Mes: diciembre 2009

Vibraciones: Natividad

El nacimiento de Jesús supuso una transformación gigantesca del mundo conocido. El más grande de los reyes, nacido en el más humilde de los lugares, para un reino incomprensible para el poder. Históricamente, un suceso minúsculo de expansión viral… que amenazó a un imperio y que configuró las bases, con el devenir de los siglos, de la más grande de las civilizaciones de nuestra historia.

Natividad es nacimiento, la conmemoración del nacimiento de Jesús de Nazareth. Pero a nadie se le escapa que hoy en día la celebración de la Navidad ha perdido para la mayoría ese significado religioso… o lo ha convertido en un background casi residual de una sociedad marcadamente hedonista.

El llamado laicismo es hoy una opción creciente que en amplios círculos de la sociedad es bien aceptada: suena a militante, a progresista… es “guay”. Hoy se promueve directa o larvadamente el laicismo hasta de forma desafiante, apoyada con demasiada frecuencia en el sarcasmo (cuando no en la burla) sobre la religión, la Iglesia, “los curas” y su defensa de unos valores cuya interpretación puede haber quedado trasnochada para muchos, pero que tienen derecho a defender.

Pues déjenme decirles que cambiar la crítica saludable y seguramente merecida por el sarcasmo ácido, la provocación o la burla es una conducta cobarde, porque hacerlo hoy no supone riesgos: “leña al mono, que es de goma”.

Bien…

Una vez despachado este aspecto, les diré que no era ese el núcleo de este artículo…

La idea de la Navidad ha ido derivando en la buena voluntad, la compasión y la celebración familiar. Pero “la vida es dura… dura y sacrificada” (decía un amigo mío medio en broma medio en serio), así que esa idea centrada en el “buenismo” ha ido perdiendo adhesiones en los últimos años a pasos agigantados.

La exacerbada explotación comercial de la celebración navideña sirve de excelente excusa para criticar la Navidad, pero esa crítica, fundada, va cada vez menos acompañada de la reivindicación paralela de los valores perdidos.

Sé que hay experiencias vitales que a algunas personas les llevan más bien a escapar (yo tuve mi momento, del que quizá les hable algún día), pero… a mí me gustan estas fechas.

Me ayudan a disciplinarme lo justo para recordar momentos de familia, para conversar con el simple deseo de agradar, de invitar, de hacer cosas juntos en casa. Me gustan sus sonidos y ver cómo los hogares y las ciudades se visten de gala (o de hortera, que todo vale) para celebrar algo todos a la vez.

Me gusta también regalar, por qué no… emplear (“desperdiciar”) el siempre escaso tiempo en dar mil vueltas para encontrar lo que crees que sorprenderá o a gustará a quienes quieres. Sólo lo hago una vez al año (bueno… dos) y me encanta ver cómo la gente comparte alegría e ilusiones, niños y mayores, varias generaciones reunidas, aunque sólo sea como paréntesis obligado en nuestras vidas.

En mi casa celebramos el día de Reyes para los regalos. El Olentzero anda rondando cada año la puerta, pero por el momento hemos conseguido que se reúna con Papá Noel, San Nicolás y Santa Claus para echar un mus la noche del 24, dejando el encargo completo a los Reyes Magos.

Recuerdo los días de Reyes en casa de mis padres con mucha añoranza. Cuando empezamos a ser un poco mayores y ya “lo sabíamos todo”, nos pasábamos todas las vacaciones de Navidad pensando en los demás, buscando buenas ideas y haciendo alianzas entre hermanos para poder comprar algunas para las que el escaso presupuesto individual no podía llegar. El 6 de enero empezaba siempre con un chocolate con churros y seguía por una ceremonia interminable, que consistía en ir abriendo cuidadosamente, y uno por uno, todos los regalos que podíamos descubrir alrededor de nuestros lustrados zapatos. La verdad es que media docena de regalos por persona (éramos cuatro hermanos)… daban para un buen rato.

Hoy en día, en la infinita pugna entre Olentzero y Reyes (nos negamos a que haya en los dos), la gente aún nos racionaliza el análisis: “es mejor en Olentzero: los niños, así, tienen tiempo de disfrutar de los juguetes”. Pues… yo guardo mejor recuerdo de la excitación de la planificación y la espera que del juego en sí, para el que, en cualquier caso, siempre quedaba todo un año por delante.

La gente ya no lo entiende, pero ese amor desinteresado por tus seres más cercanos, si lo extiendes un poco más allá, se llama caridad, otra palabra que cuando se oye hoy genera incluso cautelas. En la Wikipedia leo que San Pablo definía que “la caridad es paciente, es servicial; la caridad no es envidiosa, no es jactanciosa, no se engríe; es decorosa; no busca su interés; no se irrita; no toma en cuenta el mal; no se alegra de la injusticia; se alegra con la verdad. Todo lo excusa. Todo lo cree. Todo lo espera. Todo lo soporta”. No parece fácil, ¿verdad?

