Reflexiones: “El ciclo de la reflexión”, el optar y la acción

En un artículo escrito en 1999 titulado “El ciclo de la reflexión”, Rafael Echeverría aborda la reflexión como una forma particular de conversación recursiva, que resulta propia y singular del lenguaje humano.

Adelanto que me pareció un excelente artículo sobre la reflexión y la acción y que me considero una persona con alta capacidad de reflexión, por lo que el texto captó de inmediato mi atención. Al hilo de su lectura, varias de sus ideas me dejaron una herencia reflexiva…😉 … que en algunos casos pude elaborar de forma más o menos coherente y que en otros se quedó dentro simplemente como una inconcreta incomodidad.

Ya ven que, para mí, el artículo daba mucho de sí… así que trataré de traer mis evocaciones a dos posts, para hacerlo más digerible.

Siguiendo a Humberto Maturana, Rafael Echeverría deriva que “en el proceso de vivir nuestra experiencia, que acompaña a todo ser vivo, los seres humanos añadimos una dimensión especial que le confiere a nuestra existencia, a nuestra forma de vivir, algunos rasgos particulares. Hacemos de la propia experiencia un objeto de observación. Somos capaces de reflexionar sobre ella. Al hacerlo, surge la capacidad de conferirle sentido a la vida. Desde ese momento, los seres humanos entrelazan su experiencia de vivir con la experiencia de conferir sentido. Una vez que lo hacemos, la vida pasa a ser vivida según el sentido que le conferimos“.

Recuerda también que “[Albert Camus ya estableció que] los seres humanos son los únicos seres vivos que se suicidan, que pueden optar por continuar viviendo o terminar con sus vidas. En esta opción fundamental observamos dos factores decisivos y ambos remiten al lenguaje humano. En primer lugar está el fenómeno del optar, de tomar una decisión, a que los seres humanos tenemos acceso por cuanto somos seres lingüísticos. Escoger es un acto fundado en la capacidad reflexiva del lenguaje, a través de la cual observamos y sopesamos opciones diferentes. Otros seres vivos no tienen la capacidad de escoger, de plantearse opciones y decidirse por una de ellas. En sus acciones, carecen precisamente de la capacidad reflexiva que es inherente a los seres humanos. Por ello, carecen también del sentido de la responsabilidad“.

La primera duda que me suscita el artículo es respecto a la relación que se presenta como inequívoca entre el optar, la capacidad reflexiva y el lenguaje (y en derivada, sobre la imposibilidad de optar de otros seres vivos). También sobre si el suicidio es el resultado inapelable del juicio de sinsentido de la vida, como una relación causa – efecto en la que nada más puede interferir si se manifiesta.

No me interesa aquí ahondar en los casos de los supuestos comportamientos “suicidas” entre animales (léase perros, lemmings, ballenas…). Ese aspecto de la discusión, que suele centrarse en razonamientos tan variados como el seguimiento al líder o la orientación genética, queda en todo caso muy lejos del resultado de escoger la muerte como opción ante la reflexión de que la vida ya no tiene sentido.

Pero sí queda algo que me inquieta, aunque no sepa definirlo con precisión, relacionado con ese juicio inapelable de que “el suicidio es el resultado extremo de la ausencia de sentido“. Tal vez tenga que ver con las emociones y con su interferencia en los juicios racionales, para lo bueno y para lo malo: el miedo, el amor a los demás o hasta la cobardía, juegan muchas veces un papel relevante en nuestras decisiones… y en esa también, o eso supongo. A fin de cuentas, las emociones no son sino predisposiciones a la acción.

Y si eso es así en una situación tan al límite… ¿cómo juegan las emociones, en general, en los procesos de reflexión?

Y si las emociones “nos pasan”, sin que seamos capaces de evitarlo, ¿no habrá alguna clave que escudriñar en el análisis de cómo incide nuestro entorno, y en definitiva el sistema al que pertenecemos, en nuestra capacidad de optar y como derivada en nuestra libertad condicionada para la reflexión? ¿Cómo escapamos de ahí? ¿A través de la fundamentación de juicios…? ¿Solos…?

