Vibraciones: mal periodismo, política simplista… y así nos va

Hoy toca ponerse otra vez la piel de cascarrabias…

La imagen anterior corresponde a la de un artículo publicado en El Correo la semana pasada, referido a la presencia del coche en la capital vizcaína, en estos precisos momentos, tras el impacto de la evolución de la propia ciudad y de la cultura ciudadana hacia el uso del coche, de las estrategias municipales al respecto desde hace ya muchos años, o de la omnipresente pandemia que ha afectado a todo… y entre otros aspectos de la vida a nuestros hábitos de movilidad.

Viviendo en Bilbao, el título y el subtítulo llamaron mi atención porque no sentí que se compadecieran bien con la sensación que yo tenía de cada día, así que decidí entrar a leer, para encontrar ese punto de conexión que me faltaba, por lo visto, con la realidad.

No va este post del asunto de la movilidad urbana ni de mis opiniones al respecto, lo aviso… sino del hecho de que, mientras iba leyendo, mi conversación privada empezó a llenarse de juicios críticos sobre la forma en que tanto el periodista como el político implicados en el artículo, iban desgranando su descripción de la realidad y sus propios razonamientos sobre ella.

Digo juicios críticos… pero quizá fuera más exacto hablar de una creciente (aunque leve) irritación por volver a encontrarme con narrativas de la realidad trufadas de tópicos, de manipulaciones populistas o de frases de recetario que esconden, fundamentalmente, una enorme falta de rigor en el análisis de las cosas. Algo que debería formar parte, en un mundo ideal, de las profesiones de la política y el periodismo, ¿no creen?

Si siguen leyendo, quizá acaben pensando que soy un exagerado… pero les recuerdo lo de cascarrabias, ¿vale?… 😉 y tengo para mí que lo que paso a relatar está en el fondo de uno de los problemas principales por los que nos resulta difícil avanzar mejor como sociedad.

Les dejo las analogías e isomorfismos con otras situaciones a ustedes, queridos lectores (que no es difícil)… y me meto con el asunto en cuestión, que iré desgranando en varios puntos.

“El coche vuelve a reinar en Bilbao”

En realidad, el periodista matiza nada más empezar que debería decirse que “el coche sigue reinando en Bilbao porque, en realidad, nunca ha dejado de hacerlo”.

Pues va a ser que no. Y basta ver los datos que el propio periodista aporta para ese periodo de datos, al parecer tan preocupantes, que va del 1 al 19 de septiembre:

  • 1’52 millones de vehículos, dicen (?), que han entrado en la ciudad.
  • 998.128 viajeros exactos en Bilbobus.
  • No especifica los viajeros en metro… pero sí dice que se han situado al 80% de los viajeros prepandemia. Si recordamos que en 2019 el metro movió 97 millones de viajeros, podemos calcular, como aproximación grosera, el 80% de la parte proporcional a los 19 días considerados, lo que nos da una estimación (grosera, insisto) de unos 4 millones de viajeros.
  • Se mencionan los desplazamientos en bicicleta (el servicio BilbaoBizi), pero no se cuantifican… lo que creo no impactará mucho en el cálculo global, porque en esos 19 días seguramente no habrán sido más que 100 o 200.000…
  • … cosa que no ocurre con los desplazamientos a pie: con solo suponer, por hacer otra aproximación grosera, que 1 de cada 4 bilbaínos haga un único desplazamiento a pie al día por la ciudad, se agregarían más de 1’6 millones adicionales al cómputo del periodo considerado.

En resumen, que podemos simplificar diciendo que, en esos 19 días de septiembre, se habrán registrado unos 8’5 millones de desplazamientos en la ciudad, de los que solo 1’5 (el 18%) habrán sido en coche.