Pues practicar la solidaridad desinteresada, por amor a los demás, es caridad, aunque no se trate de caridad cristiana porque quien la practique no lo sea…

Creo que coincidirán conmigo en que la descomposición de algunas de las bases de nuestra civilización occidental es fundamentalmente una crisis de valores. El relativismo moral se extiende con facilidad por las capas de lo no importante… mientras el umbral de importancia se eleva cada día un poco más.

Hace unos días, la tertulia filosófica de Gregorio Luri se me ofrecía, desde El café de Ocata, como un aldabonazo. Necesito que lean su provocación antes de volver a este post para que entiendan bien de qué hablo, porque es posible que él se exprese mejor: “Europa ha dejado de creer que se encuentre en el lado de los buenos. Y por eso cabalga en el caballo del malo“.

En ese sentido, les dejo ahora un vídeo inquietante.

Es un breve documental de poco más de 7 minutos sobre la expansión demográfica del mundo musulmán en Occidente. Les confieso que he dudado mucho de si insertarlo o no porque, desconociendo su propósito y su autor exacto (aunque parece cercano a los movimientos ultra-religiosos norteamericanos) y sin poder decir por qué, destila un tono manipulador, de amenaza larvadamente xenófoba, de llamada a unas nuevas Cruzadas, que incomoda… o hasta irrita.

Pero tratando de escapar de esa sensación, presenta unos datos que, si tan sólo son la mitad ciertos, dibujan cambios demográficos en la sociedad de nuestros hijos de los que desde luego no somos conscientes (o nos resistimos a serlo), cambios que definirán una sociedad con rasgos, con valores, también probablemente muy diferentes.

Así que considérenlo una provocación a la reflexión posterior.

Venga, es un poco jugar con fuego…

Pero ahí va.

Aunque no soy una persona visiblemente comprometida, soy cristiano, no lo oculto ni engaño a nadie con ello. Pero, independientemente del etiquetado (si es que puede uno librarse del mismo a modo de ejercicio), me siento absolutamente alineado con nuestra cultura occidental, la de la vieja Europa, la más libre y la más justa (aunque muestre muchos signos de soberbia, decadencia y podredumbre) que hoy creo que puede encontrarse en este nuestro querido globo.

Una cultura rica, construida a través de generaciones de abusos, de desmanes y de horrores, pero también de ilusiones, de esfuerzos y de sacrificios que han acabado por configurar un esquema de convivencia basado en unos valores cuyas raíces ahondan en el humanismo cristiano pero que son, a mi modo de ver, intrínsecamente buenos.

De derechas o de izquierdas, activistas de toda índole o componentes de la masa silenciosa, cristianos (de un lado o de otro) activos o pasivos, musulmanes y otros creyentes (por qué no) que asuman con claridad la idea de la separación entre la religión y el estado, agnósticos o abiertamente ateos… Ojalá, seamos lo que seamos, reconozcamos en esos valores algo a compartir pero sobre todo a practicar, algo en lo que apoyarnos en las decisiones más importantes de nuestras vidas para fortalecer en sus verdaderos fundamentos este modelo de convivencia.

Porque en nuestro mundo hay movimientos radicales que se reproducen a extraordinaria velocidad basados en valores intensa y emocionalmente transmitidos y en redes de caridad hacia los más ultrajados o reprimidos, pero que son incapaces de distinguir la religión de la ley y el gobierno del estado… que no conciben las segundas si no es bajo el manto de la primera.

Y las culturas se sostienen en sistemas, en comportamientos… y en símbolos.

Feliz Navidad.

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Reflexiones: universidad y empresa

Déjenme aquí abrir una reflexión, derivada de uno de esos cuentos personales que suelo gustar de compartir con quienes con frecuencia se asoman a estas letras…

Yo estudié Ingeniería Industrial en la entonces Escuela Técnica Superior de Ingenieros Industriales de Bilbao.

La visión de los seis años de estudios era casi unánime al considerar que el diseño formativo de los cursos era básicamente teorizante, muy poco ligado a las necesidades reales de la empresa y totalmente desconectado de las que serían nuestras preocupaciones reales en el futuro.

De hecho, la llegada al mundo de la empresa de quienes compartimos aquellos años no hizo sino confirmar esas sensaciones: salvo para quienes entraron en departamentos técnicos o de investigación (y en muchas ocasiones, ni siquiera en esos casos), las preocupaciones con que nos teníamos que enfrentar en la empresa no tenían nada que ver con lo aprendido en la Universidad.

Con el tiempo, llegué al mundo de las cooperativas de Mondragón del que ahora formo parte. Desde la cooperativa pude valorar una apuesta formativa diferente, la de Mondragon Unibertsitatea, ligada a un entorno más reducido y más cerrado, sí, pero con un modelo pedagógico muy diferente y fuertemente implicada en la inserción final del alumno en las empresas de corte industrial que, en buena parte pertenecientes a la Corporación MONDRAGON (aunque no necesariamente), conforman el tejido empresarial del Alto Deba.

