miedo

Vibraciones: violencia e imagen

Al hilo de los atentados de Barcelona y Cambrils y del tratamiento que se ha dado a imágenes relacionadas con los mismos, han surgido numerosas críticas a su divulgación, que se han dirigido indiscriminadamente a ciudadanos particulares y a medios de comunicación, particularmente a la prensa.

Hay una recomendación general, que según parece concita el acuerdo de asociaciones de víctimas, fuerzas de seguridad y psicólogos especializados, sobre la inconveniencia de publicar imágenes de las consecuencias de la violencia de un atentado sobre las personas.

Y yo, qué quieren que les diga… disiento de ella.

Hay razones para ello y no son menores, no se me escapan, pero veo también razones poderosas para lo contrario y, en el balance, mi posición se define al otro lado. Trataré de explicarlo, aún sabiendo lo complejo y sensible del asunto…

En realidad, mi argumentación se basa en un primer postulado en el que creo sin temor a ser ingenuo o meapilas: el mal existe. Anida en la mente de personas y las esclaviza desde el deleite de las emociones negativas, disfrazadas de razones que resultarían injustificables desde una posición de simple dignidad humana, posición que queda secuestrada e imposible para quien abraza el mal.

En alguna ocasión ya he mencionado mi obsesión por Perdita Durango, esa no del todo exitosa película de Álex de la Iglesia en la que el personaje de Romeo Dolorosa me dio, por primera vez en la vida, la oportunidad de entender los mecanismos del mal, de cómo un ser humano puede acomodarse en ello hasta convertirlo en el lugar donde quiere estar, el lugar donde obtiene sus más íntimas satisfacciones.

Esa película desnuda también algunos factores que lo caracterizan… y hay uno que merece ser destacado: cuando el mal alcanza su grado supremo, en el que las consecuencias para uno mismo carecen de la más mínima importancia, el único límite que tiene es lo que no alcance desde donde esté, porque a su alrededor todo puede ser objeto de destrucción, con mayor saña cuanto más bienintencionado, correcto e ingenuo sea lo que se le enfrente.

El mal se extiende hasta donde alcanza a ver… y por eso al primer postulado anterior es necesario añadir un segundo igual de importante: el mal debe ser combatido. Como en la Alemania nazi, como en otros fenómenos de terror que desgraciadamente nos han rodeado demasiados años, mirar para otro lado solo alimenta a la bestia, convencerse de que “no va conmigo” solo ayuda a que se extienda hasta que llegue el turno, y discutir sobre el sexo de los ángeles en el territorio del bien solo es campo de cultivo convertido en filosofía barata con la que el mal se fuma sus canutos.

Hay que ir a la semántica de la palabra terrorismo: se trata de infundir terror. Y cuando los atentados son indiscriminados, se trata de provocar el terror en la población en general, en usted, en mi, en todos nosotros… ¿Y para qué creen que se hace? Pues, mis estimados lectores… sencillamente para influir.

Para influir en las instituciones que se supone representan a quienes atacan, para influir en las decisiones de sus estados, para influir en la opinión de sus ciudadanos, para influir en su modo de vida, en sus leyes, en sus normas de convivencia y en su esquema de valores, para que quienes les estuvieran combatiendo se replieguen por miedo a las consecuencias no solo externas sino fundamentalmente internas… y ellos consigan expandir el poder que germina de su maldad.

¿Y de qué hablamos cuando hablamos de influir? Pues de comunicación. “Comunicar es influir” es una de mis frases favoritas desde que la escuché a Pablo Gonzalo. Si no lo entienden, en mi opinión les falta aún camino por recorrer en esta materia, siento ser tan tajante…

Para sembrar terror, toda acción es inútil sin comunicación: si el neutralizador para borrar la memoria de ‘Men in Black‘ pudiera existir y ser usado sobre grandes colectivos civiles, ningún movimiento terrorista utilizaría el atentado indiscriminado como arma, porque perdería todo valor. Por el contrario, centraría exclusivamente su acción en la amenaza directa a los decisores del estado… y lo debería hacer individuo a individuo…

En cualquier caso, creo que coincidirán conmigo que sin neutralizadores esto es simplemente imposible 😉 … y que incluso si existieran sería ilícito usarlos porque parte de la libertad consiste en el derecho a conocer la verdad.

Eso nos coloca directamente como observadores de cómo actúan los medios de comunicación ante un acto terrorista, en especial si se trata de un acto especialmente violento e indiscriminado. Y en el mundo en que vivimos… casi que en todos nosotros como “agentes de comunicación”, porque la ya omnipresente presencia de internet nos habilita como tales.

¿Deben publicar los medios de comunicación imágenes explícitas de las consecuencias violentas de un atentado terrorista? ¿Deben mostrar muertos y heridos, cuando éstos se produzcan? ¿Deben hacerlo en la inmediatez de los hechos? ¿Debe hacerlo cualquiera que tenga la posibilidad de obtener una imagen? Las preguntas han estado presentes entre ciudadanos, profesionales de la comunicación, psicólogos… y la crítica ha sido con frecuencia feroz contra los medios que las han mostrado, muchas veces generalizada y no razonada, otras tendenciosamente focalizada hacia unos y no hacia otros, o incluso extendida con fiereza a quienes se esforzaron por razonar y justificar una posición favorable a su difusión, aunque fuera con condiciones.

Mi impresión (no sé si la suya, amables lectores) es que, aun admitiendo que se han cometido algunos excesos, de nuevo se ha abierto un episodio de caza de brujas en este terreno, otro ejercicio hipócrita más de eso que convenimos en llamar “matar al mensajero”.

Yo creo que es absolutamente imprescindible ofrecer esas imágenes. Como es necesario ver las consecuencias de Abu Ghraib, o como es vital mostrar la cara de una mujer víctima de la violencia machista a la que le acaban de hinchar el ojo y reventar el labio de una paliza.

El terror utiliza con maestría nuestra obligación y derecho de comunicar la realidad… así que no podemos renunciar a esa batalla que es clave en su estrategia: tenemos que utilizar ese mismo derecho al menos con la misma inteligencia, para que la sociedad no esconda la cabeza en el “de momento no me ha tocado a mí”, para que interiorice la necesidad de asumir los riesgos de enfrentarse abiertamente a una lacra como esa, para que diez días después no volvamos todos a nuestra cómoda-aunque-compleja vida como si los responsables de atajar el problema fueran solo aquéllos a quienes pagamos.