En el mismo artículo, Rafael Echeverría identifica la conciencia como proceso reflexivo, pero creo que, por extraño que les parezca, lo hace confundiendo en parte conciencia con toma de conciencia o consciencia, desprovistas éstas últimas de toda consideración ética y quedando remitidas a su identidad fenomenológica de observación de nosotros mismos, de nuestra experiencia y de lo que acontece a nuestro alrededor.

Relacionar así la reflexión con los acontecimientos que nos rodean o con nuestra propia experiencia, es relacionarla con la acción. Así que me van a permitir que sobrevuele ese asunto concreto de la conciencia… porque no quiero alargarme más antes de analizar es el valor de la reflexión previa a la acción en estado puro.

Echeverría distingue dos ciclos de reflexión en función de su posicionamiento temporal frente a la acción: si se produce antes de ésta, hablamos de una reflexión de diseño; si es posterior, de una reflexión de evaluación.

Partiendo de los postulados de Donald Schön (ex-profesor del MIT), afirma que la progresiva y natural separación de la reflexión y la acción directa ha sido la base del alejamiento de la ciencia y la técnica… y que parte de los problemas que la formación universitaria tiene para formar profesionales nacen también de ahí.

Así, afirma que uno de los resultados de esta disociación “es la atrofia relativa de la capacidad reflexiva autónoma de los profesionales y, por lo tanto, su falta de entrenamiento para encarar exitosamente situaciones críticas no anticipadas y sus dificultades para desarrollar procesos autónomos de aprendizaje fundados en su propia experiencia profesional. Sin desmerecer la importancia de la reflexión científica, el mundo de hoy exige el incremento de la capacidad reflexiva de los profesionistas. Dados el nivel de complejidad que encaramos en la actualidad, la aceleración del cambio que registra nuestro entorno, los niveles de incertidumbre que ello genera y la necesidad de un aprendizaje permanente que evite la obsolescencia de nuestras competencias, no es posible que un profesional se desempeñe efectivamente en el mundo de hoy si no desarrolla capacidad autónoma de reflexión. Todo ello obliga a replantear la relación existente entre reflexión y acción profesional, a disolver la separación entre ambas y a buscar un modelo que permita desarrollar diferentes modalidades de reflexión a partir de los requerimientos que surgen directamente de la acción. A este desafío responde la propuesta de la reflexión en la acción“.

Hoy, al volver a leer este texto, me ha venido a la mente el artículo que escribí hace ahora un año sobre universidad y empresa. En él me cuestionaba la bondad a largo plazo de modelos altamente integrados de universidad-empresa y recuperaba un valor que durante años le había negado a modelos formativos alejados de la aplicabilidad práctica en buen grado. O al menos… dejaba mis dudas sobre la mesa porque, de alguna forma, sentía que había algo en la minusvaloración social de esta característica que no me acababa de encajar: al contrario que lo que muchos expresamos sobre, por ejemplo, la utilidad de muchas de las acciones formativas que yo viví entre los años 1979 y 1985 en la Escuela de Ingenieros de Bilbao (negativa en el sentido de su falta de utilidad, su falta de conexión con el mundo industrial… ¡su falta de ligazón con la acción!), hoy puedo calificarla como un entrenamiento espléndido para mi capacidad reflexiva.

Y claro está… hablamos de una reflexión de diseño pura, hasta el punto de que la formación universitaria se da en una etapa de la vida en la que es muy difícil contrastarla con la acción (ni siquiera con la acción pasada, que no existe en un individuo aún “virgen”), porque aunque se diera, la madurez en que normalmente se produce no permite una visión sistémica y comprensible de ese tipo de organización que llamamos empresa.

En el fondo, y sin cuestionar el concepto de “reflexión en la acción” que propugna Echeverría (por otra parte absolutamente imprescindible en un mundo que nos exige bucles de aprendizaje continuos), reivindico el papel de un fuerte entrenamiento básico de la persona en los procesos reflexivos de diseño, como fundamento para el posterior aprendizaje permanente (reflexiones de diseño y evaluación) y como derivada la innovación.

No es elegir uno u otro. Son necesarios los dos.

A la sociedad debería importarle. A la empresa… le debería interesar.

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