Durante muchos años envidié la cercanía a las necesidades de la empresa que traían como bagaje las nuevas generaciones que se incorporaban al mercado laboral desde la “fábrica de ingenieros” de Mondragón (Mondragon Goi Eskola Politeknikoa – MGEP): conocimiento básico de lo que es una empresa, idiomas, capacidad de trabajo en equipo…

Lo comparaba con mi propia experiencia y no tenía mucho de qué alardear: unas pobres horas de taller mecánico, prácticas de tres meses sólo tras acabar la carrera, teorías ya olvidadas, infinidad de asignaturas cuya futura utilidad era cuando menos dudosa… Fueron 6 intensos años de esfuerzo para terminar una carrera de Ingeniería Industrial casi sin haber pisado una industria, 6 años para salir a la calle con un papel… y las manos en los bolsillos.

Mis primeras entrevistas de trabajo me sirvieron para darme cuenta de que mi inglés era bochornoso (a pesar de años de clases con buenas notas) y que el expediente académico servía para más bien poco. Mi proyecto fin de carrera, para ser consciente de que más me valía sacar yo mismo las castañas del fuego en que estuvieran, porque no iba a ser fácil encontrar a quien estuviera dispuesto a ocupar graciosamente su tiempo en facilitar mi adaptación al mundo laboral.

Mi primer contrato laboral, para tener la absoluta certeza… de que no tenía ni la más remota idea de lo que era una empresa, de cómo se organizaba internamente, de cuáles eran sus principales procesos, de que la clave de su funcionamiento estaba en la gestión tanto como en el negocio (ni siquiera era capaz de distinguir con claridad que hay que trabajar conscientemente en ambos territorios) y, en definitiva, de que los resultados del trabajo y la satisfacción para con el mismo dependían fundamentalmente más de cuestiones humanas que de soluciones técnicas.

Ya en la cooperativa, de Eskola llegaban ingenieros con dominio del inglés y muchas veces con conocimiento de al menos otro idoma. Gente que había vivido uno o dos años en Francia, en Inglaterra o en Alemania, becado o no, como parte de su aprendizaje. Gente que había pasado ya por al menos un año de vida laboral, en múltiples formas. Gente que con relativa frecuencia habían comenzado con una carrera media y habían abordado la titulación superior compatibilizándola, en un esfuerzo encomiable, con un trabajo remunerado. Gente que, en definitiva, había tomado decisiones relevantes para conducir el rumbo de su propia formación.

Así que… ¿cómo no iba a envidiarlo?

Pues…

Hoy tengo una visión matizada que me gustaría compartir y que comencé a abrir hace algo así como hace un año en un debate en LinkedIn.

Han pasado casi 14 años desde mi incorporación a la cooperativa de la que soy socio y veo ya no sólo el bagaje que trae la gente que se incorpora, sino su posterior carrera profesional, sus ambiciones, cómo desarrollan sus capacidades y dónde ponen sus intereses.

Por favor, consideren que necesito generalizar como base de mi reflexión. Los colectivos humanos son siempre variados y en ellos siempre hay personas diferentes, pero es la generalización la que permite analizar fortalezas y debilidades de un modelo, sea pedagógico o de gestión.

En estos años he observado las bondades del modelo de formación de MU, pero al mismo tiempo he observado otra cosa igual (?) de importante: muchos de sus ingenieros centran sus aspiraciones en alcanzar el nivel de jefe de proyecto o en recorrer en un plazo medio una carrera que lleve hasta puestos de elevado componente técnico o de gestor técnico, pero luego se estancan ahí. Por decirlo de otra manera, ninguno quiere ser gerente… o crear una nueva actividad. Pocos de los que entran en una Ingeniería de negocio muestran apetencia por una carrera profesional con frecuente rotación por diferentes ámbitos funcionales… pocos aspiran a formar parte de un equipo directivo.

En definitiva: trabajan duro, pero cuando alcanzan un nivel que consideran satisfactorio (lo que no les suele llevar más de 6 o 10 años), se estabilizan. No aspiran a nuevos retos profesionales, diferentes, que hagan crecer su visión sistémica del negocio y de la empresa. Algunos lo intentan bien avanzada su vida laboral… y en muchos casos ya es tarde, el encasillamiento es lo suficientemente fuerte como para que la organización “no les vea” en otros sitios.

Me resulta curioso el paralelismo con el hecho de que la mayoría de los ingenieros salidos de la factoría Eskola pretendan trabajar en su entorno más próximo. He hecho una pequeña lista de la gente de mi generación de estudiantes de la que puedo trazar su andadura profesional hasta la fecha. No son muchos (a mí me resulta muy fácil perder las pistas), pero de ellos, un porcentaje altísimo trabajan (trabajamos) fuera de Bilbao. Aunque no tengo datos que lo fundamenten adecuadamente, me da que no se produce con la misma frecuencia en los formados en la Universidad de Mondragón, que el grado de quienes acaban trabajando en un entorno muy próximo es muy alto. Me resulta hasta dificil la imagen mental contraria a la mía, de un ingeniero de MU trabajando en una empresa de Bilbao…

En fin, el caso, volviendo al hilo del post, es que hoy valoro de otra manera la formación exagerada y quizá excesivamente teórica de la vieja Escuela de Ingenieros. Creo que nuestras carreras profesionales han sido y son más abiertas, probablemente (juzgo yo), porque la “carrera de obstáculos” que supusieron nuestros 6 años de paso por allí consiguió de nosotros algo parecido a la definición de ingeniero que me hizo un antiguo jefe: “alguien que es capaz de conseguir lo que se le pide”.

