Mes: abril 2015

Reflexiones: el principio cooperativo de la soberanía del trabajo

trabajoSoberanía del trabajo.

La Experiencia Cooperativa de Mondragón considera que el Trabajo es el principal factor transformador de la naturaleza, de la sociedad y del propio ser humano y, por consiguiente:

1.- Renuncia a la contratación sistemática de trabajadores asalariados.

2.- Adjudica al Trabajo plena soberanía en la organización de la empresa cooperativa.

3.- Considera al Trabajo acreedor esencial en la distribución de la riqueza producida.

4.- Manifiesta su voluntad de ampliar las opciones de trabajo a todos los miembros de la sociedad.

Comienzo por reconocer que la primera frase es mi favorita de todas las que se ocupan de describir los principios cooperativos en MONDRAGON. Es una idea tan poderosa, sencilla e incontestable, que en sí misma ensombrece cualquier otra referencia a los motivos por los que el cooperativismo pasó a ser la principal herramienta de transformación social en la comarca del Alto Deba hace ya más de medio siglo.

En varias ocasiones, en los últimos años, hemos pedido a algunos compañeros de trabajo que nos hablaran de algunas dedicaciones desconocidas para el resto de nosotros, pero que ocupaban buena parte de sus vidas fuera del trabajo remunerado. Sin entrar hoy en detalles, en solo cinco minutos cada uno, todos fueron capaces de compartir verdaderas pasiones sobre las que planificaban acciones y destinaban recursos, esfuerzos e ilusiones cada día. En definitiva… sobre las que trabajaban, en el sentido más estricto del término. Sin remuneración económica, en la mayoría de los casos, pero con un efecto transformador sobre las personas que en ese momento eran, perfecta analogía hipotética sobre lo que puede ocurrir con el trabajo cuando la actividad laboral se alinea con nitidez con los valores personales.

Las implicaciones de esta idea se extienden a todos los principios por su condición ontológica, intrínseca a lo humano, pero sobre todo nacen de una visión social íntimamente ligada a valores como cooperación, participación y responsabilidad social.

La evolución de nuestras sociedades hace que también sea también interesante observarlo desde la perspectiva de las decisiones que adoptamos en materia de innovación… y por ello empezaremos.

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Hablemos otra vez de emprendimiento.

La creación de nuevas realidades empresariales presenta hoy en día serias dificultades para asumir desde el principio la naturaleza jurídica cooperativa: en especial cuando se requiere de un volumen importante de inversión (caso de la mayoría de las operaciones de carácter industrial) es muy difícil pretender que socios trabajadores de una cooperativa tengan la suficiente capacidad financiera o de endeudamiento como para abordar nuevos proyectos de esa naturaleza.

Además, lo normal es que en el nacimiento de una nueva empresa y en las primeras fases de crecimiento se trate de iniciativas empresariales tuteladas desde una cooperativa matriz y de hecho propiedad de la misma. En definitiva, que no está demostrándose muchas veces posible la implicación de socios en estos proyectos empresariales de nueva creación y que todo ello conduce a la contratación de personal exterior para ellas, con contratos laborales ordinarios.

No existe, por consiguiente, ningún tipo de participación en resultados (que por otra parte suelen ser negativos durante varios años) por parte de los trabajadores implicados en el proyecto.

Debería explorarse con los poderes públicos la creación de una figura jurídica especial, al estilo de lo que sucedió con las “junior cooperativas” o en otra manera alternativa, para apoyar el nacimiento de entidades de economía social desde el comienzo de cualquier iniciativa de intraemprendimiento nacida de un entorno cooperativo.

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La renuncia a la contratación sistemática de trabajadores asalariados es un postulado con frecuencia debatido en las organizaciones cooperativas.

La ley obliga a que un 80% de la plantilla esté ocupada por socios para considerar a una cooperativa fiscalmente protegida y es por ello que ese límite se utiliza con profusión en las conversaciones. La realidad es que no es sencillo, porque hay muchos factores que inciden continuamente en ese límite, como por ejemplo que muchos sectores (automoción, por poner un ejemplo que conozco) obligan a mantener continuamente un margen de flexibilidad que puede cifrarse hasta en un 15% por encima y por debajo de las cantidades contratadas. Cuando se trata de variaciones de marcas o plataformas, un fabricante con suficiente dimensión puede equilibrar subidas y bajadas de sus diferentes productos, pero cuando el sector entero está en expansión o retroceso y lo hace de forma sostenida en el tiempo, la necesidad de encontrar una fórmula que permita esa flexibilidad es imperiosa… y la única alternativa al inconcebible despido de socios es contratar una bolsa de trabajadores eventuales.

