Vibraciones: Barack y Patxi

El lehendakari del Gobierno Vasco, Patxi López, publica hoy mismo en el diario El Correo un artículo de opinión, analizando la clara derrota del Partido Demócrata en las elecciones al Congreso norteamericano y las incertidumbres que eso plantea sobre las expectativas abiertas en torno a la figura de Obama. Patxi López aboga por un rearme ideológico de la izquierda como vía para avanzar hacia una sociedad “de ciudadanos libres, solidaria, sostenible y competitiva”.

Bonito…

Pero lehendakari, no escucha bien… y no se acaba de enterar, en mi humilde opinión, de qué va esto… Y me da que es un problema general que afecta a buena parte de lo que se autodenomina “la izquierda”.

Ni el conservadurismo es antisocial por naturaleza (solo tiene una idea diferente de lo social, pero no siempre resulta evidente que haya sido peor que otras), ni la izquierda europea tiene que afrontar ningún tipo de rearme ideológico, sino en todo caso moral… y de eficacia en la gestión de lo público.

No voy a hablar a continuación de lo que se hace mal o se hace bien con relación a las cosas que no funcionan en el día a día, sino que mi objetivo hoy es elevar el listón de la reflexión hacia cómo vamos construyendo la comunidad en la que viviremos en el futuro.

A una parte de esta sociedad le importa ya cada vez menos si quienes la gobiernan desean un estado mayor… o un estado menor. Hacen su “estado de personas”… al margen de lo que quienes se creen responsables de ellos opinen. Frente a políticas populistas de izquierda o de derecha (ambas lo han sido, enfocadas casi sin excepción a esa parte de la población que mueve su orientación de voto por el mensaje emocional, radical, simplón y barato del populismo), hay un grupo silencioso de personas, minoritario, eso sí, pero importante, que ha evolucionado desde un cierto desencanto a la conciencia de que hay cosas que no necesita para vivir, ser moderadamente feliz… y tratar de compartirlo con quienes le rodean.

Sin ánimo de establecer comparaciones, los teapartys y los titiriteros no son sino formas diferentes de excitación de emociones primarias, rayanas en el populismo… que creo que podríamos compartir, aunque fuera en la intimidad, que no son muy sanas.

La idea con la que la izquierda suele combatir la noción de desigualdad es también una idea que configura un estado que “se ocupa” de “ciudadanos desvalidos”, concepto éste que no es asociable en exclusiva a la derecha. El populismo de izquierda toca teclas de un piano que suele estar entre grandes colectivos que esperan que otros les solucionen los problemas en lugar de que les ayuden a solucionarlos y a comprometerse en ello. La acción que se les demanda es más de protesta que de creación. Como en el populismo de derechas, la culpa siempre la tienen otros… y eso une mucho, ¿no?

¿”Paternalista” en lugar de “despiadado”? Puede ser… pero no me importa:  no sé cuál es más dañino a largo plazo. Y ambos, no nos engañemos, aspiran a ser poderes “omnímodos”.

Conviene no olvidar que la injusticia tiene que ver con el no haber dispuesto de igualdad de oportunidades, pero no con lo que cada uno haya hecho con ellas. Y que la precariedad debe ser activamente combatida, por puro criterio de humanidad e independientemente del nivel de injusticia, pero hasta los límites de lo que entendemos que es dignidad humana y no hasta el derecho a un estatus.

Por eso, como ciudadano normalmente silente, pido un “cambio de tercio”…

Creo que la ideología debe ser un sustento, no un escaparate. Sustento íntimo de un comportamiento personal ético, transparente, vulnerable y honesto, que conduzca lo público… al menos desde el mismo momento en que se haga cargo de él.

Eh… pero también creo que ésa es sólo una parte.

Obama aportó credibilidad, sacó la ideología del escaparate y puso visible el compromiso con la vida cotidiana de las personas en aquéllo que las personas necesitaban en ese momento: Yes, we can! (… hacerlo diferente). Utilizó la necesidad de cambio de la sociedad y lo hizo bien: recuerdo a pocos que hayan sabido hacer nada parecido. Pero si la ciudadanía comienza a ver que tras el escaparate, la tienda está vacía…

¡Ah…! Antes de que se me olvide…

Ya sé que lo que quiere resaltar es la idea de corresponsabilidad de cada ciudadano en el devenir colectivo, lo que comparto… Pero en mi opinión y definitivamente, el estado no puede ser “el resultado de la solidaridad de todos”, como postula, sino el conjunto de los lugares en los que podemos reconocernos colectivamente, construídos con lo que ya aportamos de forma solidaria cada día y cada año (y si no todos… prácticamente todos, que me importa más que desgastarme emocionalmente en los que escapan de ello). Es decir, hay una responsabilidad diferencial en quienes se ocupan de todo esto.

Es posible que parte de la sociedad empiece a ir por su cuenta tan deprisa, que ya no espere a que los poderes públicos legislen lo que se hubiera convertido en necesidad social, porque cuando lo hagan (si es que lo hacen) ya no interesa, no importa. Es posible que uno de los cambios que estamos viviendo es que la administración deba ayudar a abrir los caminos que las personas van bocetando, en lugar de ir diciéndoles por dónde deben abrirlos. Ir desbordando los límites desde valores compartidos en lugar de desde ideologías o intereses creados.