Claro que tiene que haber límites. Como en todo en la vida. Y reglas de actuación: recordemos que se trata de actuar con inteligencia… y eso exige control y consensos sobre el método.

Los límites en la prensa

Hablando en primer lugar de los medios de comunicación formalmente establecidos, los límites a definir pueden tan simples como los siguientes:

  • Las fotografías no deben mostrar imágenes de personas heridas o fallecidas de modo que puedan ser reconocibles por familiares o amigos, hasta que las familias de los afectados no hayan recibido la correspondiente comunicación. Pero eso no impide publicar con inmediatez imágenes que reflejen la cruda realidad de lo que está ocurriendo… una vez convenientemente tratadas. Es muy fácil y no requiere más que un sencillo trabajo técnico al alcance de cualquiera.
  • Al menos en un atentado indiscriminado, en ningún caso debe identificarse con su nombre una imagen tomada de una víctima en el mismo lugar de los hechos (o posibilitar que sea identificable), salvo que se obtenga el permiso previo de sus familiares más directos.
  • Las fotografías no deben mostrar detalles de un dispositivo policial establecido mientras ese dispositivo policial esté en marcha. Ni de vehículos ni de agentes.. y en este caso, ni de textos explicativos o indicativos de posición. Les parecerá de perogrullo… pero la solución a este punto, cuando se da un caso concreto, no es tan sencilla como en el caso anterior, créanme, porque la valoración no depende muchas veces del criterio del periodista, al que le pueden faltar datos para establecer un juicio. Por supuesto que nunca deben mostrarse rostros de miembros de fuerzas de seguridad.
  • Las informaciones obtenidas en la inmediatez de los hechos deben proceder exclusivamente de fuentes directas u oficiales para aceptar su difusión. Las informaciones (incluidas imágenes) de sospechosos o domicilios potencialmente implicados, deben proceder siempre de una fuente confirmada.

Déjenme poner un ejemplo de libro que no implica directamente a personas concretas: la divulgación en toda la prensa de la noticia de que uno o dos terroristas se habían atrincherado, con rehenes, en un restaurante turco de Barcelona (del que se dio nombre e incluso fotografía de la fachada), poco después del atentado en las Ramblas. Era una noticia falsa que nadie verificó con los medios policiales u oficiales… pero todos la dieron, incluso con variantes. Y aun suponiendo que hubiera sido cierta… ¿de qué habría servido darla? ¿Habría ayudado a la acción policial que hipotéticamente se estuviera desarrollando? ¿Habría protegido la vida de personas? No, no y no, ¿verdad? ¿Y entonces…?

Creo que, en una crisis como la producida por un atentado de gran impacto humano, social y mediático como los de estos días, debería haber un “comité de comunicación de crisis” con participación de policías, administración y medios de comunicación, que validara las informaciones que cada medio difundiera en tiempo real. Bien realizado… podría incluso garantizar las exclusivas periodísticas y tan solo retrasar su publicación solo unos breves minutos, ¿no creen? Y sobre todo… favorecería extraordinariamente (creo) la labor policial y conduciría la colaboración ciudadana en la forma más segura y eficiente posible.

Los límites en nosotros

Queda por definir qué hacer con los comunicadores no profesionales, es decir… cualquiera de nosotros con un móvil en la mano. Internet nos permite ser generadores de contenidos o transmisores y difusores de información con un simple teléfono móvil y eso es… imposible de controlar. Pero no tiene por qué estar libre de crítica o de normas de uso social generalmente aceptadas: del mismo modo que casi todo el mundo sabe que escribir en mayúsculas en un chat es como gritar, ¿por qué no crear un manual de estilo o de uso para crisis con víctimas, que lo mismo pueda aplicarse a una masacre terrorista que a un terremoto o a unas graves inundaciones?

Y es que aquí soy mucho más crítico que con el papel de los medios de comunicación estructurados. Me repugna hasta la náusea el narcisismo de quienes apuntan su móvil a una desgracia humana como primera pulsión vital al verla, con el objetivo de mostrarla descarnadamente a los amigos, a los medios o al mundo, para decir simplemente “mirad lo que YO tengo” o “YO he estado ahí”.

Porque en estos casos es infinitamente más probable que se infrinjan los límites que a la actividad de la prensa impondría yo según el punto anterior. Es casi imposible evitar que imágenes en que víctimas fueran reconocibles, incluido niños, circulen por internet viralmente, imposibles de controlar, causando un daño adicional y totalmente evitable al daño ya causado.

La primera obligación de cualquier ciudadano testigo o implicado en un acto terrorista es proteger su propia vida; luego, avisar a los servicios sanitarios o las fuerzas policiales y colaborar después en las formas en que ellas demanden y, finalmente y solo después de lo anterior, ocuparse de atender a los afectados si se dispone de capacidades para ello.

Y nada más.

Debería por lo tanto establecerse también una especie de “código deontológico universal” por el que quienes obtengan imágenes en el momento de un ataque o en los momentos siguientes al mismo (sin poner en riesgo su vida ni la de otros), las subieran a una plataforma habilitada para ello y a disposición del mismo comité de comunicación anterior.

No es momento de ponerse medallas, sino de colaborar como ciudadano.

Y tranquilos los narcisistas… En realidad, cada imagen, cada grabación, quedaría liberada (todas ellas) solo unas horas o un par de días después, cuando ese comité considerara su divulgación ya inocua para la gestión del caso… y tendría así asegurado el reconocimiento público y universal de su propietario. Si se quiere, hasta en blockchain

Separar el mal y su origen

Espero que la inmensa mayoría de ustedes coincida conmigo en esto…

Por muchas imperfecciones que demuestre tener, en un estado democrático en el que ninguna opción ideológica o posición política es imposible (aunque a veces el camino para conseguirla sea extremadamente difícil), en el que cualquier opción ideológica o confesión tienen cabida (como parte de los derechos humanos, que siempre son individuales) y en el que leyes emanadas del entramado institucional (aun con defectos) establecen normas de convivencia básicas, ejercer la violencia contra las personas como arma para luchar contra ello es inmoral e indefendible.