En las cooperativas hay mecanismos que proporcionan cierta flexibilidad (calendarios móviles al alza y a la baja, modalidades de trabajo cambiantes en el tiempo, etc.), pero cuando las variaciones son persistentes, todos estos mecanismos no son capaces de dar respuestas satisfactorias.

A eso hay que añadir que la plantilla de socios activos se va renovando orgánicamente o que la empresa crece… y eso supone un volumen importante de personas nuevas que llegan a la cooperativa (muchas veces más que un 5% permanente) para arrancar su correspondiente periodo de aprendizaje y prueba, antes de alcanzar la consolidación societaria.

Así, se da la paradoja de que cuando aparece una crisis y la actividad empresarial se retrae durante largo tiempo, es cuando las cooperativas tienen más fácil superar esa barrera del 80% (prescinden de eventuales) y es cuando crecen cuando tienen que hacer auténticos esfuerzos para alcanzarla (los incorporan).

Dicho esto, aún hay cosas que se pueden hacer:

  • A nivel interno, no existen mecanismos ágiles de desplazamiento de trabajadores de unas cooperativas a otras. No es que esto sea imposible de hacer, pero hoy en día pasa por la declaración de desempleo estructural o cosas similares, con un control y gestión complejos e impacto en la imagen de la cooperativa afectada. Y es un auténtico problema.
  • También es muy cuestionable, a mi modo de ver, la burocratización de derechos que se ha ido imponiendo con normas internas referidas al lugar de trabajo: créanme que es increíble lo complicado que resulta a veces trasladar personas de una planta a otra separadas unos cientos de metros o ubicadas en ciudades separadas por unos pocos kilómetros… Y no hablo de movilidad entre dos regiones o dos países, no… sino de pura vecindad. Si no fuera tan triste esa defensa de comodidad personal, a veces daría hasta risa.
  • De nuevo creo que procede sacar a colación nuevas formas de regular el trabajo: ¿por qué no definir formas infinitamente simples de trabajo a tiempo parcial, de cesión de trabajadores para proyectos específicos en otras organizaciones, de trabajo asociado a más de una entidad, de figuras societarias nuevas que permitan la adscripción de “artesanos” o freelances a las cooperativas? Todo ello redundaría en aumentar la capacidad de flexibilizar la masa de trabajadores no directos, siempre la más complicada de ajustar a las necesidades de cada momento por el conocimiento y el capital relacional que atesora… y al mismo tiempo humanizar el trabajo de quienes ya no se sienten cómodos en estructuras tradicionales de empresa pero están dispuestos a poner valor en ellas de otras maneras. Un valor, además, de extraordinaria riqueza.

Habrá quien me diga que siempre llego a mis obsesiones, pero es que… ¡es la clave! Si no entendemos que el trabajo importa solo porque es la herramienta transformadora de las personas… y que son las personas las que están cambiando, ellas mismas y el mundo en el que viven… es que nos quedaremos fuera de juego mientras a nuestro alrededor otros modos de creación de valor lo entienden y lo desarrollan.

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He hablado de ello en el artículo sobre organización democrática, así que no me extenderé más en éste, pero en cómo operan las cooperativas en sus implantaciones en el exterior hay una contradicción irresoluble con este principio declarado.

Con sus poderosas razones, sí… pero en contradicción inequívoca.

Sin más.

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Dejo para el final una reflexión casi existencial: ¿qué significa hoy “trabajo”? Y aún más, ¿qué significados de “riqueza” son hoy relevantes para las personas cuando hablamos de “riqueza producida”?

A pesar de lo que la palabrería actual de gestión identifica una y otra vez como signo de nuestra era, en realidad siempre el trabajo ha sido sinónimo de “aportación de valor”. Es el valor que el trabajo aporta el que va cambiando con los tiempos. Algo parecido sucede con la noción de riqueza, que especialmente desde la perspectiva cooperativa alcanza dimensiones al menos paralelas pero distintas a la riqueza material, cuando se interpreta desde una realidad social.

