Mes: junio 2014

Reflexiones: el verdadero soporte de lo sostenible

Hace ya muchos meses, seguro que más que una docena, Manel Muntada dejaba escrito en un comentario que “el mundo actual no está hecho para disfrutarse enredándose en sus matices sino para consumirse en grandes cantidades, con rapidez y en envases reciclables”.

Pues esa frase es toda una verdad… pero es una lástima.

Y es que nos toca vivir una época en la que todo parece pervertirse y solo encuentra enfrente rancio populismo disfrazado.

Cola CaoHasta el concepto reciclable me empieza a parecer algo que esconde falsedad. Recuerdo aún las cajas metálicas de Cola Cao de cuando era niño. Son también reciclables, como las de plástico o cartón actuales, pero eso entonces no importaba… y realmente hoy no importaría. Porque aún conservo y uso un par de cajas de aquéllas casi en perfecto estado… y han pasado más de 40 años. Nada es más sostenible que eso, ni lo reciclado.

Me recuerda esta historia personal a otra que corrió por las redes también hace un tiempo: un análisis de una consultora norteamericana (creo recordar) que aseveraba que el Hummer, un mastodonte que fabricaba hasta hace 4 años GM y que consumía entre 15 y 20 litros de gasolina cada 100 km, era más sostenible que un Toyota Prius híbrido.

La afirmación se basaba entre otras cosas en que consideraba que todo Hummer encontraba un dueño como vehículo de segunda mano y tenía con él una segunda y larga vida (y a veces una tercera y una cuarta…), mientras que nadie en USA tenía la más mínima intención de adquirir un Prius de segunda mano.

Yo digo que ambas historias merecen pararse a pensar unos minutos sobre ello.

Y hay más…

Muchas de nuestras ciudades se han ido llenando de nuevos tranvías, que llevan consigo las etiquetas de vehículo eléctrico y transporte público, o sea, el paradigma de la sostenibilidad en el transporte urbano (incluso en comparación con los metros suburbanos, cuestionados por el coste de construcción de sus infraestructuras y por añadidura de su rentabilidad social).

Hummer-Prius plusPues déjenme decirles que los tranvías, desde mi punto de vista, son en la mayoría de los casos un transporte muy poco “sostenible”: ¿cuántas horas de cada día circulan, por el bien de la disponibilidad mínima que todos exigimos en cuanto a frecuencias de paso, casi vacíos o con una ocupación escandalosamente baja?

¿Qué coste unitario tiene transportar a 3, 5 o 10 personas en un vehículo de 40 toneladas de peso? Porque es una escena que, al menos en Bilbao (y sospecho que no es una excepción), cualquiera puede observar cualquier día…

Y no es el peor o el único ejemplo, claro… En Gipuzkoa, la Diputación impulsa un sistema coordinado de transporte por carretera mediante autobuses operados por diversas compañías afiliadas, bajo la denominación y la marca compartida de Lurraldebus.

El proyecto incluye tarjeta única de transporte, descuentos por uso, monitorización para la optimización del servicio… en definitiva, una magnífica idea. Pero, al igual que en el caso del tranvía, es frecuente ver autobuses que desplazan a un número muy reducido de personas e incluso (aunque lo consideren una anécdota, de verdad que no es demasiado raro a determinadas horas del día) a una única persona. La estampa da incluso un poco de pena, porque de nuevo muestra con claridad un servicio público de transporte de pasajeros en una de las formas menos sostenibles que cualquiera pudiera imaginar. Más sostenible… y a lo mejor más barato… había salido pagarle al viajero un taxi… 😉

Son solo dos ejemplos de un fenómeno, el de la noción de lo sostenible, que se ha impregnado en nuestras conversaciones entre tópicos que hemos acabado por hacer nuestros sin cuestionarlos en profundidad. Simplemente… hemos tomado posición desde el rechazo a lo contrario y como alternativa que se pone a mano.

O sea, nada nuevo: lo mismo que ha sucedido con casi todos los temas que son objeto de evaluación, valoración y conversación social. Desde la educación hasta la familia. Desde la política hasta el deporte. Desde la solidaridad hasta la justicia. Desde el cine hasta la religión.

La decepción para con comportamientos humanos vergonzosos e indignos no nos ha llevado a analizar la naturaleza humana (una vez más en la historia) y a entender sus consecuencias para saber qué se debe hacer, sino al maniqueísmo del “nosotros y ellos”… y a posicionarnos, en ese esquema, arrastrados por constructos colectivos que no son sino el producto de la misma labor táctica y estratégica de partes del mismo sistema… que simplemente no ocupan el poder.