Y en cualquier estado, del tipo que sea… ejercer la violencia indiscriminada contra personas de forma deliberada, para conseguir objetivos sean o no razonables o justos, es igualmente inmoral e indefendible.

Es instalarse en el mal.

Sin matices.

En mi opinión, todo asesinato es inmoral e indefendible en cualquier circunstancia, pero para lo que trato de exponer en este artículo, me quedaré con lo anterior.

Porque en todo caso, es necesario separar el mal de las causas que posiblemente (o no) provocaran su aparición, de las razones más o menos justas que potencialmente podrían (o no) justificar su existencia. Es necesario marcar una línea roja que ningún ser humano asuma que puede cruzar sin que el resto de la humanidad la combata masiva y comprometidamente sin admitir justificación alguna, ni siquiera el que otro “mal” pudiera ser el origen del suyo.

Eso fueron los derechos humanos, en el fondo: un compendio de líneas rojas públicamente reconocidas por la práctica totalidad de la especie humana. Sin matices.

Por eso existen los “crímenes contra la humanidad”.

Por eso existe el delito de “genocidio”.

Por eso, aun con sus innumerables imperfecciones y debilidades, existen tribunales internacionales con capacidad para juzgar y condenar a los culpables. Y por eso creo que una de las labores que nos corresponde como ciudadanos es exigir el reforzamiento y reconocimiento universal de los mismos.

No trato de dibujar un esquema maniqueísta de buenos y malos en el que, obviamente, nosotros seríamos los buenos. El control social de los gobernantes y de los actos de la administración y del estado debe ser intenso y tiene numerosas lagunas, algunas realmente graves… e incluso en ocasiones demasiado cercanas a una actitud criminal. Pero el terrorismo como praxis y el totalitarismo ideológico que SIEMPRE abraza son deleznables e indignos del ser humano, independientemente de su origen o de sus causas.

También sé distinguir entre adolescentes de 17 o de 20 años, maleables y manipulables desde la ideología o la fe, con las mismas herramientas que en el fondo utiliza cualquier secta… y quienes les llevan a la radicalización de sus comportamientos desde la plena consciencia de su madurez. O de cómo gestionar la lucha contra ello…

Pero no quería hablar hoy de eso.

Hoy solo quería hablar de comunicación… su principal arma de acción.

En resumen

El mal nos utiliza para vehicular nuestro terror como arma que fuerce nuestras decisiones colectivas. Usa nuestras angustiosas ansias de escapar de lo que nos atemoriza para provocar la tensión interna que nos desestabilice como sociedad. Es difícil cuestionar esto…

El miedo es un síntoma, una consecuencia emocional de lo que nos puede ocurrir en base a lo que ya ha ocurrido… y siempre es mucho más fácil ocultar los síntomas que corregir las causas. Como ciudadanos, combatir esta disociación sí es una obligación ineludible, porque lo contrario no es inane, no es inocente… ayuda al mal.

Y por eso creo imprescindible que lleguen a la sociedad las imágenes que muestran la crudeza de sus actos, porque las sociedades acomodadas tienden a esconderse de su responsabilidad, desde el no reconocimiento de que su ejercicio de la libertad es la víctima que un movimiento terrorista realmente busca, aprovechándose de la legítima cobardía que como individuos nos genera el miedo que provoca.

Porque como se reconoce universalmente en las más básicas y antiguas normas para una comunicación eficaz, no es lo mismo contar algo que mostrarlo…

No es la primera vez que hay un atentado indiscriminado y de gran magnitud en el entorno de Barcelona. Les recuerdo Hipercor, el Puerto Olímpico, Vic, Reus…

En 1991, ETA atentó con un coche bomba contra el cuartel de la Guardia Civil en Vic. Cuando hoy simplemente se incluye este atentado en una lista, ya no se cuenta que se hizo empujando el coche bomba hacia el patio interior donde jugaban las familias, haciéndolo estallar al llegar al centro del mismo… y que por tanto en él, además de numerosos heridos, entre los 9 muertos hubo 4 niñas de entre 7 y 14 años. Pero es cuando se muestran las imágenes cuando uno interioriza de verdad que aquello fue… una auténtica masacre.

Una matanza indiscriminada de consecuencias buscadas y deseadas, de las que sus autores fueron plenamente conscientes antes y en el mismo momento de activar la detonación.

Desde los dominios del mal.

Necesitamos ver. Incansablemente. Para distinguir. Para juzgar. Para actuar.

¿Hay alguien que pueda explicarme que hoy las cosas han cambiado?

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Vibraciones: la disrupción y el mal

disruption

Estoy convencido de que tiene que haber una satisfacción íntima y perversa en sentarse al borde del camino para ver pasar los cadáveres de quienes no quisieron ver una disrupción.

Como cuando vi por primera vez Perdita Durango… siento que estas cosas me permiten entender la naturaleza del mal.

Reflexiones: innovación empresarial hacia modelos sostenibles / (3) Extensión global

ética global

La tercera propuesta sobre innovación y sostenibilidad empresarial va sobre “el alcance” de la ética, sobre dónde se está dispuesto a llegar por responsabilidad, por ejemplo, en la superación de las obligaciones legales. ¿O creen que en la ética no ponemos fronteras?

La verdad es que muchas empresas vascas (que son las que más conozco) y en especial las industriales, han hecho bien los deberes para afrontar su existencia en una economía global, tanto desde el lado de los suministros como sobre todo desde el mercado, bien comprendiendo la necesidad de implantarse en el exterior o bien entendiendo la inevitabilidad de una mirada global desde lo local.

Pero en la mayoría de los casos, esa extensión de la actividad de la empresa se ha hecho con una motivación estrictamente económica, creando realidades que viven en las fronteras (cuando no al margen) de los parámetros por los que se gobierna y conduce la actividad matriz. Algunos rasgos que se observan:

  • Adquisiciones, fusiones, desinversiones y cierres decididos por criterios exclusivamente financieros, sin preocupación por la sostenibilidad a medio y largo plazo de la actividad económica y el trabajo en el territorio de implantación.
  • No integración del talento local ni traslado de prácticas de participación en gestión o negocio propias de la matriz.
  • Tolerancia ante prácticas sociolaborales y medioambientales que serían inadmisibles en la matriz.
  • Procesos de contratación comercial o negociación con las administraciones públicas realizados con demasiada frecuencia bajo parámetros dudosamente éticos.