Se usa en la actualidad con cierta reiteración el término “cooperativismo del bienestar” para referirse a ese punto evolutivo al que parecía haber llegado nuestro cooperativismo. Es un término que se contrapone al de “cooperativismo de la autoexigencia y de la corresponsabilidad”, que trata de definir la nueva etapa que debe abrirse para corregir los vicios de nuestro presente.

Entiendo lo que se trata de decir con ambas expresiones, cómo no… pero aun respondiendo a una necesidad, no estoy seguro de que sea acertado referirse a los cambios necesarios para el momento actual en esos términos. Desde luego, ya les digo que este modesto escribidor se niega en redondo a abandonar la aspiración a disfrutar otra vez (y si puede ser, eternamente) de la “sociedad del bienestar”.

Pero sí creo necesario decir (y bien alto)… que la sociedad del bienestar ha habido muchas formas de vivirla, que no todo el mundo ha tenido los mismos comportamientos, personales y colectivos, que en la educación de nuestros hijos ha habido prácticas muy diversas (y distantes) en las familias, en las escuelas o en la propia comunidad… y que en definitiva, no todos hemos actuado igual.

En definitiva, hablamos de valores. Cerramos el círculo.

En estos tiempos líquidos y de mercados globales, el bienestar va a estar condicionado por factores que no son los mismos que han acompañado nuestras vidas: las nuevas generaciones tienen otras formas de relacionarse y de abordar proyectos, el crecimiento y desarrollo personal pasa por otras formas de crecer como profesional y como ser humano, las necesidades de transformación social tienen cauces formales pero insuficientes y los informales son de nuevo diferentes, sometidos a la voluntad de los individuos y cambiantes…

Lo que uno puede tener y lo que puede ser tienen hoy otros significados, pero igual de importantes que siempre. Y como en cualquier otro momento, muy dependientes de aquello a lo que legítimamente cada uno se ve con derecho a aspirar, en un “entorno al que mirar” que hoy es el mundo.

Hablar de autoexigencia y corresponsabilidad es necesario, pero no puede ser un arma arrojadiza para decirle a todo el mundo que la culpa la tenemos por igual todos (por “aburguesados”), que la apuesta es ahora gravedad y sacrificio ilimitados… y que así, como se enseña en los libros de autoayuda, cada uno (y todos juntos en un colectivo cooperativo) va a poder llegar sin duda alguna hasta donde se lo proponga.

Pues va a ser que no… que no solo será eso necesario. Mirar a todos es muy parecido a no mirar a nadie. Hay algunas personas (muy pocas) que tienen la responsabilidad de conducir el autobús, de activar cambios estructurales desde una visión renovada, de arriesgar y decir que hay un camino que recorrer personal y colectivamente… y que la autoexigencia y la corresponsabilidad se transformarán en valor en la medida en que cada uno aporte libremente sus propias capacidades a recorrerlo… sin saber muy bien en cada curva qué paisaje aparecerá, pero sabiendo bien que la ruta nunca acaba.

A pesar del estado de desigualdad y de acuciantes necesidades sociales que se palpaba cuando Arizmendiarrieta y los pioneros de la ECM abrieron un camino que presumo que nunca imaginaron que llegaría hasta donde ha llegado hoy, es casi seguro que sin su iniciativa, este valle no habría sido muy diferente de mil otros valles cercanos.

Avisados quedan… 😉

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Reflexiones: el principio cooperativo de la organización democrática

asambleaOrganización democrática.

La Experiencia Cooperativa de Mondragón proclama la igualdad básica de los socios trabajadores en lo que respecta a sus derechos a ser, poseer y conocer, lo que implica la aceptación de una organización democrática de la empresa, concretada en:

1.- La soberanía de la Asamblea General, compuesta por la totalidad de los socios, que se ejercita según la práctica de “una persona, un voto”.

2.- La elección democrática de los órganos de gobierno, y en concreto del Consejo Rector, responsable de su gestión ante la Asamblea General.

3.- La colaboración con los órganos directivos designados para gestionar la sociedad por delegación de toda la comunidad, que gozarán de las atribuciones suficientes para desarrollar eficazmente su función en beneficio común.

