Mes: julio 2010

Reflexiones: de principios y recetas

No comparto que el sentido de los principios básicos universales se perciban por igual en su carácter básico y sobre todo universal por cada persona.

En el fondo creo discrepar en eso, por ejemplo, con Stephen Covey.

Pero sí creo que en un entorno determinado, ciertos principios se sustentan en valores que subyacen en comportamientos reconocibles mayoritariamente.

De lo que he trabajado en torno a valores (que es muy poco), entiendo que los valores son los que nos dan gran parte del sentido de la vida a cada persona.

Cuando en una organización hay diferencias notables de valores, hay distintas visiones del mundo y por lo tanto prácticas, acciones o criterios de decisión no alineados y probablemente por ello “poco competitivos”. En otras palabras, la desconexión entre valores y comportamientos crea disfunciones graves en la relación entre personas o en equipos.

He remitido valores a comportamientos. No me olvido tampoco de las capacidades que permitan alinearlos. Cuando Covey habla de “creer en el potencial humano” no menciona que además de hacer que las personas crean que pueden contribuir a hacer sentido de un proyecto compartido, deben poder hacerlo. Cuando dice que muchos individuos son capaces de lograr mucho más de lo que requieren sus puestos de trabajo pero que el problema es que muchos directivos en realidad no lo creen así, no les pregunta lo mismo sobre sí mismos (¿se responderían igual?). Nos dice qué habría que hacer, pero no nos ayuda en el cómo.

Pero me gustaría volver sobre principios y valores que rigen nuestra conducta. Desde mi punto de vista, los principios, a modo de juicios maestros, son aquellas reglas de juicio que hemos asentado a lo largo del tiempo y de los que nos cuestra trabajo salir porque no estamos dispuestos a abrir su cuestionamiento salvo por una catástrofe o una tragedia que afecten al modo en como vemos la vida.

A nivel personal, los principios por los que juzgamos las cosas y nos comportamos de una forma determinada sin pensarlo demasiado están construidos sobre una base de valores transmitidos desde la familia y filtrados por nuestra experiencia social, sobre el aprendizaje cognitivo que hemos ido acomodando a nuestra estructura de juicios, sobre arquetipos pertenecientes a la sociedad en la que nos ha tocado vivir (el continente, el estado, la región, la ciudad, el barrio, el colegio…) y sobre las que juzgamos son nuestras limitaciones.

Teóricamente, los principios no se compran, no se cambian como motivo de una reflexión sesuda que concluye racionalmente en el abandono de unos y la acogida de otros. Son fruto complejo del transcurrir de nuestra compleja vida.

A nivel de empresa, los principios se han ido construyendo de manera similar a través del discurrir de la vida organizativa: las generaciones que la fundaron y la cultura que extendieron los primeros equipos directivos, los flujos relacionales de las consecutivas generaciones de trabajadores, el conocimiento técnico y artesano atesorado (si se puede decir así), las reglas del mercado y los límites a que está sometida o se autoimpone la organización.

En una empresa, se declaran unos valores deseados y se reconocen y promueven los comportamientos alineados con ellos, pero se fijan unos principios (tácita o explícitamente) que todo el mundo debe respetar, aunque no comparta.

Los principios nos facilitan la tarea de mantener coherencia y dotar de sentido sistémico, con liviandad, a todo lo que hacemos. Si están sustentados en nuestros valores, nos llevan a movernos por aquéllo que realmente nos importa y a permanecer complacientes o más pasivos con lo que no nos resulta esencial.

Lo verdaderamente sorprendente es que, tanto en las personas como en las organizaciones, existen ejemplos en los que los principios no han sido edificados en la forma anteriormente descrita.

Cuando el esquema de valores se tambalea en sus orígenes, cuando la experiencia de socialización o de relación con el mercado ha sido traumática, cuando el conocimiento es insuficiente… hay muchos ejemplos en que los principios se sustituyen por “recetas aprendidas”.