Pero no solo medioambientalmente (que para todos es ya claro) sino como humanidad en sí misma, el mundo es cada vez más nuestra casa común, por lo que:

  • ¿No es momento de promover activamente la adopción de códigos éticos para la actividad empresarial en cualquier punto del planeta en que ésta se produzca? 
  • ¿No sería hoy, incluso, un factor de diferenciación y competitividad?
  • ¿Cómo se puede impulsar desde lo institucional?

En demasiadas ocasiones aún se mira para otro lado cuando se trata de “tirar adelante” en las actividades lejos de nuestras fronteras, justificados en que en determinados territorios es la única manera de “estar”.

La actividad económica ha generado oportunidades y progresos sociales (aún inestables o no consolidados en su mayoría) en naciones tradicionalmente abandonadas en el acceso a la educación, a la salud y a la riqueza… pero al mismo tiempo ha creado también desigualdades planetarias que los medios de comunicación y la conexión directa entre personas y colectivos a través de internet impiden ya no ver: hoy no es posible cerrar los ojos.

Creo que en mi empresa no somos precisamente un mal ejemplo de comportamientos éticos globales… sino todo lo contrario. Pero incluso en ella podría contar alguna anécdota “pelín” cuestionable, que afortunadamente tuvo un desenlace hasta divertido al final (seguro que no para todos, claro). No la contaré, porque sé que a más de uno no le gustaría y no es un asunto trascendente, pero… ¿alguno de mis queridos lectores es más valiente que yo?

Soy plenamente consciente de que cualquier decisión en el sentido positivo de la propuesta probablemente tendrá de partida costes, tangibles e intangibles pero con frecuencia relevantes. Habrá puertas que se cierren y prácticas que no se podrán mantener, pero… ¿creen que sería posible darle la vuelta a esto y convertirlo en una enorme oportunidad?

¿No estamos hablando, precisamente, de esta cara de la innovación?

Pues a ello, ¿no?

Libros que inquietan: “La insoportable levedad del ser”

Esta vez no es un libro de empresa. Ni siquiera es un libro práctico. En realidad, lo que traigo hoy al blog es formalmente una novela sobre el amor. Y eso significa, como recoge la contraportada de mi edición, que también lo es sobre los celos, el sexo, la traición, la felicidad… y hasta la muerte.

Hacía tiempo que quería leer esta obra de Milan Kundera, pero la perspectiva de enfrentarme a un ensayo sobre la psicología de la condición humana desde la necesidad de no estar solo me disuadía de ello.

Pero no… Aceptable incluso como lectura de verano, la historia te atrapa y los medidos párrafos de discutibles postulados psicológicos que intercala te piden volver sobre ellos, aunque solo sea para cuestionarlos desde tu razón.

Lo que empieza pareciendo una historia de un personaje o de una pareja singular (como todas) acaba siendo una obra coral, no porque la narrativa se llene de otros personajes importantes, sino porque se va contando desde dentro de cada uno de ellos, cambiando así de observador y llevando a los anteriores al exterior de su universo.

Les confieso que me siento identificado con esa idea de micromundo que envuelve la soledad de cada ser humano, con esa necesidad de buscar permanente sentido a la existencia y de aproximarse por ello a abismos que mantienen viva la pasión… para descubrir un día que no son un seguro de felicidad interior; pero en inevitable contradicción, también de que instalarse en la felicidad de lo cotidiano conduce igualmente, de manera inexorable, a que la propia levedad de una existencia así adquiera un peso insoportable.

Como cita en el texto el personaje de Tomás, extraído de la última frase del último cuarteto de Beethoven, “Muss es sein? – Es muss sein!” (¿Tiene que ser? – ¡Tiene que ser!).

Me costó encontrar su sentido, pero ahora su peso me resulta demoledor como razón de muchas decisiones. Alguien a quien conozco muy bien… seguro que incluso identificará también ahí el eterno conflicto entre el querer y el deber, aunque sea solo una parte de ese sentido.

Kundera nos lleva por tanto a una conclusión que no les sorprenderá: somos seres contradictorios. Y postulado así, no será el amor, sino sólo el miedo o la propia disciplina, quienes puedan resolver vitalmente esa contradicción. Pero esa resolución tampoco será leve.

El universo de personajes que aquí dibuja Kundera está formado por individuos cuyo recorrido vital se enlaza desde su soledad como seres humanos que son. Y su necesidad es radicalmente diferente. Por eso aparece ante nuestros ojos que la compasión, en el sentido más etimológico y positivo de un término de naturaleza triste, es un pegamento que finalmente empasta nuestras vidas compartidas.

Tengo que confesarles algo… quizá la razón verdadera de que haya escrito este post

Ya he dicho que los personajes de esta obra son radicalmente diferentes entre sí, en sus necesidades y en sus renuncias. Algunos incluso opuestos. Y en todos ellos me siento muy lejos de verme representado.

¡Pero los entiendo a todos!

Los entiendo profundamente: sus motivos, sus emociones, sus sacrificios, sus sufrimientos, su decisión de vivir o de romper con ellos…

Los entiendo tan bien… que me sorprende hasta qué punto.

Y de pronto… he caído en la cuenta de que eso es un síntoma más de que me estoy haciendo mayor.

Termino con una última reflexión. La historia nace en el entorno temporal de la Primavera de Praga. No se puede decir, se lo aseguro, que los últimos 50 años hayan cambiado gran cosa la condición humana en la vieja Europa, ni en los hábitos, ni en las conciencias. El mundo… cambia más deprisa que nosotros.

La insoportable levedad del ser“. Milan Kundera, 1984. 327 páginas. Tusquets Editores (colección Andanzas), ed. 2013. ISBN: 978-84-8383-512-8

Vibraciones: el cierre de Google Reader, un golpe bajo en la empresa

Google RIPderHace ahora 10 días, el 13 de marzo, Google anunciaba el cierre de Google Reader. Requiescat in pace.

La noticia corría como un reguero de pólvora por los timelines de las redes sociales entre la sorpresa, el lamento o hasta la indignación de sus usuarios, en buena parte personas de perfil profesional avanzado que han hecho de la conectividad a la red un modo de estar y de trabajar.