Me estoy yendo un poco por las ramas, pero no demasiado, porque necesitamos recuperar cierto pensamiento científico en nuestros juicios (y obviamente, no me refiero, queridos lectores, a que necesitemos que los científicos piensen, jeje…). Necesitamos recuperar el pensamiento crítico individual, dejar de ser “seguidores”.

Y me da igual decir seguidores del poder o de lo contrario, porque no tengo duda de que todos los movimientos sociales que hoy nos permiten pensar que estamos cambiando el mundo, están impulsados y conducidos (si no al principio, siempre con el tiempo) por tácticas y estrategias promovidas por grupos políticos, sociales e incluso económicos situados en los bordes del sistema. Porque todo pertenece al sistema, aunque no lo veamos.

Es más, cada día estoy más convencido de una frase de un “maestro” que decía que no se puede no estar en el sistema… 😉

Conecto ahora la realidad socio-política y la noción de sostenibilidad. En una curiosa carta abierta nada menos que a Felipe VI, Juanjo Brizuela recordaba estos días que “Si algo ha avanzado la sociedad, aunque no lo parezca, es en el valor de las personas por encima del de las instituciones, por mucho que éstas tengan una dimensión considerable. (…) Ahora es mucho más fácil expresarse (…) que antes, ahora la gente al poderse conectar entre sí, se articula y se estructura como prefiere y, no sólo eso, sino que además su día a día es tan importante que todo aquello que apalanque su actividad y le mejore su visión de la vida, lo pondrá en valor. Y si no lo hace, entonces lo va perdiendo. Pasa a ser olvidado y si se insiste hasta menospreciado“.

Detrás de estas frases, como de otras muchas, está el fenómeno social provocado por la eclosión de la red. Pero la gran belleza de internet como red, para mí, es su carácter desarticulado, lo que permite que en cada momento, ante cada acontecimiento, frente a cada propuesta, uno pueda decidir estar o no estar, mostrarse o esconderse, contradecirse y no alinearse… o lo contrario.

La lucha por la neutralidad de la red no es sino un ejercicio colectivo orientado a que esa belleza sea sostenible. Tal y como la percibimos, es una pelea abierta, realizada desde la base de la ciudadanía, libre y comprometida… pero también fácil en sus dinámicas, porque se confabula contra el poder (en este caso el de las grandes operadoras de telecomunicaciones), que siempre es identificable con facilidad como el “poderoso enemigo común”.

15M collageMucho de eso impregnó también el nacimiento del movimiento del 15M, protagonizado por ciudadanos autoorganizados en busca de un futuro mejor.

Resultaba emocionante ver cómo se vigilaban y rechazaban las interferencias de ideologías y tendencias políticas, fueran de derechas, de izquierdas o de centro, nacionalistas o no; resultaba extraordinariamente vívido sentir a la sociedad despierta y abierta a ceder su capacidad y su tiempo para alcanzar acuerdos sobre mínimos higiénicos de democracia y ética pública y política; resultaba estimulante que las primeras ideas tuvieran el poder de conciliar la adscripción de amplísimas capas de ciudadanía, no solo de la participante sino también de la pasiva.

Luego empezó a derivar hacia otros territorios, porque el sistema… no solo contiene el poder visible, omnipresente, de su centro. También desde sus bordes se desarrolla poder. Con pocos medios, con pocos recursos, pero con personas dotadas de compromiso y determinación para conseguir que las cosas sucedan en el futuro de otra manera.

El fenómeno “Podemos” es por ello muy interesante, muy atractivo. Recoge el espíritu del 15M y lo lleva a la arena política: renuncia a privilegios y a financiar oscuros aparatos internos, se abre a la sociedad con procesos colaborativos y apuesta por la política como servicio, resolviendo un dilema que se había quedado, como muchas de las propuestas frescas de regeneración de la vida pública, en el cajón del olvido.

Pero ahora que cobra vida y adquiere poder formal, detrás de él ya no hay ciudadanos autoorganizados… sino “determinado tipo” de ciudadanos “autoorganizados”. Detrás de Podemos hay hoy ideología, lo suficientemente visible y condicionante como para que sea imposible que detrás de esa marca se vuelva a sentir cómoda la inmensidad de la marea ciudadana que se compadecía explícita o tácitamente con el nacimiento del 15M. Por su naturaleza, está condenado a ir perdiendo su capacidad de transversalidad.