Se elaboran auténticas tablas de decisión, que se van completando a modo de sistema experto “de los de antes”, pero sin esencia vital:

  • La primera tabla es normalmente fácil de adquirir: no conozco los principios por los que debo moverme en esta materia, pero “compro” una serie de reglas básicas por las que me muevo.
  • Al principio me muestro temeroso, prudente, pero pronto empiezo a soltarme y veo que, en realidad, decidiendo no pasa nada.
  • Luego paso a la zona de peligro: empiezo a pensar que “de esto, yo sé”… y me lanzo a adoptar con alegría decisiones de mayor riesgo. Me atrevo a interpretar variantes de la tabla. De ahí a menospreciar alguna de las reglas de juego (“compradas” y no construidas), hay sólo un pequeño paso.
  • Así, el asunto funciona mientras las leyes del mercado o del entorno social se mantienen estables, pero…
  • … cuando las reglas cambian, mis recetas dejan de funcionar: en ningún momento he desencadenado un aprendizaje que me permita adaptarme, escuchar y entender lo que los cambios que se producen significan y su impacto en las nuevas reglas que se dibujan en el momento.
  • Naturalmente, ya no tengo ni idea de qué debo hacer… y la probabilidad de que lo que haga sea incluso contraproducente… crece exponencialmente.

Lo he visto en ONG incipientes, en empresas adquiridas donde se entra como elefante en una cacharrería… y en personas; en el trabajo de empresa, en la creación de una nueva, en el abordaje de una función nueva… o en la asunción de un cargo político, donde a veces bastan “un par de tardes” para entender de algún tema aparentemente relevante.

Y luego pasa lo que pasa, que es… lo que tienen las recetas: cuando el medicamento deja de surtir efecto, tener una receta no te convierte en médico.

Y por si acaso… tampoco en cocinero.

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Libros que inquietan: “Atrévase a pensar como Leonardo da Vinci”

Les presento aquí otro libro cuyas cualidades literarias puras, se lo adelanto, me parecen más bien limitadas.

Se puso de moda entre nosotros hace 3 ó 4 años por un acompañamiento mediático inusual para un libro de estas características, que ni alcanzará nunca el nobel de literatura, ni revolucionará el mundo de ninguna empresa, ni probablemente será el libro de autoayuda de cabecera de ningún aficionado a los mismos.

Pero como varios de los libros que traigo a esta sección, ha tenido para mí una aplicación práctica… y he disfrutado mucho de ello.

Y puedo decir, por qué no, que he aprendido varias cosas de sus páginas.

Michael J. Gelb es también un personaje bastante mediático, ocupado en buena parte de su tiempo en dar conferencias por todo el mundo. Pero, además de profesor universitario, escritor e investigador, es también un hombre de consultoría que ha conducido seminarios y prácticas en el campo de la creatividad y la innovación en empresas tan relevantes como General Electric, Mattel, Microsoft, Merck, Alcatel-Lucent, IBM, KPMG, Pfizer, AT&T, Dupont, Nike, Unilever, Xerox…

Aún no lo he leído, pero su último libro parece ofrecer, en torno al vino como otra de sus pasiones, un recorrido sensorial que enlaza con algunas propuestas del que nos ocupa.

En “Atrévase a pensar como Leonardo da Vinci”, Gelb nos propone una visión lúcida del genio renacentista (tengo que advertirles que en ocasiones llega al punto de loa empalagosa), a través de la que nos invita a crecer como personas y a desarrollar un poder personal cercano a lo que Rafael Echeverría (a quien ya he mencionado en numerosas ocasiones en esta bitácora) denominaría la “concepción ontológica del poder”.

Comienza por analizar cómo pudo abrirse una etapa creativa como la del Renacimiento después de 1.000 años de Edad Media y de asfixia del pensamiento independiente: drástica sacudida de los cimientos de la fe de entonces, o inventos que hicieron accesible el acceso al conocimiento a numerosas personas, que aportaron una visión global del comercio, que permitieron el control del tiempo…

¿Les suena?

De ahí, Michael J. Gelb nos conduce a preguntarnos si no estaremos abriéndonos a un nuevo “renacimiento” y, como consecuencia, a la revitalización de la figura del “uomo universale“, por nadie mejor encarnada que por Leonardo da Vinci, cuya vida también recorre pero cuyo comportamiento, sobre todo, trata de escrutar a través de siete principios que, según el autor, explican la forma en que observaba la vida.