Cuando uno se acerca por primera vez a un “agregador de feeds” descubre que una herramienta sencilla de verdad ofrece un servicio de productividad personal insustituible y un punto inimaginable en el que pivotar su entorno personalizado de aprendizaje. Una forma, además bastante libre, de ordenar nuestra atención sin someternos al dominio de lo que cada uno quiere mostrar, desde la selección trabajada de contenidos bien filtrados.

Muchos lo probamos hace años… e hicimos de los hilos RSS, ordenados de forma simple, una parte de nuestras vidas profesionales y personales. Y Google estaba ahí: en la magia de los modelos freemium basados en la entrega inconsciente de información y hábitos personales que conscientemente estabas dispuesto a abrir, en la ilusión sobre una empresa que aporta valor y desafía los modelos establecidos haciendo las cosas de otra forma.

No puedo cuestionar la decisión de Google. Ninguno podemos decir que no supiéramos que ese tipo de servicios no comprometen al prestador a su mantenimiento.

Tampoco voy a hacer un análisis sobre el futuro del RSS y el papel del que parecen querer retirarle muchos de los grandes de la red, ni voy a comentar plataformas alternativas que se estén posicionando para recibir a los expulsados del Reader, ni voy a centrar mi reflexión sobre el impacto que la decisión de Google pueda tener en mi propio PLE y el tiempo que me va a exigir migrar a otra herramienta que me haga sentir confortable. Sobre eso hay innumerables artículos ya escritos en estos días, sospecho que en todos y cada uno de los idiomas de este mundo. Y peticiones (yo ya he firmado) que igualmente se multiplican, para que Google dé marcha atrás en su decisión, que es lo que parece que no ocurrirá.

Este artículo es un lamento por el golpe que supone al trabajo que durante años venimos desarrollando muchos dentro de empresas tradicionales, por impulsar modelos de trabajo y de actividad profesional y empresarial más libres, más abiertos y más colaborativos.

Es un golpe duro y bajo (no puedo decir que ilegal, inmoral o sucio, pero solo porque sé que no es así) que ataca frontalmente a la confianza en que hay cosas que socialmente están cambiando en la noción del trabajo.

Hacer que las personas adopten herramientas de la web social desde dentro de las empresas tradicionales y con funcionamientos internos bien asentados en una tarea complicada y siempre de largo aliento.

Las barreras son culturales, de hábitos y comportamientos que cambian (y que cuando cambian, hacen visibles mayores necesidades de cambios en los propios procesos de gestión), de miedos (nadie se puede imaginar los miedos que despierta en una empresa asentada el concepto de empresa abierta, el poner en riesgo el culto a la protección del conocimiento, al secreto empresarial…) y de desconfianzas (a colocar mi conocimiento en “la nube”, en donde nadie sabe cómo se protege, quién lo controla o cómo garantizar que no desaparecerá sin más…).

Desde poner la foto en una intranet hasta abrir una cuenta en Google, trabajar en un Google Site o poder acceder a una red social sin barreras desde tu puesto de trabajo, cada paso a dar es un problema para muchas personas y una batalla a ganar por quienes tratamos de impulsarlo.

Reader ha estado en casi todas esas batallas. Es uno de los puntos claves por los que empezar, porque su utilidad es asombrosamente visible para la mayoría de las personas que se acercan por primera vez a conocerlo. Alrededor de un agregador de feeds se mueven los PLE (un paso trascendental para entender el trabajo conectado), las comunidades de vigilancia artesanales, la alimentación de comunidades de microblogging basadas en Twitter y Yammer…

De verdad que el cierre de Reader es un golpe bajo para todo ese esfuerzo: ¿cómo defender ahora la idoneidad de utilizar la plataforma de Google Sites para el funcionamiento de comunidades colaborativas… ante gente que para empezar a hablar demandaba disponer de backups automatizados de una wiki incluyendo los contenidos enlazados? ¿Cómo volver a explicar que la seguridad de la información es muy probablemente mayor en la nube que en cualquiera de nuestros servidores, aunque eso no sea lo relevante?

El mismo día en que se anunció el cierre estábamos formando internamente usuarios en Reader. ¡Y todavía podemos afirmar… que eran usuarios avanzados!

Nosotros sabemos que las herramientas van y vienen y estamos preparados para aceptarlo con un simple cabreo, pero para la confianza en ello de las organizaciones más clásicas y de las personas que en ellas trabajan, el mensaje es demoledor.

Ellos no son “beta-permanente”: necesitan caminar sobre mayor estabilidad hasta llegar al punto de considerar un cambio así parte del juego.

La verdad es que aún hoy, 10 días después… no sé muy bien cómo abordaremos esto. Tampoco sé si Google ha medido bien la consecuencia de dar carpetazo a una aplicación con un uso profesional muy relevante.

Lo que sí intuyo… es que tendrá consecuencias, sin saber cuáles, en la forma en que hemos venido contemplando esto de lo 2.0… y a Google en particular.

Y que no hay derecho. Aunque lo haya.

Vibraciones: de tradición y navidades

La Navidad de 1994 fue para mí diferente a cualquier otra.

Cuatro meses atrás me habían comunicado el despido de la empresa en la que llevaba 6 años trabajando, así que tras tres meses de búsqueda poco afortunada de trabajo y ya inactivo, el diciembre del 94 me llegó, como cualquier otro año, entre los habituales y enormes excesos de propaganda consumista en televisión.

Entonces la televisión era una parte importante de nuestras vidas: Internet no existía para nosotros ni para nuestras empresas (tremendo cómo pasan, el tiempo y las cosas) y los tubos catódicos nos mostraban las primeras señales privadas en nuestros hogares desde apenas 4 años atrás.

Recuerdo perfectamente la sensación personal de rechazo profundo que me generó la mezcla de sentirme un parado en un momento en que las ofertas de empleo que encontraba eran muy escasas (en 1994 se alcanzó un porcentaje de desempleo récord en España, el 24% de la población activa) y el hecho de pasarme horas frente a la tele bajo un bombardeo de anuncios de juguetes, perfumes, lotería, moda, relojes, discos, aparatos musicales y domésticos, todos orientados a fomentar un consumo desmedido e innecesario entre los que podían permitírselo.