De entre los cuatro valores (cooperación, participación, responsabilidad social e innovación), creo que innovación, responsabilidad social y cooperación son claves para filtrar este café.

Para empezar, piensen en esto: ¿cabe esperar que la innovación sea impulsada desde una organización democrática de socios-trabajadores?

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La innovación en general y la diversificación en particular exige planteamientos, visiones y competencias alejados de las tradicionales del negocio más histórico, de la forma de hacer las cosas en la empresa. Los proyectos de innovación y promoción tienen habitualmente un carácter contracultural que exige que su compromiso y desarrollo solo puedan producirse desde un liderazgo claro.

No solo los movimientos asamblearios, sino el simple ejercicio democrático de mayorías obtenidas por votación pueden, si no se dan en el marco adecuado, inhabilitar la adopción de proyectos de innovación radical. Es necesario, por lo tanto, hacer una labor didáctica y de comunicación, permanente, sostenida e intensa, orientada a todos los órganos de la cooperativa, sobre la necesidad de asumir el riesgo inherente a la innovación, cuando ésta se constituye en uno de los pilares de la estrategia de la cooperativa, como es el caso.

La cuestión es compleja, porque una organización democrática como la de una cooperativa debería ejercer la “función empresaria” fundamentalmente desde su Consejo Rector. Ningún problema en su elección por parte de los socios en la Asamblea, todo lo contrario… pero luego, los elegidos deben sentirse “empresarios”, estar capacitados para ejercer como tales y tener el carácter emprendedor que a todo empresario se le supone… y quizá esto sea mucho suponer, porque en su mayoría no suelen ser personas cuyo recorrido profesional haya estado impregnado por la gestión de riesgos empresariales.

Chocamos con algunas de las paradojas que se intuyen tras muchos procesos de inteligencia colectiva. A estas alturas, nadie discute el potencial de mecanismos de innovación abierta o de campañas de ideación bien gestionadas, pero cada vez es más frecuente oír voces que hablan del desperdicio que supone, con excesiva frecuencia, su despliegue en públicos no preparados o dispuestos para asumir el reto.

La innovación (y como derivada, por ejemplo, la diversificación radical) es un reto de profundo sentido estratégico y, por su propia naturaleza, desplegado mediante procesos altamente ineficientes, donde los éxitos son minoritarios y fuertemente dependientes de incertidumbres que no están bajo nuestro control.

Entender su importancia empresarial e incluso impulsarla desde la reflexión racional es más o menos sencillo… pero sostener la apuesta con la necesaria persistencia, identificar el momento adecuado para cancelar un proyecto que no fructifica (no tarde, ¡pero tampoco pronto!) y en definitiva asumir pérdidas cuando los resultados aún no acompañan, no ya a corto sino incluso a medio plazo porque se mantiene la confianza en que innovar es lo que hay que hacer para el largo… eso es otro cantar.

Me dirán que este dilema se presenta con igual dramatismo en cualquier tipo de organización empresarial, que no es específico de una cooperativa… Pues obviamente sí. Pero tengo para mí que en las cooperativas puede ser relativamente sencillo asumir el discurso racional de la innovación como punto de partida, pero que algunos factores singulares como precisamente la representatividad democrática de los rectores (que deriva en un acentuado sentido de la responsabilidad sobre los activos propiedad del colectivo al que representan, o que acrecientan el temor a la pérdida cuando los resultados no acompañan) dificultan el sostenimiento de una apuesta de innovación radical si no aparecen éxitos “tempranos”, entendiendo que aquí… temprano debe significar 3, 5 o incluso 8 años…

Es por eso que, en mi opinión, la labor protectora de los líderes ejecutivos sobre las iniciativas de innovación es especialmente clave en las cooperativas para que éstas puedan impregnar la realidad existente. Y ese es un plus de responsabilidad que los líderes ejecutivos deberían asumir.

Porque quizá… “democracia” debería significar en este territorio “proteger a las minorías”, “proteger a los débiles”, es decir, “proteger especialmente a los temas de innovación”, ¿no creen?

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No por obvio vamos a dejar de mencionarlo, no…

Ya lo apuntaba en la primera entrega sobre libre adhesión: ¿cómo es posible que, si adoptamos el principio democrático por ser consustancial con la dignidad humana, asumamos con complacencia que el crecimiento de una cooperativa en el exterior a través de la adquisición o creación de empresas participadas, no contemple forma alguna de gobierno democrático de las mismas por parte del trabajo?