Los siete principios son:

  • Curiosità: tomarse la vida con una insaciable curiosidad y buscar implacablemente el aprendizaje continuo.
  • Dimostrazione: el compromiso de contrastar el conocimiento con la experiencia, la persistencia y la voluntad de aprender de los errores.
  • Sensazione: el continuo refinamiento de los sentidos, especialmente la vista, como modo de vivificar la experiencia.
  • Sfumato (literalmente «esfumarse»): el deseo de abrazar la ambigüedad, la paradoja, la incertidumbre.
  • Arte / Scienza: el desarrollo del equilibrio entre la ciencia y el arte, entre la lógica y la imaginación. «El cerebro íntegro» en acción.
  • Corporalità: el cultivo de la gracia, lo ambidiestro, la salud, el equilibrio.
  • Connessione: el reconocimiento y el aprecio por la interconexión de todas las cosas y los fenómenos. Los sistemas piensan.

No les cuento más ya: saben que no es el objetivo de mis post sobre libros el describirlos. Pueden encontrar un extracto del comienzo del libro aquí… y les dejo, más abajo, 10 minutos de vídeo por si quieren que el propio autor les resuma su obra.

Sólo me centraré, para terminar, en contarles muy brevemente mi experiencia con el texto.

Cada uno de los capítulos anteriores viene regalado con prácticas que el autor nos propone realizar. Aparte de que les reconozco mi amor a primera vista por el concepto de “sfumato“, alguno de esos ejercicios me resultó lo suficientemente atractivo como para realizarlo… y el resultado fue extremadamente gratificante.

Les recomiendo, por ejemplo, realizar la próxima visita a un museo que hagan con sus hijos en la forma en que él la plantea, o seguir las instrucciones del curso de dibujo si consideran que nunca serán capaces de dibujar algo de lo que se sientan orgullosos.

Pero, sobre todo, les recomiendo vivamente que sean audaces para jugar al juego de los sentidos que propone con la simple condición de desterrar el que más utilizamos (la vista), para excitar la atención a los restantes.

Yo he podido guiarlo varias veces… y les aseguro que lo disfrutarán.

Más incluso de lo que esperan.

Sólo una cosa más…

Con este libro me acerqué por primera vez a los mapas mentales. No es una herramienta que utilice con mucha frecuencia, pero el texto me guió por algunas claves que me permiten disfrutar sensorialmente cada vez que me enfrento a uno.

Más adelante descubrí, previamente advertido por una persona cercana que precisamente fue quien me introdujo en este libro, que el mapa mental le sirve básicamente a uno mismo… y que es sobre todo útil en el momento en que se construye. De ahí el brevísimo cruce twittero con Alfonso Alcántara de hace no mucho… sobre el paso de los “mapas de servilleta de papel” a los “mapas 2.0″… 😉

Pero esa… es otra historia.

Atrévase a pensar como Leonardo da Vinci“. Michael J. Gelb, 1998. 400 páginas. Punto de lectura (edición en castellano de 2006). ISBN: 978-84-66316-95-8

 

Reflexiones: trabajo 2.0 y libertad

Un hombre, que disfrutaba de la estética de la vida, contrató a un campesino para que se instalara dentro de su castillo y fuera y viniera con el pico en la mano, como lo haría en el campo.

El noble obtenía un gran placer de contemplar la simple elegancia de los movimientos del campesino y pagaba bien a éste por su “trabajo”. Sin embargo, después de entretener al noble durante varios días, el campesino se negó a continuar.

“Pero yo te pago generosamente”, dijo el noble sorprendido, “mucho más de lo que podrías ganar en el campo. Y no tienes que esforzarte tanto.”

El campesino le respondió: “Usted no parece comprender: no puedo seguir haciendo algo que no produzca, aunque no me cueste ningún esfuerzo. Prefiero trabajar mucho más duro y ser productivo que recibir una buena paga y hacer algo que no da frutos.”