Hoy veo que la disciplina de estudio y de dominio teórico aparentemente inútil para el futuro de la mayoría, nos aportó una capacidad de abstracción que luego ha sido importante para dotarnos de una visión sistémica de las cosas. Para desarrollar capacidad creativa y potencial de cambio de puntos de vista. Paradójicamente… para pasar del lado técnico al de gestión.

Hoy creo que son dos modelos muy diferenciados a los que conviene acercarse con tranquilidad si se está en el momento de optar.

No sé si en otros 15 años mi perspectiva volverá a cambiar. También es verdad que los que sí han cambiado son la Escuela y Eskola: lo que yo observo es fruto de sus modelos pedagógicos anteriores y no sé cuál será el resultado de los actuales. Pero hoy, mi reflexión forma parte de ese volumen de juicios que han ido dejando de estar sólidamente asentados…

¿Comparten mi percepción?

Sí, es un poco simple, pero si quieren dejar su punto de vista, ya saben… es sólo un poco más abajo.

Vibraciones: mis derechos de autor

Comienzo por una declaración… y una petición.

Realmente, no conozco la legislación aplicable a la protección de derechos de autor o de la propiedad intelectual y, como me interesa tirando a poco, no he dedicado suficiente tiempo a informarme sobre el marco legal establecido al respecto. Tampoco sé de tecnología digital. Pero escucho… y reflexiono.

Ergo… para variar, pido a los amables lectores que vayan a seguir adelante con la lectura de este post que se centren en las ideas y no en los datos (que en esta ocasión considero no van a ser relevantes para mis opiniones) y que disculpen si en algún caso cometo con ellos algún error de bulto, que no será intencionado.

Vamos a ello.

EL MANIFIESTO (“En defensa de los derechos fundamentales en internet”).

Estas “vibraciones” arrancan con la masiva publicación, difusión y adhesión pública a este manifiesto que, a raíz de la posibilidad de que el estado arbitrara fórmulas por las que un ente administrativo sin control judicial pudiera proceder al cierre de páginas web (impulsada por la ministra Ángeles González-Sinde en el marco del anteproyecto de ley de “economía sostenible”), estallara inundando internet (e incluso luego los medios de comunicación tradicionales) el pasado 3 de diciembre.

No voy a reproducir el manifiesto aquí porque este artículo ya va a ser bastante largo y porque ha sido profusamente distribuido… pero me sumo a él. Me sumo globalmente porque globalmente lo comparto, a pesar de que en él se pueden encontrar puntos que para mí son indiscutibles (1-2-7-8), puntos que apoyo sin ambages (9-10) y puntos en los que caben opiniones y matices, pero que también comparto (3-4-5-6).

Si esto es Matrix, esperaré a que alguien me ofrezca píldoras. Pero si interpreto lo que veo de forma más o menos próxima a la realidad, internet es hoy un espacio de libertad increíble, pero sobre todo… tiene un potencial de transformación del hecho social en libertad enorme, aún más increíble… y con posibilidades aún sin explotar de que se desarrolle al margen de un control férreo de los estados. Probablemente, como nunca antes en la historia.

Así que supongo que por eso preocupa a los que legislan y a los que gobiernan… y supongo también que por eso estamos asistiendo con creciente frecuencia a múltiples intentos en la Unión Europea y en sus países miembros de impulsar mecanismos de control sobre la red, desde múltiples frentes.

La neutralidad de la red de comunicaciones y el control judicial de toda suspensión de actividad que pudiera afectar a derechos fundamentales son claves para la conservación de la libertad en la red y, en mi modestísima opinión, deberían ser asumidos universalmente como principios simples de salud democrática.

EL PRINCIPIO FUE EL CD (o la información se hace digital).

Es que se veía venir…

Mis primeros y adolescentes contactos con la música se relacionan con las cintas de cassette. Comprar un radiocassette era asequible para las familias medias no solo por el precio sino por el poco espacio que requería (nótese la ventaja de llevar sus altavoces integrados) y por la portabilidad que te permitía llevártelo hasta de vacaciones.

La llegada del cassette hizo que “salida de auriculares” o “entrada de audio” fueran términos que se incorporaran al lenjuaje coloquial… y que los cables empezaran a tener otro sentido más allá que el de conectar un aparato a la corriente eléctrica.

¿Recuerdan aquellas horas gastadas en conectar dos aparatos con la cinta de un amigo, o cómo rebobinábamos ya entonces hasta encontrar el comienzo de cada tema que nos gustaba para copiarlo, en lo que fue la primera vez que el usuario podía configurar un producto (una cinta) con lo que realmente le interesaba y no con el paquete que le vendían en la tienda?

