Vibraciones: confidencias a dos años menos un mes

Hace ahora tres años del momento en que laboralmente me hice consciente de iniciar la que probablemente iba a ser mi última etapa profesional. Parece que fue ayer cuando me veo a mí mismo diciendo «me quedan 5 años»… y luego 4, 3…

Según ha ido pasando el tiempo, he ido adquiriendo sensaciones inesperadas. Quizá la más intensa, perdurable y además creciente es la sensación ambivalente de percibir la presión personal de que se vaya acortando el tiempo para alcanzar ciertos logros (la ambición no ha disminuido, sino en todo caso se ha acelerado), al tiempo de convivir, con mayor naturalidad que antes, con inercias culturales y vicios organizativos… que ni ayer, ni hoy, ni mañana lo van a poner fácil.

Supongo que a medida que van creciendo esas canas que a uno le van dando cierta pátina de «señor mayor» (lo que se refuerza al convivir una herencia profesional cada día más rica y jugosa -desde la perspectiva de aprendizaje- con un futuro cada vez más exiguo), estas cosas son inevitables. Pero me parece un excelente ejemplo de lo que Kotter llamaría «crear sentido de urgencia»… aunque probablemente no por las vías que él planteaba… 😉 😀

En los últimos meses he ido viviendo cómo algunos compañeros, con los que he compartido infinitas horas de reunión, han ido pasando a la jubilación. Varios más esperan su turno, a muy corto plazo. Estas jubilaciones están intensificando en mí la convicción en algo que ya sabía: que una vez dejas de tener un trabajo remunerado, es muy posible que nadie se acuerde de ti para realizar cualquier tipo de labor profesional. Del negro al blanco: irse del mundo del trabajo con la tensión propia del mismo… y que nadie, absolutamente nadie se acuerde de ti, para ningún asunto y desde el minuto 0 posterior.

A ver… ya sé que no tiene que ser así, que hay excepciones… Pero quienes yo veo que siguen teniendo cierta actividad de creación de valor en un entorno «profesional», sea o no remunerada o lo sea de formas diversas, son personas que han alcanzado la cima de las organizaciones y acceden a responsabilidades de consejero o mentor, o personas que se han «currado» esa actividad desde tiempo atrás, que la van preparando con los años para cuando llegue el momento, a través de contactos, relaciones y dedicaciones.

Y ahí, estimados lectores, yo al menos tengo un pequeño problema, porque casi nunca he «diseñado» mi siguiente etapa personal o profesional en la vida, sino que, concentrado siempre en cada momento presente, he ido gestionando las oportunidades que me iban surgiendo, valorándolas en tanto en cuando se alineaban con un futuro deseable aunque intangible. No sé si me explico…

Dicho de otra manera, mi próxima etapa «profesional» es «no profesional» y, como siempre he hecho, no estoy «diseñando» nada. Hay muchas cosas que me gustaría hacer en lo personal (cosas que pienso que me gustará recuperar o hacer por primera vez, no me preocupa), pero me gustaría seguir teniendo alguna relación con el mundo del trabajo (también lo pienso)… y no tengo un plan. Ni intención de tenerlo, que es aún peor. 😮

El caso es que, mientras tanto, tengo sobre la mesa retos importantes y complicados de alcanzar, problemas de largo aliento que solucionar y la ambición de impulsar cambios que siempre me ha acompañado.

Mi atención ha ido progresivamente creciendo en perspectiva estratégica y en la observación de la necesidad de impulsar la transformación de las organizaciones, desde la noción de trabajo hasta el modelo de negocio… y eso no ha disminuido, sino que se ha afianzado. La atención a la parte más operacional es inevitable y además muy relevante (más aún en una empresa industrial como la mía), pero cada vez en mayor medida la desarrollo desde la profesionalidad y la responsabilidad, más desde el gusto por lo bien hecho que desde la excitación de afrontar un desafío incierto.

El caso es que en este territorio ha empezado a surgir una nueva sensación, ésta muy reciente: quizá solo sea una temporal neura mía, pero me parece observar que, en algunos temas en los que creo que de forma natural se me habría implicado, comienzo a «no estar». O sea, que siento que ya me han «descontado», o algo así. Y la verdad… si así fuera y a pesar de que racionalmente puedo entender razones en un ámbito estratégico ligadas a que se ocupen personas que puedan traccionarlas a largo plazo… no me gusta precisamente demasiado.

En fin… tengo también en cuenta (no vayan a creer que no) que años de pensamiento para muchos «disruptivo», de mirada atenta a las transformaciones sociales y de mercado que vivimos en los últimos tiempos y de comprensión de su impacto en todos nosotros, unido a la insuficiente comprensión organizativa observada de estos fenómenos en el pasado, pueden hacer de un tipo como yo alguien que genere cierto ruido en ciertos desarrollos estratégicos… pero esto ha sido casi siempre así, así que no creo que sea causa de ello.

Esta semana ha aparecido una sensación nueva. Les decía al principio que he venido hablando de que me quedaban 5 años… o 4, 3, 2… pero precisamente a día de hoy ya se me han quedado largos los dos años, porque teóricamente me quedarían exactamente dos años menos un mes para mi jubilación. Por primera vez, la palabra «mes» me parece tener sentido en el discurso. Y eso me ha traído a la mente la necesidad de pensar en lo que dejaré cuando me vaya, en logros y en enfoques… pero sobre todo en personas. Mi nueva «urgencia» es ocuparme desde ahora en que este tiempo sea especialmente valioso para el futuro de quienes colaboran más estrechamente conmigo hoy…

Curiosa etapa. La seguiré observando… 😉

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