Day: 15 junio 2010

Vibraciones: conseguir subvenciones

Hace pocos días, Amalio Rey abordaba en un post la cuestión de los «peajes a pagar» (en términos de pérdida de libertad para el consultor) que suponía en muchas ocasiones la búsqueda de proyectos con la Administración, cuestionándose si merecía la pena… o dónde estaban los límites.

Me resultó sorprendente que alguna de las prácticas públicas que describía aún pervivieran como comportamiento habitual (censura de  contenidos o imposición de ponentes, por ejemplo, a cambio del deseado «dinerito»).

Más allá de las comprensibles cuestiones de imagen, no pensé que esas otras fueran práctica corriente… y creo que no hay que tolerarlas mientras se pueda. Pero a lo que íbamos… estuve de acuerdo con su artículo: mejor «vender» un producto semielaborado en vez de «financiar» un proyecto nonato, para así tener la libertad de decidir por dónde debe caminar.

Lo que pasa es que, al hilo de su argumentación, como suele ser habitual, a mí la mente se me iba «a lo mío».

Yo no me veo implicado habitualmente en la búsqueda de «socio financiero» para arrancar un proyecto o de ayudas para que otros lo hagan, aunque sí en otro territorio muy diferente (lidiar con la gestión de subvenciones públicas a proyectos de innovación o de transformación en que nos embarcamos)… pero que desde mi punto de vista acaba teniendo mucho que ver con el asunto que Amalio trata, en algunos comportamientos que induce.

Le decía a Amalio: «Desde mi pequeño rincón de gestión de subvenciones, hay algo que me preocupa mucho.

Vale, planteas un proyecto, incluso lo «vistes» de la forma más adaptada a las condiciones del programa de ayudas sin perder la esencia de lo que necesitas (al fin y al cabo, el marketing tradicional funciona aquí muy bien).

Mirando a la empresa que va a desarrollar el proyecto (la mía por ejemplo), la búsqueda de ayuda pública es, las primeras veces, una acción añadida, al margen del proyecto. Sin embargo, según pasa el tiempo y con él varios proyectos, el peligro de que acabe siendo un objetivo tan importante como el del proyecto en sí mismo crece… y muchas veces interfiere de tal manera en las prioridades que se asignan o en la orientación de los objetivos que no sé… no sé si la búsqueda sistemática de ayudas no nos hace en realidad un flaco favor.»

Sobre el tema de las subvenciones, parafraseando una célebre sentencia, «he visto cosas… que ustedes no creerían». Bueno, ya sé que sí… pero me apetece hacer una lista no exahustiva de comportamientos que no suelo encontrar publicados:

  • empresas que tienen proyectos de transformación que no encuentran programas de subvenciones a que acogerse (créanme, los hay), que buscan la forma de disfrazarlos con el vestido que mejor le siente a los criterios que se especifican en los programas públicos (en uno o en cincuenta, que el objetivo buscado por la administración es lo de menos…).
  • empresas que encuentran cinco vestidos para el mismo santo, al que presentan con cinco lavados de cara para que no se note que el niño es el mismo.
  • empresas que trocean sus proyectos para poner cada huevo en una cesta, a pesar de que el objetivo (y el proyecto) es sólo uno.
  • empresas que dedican recursos específicos a la búsqueda y justificación de subvenciones… que se convierten en el mayor centro de beneficio de la organización.
  • empresas que captan subvenciones para unos proyectos… y luego emplean los recursos para lo que les haga falta (normalmente proyectos con más dificultades para subvencionar), justificando luego los gastos «como sea».
  • empresas que deciden quién o qué parte de su organización (o de una externa) lidera un proyecto en función de cuánto más fácil es lograr así una subvención.
  • administraciones que sólo se preocupan por que las empresas justifiquen exactamente sus previsiones, porque si se justifica más o menos (aunque sea lo que realmente se ha dedicado), supone un «follón» administrativo (es especialmente sorprendente lo que pasa si quieres decir que realmente sólo has necesitado la mitad de lo que esperabas).
  • administraciones que te piden que justifiques gastos de un proyecto subvencionado para librarte la cantidad concedida… 5 años después de haberlo cerrado (con o sin éxito… y a lo peor sin éxito por ese plazo tan largo).
  • administraciones que subvencionan recursos que saben positivamente que no va a ser posible justificar fundamentadamente (ni que se han usado… ni lo contrario).
  • administraciones que conceden subvención a empresas de un grupo por proyectos que son rechazados para otras o para el grupo.
  • administraciones que «negocian» (obviamente sin compromisos firmados y sin seguridad plena… o eso espero) volúmenes subvencionables para sectores o para grupos sin que se hayan presentado aún proyectos (ya se encontrarán…).
  • administraciones incapaces de trazar colaborativamente un mapa de subvenciones coherente, que aflore duplicidades e «ingenierías de las subvenciones».