Esta pequeña y tópica historia me sirve para comenzar este post ligando las nociones de dignidad y trabajo: su traducción es que una persona no se sentirá en plenitud, no estará satisfecha, si no se siente productiva. Dicho de otra manera, la narración postula que ninguna persona se sentirá feliz de recibir sistemáticamente algo a cambio de nada.

No se me escapa que la idea es perfectamente discutible, que es una provocación a la ironía y que no faltará quien sea capaz de ponerme de inmediato ejemplos que le sean cercanos y que contradigan esa hipótesis. La noción de trabajo ha sido un tema recurrente en la reflexión abierta por numerosísimos libros y blogs, amén de por la totalidad de ideologías y teorías económicas, políticas y sociales que puedo recordar.

Si abro esta reflexión ahora es porque varios post y otras lecturas me han hecho llegar a ella en los últimos meses. Por ejemplo, de varios de quienes se han estado moviendo en torno a #REDCA (y, más en concreto, de Julen Iturbe en su visión crítica de la empresa, incluyendo la cooperativa, o de  Amalio Rey, Nacho Muñoz u Odilas, dándole vueltas al concepto de [no]empresa), pero también fuera de ella: la más reciente, la de Juan Carrión, cuando abría su caja de los truenos reconociendo como vigente el concepto de Karl Marx sobre el trabajo asalariado en muchas empresas de hoy aunque afortunadamente no en todas… y tenía que explicarse mucho. 😉

Comenzaré por reproducir un comentario que le hacía en su blog:

Trabajo en una empresa cooperativa.

Uno de los principios que nos identifican, el de “soberanía del trabajo”, se describe en la actualidad con un texto que del que me gustaría extraer esta frase: “El trabajo es el principal factor transformador de la naturaleza, de la sociedad y del propio ser humano”.

Yo creo en ello, más cada día que pasa. Tanto en lo bueno como en las consecuencias negativas de hacer un mal uso de nuestra capacidad de trabajo, en la naturaleza, en la sociedad y en el propio ser humano…

Recientemente hemos tenido la fortuna de que varias personas nos cuenten una pasión en sus vidas (fuera de su trabajo), la razón por la que les apasiona y la razón por la que lo cuentan… delante de decenas de compañeros a quien mayoritariamente ni siquiera conocían. Habían dedicado esfuerzo, formación, muchas horas de dedicación y de práctica, planificado tareas, buscado aliados e incluso invertido dinero… sin remuneración económica alguna. O sea, habían trabajado (siguen trabajando) sin cobrar.

Aunque puede que en el fondo Marx tuviera razón… La clave está en la palabra “libre”: no es sencillo compaginar libertad y trabajo asalariado, pero hemos recorrido un camino… y seguimos caminando.

Desde el concepto de la física hasta el puro sufrimiento, he sido capaz de encontrar con facilidad más de una docena de definiciones de la palabra “trabajo”. Sin embargo, creo que muchos de los debates en torno al mismo vienen precedidos por una distinción entre dos de ellas:

  • Actividad o dedicación que requiere un esfuerzo físico o mental.
  • Oficio o profesión que realiza una persona a cambio de un salario.

Y es que cuando se mete el dinero por medio… lo puede estropear todo.

Les explico un poco más de eso que le decía a Juan Carrión sobre la experiencia de varias personas contando públicamente una pasión en sus vidas. Con alcance a todas las empresas del grupo, cada año y desde hace siete, organizamos un evento centrado en experiencias de mejora que puedan mostrar logros significativos y en proyectos de innovación o de cambio que previsiblemente tendrán un impacto importante en lo que podamos ser a medio plazo. El taller, de día completo (o día y medio según los años), cuenta además con otras secciones a las que en cada edición incorporamos novedades, buscando también la innovación en la dinámica de la jornada.

Aprovechando un formato de infonomia, nosotros adaptamos la experiencia del “Mostrarme”, a nivel interno de las empresas del grupo, en las ediciones de los años 2008 y 2009.