Vale que sea muy complicado conformar cooperativas en el exterior, con legislaciones, culturas y pasados que muchas veces resultan una barrera harto complicada de franquear. Vale también que sea lo más sencillo, lo más prudente y lo más eficaz no constituir cooperativas desde el principio en la creación de nuevos negocios, muchas veces por la sencilla razón de que no es posible pedir a los trabajadores que los impulsan los compromisos de inversión que hoy en día requieren, especialmente nuevos negocios industriales. Y vale que en cualquier otra forma de incertidumbre similar haya que comenzar con sociedades mercantiles “normales” como la mejor opción.

Y es que no hablo de veleidades o de sueños: estoy dispuesto a comprar todo eso e incluso a defenderlo, porque creo que hay fundamentos muy sólidos detrás de esas decisiones.

Pero cuando, como parte de un grupo empresarial, se dispone ya de una realidad exterior consolidada y firmemente anclada a la estrategia y al proyecto empresarial de la cooperativa matriz, ¿cómo se puede mirar permanentemente hacia otro lado y no hablar de promover alguna forma de organización democrática en esas empresas?

Porque, como decía Stephen Covey… “los principios, primero“, ¿no?

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Hace ya tiempo escribí un artículo sobre mi encuentro con uno de los fundadores de la ECM, José María Ormaechea. En él compartía algunas de sus opiniones… pero no todas. Por ejemplo, manifestó expresamente que, en su opinión, sería necesario reflexionar en la actualidad sobre sobre la idoneidad de la regla de oro de “un hombre, un voto”, al menos así, sin matices, en el gobierno de una cooperativa.

No hubo entonces tiempo para profundizar en esta reflexión y puede que fuera una mera provocación intelectual sobre el futuro del cooperativismo solo al alcance de perfiles como el suyo, pero… yo estoy seguro de que tras esa expresión existía un pensamiento de fondo. No es posible ya interpretarlo con propiedad, pero nos podemos dar permiso para elucubrar sobre ello:

  • Manteniendo la libertad de que cualquier socio trabajador pueda ser elegido para representar un cargo en el Consejo Rector, el Consejo Social o cualquier otro órgano cooperativo… ¿sería conveniente que para ello tuviera que cualificarse técnicamente con anterioridad? (obviamente, a cargo de la cooperativa). ¿Sería incluso necesario?
  • ¿Debe tener el mismo peso en una Asamblea el voto de los socios activos y pasivos? ¿Es razonable en términos de equilibrio en las decisiones entre el corto y el largo plazo? Y que conste que no tengo claro quiénes están en uno o en otro lado en función de las circunstancias…
  • ¿Tendría algún sentido pensar en una especie de “Consejo Cooperativo” de carácter consultivo, formado por socios activos o pasivos con una amplio recorrido en funciones directivas y de gobierno? ¿Qué condiciones se establecerían para ser miembro? ¿Cuáles serían sus funciones? ¿Sobre qué ámbitos tendría potestad de emitir su voz?

Hay más… otras cuestiones de gran calado que también nos podemos preguntar, algunas de triste cercanía:

  • En una realidad tan compleja y de poder disperso como la Corporación MONDRAGON, ¿debe haber mecanismos de intervención corporativa en una cooperativa en crisis, cuyos órganos de gobierno no estén dando respuestas adecuadas a situaciones críticas, por muy representativos que sean de su colectivo? ¿Puede haberlos?
  • ¿Cómo sería el “control democrático” de esas intervenciones, si es que pudiera existir?
  • ¿Cabe pensar en la cesión de parte de la soberanía (no solo de recursos) para reforzar el funcionamiento independiente de ciertos órganos corporativos y en especial para liberar decisiones en materia de innovación y regeneración del tejido industrial de MONDRAGON? ¿Cómo se regularía preservando el principio de libre adhesión? ¿Qué significado tendría en ese marco la noción de “organización democrática”?

Como en el caso anterior, fundamentalmente preguntas sin respuestas por mi parte…

¿Tienen otras preguntas?

¿Se atreven con alguna respuesta?

Reflexiones: el principio cooperativo de la libre adhesión

dedo levantadoLibre adhesión.