Visto con la perspectiva de hoy, el cassette no sólo supuso una revolución por el hecho de que por primera vez se posibilitara de forma extremadamente barata aunque insufriblemente lenta la copia privada de música (luego también datos), sino que, algo que hasta hoy me había pasado desapercibido, también significó la primera oportunidad de creación casera de contenidos sonoros archivables y reproducibles.

Me asoma la sonrisa pensando cómo grababa guitarra de acompañamiento, por ejemplo, en una cinta… y cómo la reproducía luego en un aparato y cantaba y tocaba punteos, grabando todo a la vez en otro, como pura diversión hogareña. Incluso llegué a realizar un tercer ciclo cargando la batería… 🙂

¿Significó el cassette la desaparición del soporte anterior, a causa de estos cambios revolucionarios?

Pues… no. Aún guardo en casa (y escucho de vez en cuando) “viejos” vinilos de cuando pude empezar a gastar mi dinero en música y mi oído ya exigía calidad… Porque la aparición del cassette significó más la popularización y la extensión del disfrute de la música (la calle, el colegio, la playa, el coche…) que la sustitución del disfrute más íntimo del salón de casa, que siguió reservado al disco de vinilo durante muchos años, hasta que las pletinas de cassette pudieron ofrecer niveles de calidad y de reducción de ruido aceptables.

¿Significó una amenaza para la industria discográfica?

Pues… tampoco. Todo lo contrario, porque en realidad el negocio de la música creció extraordinariamente. El deterioro del soporte era relativamente rápido, la calidad de copia era mediocre y el proceso tan lento, que no se podía aplicar a escala industrial. Así que no tardaron en comercializarse equipos con doble pletina, en un curioso precedente de mercado que animaba a la copia.

Pero… llegó el CD.

Portabilidad aplicada a una calidad extraordinaria, reducción de consumo de espacio…

Una maravilla que supuso un cambio trascendental en el mercado de la música: el CD mató al vinilo… y la industria lo hizo conscientemente, porque, entre otras cosas, ofrecía un potencial de reducción impresionante de los costes de producción y comercialización.

Pero, ¿qué hizo la industria con los consumidores? Pues déjenme decirles… que engañarnos. Aprovecharse de la creciente demanda para, literalmente, “forrarse”.

Siempre me pareció un escándalo que la salida del CD al mercado fuera a un precio superior al del vinilo, aprovechando su mayor calidad y la novedad, pero explotando al consumidor en el fondo porque los costes eran (e iban a ser) claramente inferiores. Por añadidura: ¿no les resulta sospechoso que los precios de todos los CD fueran durante muchos años uniformes en el lanzamiento, independientemente del artista, del estudio de grabación, de la casa discográfica, de la calidad del producto o de los complementos que añadían? ¿Es eso un mercado de libre competencia… o un lobby que tácitamente fija un precio de referencia?

Yo, que trabajo en el mercado de automoción, aprendí hace tiempo que si el mercado es libre es él el que fija el precio, de forma que, si el fabricante quiere obtener beneficio, sólo puede actuar sobre los costes.

Pues el mercado de la música, no sé por qué extraño motivo, escapó de esta máxima incuestionable en otros.

Pero la digitalización de contenidos y el desarrollo tecnológico que supuso la utilización de un haz de luz (el láser) como elemento de lectura y transporte de información (el sonido) sin soporte físico, cambió el mercado para siempre… en otros sentidos a los deseados por la industria discográfica: la copia casera reproducía fielmente la calidad del original, se podía copiar de forma industrial casi en la sala de estar y a un coste despreciable y, sobre todo, la información, la música (o luego la imagen o los datos)… podían transportarse, copiarse o intercambiarse de forma privada a través de un hilo telefónico.

Sólo era cuestión de tiempo que la tecnología y la banda ancha invadieran el mercado y que se desarrollaran de forma extraordinariamente eficiente, pero la industria de contenidos no lo vió. Se aferró defensivamente a un mundo privilegiado en el que había estado viviendo en la abundancia y con la sensación de control absoluto, donde la competencia estaba en quién se hacía con el glamour o en quién se hacía más grande… y no en respetar al cliente.

Así que no me dan pena. De aquellos fangos… vienen estos lodos.

EL CASO iTUNES (y similares).

Salgamos del pasado. Saltemos al mundo actual donde parece que la ley de la selva impera en la copia de contenidos. El modelo de negocio de Apple con iTunes ha sido divulgado, comentado, explicado… ensalzado hasta la saciedad como un modelo innovador, viable y alternativa “legal” al modo de hacer negocio tradicional en el mundo de la música.

Pues déjenme decirles que a mí me parece un modelo con rasgos inadmisibles. Un modelo que peca de muchos de los mismos defectos que tenía el antiguo mercado de los CD’s, que ha sido fruto de acuerdos con las multinacionales de contenidos que creen que es una forma, de nuevo, de controlar el mercado. Y por las mismas razones, creo (y espero) que tenga un futuro bien distinto al que hoy conocemos.

Me explico… ¿Qué les parece que una canción comprada en iTunes cueste 0’99 $ en US o 0’99 € en Europa?

Eso no es lo mismo, ¿no?

