Reflexiones: “El muro umerio”

Perdida definitivamente la vergüenza, me permito recuperar aquí un breve relato que escribí en junio de 2003. Les pongo en antecedentes: iniciábamos el camino por las competencias conversacionales como clave de la productividad del trabajo de coordinación del trabajador de conocimiento (y como derivada, del rendimiento de los equipos) y en paralelo, la formación de coaches ontológicos en la empresa.

Yo venía de proyectos de investigación aplicada en torno a la gestión del conocimiento y aún no había tenido más que un brevísimo acercamiento a todo ese otro mundo. La duda sobre su poder transformador de las organizaciones ‘per se’, sobre la concepción del “poder para actuar” centrada casi exclusivamente en la transformación personal… anidaba dentro.

El muro umerio

···

Marcio tenía numerosos motivos para sentirse satisfecho.

Una generación completa de imperceptible pero continua huida individual, seguida de colectivas derrotas políticas y finalmente de dolorosa impotencia, habían llevado a su gente a interpretar en cada signo la inminente amenaza de los umerios.

Su individualismo y su cercanía histórica al aislamiento ascético les habían convertido en un pueblo débil, donde cada individuo (desde el pasado orgullo de sentirse interlocutores privilegiados de los dioses, dueños de un poder que creyeron controlar) tuvo que aprender primero a ser humilde y después, desde la humildad, a renunciar. A renunciar al poder, al disfrute del respeto por el temor atávico… al orgullo que alimentaba su aislamiento.

Los tiempos en que el clan de los sacerdotes ameos y sus familias dominaban Umeria habían desaparecido para siempre, y un germen de tribu social había sustituido entre ellos a los viejos paradigmas.

Marcio había recobrado el orgullo, pero esta vez orgullo por su gente, porque hubiera hecho de la observación de la naturaleza, de los sucesos y de las personas, la raíz de una convivencia naciente cuyo potencial de asombro había sido descubrir a cada individuo la naturaleza humana de sus emociones y la fuerza de compartirlas.

Qué paradoja…

Era ahora cuando Marcio sabía que, por primera vez en su milenaria historia, los que quedaban estaban preparados para dirigir el Imperio.

Ahora que los ejércitos, sublevados tres años atrás, se habían conjurado para su exterminio.

Ya hacía dos desde que se internaron por el cañón de Rogún. Era el último viaje de su estirpe, un viaje hacia la supervivencia.

El ejército umerio había destruido sus últimos valladares persiguiendo su desesperada huída, emprendida una vez que la rebelión de sus conciencias les mostrara que todo había cambiado para siempre, que cualquiera de sus acciones sería en el fondo inútil porque la condena a desaparecer tal y como habían entendido su vida hasta ese momento era inapelable.

Fue un viaje difícil, pero un año de huída en común les había preparado para vencer las dificultades.

Alzando la vista hacia la montaña, Marcio miraba con incredulidad aquel gigantesco muro, aquella cortina de piedra, resina, tierra y brea que su gente, con el temblor de los dioses de la naturaleza, había elevado entre las paredes cortadas del cañón como garantía de una fortaleza inexpugnable que se extendía hacia el mar: la península de Solia, un enorme territorio que hoy les acogía con amabilidad, y en el que cobijaban su futuro.

Desde donde Marcio se encontraba, Solia se perdía entre bosques de coníferas y suaves lomas hasta llegar al mar, al que recortaba desafiante desde sus acantilados.

No iba muy a menudo, pero le gustaba asomarse a ellos para certificar que tampoco el sur pondría en peligro su ansiada tranquilidad.

Después de acabar el muro cayeron las primeras nevadas.

Durante semanas, las hogueras que los batallones umerios mantenían para calentarse iluminaban las noches del otro lado.

La angustia y el temor revirtieron en confianza a medida que pasaban los días sin que ninguna señal les permitiera dudar de que la colosal pared fuera, por fin, su aval de futuro. Y en serenidad cuando la noche dejó de iluminarse tras el cañón.

Sí, Marcio tenía numerosos motivos para sentirse satisfecho.

Sin embargo, el sosiego no formaba parte del vocabulario que emplearía para describir su estado de ánimo.

Estaba seguro de que el ejército umerio no estaría allí, pero se había prometido escalar la pared, movido por la intuición de que aquella barrera era también el origen de su intranquilidad. Lo había intentado otras veces, siempre sin éxito, pero esa mañana no conseguía reunir la suficiente voluntad para empezar.

Y entonces lo entendió. Supo porqué las tropas umerias habían apagado sus hogueras, porqué su tranquilidad era al mismo tiempo el fracaso del Imperio: su gente no podría nunca salir; las tropas no habían entrado porque no pudieron, sí, pero sobre todo porque no lo necesitaron.

Ahora que los que quedaban podían, por vez primera, hacer de Umeria un valor para los hombres, el Imperio quedaba sometido a una generación de barbarie y violencia, y su estirpe, inexorablemente, condenada a un plácido languidecimiento.

Bien… puede que en este momento me califiquen efectivamente de osado por haberme decidido a publicarlo, o en todo caso que les surja una pregunta que sea algo así como “vale… ¿y?”.

Pues ya que me he decidido, seguiremos con ello, pero por ahora lo vamos a dejar aquí.

En las siguientes entradas trataré de mostrar el significado metafórico de este cuento, traducir la narración al terreno de la transformación de las organizaciones.

Mientras tanto… ¿cuál es su interpretación? ¿qué les ha sugerido?

3 comments

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