Vibraciones: de tradición y navidades

La Navidad de 1994 fue para mí diferente a cualquier otra.

Cuatro meses atrás me habían comunicado el despido de la empresa en la que llevaba 6 años trabajando, así que tras tres meses de búsqueda poco afortunada de trabajo y ya inactivo, el diciembre del 94 me llegó, como cualquier otro año, entre los habituales y enormes excesos de propaganda consumista en televisión.

Entonces la televisión era una parte importante de nuestras vidas: Internet no existía para nosotros ni para nuestras empresas (tremendo cómo pasan, el tiempo y las cosas) y los tubos catódicos nos mostraban las primeras señales privadas en nuestros hogares desde apenas 4 años atrás.

Recuerdo perfectamente la sensación personal de rechazo profundo que me generó la mezcla de sentirme un parado en un momento en que las ofertas de empleo que encontraba eran muy escasas (en 1994 se alcanzó un porcentaje de desempleo récord en España, el 24% de la población activa) y el hecho de pasarme horas frente a la tele bajo un bombardeo de anuncios de juguetes, perfumes, lotería, moda, relojes, discos, aparatos musicales y domésticos, todos orientados a fomentar un consumo desmedido e innecesario entre los que podían permitírselo.

Les aseguro que ese bombardeo publicitario, en un momento en el que no podía saber cuándo tendría un nuevo empleo (de hecho, aún estuve 4 meses sin actividad laboral) ni cómo sería, me llegó a parecer indecente.

Cuento esta historia porque desde entonces las cosas me han ido razonablemente bien… pero no hasta el punto de que me hayan hecho olvidar aquellas sensaciones.

Y la cuento como forma de enfrentar una paradoja: me gustan las tradiciones, las navideñas incluidas, aunque casi siempre vayan acompañadas de aspectos desmedidos o innecesarios.

En cierto modo, es precisamente la parafernalia que rodea a una fiesta la que hace de ella un  momento temporal muy diferente al del día anterior y al del siguiente. Y en la sociedad de consumo en la que vivimos, su aprovechamiento comercial es no solo inevitable, sino que tiene indudables efectos sociales positivos: muchas industrias y muchos pequeños comerciantes viven todo el año dependientes de que un par de tradiciones (como las navidades… o las rebajas) funcionen razonablemente bien. El comercio genera ciudad, vida de comunidad… y finalmente sostiene actividad económica y empleo.

Incluso en mi situación personal frente a las navidades del 94 fui consciente de ello.

Porque aunque la racionalidad de este discurso no pudiera mitigar la sensación de inmoralidad por el desperdicio que conlleva el consumir objetos de incierta necesidad al lado mismo de otras situaciones donde casi cualquier necesidad básica es difícil de cubrir… dice una vieja frase liberal algo así como que, en una sociedad, la riqueza o la renta se distribuyen mejor cuando no se distribuyen. Y con los correspondientes matices, yo creo en ello.

Pero dejemos a un lado este territorio racionalista para acercarnos al emocional; disfrutar tradiciones exige precisamente eso: disfrutarlas. Y si no se consigue, su valor, a pesar del discurso anterior, desaparece.

Porque toda la actividad comercial de estas fiestas navideñas descansa en el valor emocional que casi todos les damos:

  • en volver a conectar con esa familia a la que queremos, aunque sea para recordar que ya nos cuesta convivir demasiado tiempo seguido con ella sin discutir;🙄
  • en decorar la casa con brillos, espumillones, luces, colores en contraste, belenes y árboles de plástico, aunque si la tuviéramos así todo el año nos ahogaríamos en lo recargado e incluso hortera del asunto;😮
  • en gastar pensando en agradar a los demás, aunque ello nos suponga acabar reventados de “patear” la ciudad buscando lo que tanto nos ha costado pensar;💡
  • en esconder la magia de los magos a los niños, aunque sea a base de llenar los rincones, los fondos y los techos de los armarios de paquetes ocultos de forma insospechada;😐
  • en esperar a ver el asombro de todos, pero sobre todo de los más pequeños, al ver el montón de paquetes bajo el belén o el árbol, o al abrir cada uno de ellos y descubrir lo que contiene, aunque luego pueda que no le hagan ni caso durante todo el año;😯
  • en comprar, repartir y compartir lotería de navidad (¿cuántos lo hacemos sólo por Navidad?), aunque sea la que menos reparte de las que se sortean a lo largo del año;😎
  • en percibir la satisfacción por una gran cena, aunque nos haya costado horas o una “pasta gansa” el prepararla… y luego desaparezca casi en minutos;🙂
  • en revivir con los hijos las sensaciones que conservamos de nuestros padres, como el chocolate con churros del desayuno del día de Reyes, aunque haya que mantenerles alejados del salón hasta que terminen;😉
  • en comer las uvas a las 12 en punto de la Nochevieja, aunque haya que tolerar que algunos las extraigan las pepitas y hasta las “desnuden” previamente para luego “llegar”;👿
  • o, para algunos de nosotros, en reservar momentos para el recogimiento festivo, para la pascua, para hacer balance y para revivir la sensación de que “ser bueno” merece la pena, aunque la vida lo ponga a veces difícil.😛

Me gustan las tradiciones, sobre todo y por lo tanto, por la conexión que establecen con vivencias pasadas que activan resortes emocionales positivos.

Por eso en mi casa los regalos los siguen trayendo los Reyes Magos, porque ni Papá Noel, ni Santa Claus… ni el Olentzero (que amén de feo, sucio y fumador…  es de dudosa reputación histórica en su relación con los niños…🙂 ) forman parte del pasado real de nadie de mi familia ni de nuestras familias de origen en sus más remotos recuerdos.

Y por si acaso piensan que se me escapa algo… en mi casa nos hacemos regalos sólo un par de veces al año. A mí me parece que hay actitudes que sortean la borrachera comercial de estas tradiciones y conviven con ella como algo sostenible, que son capaces de combinarlas con otras facetas más propias de la esencia más tradicional de la Navidad y que depende de cada uno de nosotros hacer que el consumismo sea otra cosa.

Ya, ya sé que hay otros que piensan bien diferente

Pero yo lo siento así. Y eso que rizo el rizo paradójico cuando además, mi actividad laboral se basa en provocar cambios dentro de mi empresa…😉

Feliz Navidad y un espléndido 2012 para todos.

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