Pero… si los costes de producción son los mismos, los costes de distribución son los mismos, los costes de promoción son los mismos, los costes de comercialización son los mismos y los derechos de autor sólo son unos… ¿por qué el precio es distinto cuando el mercado es único y el canal de distribución (la red) también?

A mí me parece intolerable. Un nuevo engaño al consumidor. Una repetición de un mercado no libre, manejado por un lobby y no por las leyes del libremercado, con precios que extrañamente resultan independientes del artista, del estudio de grabación, de la casa discográfica o de la calidad del producto. Entre el monopolio y el oligopolio. ¿Por qué no intervendrán los organismos de defensa de la competencia?

Así que, a pesar de lo cool y de que me caen bien los de la manzana… si se les cae el “chiringuito” tampoco me darán pena.

Por el bien de Apple, que me parece una empresa que crea el futuro, espero que no “se duerma en los laureles” (como hicieron las discográficas) y que esté ya construyendo el nuevo modelo. Porque de estos fangos… no pueden sino venir similares lodos.

GOOGLE, MICROSOFT Y EL OPEN SOFTWARE (o las cosas que no entiendo).

Ya que el problema de la llamada “piratería” (volveré al final a este concepto) se extiende a toda la industria de contenidos, voy a pasearme un poco por el mundo del software para plantearles una cosa que no entiendo, o que les mostrará alguna “neura” torcida que debo tener por aquí dentro.

Para la industria en general, e incluso para el trabajo desde casa o en casa, los precios de los productos de Microsoft son una carga relevante. Para una empresa que desea universalizar el acceso digital a todos sus trabajadores, una fuerte barrera. El modelo de licenciamiento de Microsoft (extendible a cualquier otra empresa de software), los costes de mantenimiento, la política de lanzamiento de nuevos productos solo compatibles o explotables en toda su potencialidad con actualizaciones de otro software base como el Office… deja en el consumidor una imagen de abuso del mercado.

No me entiendan mal. Al fin y al cabo, los productos de Microsoft son creaciones o integraciones suyas, no es como en la música… y de sus ingresos depende su capacidad de desarrollo. Microsoft lo ha hecho bien desde un punto de vista estrictamente empresarial. Como Apple. Pero la necesidad de interoperabilidad en un mercado global, de compatibilidad de los soportes de contenidos, ha conducido a una situación de casi monopolio de soluciones Microsoft en los mercados industriales. Y la desaparición de un monopolio (¿me repito?)… da cualquier cosa menos pena, ¿no?

En mi opinión, la solución debería venir por un aumento real de la competencia, no por regulaciones restrictivas o proteccionistas, pero en esta situación de práctico monopolio, la aparición de un nuevo entrante es francamente difícil.

Ahora bien, parecía que podía emerger una amenaza real para el MS Office, el Open Office u otras soluciones similares, pero la realidad es que entre ambas propuestas hay problemas de compatibilidad que hacen que en algunos mercados (el de automoción, por ejemplo), los temores a problemas superen a las ventajas de coste.

Pero… pero bueno…

¿Me quieren hacer creer que entre los miles de extraordinarios desarrolladores de software ligados, por ejemplo, al software libre o a la industria de videojuegos, no hay capacidad de desarrollar productos 100% compatibles con el Office de Microsoft?

¿En este mundo, en el que las copias perfectas de casi cualquier cosa aparecen como por arte de magia?

Vamos, vamos… Que no me lo creo.

¿O seré demasiado malpensado? ¿Será todo esto una “neura” mía?

Más que abrir una competencia verdadera, creo que la única amenaza real vendrá por un cambio radical del mercado: el cloud computing. La diferencia, creo, es que Microsoft sí lo sabe… que la guerra entre bambalinas con Google va por ahí.

¿CULTURA? ¿ARTE? (¿o producción audiovisual?).

Conviene distinguir entre arte, cultura, producción artística o cultural… Lo mezclamos todo y luego, creo, no distinguimos bien.

La cultura es el conjunto de modelos que una comunidad asume o muestra como patrones de relación y de comportamiento social. Lo que valora y lo que denigra, lo que aprueba y lo que critica, lo que está en la raíz de sus comportamientos y sus reacciones más reconocibles.

Dicho de otra manera, no es más cultura la música pop editada este año que los paseos por el Arenal y el mercadillo de la Plaza Nueva de mi querido Bilbao, o que, digamos por caso, Agosto como referencia mayoritaria del “cerrado por vacaciones“, ¿no es así?

Sin embargo, por no sé qué razón, los estados han identificado la cultura con las manifestaciones artísticas y, por añadidura, han derivado su actuación en la protección o promoción de las mismas a través del gasto público o la subvención a las iniciativas privadas relacionadas con el arte.

El arte es expresar emociones, transformarlas en un soporte que otras personas puedan disfrutar.

Por disfrutar de la autenticidad de una obra artística, las personas pagamos dinero y el artista puede aspirar a convertir su actividad de traductor de emociones en un modo de vida.

Pero… ¿quién pagaría lo mismo por ver una copia, una reproducción?