Les aseguro que ese bombardeo publicitario, en un momento en el que no podía saber cuándo tendría un nuevo empleo (de hecho, aún estuve 4 meses sin actividad laboral) ni cómo sería, me llegó a parecer indecente.

Cuento esta historia porque desde entonces las cosas me han ido razonablemente bien… pero no hasta el punto de que me hayan hecho olvidar aquellas sensaciones.

Y la cuento como forma de enfrentar una paradoja: me gustan las tradiciones, las navideñas incluidas, aunque casi siempre vayan acompañadas de aspectos desmedidos o innecesarios.

En cierto modo, es precisamente la parafernalia que rodea a una fiesta la que hace de ella un  momento temporal muy diferente al del día anterior y al del siguiente. Y en la sociedad de consumo en la que vivimos, su aprovechamiento comercial es no solo inevitable, sino que tiene indudables efectos sociales positivos: muchas industrias y muchos pequeños comerciantes viven todo el año dependientes de que un par de tradiciones (como las navidades… o las rebajas) funcionen razonablemente bien. El comercio genera ciudad, vida de comunidad… y finalmente sostiene actividad económica y empleo.

Incluso en mi situación personal frente a las navidades del 94 fui consciente de ello.

Porque aunque la racionalidad de este discurso no pudiera mitigar la sensación de inmoralidad por el desperdicio que conlleva el consumir objetos de incierta necesidad al lado mismo de otras situaciones donde casi cualquier necesidad básica es difícil de cubrir… dice una vieja frase liberal algo así como que, en una sociedad, la riqueza o la renta se distribuyen mejor cuando no se distribuyen. Y con los correspondientes matices, yo creo en ello.

Pero dejemos a un lado este territorio racionalista para acercarnos al emocional; disfrutar tradiciones exige precisamente eso: disfrutarlas. Y si no se consigue, su valor, a pesar del discurso anterior, desaparece.

Porque toda la actividad comercial de estas fiestas navideñas descansa en el valor emocional que casi todos les damos:

  • en volver a conectar con esa familia a la que queremos, aunque sea para recordar que ya nos cuesta convivir demasiado tiempo seguido con ella sin discutir; 🙄
  • en decorar la casa con brillos, espumillones, luces, colores en contraste, belenes y árboles de plástico, aunque si la tuviéramos así todo el año nos ahogaríamos en lo recargado e incluso hortera del asunto; 😮
  • en gastar pensando en agradar a los demás, aunque ello nos suponga acabar reventados de “patear” la ciudad buscando lo que tanto nos ha costado pensar; 💡
  • en esconder la magia de los magos a los niños, aunque sea a base de llenar los rincones, los fondos y los techos de los armarios de paquetes ocultos de forma insospechada; 😐
  • en esperar a ver el asombro de todos, pero sobre todo de los más pequeños, al ver el montón de paquetes bajo el belén o el árbol, o al abrir cada uno de ellos y descubrir lo que contiene, aunque luego pueda que no le hagan ni caso durante todo el año; 😯
  • en comprar, repartir y compartir lotería de navidad (¿cuántos lo hacemos sólo por Navidad?), aunque sea la que menos reparte de las que se sortean a lo largo del año; 😎
  • en percibir la satisfacción por una gran cena, aunque nos haya costado horas o una “pasta gansa” el prepararla… y luego desaparezca casi en minutos; 🙂
  • en revivir con los hijos las sensaciones que conservamos de nuestros padres, como el chocolate con churros del desayuno del día de Reyes, aunque haya que mantenerles alejados del salón hasta que terminen; 😉
  • en comer las uvas a las 12 en punto de la Nochevieja, aunque haya que tolerar que algunos las extraigan las pepitas y hasta las “desnuden” previamente para luego “llegar”; 👿
  • o, para algunos de nosotros, en reservar momentos para el recogimiento festivo, para la pascua, para hacer balance y para revivir la sensación de que “ser bueno” merece la pena, aunque la vida lo ponga a veces difícil. 😛

Me gustan las tradiciones, sobre todo y por lo tanto, por la conexión que establecen con vivencias pasadas que activan resortes emocionales positivos.

Por eso en mi casa los regalos los siguen trayendo los Reyes Magos, porque ni Papá Noel, ni Santa Claus… ni el Olentzero (que amén de feo, sucio y fumador…  es de dudosa reputación histórica en su relación con los niños… 🙂 ) forman parte del pasado real de nadie de mi familia ni de nuestras familias de origen en sus más remotos recuerdos.

Y por si acaso piensan que se me escapa algo… en mi casa nos hacemos regalos sólo un par de veces al año. A mí me parece que hay actitudes que sortean la borrachera comercial de estas tradiciones y conviven con ella como algo sostenible, que son capaces de combinarlas con otras facetas más propias de la esencia más tradicional de la Navidad y que depende de cada uno de nosotros hacer que el consumismo sea otra cosa.

Ya, ya sé que hay otros que piensan bien diferente

Pero yo lo siento así. Y eso que rizo el rizo paradójico cuando además, mi actividad laboral se basa en provocar cambios dentro de mi empresa… 😉

Feliz Navidad y un espléndido 2012 para todos.

Vibraciones: el poder, el sistema, WikiLeaks y la Navidad

No sé si finalmente Time declarará a Julian Assange personaje del año, pero es evidente que su historia (llena de curiosidades) y la de WikiLeaks estará en todos los anuarios de 2010 que se encuentren ustedes en las próximas fechas.

Los acontecimientos de los últimos meses, y más en concreto de los últimos días, han ofrecido un recorrido apasionante para quien haya querido unirse a la corriente. Que miembros relevantes de gobiernos de medio mundo y de sus redes de poder criminalicen públicamente la actividad no violenta de un pequeño grupo de activistas cuya ilegalidad aún no ha sido demostrada (creo que ni siquiera formalmente denunciada) y que intervengan mediante fuertes presiones sobre entidades supuestamente privadas para lograr el ahogo financiero de la organización y en definitiva su silencio sin intervención judicial alguna… es tan inhabitual como sorprendente e intolerable.

Ataques ya tan impúdicamente abiertos, que creo que incluso en algún caso incurren en un delito de amenazas con muchísima mayor claridad que el supuesto caracter delictivo de la actividad de WikiLeaks.