Creo que, alcanzada la responsabilidad de la gestión pública (aunque se proceda lícitamente de la acción política) no es en el terreno ideológico en el hay que ir por delante… sino en lo que vertebra de verdad la vida de la mayoría de las personas y no sólo la de los colectivos más marginales, específicos o singulares. Creo que la educación lo es en la primera etapa de nuestras vidas, pero que una enorme parte de ello es el trabajo: quizá ya no sea la empresa lo que vertebra nuestra existencia (que yo creo que aún sí), pero desde luego lo es el trabajo y su convivencia armónica con el resto de nuestras ocupaciones y responsabilidades.

Así me atrevo a afirmar que si la intervención sobre la educación y sobre el trabajo se hiciera desde la ideología… no iríamos bien. Y que si por el contrario se hiciera desde el intento de acercarse a la evolución de las sociedades, es posible que pudieran hacerse cosas muy interesantes desde lo público, en cierto modo independientemente de cuál fuera el trasfondo ideológico de quienes lo impulsaran… porque podrían confluir en la acción.

Porque, en el fondo, izquierda y derecha sociológica (no política) comparten, aunque nos pase desapercibido como parte del paisaje, buena parte de los valores consustanciales de lo que es esta sociedad occidental. Escribir este artículo, por poner un ejemplo bien simple, es parte de ello. Y defender la persistencia de esos valores es una de las pocas justificaciones claras para la beligerancia activa que se me ocurren.

De hecho, si esos valores se vieran amenazados, esa importante minoría silenciosa de la que me ocupaba al principio no podría hacer lo que he afirmado que está haciendo…

Así que eso sí me parece importante.

¿Será esta reflexión “de derechas”?

Yo creo que no, ni tampoco “de izquierdas”.

Y por si acaso… si alguien cree que, en realidad, lo que pasa es que es “de centro”… pues no me ha entendido o no me debo de haber explicado muy bien… pero me da un poco de pereza intentar otra vez explicarme mejor, ¿me entienden?

Hace unos meses dirigía mi modesta reflexión al mundo de la empresa escribiendo sobre lo que denominaba “trabajo 2.0 y libertad“, pero reservaba un par de párrafos finales para reclamar de los poderes públicos un compromiso activo, en este sentido, de transformación de la sociedad en la que vivimos.

¿Qué “tamaño” de estado requiere eso? Pues no lo sé… Que sea el necesario, por favor… y a ser posible el justamente necesario.

Esa debería ser la labor pública, en la que quien esté debe ser para servir… y “quemarse” en el intento.

Ya… que soy utópico…

Bueno, puedo permitírmelo desde mi papel de ciudadano imperfecto. No soy político… y saber cómo hacer eso posible debería ser la labor de la profesión política, ¿no es así?

¿O es eso en sí mismo otra utopía?

4 comments

  1. Interesante lo que comentas. Yo soy de los que pienso que la ideología política debería ser un tema/aspecto secundario. Yo no me identifico para nada con la gente que defiende un partido político “a muerte”. Sinceramente, no les entiendo, y eso que creo que le pongo ganas…
    Me encanta la gente que desde su buena voluntad y humildad, trabaja día a día en lo que él/ella desea y cree que es bueno no solo para sí mismo, sino para los demás. De hecho, no me fijo en la etiqueta ni política ni profesional. Un camarero, un peluquero, una directora financiera, un titiritero… Todos pueden lograr hacer cosas (acciones) realmente valientes y transformadoras para que la sociedad que les rodea, sea una sociedad mejor.
    Yo creo que los políticos pierden el tiempo (y además nos toman el pelo) cada vez que se tiran los trastos los unos a los otros. Una actitud muuuuuy adolescente por su parte, actitud que me avergüenza. No será que realmente tienen pánico a enfrentarse desde la humildad a los problemas y oportunidades que existen HOY?

    1. Hola, Aitor.

      Lo malo de todo este asunto es que “los políticos”… podíamos ser nosotros. O sea, que son simples personas, mensaje tácito que quería dejar con las imágenes del balonceso o del saxofón…

      Refiriéndome a los “buenos”, a los que empiezan en la política por vocación de servicio y no a los que se acercan a ella como fuente de beneficio, caen con facilidad en el pecado de pensar que son responsables de nosotros… y no simplemente de su propia gestión.

      Y parece que sentirse responsable de otro ser humano (y no digamos de millones de ellos) desencadena mecanismos psicológicos que, a lo que se ve, son extremadamente curiosos, aunque solo sea por recurrentes. Debe tener mucho que ver, por tanto, con algún aspecto ontológico de la vida…

      Y eso es también independiente de la ideología que hubiera detrás.

      Si muchas veces me modero en la crítica es por eso, porque no sé si estaríamos libres de ser engullidos por el sistema en caso de que estuviéramos dentro como protagonistas.

      Pero como en todos los colectivos humanos, de vez en cuando aparece alguien que es capaz de jugar en los límites y mantenerse a flote sin precipitarse del todo hacia el agujero negro. Coincido contigo en que la humildad debe ser parte de las armas que tenga quien sea capaz de guardar este equilibrio. De la misma forma que, en cuanto aquélla se pierda, el vórtice actuará implacable.

      Supongo que, en mi artículo, apelo a quienes crean que pueden ser una generación política de ese estilo. Si es que los hay, claro…

      Para que se atrevan a intentar pensar diferente.

      Porque por ejemplo yo… no estoy en ello.

      Muy bienvenido a esta casa.

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