La Experiencia Cooperativa de Mondragón se declara abierta a todos los hombres y mujeres que acepten estos Principios Básicos y acrediten idoneidad profesional para los puestos de trabajo que pudieran existir. No existirá, por tanto, para la adscripción a la Experiencia, discriminación alguna por motivos religiosos, políticos, étnicos, o de sexo.

Solamente será exigible el respeto a los postulados de su constitución interna.

La libre adhesión constituirá el principio orientador de la actuación y relación interpersonal en el desarrollo cooperativo.

No parece éste, probablemente, el principio cooperativo más sencillo para re-visitar significados a la luz de la evolución de nuestra sociedad, porque de una primera lectura pareciera que nada puede objetarse a sus postulados.

Pero decíamos en la introducción a esta serie que los principios deberían ser vistos a través del filtro de los valores y de los comportamientos que su práctica implica… y eso abre algunas reflexiones interesantes.

Venga… Usemos el “filtro” de la innovación como valor (renovación permanente)… cruzado con el de cooperación (propietarios y protagonistas, en la empresa y en la corporación).

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Vaya por delante que irán recogiendo en cada artículo interrogantes abiertos más que sesudas conclusiones o reflexiones sólidamente fundamentadas. Quedarán al final de cada post preguntas sin respuesta e hilos de los que seguir estirando, o esa será al menos mi intención…

Como principio, la libre adhesión está formulada como “adhesión a la Experiencia Cooperativa de Mondragón (ECM)”, pero es una contradicción permanente que luego, en el plano interno, no exista operativamente esta “libre adhesión” casi en ningún mecanismo de gestión, sino que las responsabilidades se asocian en la práctica por “paquetes” ligados al desempeño de un “puesto de trabajo”, que está convenientemente descrito, valorado y asignado a cada persona con nombre y apellidos en sus funciones y tareas operativas.

Quizá pueda parecer que esa asignación no es sino un mecanismo que asegura la eficiencia en la gestión y la capacidad personal para hacer frente a determinados retos… pero si pensamos en innovación, en concreto (donde es especialmente relevante el concepto de proyecto y de gestión por proyectos) y dado el carácter transgresor frente al statu quo establecido que debe tener todo proyecto de innovación, sería interesante que este principio se extendiera igualmente a la libertad de las personas para adherirse a proyectos de esta naturaleza.

Y eso no ocurre, no en la práctica real: las personas no pueden elegir con libertad dedicar todo o parte de su tiempo a proyectos para los que están dispuestos a asumir un compromiso de carácter mayor. Se prioriza el ejercicio de las tareas propias de su puesto a la asunción del riesgo inherente a los proyectos de innovación. Así que al menos… ¿no debería haber un cauce que lo posibilitara? Aunque fuera con carácter parcial… y aunque fuera con límites (como todo en la vida).

Ricemos el rizo: ¿por qué no entender esa libre adhesión a proyectos, extendida a cualquiera de las cooperativas de la corporación, independientemente de cuál sea aquélla de la que uno es socio?

¿Por qué una persona solo puede ser socio de una cooperativa y no es posible formar parte al mismo tiempo de varios proyectos socio-empresariales para los que uno trabaje en función de sus capacidades más brillantes? ¿No sería esa forma de compromiso una forma extraordinaria de alcanzar la excelencia, de potenciar la visión sistémica de las organizaciones o de innovar por isomorfismos o hibridación de modelos, procesos y competencias técnicas y de gestión?

Más de uno pensará que estamos ante una entelequia, ante una ocurrencia más o menos ingeniosa pero sin demasiado fundamento… Pues déjenme decirles que estamos absolutamente inmersos en la economía y la sociedad del conocimiento y que es éste y lo que cada persona decide hacer con él lo que puede diferenciar o no a una organización en el mercado.

Existen en el mundo organizaciones en las que a las respuestas anteriores se les ha dado ya respuestas… y si alguno piensa que es que se trata de organizaciones muy lejanas a nuestra actividad o a nuestra cultura, les recordaré que la mayor innovación que MONDRAGON ha realizado en toda su historia ha sido precisamente impulsar una revolución en la noción del trabajo.