Como “licencia poética”, decir que el coche reina puede quedar muy “guay”, pero como información, que debería estar basada en datos veraces y contrastados… ¿el coche es el rey? 😮 ❓

“Parecen hacerse realidad los peores temores. Desde el primer momento se sospechaba que el vuelco del transporte público al privado podría terminar consolidándose. […] Pues eso es lo que está ocurriendo”

Pues tampoco. O no me parece que pueda afirmarse de tal manera.

¿Cómo se puede hablar de “consolidación”, de una “nueva” situación de movilidad o de una “nueva” cualquier cosa ligada al comportamiento humano, sin haber salido aún de la pandemia?

Es un puro ejercicio de alarmismo, detrás del cual, tanto en el periodista como en el político, no hay sino intereses espurios. En el periodista, de impactar con la lectura mediante brochazos livianos de sensacionalismo en lugar de rigor. En el político, de aprovechar la labor del periodista para apalancar su protagonismo y su visión al respecto, alentando mensajes populistas que crean opinión a su favor: por una vez (y me temo que sin que sirva de precedente), recorrer los propios comentarios al artículo merece la pena para encontrar varios que, más allá de alusiones personales, desnudan el inexistente pensamiento múltiple del protagonista, de cuyo juicio escapan muchas realidades que parece obviar.

A ver… dejen que fundamente mi opinión para que nos entendamos sin que consideren que me he venido muy arriba…

Ante la cuestión de que el miedo a los contagios haya retraído a los ciudadanos del uso del transporte público, la respuesta del político es “Tenemos certificaciones que demuestran que subir en Bilbobus es seguro”. ¿¿¿Certificaciones??? 😮 ¿De qué certificaciones habla, cuando ni científicamente aún se puede demostrar qué es seguro y qué no, o hasta cuánto de seguro es nada?

Y esa frase… Después de que durante el largo año y medio de pandemia, nos hayamos hartado de ver a las autoridades intentándonos meter en la cabeza (y menos mal) que teníamos que cambiar nuestros comportamientos y huir de estar en aglomeraciones y sitios cerrados, o no tocar objetos que otras personas tocan… ¿cómo se entiende lo de “certificar” ahora que docenas de personas metidas dentro de una lata, a 80 cm. de distancia una de otra, sea “seguro”?

¿No será que la situación actual cuestiona su manera de ver el mundo, hiere el prurito personal de querer dejar huella “implantando lo que pienso”, o introduce un fondo de pérdidas adicionales a un servicio público ya deficitario? ¿No será que necesita por ello empezar ya a combatir dicho cuestionamiento (ahora que vamos estando vacunados y que las consecuencias de un contagio no parecen ser tan graves), asumiendo la pérdida de una prevención que hasta ahora era una tragedia, en plan “pelillos a la mar”?

Hmmm… no está bien pensar mal, creo… ¿o sí?

El coche, “el gran enemigo de las ciudades del siglo XXI tanto desde un punto de vista ambiental como de movilidad”

Probablemente hoy nadie cuestione este postulado… pero déjenme decirles que es igualmente cuestionable.

Una vez más, hemos puesto el foco en el coche, algo que todos podemos ver y tocar, para convertirlo progresivamente en lo que algunos pretenden (el enemigo número 1 de la ciudad), porque hay gente a la que le va la vida en movilizar a los demás (en lo que sea)… o en una mirada más oscura, en impulsar subrepticiamente intereses económicos o políticos distantes de los dominantes.

Sin embargo, me van a permitir el atrevimiento de defender su necesidad en la sociedad actual… e incluso el que sea la forma más sostenible de movilidad urbana para el futuro, aunque eso sí, evolucionando el actual modelo de uso del vehículo.