Les reconozco que la cadena de acontecimientos me está dejando atónito. Más allá de los silencios de muchos países ante actitudes democráticamente intolerables, los comportamientos de otros como Estados Unidos (pero no sólo: Gran Bretaña o las mismas Francia o Suecia parecen estar prestando un apoyo activo), me desconciertan. Ha habido que esperar hasta hoy para percibir un primer signo de cordura en un gobierno occidental, cuando Australia ha comprometido públicamente asistencia consular a Julian Assange y ha recordado que la única responsabilidad penal que cabe es la de quien filtró los documentos, a la sazón y por lo que parece en esta ocasión, un ciudadano norteamericano. Tendría que haber dicho que, siendo Assange ciudadano australiano, “hasta ahí podríamos llegar”, pero en los tiempos que corren, confieso que me ha resultado hasta inesperado.

Sólo recuerdo un comportamiento tan vergonzoso y a la vez una actuación tan desvergonzada como ésta ante la opinión pública por parte del poder en una democracia occidental: el hundimiento del Rainbow Warrior (homicidio de un fotógrafo incluido) ejecutado por Francia en Nueva Zelanda, hace ahora 25 años… no tanto por el deplorable acto cometido por los servicios secretos franceses, sino por la chulería en el reconocimiento y la forma en que sus principales ejecutores fueron tratados política y socialmente con posterioridad a la resolución judicial de los hechos.

No digo que haya sido el único caso (ejemplos peores de terrorismo de estado, corrupción a gran escala, asesinatos políticos, promoción de golpes de estado en países extranjeros, favorecimiento de lobbies por intereses espurios, espionaje político o manipulación de la información con fines electorales pueden sospecharse con cierta facilidad… también en occidente…), pero al menos los poderes públicos jugaban con la estética de que nada era demostrado, apoyados en el “mirar para otro lado” de la mayoría de la sociedad.

El descaro se autoimponía ese límite formal.

Supongo que la actividad de Greenpeace suponía una amenaza para el poder, entonces, en cierto modo análoga a la de WikiLeaks hoy.

Pero creo que WikiLeaks ha aprendido del pasado y ha convertido este asunto en fenómeno mediático de forma consciente e inteligente (¿?), a un tiempo como forma de protección y como forma de incidir masivamente en el sistema.

Es, en el fondo, el mismo dilema que aparece cuando hablamos de actuar desde dentro o desde fuera del sistema en cualquier otro orden de la vida, porque ya no dudamos (creo) de que “fuera” es sólo un concepto para entendernos, que el no-sistema no es sino el borde tolerado por el propio sistema, en el que quienes quieren vivir algo al margen del mainstream pueden hacer sus “juegos”, aspirando a ser 1.000 en lugar de 4… en un mundo de millones. Y en el fondo (y con frecuencia desde la inconsciencia), aspirando simplemente… a que les dejen jugar en paz.

Las dos posturas son lícitas. Yo creo que también necesarias. Las sociedades se adormecen porque la mayoría de los humanos aceptan un status que cubre sobradamente sus necesidades higiénicas de convivencia en cada momento de la historia, o porque, habiendo otros humanos que tratan de incidir en las reglas de juego que tienen efecto sobre la estructura de la sociedad, lo consiguen por la imposición largamente sostenida o por la aceptación social.

Cuando no se alcanzan extensivamente esas condiciones higiénicas, nacen revoluciones o se toleran masivamente golpes de estado.

Cuando éstos o aquéllas se promueven sin suficiente demanda social pero con el objetivo de incidir significativamente en los comportamientos sociales, económicos o culturales… sólo se sujetan en el miedo.

Cambiar las reglas de juego sin aspirar a alcanzar el poder es un fenómeno extremadamente anormal en la historia… y sólo sucede al principio del movimiento.

Pero siempre se mueve desde un hiperliderazgo, porque la gente necesita ídolos con los que identificarse, otras personas en quienes confiar para que hagan lo que debe hacerse “sin que yo lo haga”, porque así ya hay alguien que “sabe lo que hay que hacer”, porque así ya hay alguien que está “dispuesto a arriesgarse” por los demás.

La unión de la ambición y la determinación es siempre más escasa que la capacidad de adhesión o de resistencia. La gran masa prefiere observar y juzgar, antes que tener que actuar… y como consecuencia arriesgar. Son (somos) lurkers del sistema… y eso, más que bueno o malo, es simple y puramente algo humano, ontológico. No lo critico aquí.

A fin de cuentas, el instinto de supervivencia cimienta uno de sus pilares en que, como decía Kotter, las personas encontramos con facilidad miles de ingeniosas maneras de oponernos discreta pero eficazmente a los cambios que consideramos honestamente innecesarios o equivocados.

Bien, pues… lo que yo me pregunto ahora, en sentido contrario… es si también de apoyarlos.

El mecanismo del voto, en las sociedades democráticas occidentales, es posiblemente un activador básico para ventilar habitaciones demasiado cerradas para lo que una sociedad puede tolerar. El vuelco de una parte importante del electorado español hacia la opción política contraria a la dirección de su último voto (como se vió en las caídas de Felipe González en 1996 o de José Mª Aznar en 2004, por muy diferentes motivos) es la manifestación visible de ello.

Pero ese es un mecanismo que sanea la vida pública desde el sostenimiento de las reglas del sistema: es el propio sistema el que se dota de mecanismos de aireación. Y eso hace que el sistema democrático, sin duda el mejor que hemos conocido, no pueda trabajar en reinventarse, sino simplemente… en irse adaptando.

Y fíjense bien que digo “no puede”. No me sitúo, por tanto, en el terreno de quienes ven al mal anidado en las estructuras de poder. Tampoco digo que no esté ahí (el mal trata de situarse siempre en donde encuentra terreno fértil y el poder es una tentación insuperable), pero sí que muchas personas acceden al mismo desde una convicción honesta de hacer bien las cosas… y se ven forzadas, cuando lo alcanzan, a defender el status quo porque literalmente “no pueden” ver ya las cosas desde un sitio diferente al que han llegado.

En términos de comportamiento individual, esas personas sólo serán capaces de protagonizar ciclos de aprendizaje de primer nivel, no de bucle doble. Cuando hablamos de individuos o de equipos, el coaching es una respuesta a esa carencia: una intervención externa que ayuda a la persona a desplazar la estructura de coherencia de sus juicios, a cambiar su pedestal de observación.

