    y por eso te digo si podes conseguir respuesta a esto que escuche

    ¿queres la verdad? ¡la verdad es que no podes soportar la verdad!

    ¿para que vivir? si el resultado es siempre el mismo ¡la muerte!

    1. ¿Y para qué preguntarse eso si lo único obvio es que estamos vivos? En el camino… hay suficientes razones.
      Gracias por tu comentario.

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