No es una sorpresa esta lícita evolución de los acontecimientos, que conste. Es solo lo esperable. Alguna discusión, por ejemplo con Amalio Rey, ya mantuve colateralmente al respecto en su momento.

Y no se trata de tener o no razón, sino de entender la naturaleza de las cosas humanas y las claves de cómo tienden a conducirse de forma natural nuestros comportamientos colectivos.

O yo lo veo así, claro está… Es solo mi punto de vista.

No escucho a nadie desde hace mucho tiempo poner el acento en la independencia de los sistemas de control. Para mí es la gran clave de sostenibilidad de las sociedades sanas, de los sistemas éticos y hasta de los objetos que fabricamos. Solo así conseguiremos que las organizaciones que “toquen poder” alcancen en su actuación mínimos higiénicos de transparencia, de honestidad, de democracia interna y hasta de eficiencia operativa de forma sostenida. Solo así conseguiremos que las cosas que nos cuenten sean creíbles, que no nos desayunemos cada día descubriendo que algo que creíamos haber entendido y sobre lo que nos habíamos marcado una posición convencida… no era más que una capa exterior bien vestida de otra realidad que se nos escondía sencillamente porque entraba mal en el marketing del populismo.

Ya… que es aburrido… En estos tiempos líquidos, no está de moda.

Pero en mi opinión necesitamos recuperar confianza, en primer lugar, en mecanismos formales, transparentes e independientes de control del poder. La tan cacareada y sobada “regeneración democrática” ha de pasar inequívocamente por ahí. Es necesario restablecer mecanismos que nos permitan centrar nuestros juicios en afirmaciones… y por lo tanto en datos contrastables, que no sean discutidos en su valor, aunque lo sean en su interpretación. Y en la misma medida, necesitamos “medidores” confiables, construidos desde ese pensamiento científico que antes reclamaba, para formar nuestros juicios personales desde afirmaciones contrastables y no desde otros juicios potencialmente trufados de intereses no siempre visibles. Eso nos hace libres. Sostenidamente libres. 🙂

Al hilo de los párrafos de este post, aquí van algunas propuestas sanamente radicales, para que no me digan que me quedo en la queja, que  pueden hacerse incluso sin que al sistema le tiemblen las canillas:

  • Aumentar significativamente la independencia de los mecanismos de contrapoder de la sociedad: tribunales, comisiones nacionales, policías, intervención e inspección del estado, prensa… Con muy pocos cambios legales se puede hacer un camino enorme en este sentido. Y es que, por ejemplo, una justicia independiente es, incluso con leyes injustas, una garantía de libertad.
  • Destinar el dinero público para generar riqueza de dominio público: por ejemplo, eliminar de raíz las subvenciones a partidos, sindicatos, cultura del espectáculo, organizaciones empresariales, empresas, asociaciones… y transformarlas en compra pública innovadora, en capital riesgo o semilla, en participaciones societarias minoritarias para proyectos empresariales de innovación, diversificación, crecimiento o expansión, en participación en proyectos culturales, en proyectos de ayuda al desarrollo… Todo ello con objetivos definidos y retornos medibles de valor, tangible o intangible, para el procomún. ¿Por qué no financiar los partidos y sindicatos a través de una asignación presupuestaria limitada, que se distribuiría, como para la iglesia católica, en función de que la gente ponga o no una cruz en una casilla con siglas en su declaración de la renta? A mí lo de la iglesia me parece un método excelente de democratizar las asignaciones de dinero público para atender un servicio público… ¿por qué no se extiende la idea?
  • Volver a apostar con fuerza por los cuadros técnicos en la administración, revalorizarlos desde la incorporación por mérito y desde el prestigio social y dotarles de una voz que necesariamente deba ser escuchada y difundida abiertamente a la sociedad como soporte a la toma de decisiones. Es una forma de incorporar el pensamiento científico a la acción política y social para establecer, desde ahí, un armazón de datos confiables sobre los que nadie ose discutir (aunque quepa, como ya dije antes, interpretar), elaborados con perspectiva sistémica, que permitan sostener una visión creíble de cómo evolucionan los principales desafíos de nuestra sociedad. Consensos básicos en saber si avanzamos o retrocedemos, para centrar las discusiones no sobre ello sino sobre qué es lo mejor que deberíamos hacer.
  • Dignificar el trabajo como vía de transformación y crecimiento social y personal. Impulsar, incluso legalmente, el trabajo en red, el trabajo compartido, el trabajo colaborativo alrededor de proyectos de corto, medio o largo plazo. Favorecer el desarrollo personal mediante políticas activas de conciliación y flexibilización de los contratos laborales. Nada hay más barato y poderoso que invertir en capital humano, si al mismo tiempo se desbrozan caminos para que éste pueda elegir y crear.