Pero… ¿quién hace de coach de las clases dirigentes de nuestras sociedades?

WikiLeaks puede estar jugando a desempeñar este papel. Tiene un líder convertido en héroe (para buena parte de la sociedad activa) o en villano (para el poder, o incluso para la parte de la sociedad a la que  “le revientan los salvadores”), pero que no aspira a detentar el poder, sino a que éste, sea del signo político que sea, cambie sus comportamientos esenciales y los alinee realmente con valores teóricamente aceptados. Va “a por ellos”, a por la letra pequeña de las reglas de juego que tácitamente hemos venido aceptando como inevitable, como peaje necesario de “mirar hacia otro lado” porque garantiza tranquilidad. Creo por eso que la entrevista que Chris Anderson (TED), le hizo el pasado julio a Julian Assange (les dejo al final el vídeo, francamente interesante), tiene un elemento clave en la pregunta que le hace sobre valores (que por otra parte bien es cierto… que éste no acaba de responder).

Me resulta patético ver cómo los medios de prensa tradicionales que han recibido los documentos filtrados se ponen medallas y afirman que el periodismo tradicional, al final, sigue siendo la forma en que se da credibilidad a la información. Ellos no corren riesgo aparente (nadie presiona sobre su cierre ni amenaza personalmente a sus redactores) a pesar de estar haciendo lo mismo por lo que se demoniza a WikiLeaks: difundir una información a la que han tenido acceso.

Su única tarea es la de realizar tareas de análisis, síntesis y difusión de los contenidos de los documentos filtrados, apoyados (eso sí), por potentes herramientas de tratamiento de información y por horas de personas trabajando a destajo. Pero no han tenido que tomar la decisión de ser agente de cambio: hasta ahora (¿?) han podido limitarse a tomar una decisión (casi) puramente empresarial, de aplicación de simples criterios de negocio… apoyados además en que la decisión se adopta en conjunto con otros importantes medios mundiales de prensa generalista.

No es un problema de credibilidad: nadie duda de la verosimilitud de las informaciones de WikiLeaks. De hecho, nadie las ha cuestionado ni desmentido.

Creo que los medios tradicionales sí tienen que estar siendo sometidos a presión… pero no sobre su existencia o la seguridad de sus redactores, sino sobre los contenidos que divulgan y los que no. Nadie habla de esto, pero… tiene que estar ocurriendo. Algún día se filtrará… 😉

Pero como le comentaba a Dolors Reig en uno de sus recientes artículos, “creo que lo importante es que WikiLeaks ha usado inteligentemente los resortes mediáticos tradicionales para proteger su supervivencia. También que lo que inquieta al poder no es lo que se ha divulgado, sino la pérdida del control, temor ante un futuro en que los secretos nunca va a ser evidente que sigan siéndolo, en que las consecuencias sociales pueden acabar siendo inciertas“.

Me resulta apasionante estar viviendo este episodio en directo.

Ya ven que he huído de una valoración personal sobre el fondo de la acción de WikiLeaks: me quedan muchas dudas sobre los límites a saltarse la privacidad de las comunicaciones a través de la web. La lucha moral entre ese principio (en el que creo profundamente)… y el derecho a divulgar lo que me llegue, si ello implica aflorar comportamientos deshonestos o maquiavélicos de los poderes públicos. Es una frontera complicada, pero no quiero entrar hoy en ello porque lo diferencial está situándose en otro lado.

No sé si el abrumador desequilibrio de los poderes que se están enfrentando conducirá a corto plazo al aplastamiento de lo que hoy conocremos como WikiLeaks. Creo que es muy probable que sea así, pero también que muy posiblemente, como ocurrió con Napster, otros continuarán la partida.

Soy consciente de que su futuro se escribe ahora mismo, cada minuto. Que posiblemente estén pasando ahora mismo cosas que dejen obsoleto este mismo post antes de nacer, porque los acontecimientos se están precipitando a un ritmo desbocado.

Así que no sé si se acabará diluyendo, digerido por los mecanismos de absorción de límites de nuestras gobernanzas occidentales, o si supondrá un hito, entre otros importantes, que configure un futuro aún más humano para nuestra sociedad.

Eso sólo lo podremos ver con la perspectiva de los años (los puntos sólo pueden conectarse hacia atrás, nos decía Steve Jobs), pero de momento, y salvando las tragedias personales que se fueran dando, es todo un espectáculo al que estamos invitados como actores secundarios.

Aunque por si acaso… recuerdo que los papeles secundarios también tienen su Oscar. Y que la red neutral puede ser el siguiente campo de batalla.

Nos acercamos a esa especial época del año que, en nuestra civilización, convenimos en llamar Navidad.

Hace 2.000 años, la figura de Jesucristo y, posteriormente, la labor de sus discípulos, consiguieron introducir cambios fundamentales en la sociedad de su tiempo, hasta el punto de que nuestra cultura, nuestros valores y nuestra forma de ver el mundo, está hoy inevitablemente teñida de ello, sea cual sea (casi) nuestra posición política o nuestra convicción religiosa.

Se trató, como pueden ver, de uno de esos raros episodios de la humanidad en que se procura una transformación social por parte de personas que no desean ocupar el poder político. No en aquel momento histórico.

Entonces no dispusieron de los medios de difusión de información de los que hoy disponemos. Su mecanismo de expansión fue necesariamente viral, apoyado en ejemplos de vida entregados en comunidad, en el trabajo en red…

Hago aquí un paréntesis para recordar que en una de las formas que adopta nuestro ideal de sociedad de hoy, que me permitirán denominar simbólicamente dospuntocerismo, hablamos de “porosidad”, de “entre iguales”, de “compartir”, de “masividad”…

Pues… no parece que hayamos descubierto nada.

La diferencia es que, como a los túneles de Artxanda en la historia de Bilbao (60 años hablando de ellos)… a algunas cosas les llega el momento en el que finalmente ocurren.

Si como consecuencia de esta lucha desigual, WikiLeaks acaba siendo una pieza importante o no de cambio social, lo iremos viviendo.

Hace 2.000 años, el sencillo nacimiento de un niño fue un detonante gigantesco.

Claro que, en ese caso, contaba con la ayuda divina… 🙂

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