Obviamente, la realidad no es necesariamente como la percibimos, así que esta es sólo una interpretación de lo que creo haber visto u oído de muchas empresas, pero intuyo que buena parte de la lista anterior estará respaldada por otros numerosos ejemplos que conozcan.

Y no quiero caer en el tópico fácil del cascarrabias para el que todo se hace mal…

La verdad es que muchas empresas hacen esfuerzos significativos por transformarse y por innovar y reciben como maná del cielo el alivio financiero de la aportación pública, independientemente de que sea en los proyectos prioritarios o también en otros.

Pero empresas y administraciones sobrevuelan sobre el asunto sin querer mirarlo, asumiendo que estas reglas difusas en que ambas partes se mueven son parte del paisaje… y eso es una invitación para caraduras y vividores.

Sé también que no puedo generalizar: hay programas muy serios que realizan un control exahustivo de los proyectos que se presentan o de los costes de los beneficiarios de las ayudas concedidas. Hace unos meses recibimos una denegación de ayuda esquisitamente fundamentada, hasta el punto de que, en el fondo, me produjo una cierta satisfacción (estoooo… que si alguien de lo público me está leyendo no me malinterprete, no vaya a ser que se «esfuerce» en repetirlo conmigo los próximos diez años… 😉 ) por un trabajo bien hecho. Pensé incluso en enviar un mail de felicitación por ello, aunque finalmente no me atreví.

Pero ambas cosas creo que son verdad.

Se empieza pensando «ya-está-bien-de-hacer-el-tonto, de-ir-de-paladín-del-mercado-libre», se continúa pensando que buscar subvención es parte del trabajo (¿se reconocen ahí?)… y se termina pensando que casi es «el» trabajo.

Y así llegamos a mi preocupación desde el comentario al post de Amalio: «muchas veces, [la búsqueda de subvenciones] interfiere de tal manera en las prioridades que se asignan o en la orientación de los objetivos que no sé… no sé si la búsqueda sistemática de ayudas no nos hace en realidad un flaco favor».

De la misma manera que hay muchas empresas que consideran a las personas como recursos, las hay que consideran a la administración también como un simple recurso y no como un grupo de interés orientado a dar servicio público al gasto público.

Y de la misma forma que hay administraciones que cierran los ojos a los derechos individuales frente a otros intereses más cercanos al mercado, las hay que prefieren no entrar en harina y quedarse en «lo macro» a la hora de conceder las ayudas.

Si les parece que las conductas anteriores son «bastante» normales, tolerables… es que tenemos un problema. Como mínimo, un problema de complacencia.

Creo sinceramente que habría que reformar por completo la forma en que se conceden ayudas públicas a proyectos. Ya sé que en muchos casos, muchas empresas «no pueden» aventurarse en algunas historias sin un cierto apoyo enconómico o financiero, pero… ¿de verdad que no?

Venga, seamos radicales… les ofrezco dos ideas:

  • Suprimir todas las ayudas a empresas por proyectos: los proyectos que una empresa decidiera afrontar deberían formar parte de su juego en el mercado.

Si un sector completo estuviera en crisis por factores estructurales y se deseara intervenir desde lo público para salvaguardar un bien común (léase empleo), hágase de forma abierta, a manera de Plan de Competitividad (véase sector de automoción), contra «paquetes» completos de proyectos orientados a la reconversión de cada empresa del sector, con un límite de tiempo improrrogable y con condiciones mínimas que permitan un cierto nivel de confianza en que la «inversión» pública es de riesgo limitado.

Ya sé que nada es perfecto, pero a mí me parece más limpio, más transparente.

  • Si se desea seguir subvencionando proyectos, suprimir las subvenciones a fondo perdido: si lo que las empresas requieren es financiación para un proyecto, los préstamos sin interés (y si fuera necesario, con años de carencia), resuelven el problema.

En este sentido, debería también impedirse que fuera posible «negociar» un préstamo sin interés con una entidad bancaria para convertirlo ‘de facto’ en una subvención a fondo perdido, para evitar así convertir la subvención en una vía para conseguir liquidez.

Como alternativa, si se otorgaran cantidades a fondo perdido, el objeto de dicho proyecto y el conocimiento desarrollado deberían ser bienes públicos, de dominio público, al menos tras un plazo razonable de años, tanto más corto cuanto mayor hubiera sido la aportación de la ayuda.

¿Qué tal? ¿Cómo lo ven?