Incluso el pagar por ver un museo de reproducciones artísticas cobra sentido porque te garantiza “copias artísticas” (por ejemplo copiadas por otros artistas directamente del original) y por el marco en que las presenta, pero el pago es infinitamente más modesto y sobre todo… el número de personas que están dispuestas a pagar disminuye una barbaridad.

Pues si trasladamos esta lógica al mundo actual de la música… es que el modelo no se sostiene. Un cantante debería cobrar fundamentalmente por cantar, no tanto por la venta de copias a cuya promoción dedique la mayoría de su tiempo. Y otra cosa: ¿veríamos un programa de televisión en el que un pintor hiciera-como-si-pintara uno de sus cuadros ya conocidos… 10 ó 20 veces? Pues eso sería un play-back ¿no?

¿A alguien le han pedido derechos de autor por colgar una fotografía o una litografía copiada de un cuadro de Murakami en su despacho… o en su cafetería? Si una comunidad pone en su portal una hortera copia del Puppy del Museo Guggenheim Bilbao, ¿les vendrán a pedir derechos de autor o de imagen?

Otra cosa sería que quisieran venderlas…

A lo largo de la historia ha habido artistas reconocidos y marginados, artistas que han alcanzado fama en vida y otros que han cobrado relevancia sólo tras su muerte, artistas que han vivido medio bien y otros que se dedicaron meramente a malvivir. Pero el arte nunca ha prometido nadar en la abundancia, como hoy, a tanta gente corriente, no excepcional. Como en el fútbol, es la producción industrial del arte y del espectáculo la que ha creado un mundo de explotación de emociones y pasiones, germen de un mastodonte económico que, en demasiadas ocasiones, resulta hasta moralmente reprobable.

Así que… si es la industria musical o audiovisual la que está moviendo sus intereses, si no hablamos de arte sino de producciones artísticas… ¿por qué debe ocuparse de ello el estado? ¿Por qué proteger un simple modelo de negocio privado?

Y si nos fijamos en los artistas, pensemos.

Imaginemos que el precio legal de descarga de una canción por la red fuera 10 veces menos que en iTunes: 0’1 €. Hagamos su “cuento de la lechera“: en mi opinión, esto haría que la gente, con descargas de alta calidad garantizada, se olvidara mayoritariamente de las web “piratas”.

Pues con ese modelo, un cantante que prescindiera de la discográfica para distribuir su música, con 50.000 descargas de un sólo tema ingresaría en un año 5.000 €… ¿No creen que es más que de sobra para una sola canción? Si produjera 8 ó 10 buenas canciones en un año (que a ese precio seguro que se descargaban) le garantizarían sólo por ese concepto más ingresos que a un médico o un ingeniero, ya descontados gastos de edición, que hoy pueden abaratarse mucho. Si le sumáramos los ingresos por conciertos, que serían los más importantes y los que le permitirían pagar a sus músicos… ¿no creen que “va sobrao” el modelo?

Claro que si el artista no llega a ello, si su nivel de relevancia no le permite alcanzar esas cifras… pues señores, como los demás: pura clase media. Y a correr.

EL ARTE DEL DISEÑO INDUSTRIAL (y el arte de un powerpoint).

Hay un diseño industrial protegido, básicamente el relacionado con el diseño de productos de consumo o con la propiedad intelectual del diseño de nuevos productos. Hay arte, hay belleza y recorrido estético en ello, aunque se trate de un diseño de un componente puramente industrial.

Creo que la propiedad intelectual del diseño sobrevivirá muchos años aunque sus formas cambien. Es la clave necesaria de muchos modelos de negocio (no se pierdan este vídeo a contracorriente). De hecho, creo que hay territorios (vean un extraordinario ejemplo en publicidad) en los que suceden cosas realmente increíbles que no parece ético que sucedan sin más…

Pero verán… Sin falsas modestias, yo puedo ser bastante bueno elaborando presentaciones en PowerPoint y les aseguro que en algunas de las que he preparado había auténtico arte: toda una historia con un consistente story board para enganchar a un público y transmitir una idea con emociones.

Con frecuencia copian mis diseños, “mutilan” mis presentaciones para reutilizarlas… y la verdad, nunca se me ha ocurrido pedir derechos de autor. Pues voy a hacer una consulta en la SGAE, a ver si pillo algo. Quién sabe… 😉

SE LO HAN GANADO A PULSO (creo yo).

Sin más. Por “abuso de posición dominante” en el sentido literal del término.

¿Se han fijado? Casi no he hablado de “piratería”, pero es que “piratería” significa, a mi modo de ver, lucrarse con el esfuerzo y la creatividad de otros, secuestrando y vendiendo (que no distrutando) la capacidad de traducir emociones de otros: de los creadores.

Y esa “piratería”… pues sí, esa sí debe ser ilegal.

