Mes: febrero 2011

Vibraciones: de profesor

 

Es lo que tienen las redes sociales: que a uno, a veces, le encuentran.

LinkedIn me dejaba en junio pasado un mensaje de Violeta Costa, explorando posibilidades de que colaborara como docente en la prevista apertura de una nueva sede de la EEN en Bilbao, que ella pasaba a dirigir.

La oferta era concreta y limitada: asumir un pequeño módulo de calidad y producción en un MBA Executive que debía comenzar en el nuevo curso académico. El tejido económico vasco es fuerte y singular y buscaban cubrir la parte del temario más adecuada a ello con nuevos docentes procedentes de la propia empresa vasca.

Encajaba bien: mi disponibilidad era muy limitada (y por tanto el hecho de que el esfuerzo en horas también lo fuera lo hacía posible), la materia se compadecía con lo que había sido mi principal ocupación en los últimos años, mi participación podía alinearse con nuestras estrategias empresariales y, sobre todo… yo creía que tenía algo que decir.

Este fin de semana ha sido mi bautismo oficial como profesor, título al que parece dan formalmente derecho esas minúsculas 10 horas lectivas.

Antes ya había dado clases particulares (hace muchos, muchos años… 😉 para sostener gastos juveniles), e incluso había participado (ya profesionalmente asentado en Fagor Ederlan) en el Master iCast de Innovación Tecnológica en Fundición (haciéndome cargo del módulo de innovación en gestión), un posgrado muy especializado que ya no forma hoy parte de la oferta de Mondragon Unibertsitatea.

Pero entiéndanme: todo eso era estar en casa. Esta es la primera ocasión que alguien me dice que formo parte de un “claustro docente”. 🙂

Les confieso que la enseñanza me ha atraído siempre de una forma extraordinaria. Tuve incluso la ocasión de asumir una cátedra de instituto en un momento dado de mi vida profesional, pero intuí que entrar en ese territorio limitaría mis posibilidades de migrar al mundo de la empresa posteriormente, si me apetecía… y no me decidí.

Así que he disfrutado mucho de estas 10 horas que, entre la tarde del viernes y la mañana del sábado, he dedicado a hablar de la noción de calidad.

La preparación de casos de estudio, de ejercicios, de la presentación que soportaba el curso y de la narrativa que debía conducir ese paréntesis de tiempo, unido a la necesidad de hacerlo todo contrarreloj por razones irrelevantes para este post… ha supuesto estrujar aún más los límites de noches y fines de semana ya comprimidos por la agenda laboral ordinaria. He llegado a estar al borde del arrepentimiento… pero ya está. Hoy me alegro de haber llegado hasta aquí.

¿Que cómo ha sido? Pues verán, claro que he trabajado la teoría de la calidad en las organizaciones, su papel estratégico, su significado más profundo y sus implicaciones en el conjunto de la actividad empresarial… También me he asomado brevemente a lo que creo que será el significado de la calidad en el mundo que nos viene. Pero lo que de verdad he tratado de transmitir, en un tiempo siempre limitado para alumnos que aún deben descubrir significados esenciales, es que hay formas de entender el trabajo en las que merece la pena creer.

En un mundo de información accesible, no era teoría lo que podía ofrecerles como valor, sino la vivencia de una forma de entender la gestión que creo que es profundamente respetuosa con la condición humana, con la nobleza de su afán de superación, con la posición de servicio hacia los demás, con la inquietud permanente por mejorar las cosas y, en definitiva, con la mezcla indefinida del sentido humano del trabajo y del orgullo por lo bien hecho.

Me he acercado al borde emocional, sí… a la periferia (o al centro oculto) de las realidades empresariales. Cuando te muestras abiertamente entre casi 20 personas que ambicionan dar un paso decisivo en su carrera profesional o en su empleabilidad, pero que al mismo tiempo se intuyen ya iniciados en un cierto escepticismo, ofrecer algo valioso pasa por ahí: por hablar de lo que, tras casi 25 años de cotizaciones, crees que es importante.