Claro que fue hace 60 años: si ocurriera hoy, muchos de entre nosotros dirían de los postulados cooperativos que son una quimera imposible. Y sin embargo… debería estar en nuestro ADN el volver a hacerlo, reinventar el trabajo una vez más.

Las cooperativas de MONDRAGON se han dotado de mecanismos de redistribución de resultados… pero no han alcanzado plena conciencia de que, incluso económicamente hablando, el capital más importante del que hoy disponen no es el financiero, sino el intelectual o el relacional… o en definitiva el humano. Y para ese no hay mecanismos de redistribución. ¿Por qué no permitir la libre adhesión a proyectos generadores de riqueza y no solo a organizaciones cerradas?

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Una reflexión importante aquí es el concepto de “adhesión inquebrantable”, que se manifiesta en la general comprensión de que cualquiera que respete los principios (persona, pero también organización) puede sumarse a MONDRAGON a través de una de sus cooperativas  en cualquier momento… y abandonarlo con la misma libertad.

Sin embargo, eso lleva consigo un matiz del que normalmente no nos ocupamos: “o se está o no se está” en una cooperativa. Y sería interesante explorar formas de “estar” diferente… o incluso transitoriamente. En los principios cooperativos no se exige compartir las rigideces de organización que cada cooperativa ha ido construyendo, que en la práctica son un limitativo importante para la incorporación de una buena parte del talento de nuevas generaciones que buscan formas diferentes para sus relaciones laborales, aunque puedan compartir profundamente los principios básicos.

¿Por qué no asociarse a una cooperativa (o a varias) para trabajar en ella en función de necesidad, a modo de freelance asociado? Podría hablarse de cómo serían los derechos económicos y políticos en una figura de ese tipo, que abriría otras puertas a la integración de talento comprometido, pero con valores sobre el trabajo mucho más actuales e independientes de nuestras tradicionales estructuras formales.

Por otra parte… ¿Puede pensarse en que las excedencias sean un derecho regulado y no un privilegio a solicitar y sometido a concesión?

No me cabe la menor duda de que ambas prácticas impulsarían con fuerza el desarrollo personal y de que al mismo tiempo mejorarían la retención de talento y su dedicación al servicio de objetivos compartidos, precisamente porque facilitan lo contrario desde la libertad del individuo… algo difícil de encontrar en cualquier lugar.

¡Y son muy posibles!

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Cerremos reflexión alrededor de este primer principio yendo a la literalidad de su descripción actual: menciona “no discriminación alguna por motivos religiosos, políticos, étnicos, o de sexo”, pero… ¿qué hay de discriminación por nacionalidad, lengua o lugar de residencia, por ejemplo? ¿Serían esas, si se dieran, “discriminaciones tolerables” que se exceptuaran del principio de libre adhesión?

Porque quizá la nacionalidad diferente suponga barreras legales a la hora de que un trabajador adquiera la condición de socio de una de nuestras cooperativas… Quizá el no dominio de una lengua esté empezando a menguar las posibilidades de desarrollo profesional o de alcanzar las más altas responsabilidades de gestión y de gobierno de un grupo cooperativo a algunas personas… Quizá el lugar donde uno vive sea la simplona razón de por qué la empresa donde trabaja no sabe de “condiciones societarias” porque no es ni va a ser una cooperativa a pesar de pertenecer a una de ellas…

No se me escapan las dificultades, pero, tratándose del corazón de lo que nos diferencia, no encuentro explicación para que una pequeña parte de nuestros recursos no esté permanentemente dedicada a encontrar soluciones a estos interrogantes.

¿No deberían algunos órganos sociales o rectores adoptar un rol de mayor valor añadido e incluso operativo en esta dirección, extraña a la negociación, la exigencia, el juicio, la reclamación o la comunicación?

En la esencia del cooperativismo no está la empresa cooperativa tal y como hoy la conocemos: la clave está en el derecho a la participación en la gestión, en los resultados y en la propiedad… y a eso hay muchas respuestas posibles, aunque hoy no sean las que nos hemos dado.

Y no solo hablamos de derechos… sino sobre todo de convicciones: si es la esencia de lo que somos, de lo que nos hace sentirnos orgullosamente diferentes (e incluso mejores), ¿por qué no nos duele el no extenderlo?

Ya… más preguntas que respuestas…

Pues justo aquí debajo, hay lugar para las suyas.