Aunque haya algunos que sigan sin enterarse de qué va esto…

Vibraciones: acabado en “dad”

Este será un post muy breve, extraño para este blog, pero es que hoy me han hecho recordar…

  • bondad;
  • maldad;
  • solidaridad;
  • complicidad;
  • fraternidad;
  • honestidad;
  • ruindad;
  • seguridad;
  • habilidad;
  • sinceridad;
  • verdad

No sé ya quién, pero alguien me dijo una vez que las palabras que terminan en “dad” y refieren a personas son peligrosas, porque hablan de cosas que no se pueden medir.

Y en lo que no se puede medir, la cantidad es siempre un asunto opinable, ¿no creen?

Pues enseguida ví que hay otras terminaciones que merecerían el mismo juicio. Y también que no ocurre en todas las acabadas en “dad”…

pero que en muchas sí.

Así que, cuando se refieran a ellas, háganlo con cuidado…

Personas inquietas: Fernando Iglesias

El escenario, el hotel Ra de El Vendrell, en uno de sus comedores con grandes mesas redondas, alrededor de las cuales se iba sentando la gente del renacer’06, ponentes y asistentes sin distinciones, según entraban en la sala.

Un entorno envidiable para conocer a quien hoy les voy a presentar, Fernando Iglesias Eciolaza, habitante de Madrid pero un poco a caballo siempre de sus orígenes bilbaínos.

La conversación, siempre la conversación como vínculo con Fernando, arrancó entre otras cosas con una curiosa vivencia, producto de haberse sentido libre de actuar públicamente de forma que para estas tierras es normal… pero que estando en Cuba, al parecer no lo era tanto. Inesperadas consecuencias que, para ser sincero y una vez enmarcadas en el pasado, me divirtieron.

Fernando presentó a todos al día siguiente qué hacía, a qué se dedicaba. Lo hizo en 3 minutos y estuvo extremadamente nervioso, apoyado en un discurso construido sobre imágenes y sobre-condicionado por el límite de tiempo. Mal trago…

Pues nada que ver con la realidad. Muy al contrario de aquellos 3 minutos, en el trabajo o en el contacto personal la conversación con Fernando fluye fácil, muy fácil. Coleccionista de recuerdos de vinos, hábil en la escucha, inteligente observador de debilidades personales, coach embebido en su mirada…

De aquellas conversaciones llegaron contactos posteriores. Los primeros presenciales, compartiendo unas cervezas en los espacios comunes de ese excepcional marco que es el Hotel Embarcadero de Getxo, al que convierte con frecuencia en delicioso centro de operaciones en sus “retornos a casa”.

Luego su libro “Memoria del futuro“, que transcurre precisamente y en buena medida entre las paredes del Embarcadero y que ya ha ocupado su espacio en este blog… Y finalmente proyectos de transformación en los que trabajamos juntos, a veces en compañía de Iñigo Marquina.

Siempre un placer.

Fernando es socio de Evocalia. Allí son sólo cuatro y no quieren ser más: hace 3 años que me dijo que no querían crecer… y 3 años después aún no lo han hecho. Compartieron con Juan Carlos Cubeiro el germen del proyecto Eurotalent, pero pronto iniciaron el suyo propio.

No conozco ese capítulo, espoleta de su siguiente y actual paso en el camino… y no me interesa, aunque creo que, como diría Eduardo Chillida, los ángulos rectos dialogan mal con otros ángulos.

Nunca les he oído reclamar para sí esa etiqueta, pero en Evocalia hacen consultoría artesana. Ahora que llevo meses escuchando debatir y configurar ese concepto, creo sinceramente que sí, que la esencia del artesano responde fielmente a su propuesta de valor y a la forma en la que intervienen, aunque sea a su modo particular.

Pero en fin… les aseguro que esto no es un ejercicio de propaganda interesada… y aquí y ahora lo que me interesa resaltar es la persona. Hace unos meses, Fernando me pidió una frase sobre sí mismo para alimentar una parte de su espacio web. Se la envié pero aún la conservo… y la transcribo porque resume con bastante exactitud lo que trataba de volcar aquí:

“Conocí a Fernando hace algo más de dos años, en el Ra del Vendrell y en una atmósfera difícilmente reproducible, pero sólo hasta trabajar con él, algún tiempo después, no fui consciente de su perfecto encaje en aquel paisaje humano.

Cualquier observador medio es capaz de advertir cómo disfruta trabajando en lo esencial (casi siempre invisible), para ayudarte a que pasen cosas importantes, en ti o en tu empresa, trabajando en proyectos que se siente que le apetecen, sin obsesión por el crecimiento, sino más bien por disfrutar de crear conjuntamente con aquellos para quienes trabaja.

Un placer diferente.”

Si alguna vez trabajan con él (lo que les recomiendo) y, en un momento dado, les entrega una pequeña piedra azul, guárdenla con cariño.

Les aseguro que es un buen regalo.

Un día, al finalizar un taller en el que nos ayudaba y tras observar mis dificultades para ganar compromisos y tejer complicidades, me miró francamente y me dijo: “Te puedo ayudar“.

“Gracias, te creo; pero no toca…”, le respondí.

Para el “revolcón personal” hay que estar muy dispuesto, requiere compromiso, tiene su tempo… Y después de mi último salto, me tocaba respiro.

Pero eso sí… supe que él podía hacerlo.