Para empezar, hemos construido una sociedad móvil, donde ya no es posible repensar los asentamientos humanos en términos de ubicar a las personas al lado de su lugar de trabajo. Por múltiples razones: de flexibilidad, de interactividad, económicas, de vertebración del territorio (evitar “el país vaciado”)… Cada desplazamiento, si no es por ocio, no puede ocupar nada menos que 2 horas para entrar y salir de una ciudad. Muchos de los comentarios en el propio artículo de El Correo inciden sobre ello… y es difícil pensar que una inmensa mayoría del millón y medio de vehículos que entraron en la ciudad no sea por razones laborales, comerciales o administrativas. Hacer que esos tiempos se dividan por 4 de forma generalizada, implicaría unos niveles de inversión en infraestructuras y unas afecciones al propio territorio que pocas sociedades están en condiciones de asumir.

Para seguir, una digresión: si conseguimos simplemente estabilizar el número de desplazamientos en automóvil en una ciudad, o sea, si NO conseguimos que descienda, pero sí que no aumente, ¿sería bueno o malo que se redujera el uso del transporte público para la calidad de vida de la ciudad o para la sostenibilidad del planeta? Pues sería bueno que se redujera, ¿no? De hecho, habiendo el mismo número de coches circulando en las calles, sería magnífico que hubiera menos autobuses, menos metros, menos tranvías y hasta menos bicicletas eléctricas circulando, porque eso significaría menos necesidad de inversión pública en infraestructuras, menos impacto ambiental en su construcción y, sobre todo, menos consumo de energía cada minuto del día.

Aunque como derivada, el porcentaje de uso del coche sobre el total aumentara, claro está.

En definitiva, lo que quiero decir es que el problema hay que verlo desde una perspectiva sistémica y no desde un mantra simplista, como es el de que “cuanta mayor proporción de uso del transporte público, mejor”. En parte entiendo que se diga así, porque como eslogan eso se le queda en las meninges a cualquiera… pero no puede soltarse con carácter absoluto. ¿Cuánto de sostenible consideran que es un tranvía o un autobús (aunque sea eléctrico) moviendo sus 30 o sus 15 toneladas respectivamente de hierro, cobre, vidrio y aluminio por toda la ciudad, en tantos y tantos viajes en los que al cabo del día van solo 5 o 6 personas dentro? ¿No sería mucho más medioambientalmente sostenible que cada una de esas personas se hubiera movido en un pequeño city car eléctrico? ¿Lo pensamos?

Piensen en un escenario de vehículos puramente urbanos, pequeños, de conducción autónoma y uso compartido, cuyo uso se gestione desde el móvil y que recoja y entregue a cada viajero literalmente punto a punto, sin necesidad en muchas horas del día sin ni siquiera estar aparcado… y con una ocupación por encima del 80% de su tiempo, en vez de esos coches nuestros, mayoritariamente parados casi todo el día.

¿Qué sentido piensan que tendrán en este escenario (que es creíble a medio plazo) buses, metros y tranvías (o sea, cualquier medio de transporte colectivo)? Igual ninguno, ¿no?

Para terminar, me permitirán que postule que el coche no creo que sea, de ninguna manera, “el mayor enemigo de las ciudades del siglo XXI desde el punto de vista ambiental”:

  • Las ciudades son responsables del 67% del consumo energético total, sí… (aunque cuando se dice esto, debería decirse también que en Europa, las ciudades producen el 85% del PIB), pero junto al consumo de energía en el transporte están los consumos en iluminación urbana, en el consumo de agua caliente sanitaria o en el consumo energético de edificaciones y viviendas (climatización, iluminación, consumo de aparatos en el hogar..). El consumo energético de hogares y servicios (comercio y administración, fundamentalmente) es el 31% del total… y casi en su totalidad se da en ciudades. El consumo en industria (24%) se da mayormente fuera de la ciudad, así que en términos energéticos… ¿de verdad es el transporte el mayor enemigo por consumo en la ciudad?
  • Cierto es que el transporte en general y el automóvil en particular son el principal problema en cuanto a calidad del aire que se genera en la ciudad (yo sigo sospechando que existen datos sobre la afección a la salud que no son públicos), pero… el ya incuestionable desembarco del vehículo eléctrico lo irá eliminando más a corto que a largo plazo… y conviene no olvidar que en las ciudades sigue sin estar resuelto el tema de los residuos urbanos, quizá encauzado en cuanto al tratamiento de las aguas residuales (¡aunque a qué coste!), pero aún hoy con casi media tonelada de residuos sólidos urbanos generados por habitante y año, que nos vamos quitando progresivamente de encima mediante políticas limitadas de reciclaje, pero que descansan aún fuertemente en vertederos e incineradoras. Así que… ¿se puede asegurar que el automóvil sea (o al menos que vaya a ser), el mayor problema de la ciudad en cuanto a impacto ambiental?