De entre un colectivo fuertemente ligado a la producción industrial que apenas alcanza las 4.000 personas, 25 de ellas (operarios directos trabajando a relevo, directivos, responsables de línea, analistas informáticos, ingenieros, responsables de almacén…) dieron el paso adelante de participar en nuestro “Mostrarme”.

Como decía con anterioridad, les pedimos que nos contaran, que respondieran en público, en tan sólo 5 minutos cada uno, a tres preguntas:

  • Qué me apasiona.
  • Por qué me apasiona.
  • Por qué me apetece contarlo.

Lo que deseábamos con todo esto es mostrar que, cuando algo apasiona a una persona hasta el punto de dedicarle voluntariamente enormes cantidades de tiempo, esfuerzo e ilusiones, cuando ese algo se convierte en realidad y por ello en un trabajo, aunque sea no remunerado (planifica actividades, se capacita, distribuye o busca recursos, se marca retos y objetivos, etc.), se convierte igualmente en un factor de crecimiento personal que colabora activamente en su felicidad.

Es decir que, cuando puede darse en esas condiciones, el trabajo dignifica a la persona y es una muestra viva de su potencial de transformación, en coherencia con la noción de trabajo derivada del hecho cooperativo.

Se sorprenderían. La experiencia no es explicable en un texto. Innovar en la escuela, mantener vivos pueblos pequeños, inventar, escribir microrrelatos, retarse deportivamente en distancias extremas, montar un negocio web o un portal, diseñar programas, impulsar el open software, imbuirse en el mundo de las terapias naturales, digitalizar partituras de música antigua en contacto con centros europeos, recuperar la memoria histórica, convertirse en apicultor, impulsar iniciativas solidarias, atreverse a ser productor televisivo, usar la tecnología para captar atención, construir objetos efímeros…

De todo ello nos hablaron, pero no fue eso lo que nos transmitieron: simplemente nos asombraron… y nos emocionaron con una pasión al margen de su trabajo retribuído, a la que dedican sin obligación alguna buena parte de su esfuerzo y sus ilusiones porque creen en ello, porque les llena esa parte de cada uno donde se depositan las cosas valiosas.

Indudablemente, dos inolvidables experiencias en las secciones más valoradas de todas las ediciones hasta ahora celebradas.

Este año descansamos. No porque no haya más personas que pudieran estar ahí (que sabemos que las hay), sino porque no es fácil encontrar a quien quiera dar el paso de mostrarse de esta manera, en una especie de “facebook 1.o” entre 100 personas físicas que disfrutan de un momento especial en el que, aunque sea por esos escasos 5 minutos, se transforman realmente en “amigos”.

Si Julen Iturbe está leyendo esto, es casi seguro que le revolotee de nuevo cerca la visión ácida de la “extimidad”, pero… les aseguro que lo que yo viví… fue un acto íntimo.

Bien… llega el momento de la reflexión.

Creo que en la naturaleza del ser humano hay algunos anhelos básicos que toda persona busca satisfacer. Sin ánimo de ser exahustivo y sin pretender establecer ninguna teoría indiscutible, me permito apuntar los siguientes:

  • Superación: necesidad de enfrentar retos personales.
  • Identidad y servicio: necesidad de trabajar y vivir en comunidad.
  • Conectividad: necesidad de trabajar junto a otros.
  • Sabiduría: necesidad de satisfacer la inquietud intelectual.
  • Libertad: necesidad de elegir el lugar y el momento para hacer lo que quiero hacer… e incluso lo que debo hacer.

A mi modo de ver, la empresa es (debería ser) un lugar especialmente propicio para encauzar buena parte de esos anhelos del ser humano en una no desdeñable parte de su vida. En ella hay retos, se puede acceder a la experimentación y al conocimiento, se trabaja en equipos, se presta y se recibe servicio…

No, no soy ingenuo… Ya sé que las cosas no son así y que lo que precisamente discutimos últimamente mucho es si la empresa ha dejado de vertebrar nuestras vidas, sin encontrar nuevas maneras de que, como norma general, el estar dentro de ella sea un factor coadyuvante de la felicidad.