Incluso aunque, por las incompetencias, incoherencias y limitaciones que inevitablemente cada uno arrastramos, escribir públicamente los párrafos anteriores suponga ya una invitación a la crítica.

Uno de los libros que les he recomendado es “La nueva gestión de la fábrica”, de Kiyoshi Suzaki. El libro desgrana en sus casi 500 páginas los conceptos básicos de la calidad total, metodologías, herramientas e ideas-fuerza, pero muchas veces lo hace de forma que, al leer sus párrafos, sales con facilidad del entorno industrial en que se fundamenta para traducir sus textos, en paralelo e inevitablemente, a la visión más global de la gestión empresarial.

Pero Kiyoshi Suzaki es japonés. En la página 371, a falta de más de 100 y tras afirmar sorprendentemente que ya casi ha terminado el libro, introduce un pequeño capítulo que titula “El rocío y la luna”, que les invito ahora a leer:

“Ya seamos presidentes, directivos, personal auxiliar, supervisores u operarios, y hayamos trabajado juntos antes o no, en nuestro interior creo que todos tenemos algo en común. Ya sea nuestra voluntad o nuestra creatividad u otra cosa, al igual que nuestra orientación al genba, en cuanto intentemos describir “tal cosa” con palabras y modelos, podemos perder su esencia. Como la lógica y las palabras sólo son una interpretación de la realidad, sólo podemos probar, refinar y compartir estas ideas. Éste puede ser el meollo de la gestión de la fábrica.

Con todo, después de intentar transmitir la esencia de la gestión de la fábrica en este libro, la analogía que me viene a la mente es la luna brillando en el cielo y el rocío en la hierba que refleja la luna en cada gota. La luna refleja el valor básico; las gotas de rocío representan a las personas que comparten ese valor. Como cada ser humano es valioso, con independencia de cuál sea su destino, cada uno de nosotros es una gota de rocío. Dentro de cada uno de nosotros tenemos algo que es el núcleo de nuestro ser. Y si estamos atentos y no tenemos la cabeza llena de preocupaciones, tal vez podamos ver también la prueba de ello en nuestra fábrica.

Mirando la luz reflejada en las máquinas, hablando con las personas y sintiendo su energía y percibiendo las cosas que han contribuido al funcionamiento de nuestra fábrica, espero que podamos hallar en ellas la belleza, la verdad y el espíritu de las personas.”

Entre las páginas del libro aparecen otros aspectos que puede que muchos de ustedes no ubicaran entre lo esencial del significado de la calidad total, pero que son su alma. Suzaki cierra el texto con un epílogo en el que transcribe un poema póstumo de un poeta japonés, Kenji Mijazawa, titulado “Soportar la lluvia”:

He dedicado parte de los últimos minutos del curso a leer en voz alta estos textos… y me han emocionado. A veces, me pongo un poco tonto. Quizá coincidan conmigo en que el poema final describe simplemente a un ser humano. Vaaaale, se lo concedo… a un ser humano bueno, incluso discutible e imposiblemente bueno… pero pueden descubrir ahí a una de las personas de la fábrica, aunque a mí mismo me costó verlo.

Y las empresas, ¿no son sino obra y esfuerzo de seres humanos? Pues convendría no olvidarlo.

He cerrado con un clásico que me sigue impresionando: el discurso de Steve Jobs (desgraciadamente hoy de nuevo de actualidad por su salud) en la ceremonia de graduación de Stanford de 2005.

Creo que el vídeo ya ha pasado alguna vez por esta bitácora, pero es que… oigan, no me canso de volver a escucharle.

Escribo esta entrada desde el disfrute de esas 10 horas como profesor primerizo, antes de que la valoración que los alumnos hagan desde su percepción de mi intento pueda introducir un poso de decepción por la ventana…

Que no creo.

Pero si así fuera, al menos he reverdecido este mensaje simple:

“Stay hungry. Stay foolish”.

Están invitados.