“El parque móvil de la ciudad sigue creciendo […] Nunca antes había habido tantos coches en la ciudad. Algo que ocurre pese a que la población va a menos”

¿¿¿Y qué???

Inducir en el pensamiento de los lectores una relación directa entre el número de vehículos que conforman el parque de automóviles de la ciudad y el incremento de uso de los mismos en la propia ciudad (introduciendo la idea en el contexto de este artículo), es una falacia argumental para una urbe moderna.

La sociedad ha evolucionado hacia hogares más pequeños, incluso monoparentales o individuales… y las necesidades de disponer de un medio autónomo de desplazamiento están muy ligadas al concepto de número de hogares, más que al de volumen de población.

La cuestión no está en que existan más o menos coches censados en una ciudad (si me apuran, más coches significa más poder adquisitivo medio, o más independencia personal de movimiento, lo que no es precisamente algo malo), sino en que su uso en la ciudad no sea la mejor opción a elegir… no por prohibiciones y penalizaciones sobre su uso, sino porque haya alternativas más satisfactorias en cada desplazamiento que uno se plantee realizar (por distancia, por tiempo, por disponibilidad de aparcamiento, por necesidad de mover cargas, por horarios…).

De hecho, a pesar de ese “enorme” aumento del parque de vehículos, mi experiencia personal es abrumadora en cuanto a moverme en coche por Bilbao: ya casi nunca lo hago (mi uso del coche se ha visto limitado ya casi solo a necesidades que implican salir de la ciudad), pero cuando lo considero necesario, en general me resulta más fácil y ágil moverme hoy por sus calles que hace unos años. O al menos, la experiencia claramente no es peor.


Existe una moda, casi obsesión en algunas personas con ocupación política en lo hoy políticamente correcto, en desterrar el coche de la ciudad, pero la verdad es que las arcas municipales ingresan un buen porrón de millones al año solo por el hecho de que existan esos coches, se muevan o no.

Los vehículos en Bilbao le reportarán al ayuntamiento de la villa, calculo grosso modo (y me da igual equivocarme en un 20% arriba o abajo)… unos 30 millones anuales entre impuestos de circulación, canon de aparcamientos, tasas por estacionamiento y multas. Considerando que los ingresos son de casi 600 millones, pero que de ellos más de 150 se van en costes de personal, 50 en amortizaciones y más de 180 en gasto ordinario… esos 30 millones me da que son muy necesarios para seguir financiando iniciativas como el Arriaga, el funicular, Surbisa, la Alhóndiga o Bilbao Ekintza. O eso creo.

Hay otros aspectos en que se podría fundamentar una visión muy crítica del modelo actual de uso del automóvil (la ruinosa eficiencia de invertir en un sistema de movilidad personal que no se explota ni en el 5% del tiempo disponible, o la servidumbre de suelo que supone la presencia de muchos vehículos en la ciudad, por poner dos ejemplos). En sentido contrario están las enromes aportaciones al empleo o a la generación de riqueza del sector. Pero ni de una cosa ni de otra trata este post

En este mundo de información líquida, cada vez más sesgada o de incierta fiabilidad, echo cada vez más de menos disponer de información confiable, independiente y rigurosa.

Pero en fin… mucho más echo de menos una sociedad que a eso le dé suficiente valor, la verdad… y así nos va, me temo, en el conflicto de cada día…

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