Como organización social, toda empresa (y más si es cooperativa), debería ser un campo fértil para ello… y no lo es para muchos.

Pues creo que una de las claves está en que, en el trabajo asalariado, no se ha desarrollado al ritmo que en la sociedad lo está haciendo el anhelo de libertad.

Decía recientemente Manel Muntada al hilo de las jornadas #REDCA de Girona:

No comparto la idea de que el 2.0 se vea siempre con la tecnología como fin. El dospuntocerismo es una manera de pensar que basa en el escuchar, el compartir, el conversar y el colaborar su manera de hacer. La tecnología sólo permite llevar a la práctica estos principios de manera más extensa y eficiente. En Girona nos hemos escuchado, hemos conversado, hemos compartido experiencias, materiales, técnicas y conocimientos y hemos colaborado tod@s con tod@s en construir algo común. Desde mi punto de vista y, me atrevo a decir que en el de mis compañer@s, el encuentro ha sido dospuntocero como el que más… Hasta había una pizarra!!!“.

Pues totalmente de acuerdo. Eso fue trabajo 2.0.

Eso… es “co-“.

Pero se olvidaba Manel de la capacidad de decidir que tuvo cuando se acercó hasta Girona, empleando dos días de su seguro escaso tiempo en aprender junto a otros, esta vez físicamente, pero como cada día a través de la red.

A las personas nos cuesta encontrar un equilibrio personal y profesional en nuestras vidas. Cuanto más abierta sea la actividad profesional, más se confunden ambos ámbitos (en mi caso ya son difícilmente distinguibles)… y es el momento en el que uno ya no sabe distinguir ni si está en trabacaciones o en travacaciones… 😉

Hay que reconocer que no toda la responsabilidad de “sufrir” un trabajo 1.0 radica en la empresa, en sus horarios o en sus normas, sino que en buena medida está en nosotros mismos (“lo que importa no es lo que te pasa, sino lo que haces con lo que te pasa”)… pero la empresa, para conseguir sus objetivos, debe buscar alinearlos con las inquietudes de las personas… y no lo hace, no pone los suficientes huevos en la cesta para que el trabajo artesano, por ejemplo, pueda sobrevivir y germinar en su interior.

Así que propongo a las empresas trabajar en el ámbito de la libertad… si no quieren que lo mejor esté fuera… en muy poco tiempo. Por ejemplo:

  • Liberalizando los horarios de forma decidida: sin horarios, posibilitando el teletrabajo, con reserva de tiempos para proyectos de iniciativa propia y, sobre todo, reconociendo el trabajo por proyectos, por objetivos… y no por “tiempo de culo“.
  • Fomentando decididamente la autogestión de personas y equipos.
  • Protegiendo las comunidades de práctica como forma transversal y libre de aprendizaje y creación de valor.
  • Impulsando el trabajo en red y el concepto de empresa abierta, tecnológica y culturalmente.
  • Desterrando con valentía el “café para todos y el igualitarismo mal entendido.

Qué… Esto sí es una buena quimera, esperar algo así de la mayoría de nuestras empresas, ¿eh?

Pues entonces déjenme que vuelva otra vez la mirada a los poderes públicos. Si las empresas no quieren… las políticas públicas deberían servir para eso, para “animarlas”.

Legislen. Generen figuras nuevas de contratación más “artesanas”. Incluso (por qué no) de contratación en red. Si quieren ser “ligeros” con los despidos en empresas en grave crisis financiera, séanlo… pero también extremadamente rigurosos con quienes se opongan a nuevas formas de trabajo flexible y de funcionamiento interno que se habiliten. Y utilicen las ayudas en la forma adecuada para que el trabajo 2.0 pueda ser una realidad infinitamente más extendida, para que crezca la libertad en la noción del trabajo.

Esa sería una auténtica política pública de fomento de la innovación, que forzaría la transformación de muchos comportamientos internos anquilosados.

He dejado unas pistas…

A lo mejor, así, muchas personas volverían a contemplar a una empresa (o a varias) como un eje vertebrador de sus vidas.

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Nota: la pequeña historia que recojo al principio la había leído aquí.