Déjenme poner un ejemplo sobre la importancia de acordar una base de medidores sistémicos, de pensamiento científico aplicado a la vida cotidiana, para explicar su importancia. Volvamos para ello al tranvía, al transporte público en general y al asunto del Hummer y el Prius con que arrancaba este post. Seguramente la mayoría de ustedes, queridos lectores, estén familiarizados con las famosas estrellas EuroNCAP que califican comparativamente los niveles de seguridad pasiva y activa de los automóviles que existen en el mercado, con independencia de su marca.

Pues bien… En materia de sostenibilidad se ha alcanzado ya un cierto consenso sobre la forma de calcular y permanentemente adaptar el cálculo de la huella de carbono asociada a el ciclo completo de vida de un producto, desde la obtención de las materias primas hasta su procesado, comercialización, transporte, consumo de recursos derivado de su explotación o uso y finalmente su destrucción o reciclaje. Todo ello traducido a un único medidor, variable en el tiempo pero comparable.

¿Por qué no crear un EuroNCAP de la sostenibilidad en el transporte, basado en el cálculo de la huella de carbono a lo largo de todo el ciclo de vida de cada medio? Ahí queda la idea por si alguien quiere hacerse con ella.

Permitiría hablar con propiedad. No de si el Hummer es más o menos sostenible que un vehículo eléctrico como el Prius, sin en qué circunstancias… y cómo revertir esa paradoja si es que debe hacerse. No de que “transporte público + eléctrico = sostenible” y amén… sino de cuándo se puede afirmar esa ecuación y de cómo hacer que ocurra.

El “EuroNCAP de la sostenibilidad” sería un mecanismo de control independiente que nos permitiría adoptar decisiones sociales y políticas tomando en consideración el pensamiento científico… aunque luego otras necesidades sociales y de servicio público condicionaran esas decisiones hacia lugares diferentes, como es lógico. Pero sabiendo lo que hacemos, sin engañarnos como borregos.

La calificación de eficiencia energética hoy vigente para la comercialización de electrodomésticos o para edificios y viviendas opera una función similar. Las reglamentaciones técnicas también. Pero si exigiéramos que la huella de carbono de cada producto de consumo estuviera claramente visible en cada cosa que compramos, seguro que cambiábamos la forma en que gastamos en publicidad, en que envasamos, en que reciclamos… y hasta reduciríamos, sin duda, el volumen de basura que cada uno generamos en nuestra casa cada día. Y estoy por asegurar que hasta mejoraríamos nuestra competitividad, ¿no creen? ¿Nos ponemos a ello? 🙂

La sostenibilidad de los sistemas socio-políticos que hoy conocemos en Occidente también va a necesitar nuevos medidores fiables que nos permitan saber si avanzamos o retrocedemos en la construcción de una sociedad más libre y justa o si no. En cada momento.

Necesitaremos reforzar los mecanismos independientes de control del poder que habite el centro del sistema, para formar nuestro pensamiento crítico y que éste pueda ser libre. O eso… o el centro del sistema migrará a la periferia para dejarnos en un lugar diferente pero parecido.

Y si alguien piensa diferente… pues lo respeto, cómo no. Pero me van a disculpar que les diga que, incluso desde el egoísmo del poder, me parece una postura escasamente inteligente.

No es la primera vez que escribo sobre los efectos perversos que para el pensamiento crítico tiene el populismo o sobre la necesidad de actuar sobre la regulación del trabajo como eje de vertebración y transformación social. Dos de los hilos del post de hoy.

Y como es lógico, no se me escapa que nadie me va a hacer caso, jejeje…

Pero que conste por escrito. Derecho de ciudadano.

Porque la noción de Humanidad que reclamo (y que pongo en mayúsculas porque me refiero a la condición de humano y no al conjunto de humanos) está llena de matices. Y me da que son pequeños, lentos… y ni siquiera reciclables. 😉

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