principios

Reflexiones: ética y negocio

Retribuir al accionista” es una de las máximas que aparece en letras de oro en la descripción clásica de la función de una compañía. Cierto es que las mismas teorías clásicas reconocen en su mayoría y al mismo tiempo la “función social de la empresa” (basada en la creación de riqueza y de empleo que genera su actividad, directa e indirectamente, en el entorno en el que opera), aunque sea como consecuencia derivada de la misma y no como propósito original.

Sin embargo, hace ya tiempo que ambas funciones se han quedado muy cortas para lo que la vida económica y social de las sociedades contemporáneas están dispuestas a tolerar… o, como veremos en los siguientes párrafos (si me acompañan con su lectura, queridos lectores), al menos en un número importante y creciente de ocasiones.

Hoy nadie pone en duda que el profundo progreso de la globalización de los mercados (cuyo efecto más positivo ha sido la reducción de los niveles de pobreza en el planeta), ha hecho que algunas de las consecuencias indeseables que también ha generado, como la desigualdad, la explotación o la corrupción, se enfrenten a un mundo donde el conocimiento y la información, formal o informal, veraz o tergiversada, también fluyen de manera planetaria. No es pues posible ya vivir con los ojos cerrados: los flujos de información distribuida abren grietas en los esquemas clásicos de función empresarial, a poco que se descuiden sus responsables.

Nadie, desde un plano teórico al menos, cuestiona que la retribución al accionista, lícita como contraprestación al riesgo a que somete a su patrimonio, solo puede ser (al contrario que desde el concepto anterior) una derivada de otros propósitos que primero se identificaron con aportar valor para el mercado (“el cliente es el rey”), luego con aportar valor social (“responsabilidad social corporativa”) y en la actualidad también aportar valor para la persona empleada (del “capitalismo emocional” a la “guerra por el talento”).

Es de ahí de donde nace, en definitiva, el trinomio de sostenibilidad económica, social y medioambiental que define hoy cualquier modelo de gestión sostenible.

Pero lo que diferencia la época actual de la inmediata precedente no es un territorio de conceptos… sino de juicios. Hablo de esos flujos de información distribuida que generan un juicio social que acaba impregnando (en el lado bueno) o impregnado (en el malo) por la política, los mercados y hasta los emergentes movimientos sociales de empoderamiento ciudadano, contaminados a su vez y con frecuencia por los anteriores en un tótum revolútum en el que es francamente difícil discernir, con demasiada frecuencia, dónde está la paja y dónde el grano.

Lo que es importante entender es que este escenario es un hecho que nos acompañará al menos durante un buen puñado de años y que descuidarlo puede tener consecuencias catastróficas para un negocio.

Así que tengan cuidado si tienen algo que ocultar: las paredes oyen más que nunca, los ojos se multiplican sin ser vistos y las posibilidades de difusión… son casi incontrolables.

Internet lo ha cambiado todo.

XXX-LEAKS, XXX-GATE, FILTRACIONES…

El escándalo por filtraciones intencionadas de secretos o de informaciones reservadas es un fenómeno ya muy viejo, con casos de impacto socio-político relevante cuyos protagonistas (delatores o “whistleblowers”) la Wikipedia registra en una tabla que comienza en el siglo XVIII (salvando la pintoresca referencia a Fray Bartolomé de las Casas de 1515 🙂 ).

Si se analiza la evolución histórica y en especial la más reciente, es fácil observar cómo los casos de fugas de información se han ido “democratizando”, pasando desde los secretos de estado a manipulaciones fraudulentas de capitales en el mundo financiero, sobornos, manipulaciones y comisiones ilegales en empresas, ocultamiento de patrimonios personales… y hasta contratos ligados al fútbol o actividades de la vida privada de millones de personas.

Pero hay otras lecturas que pueden hacerse de la evolución histórica, al margen del impacto mediático de casos como el Wikileaks de Manning, el de los documentos sobre espionaje de la NSA de Snowden, o el del HSBC de la lista Falciani.

Internet ha provocado en los últimos años un incremento brutal de las fugas de información: al mismo tiempo que la información digitalizada se almacena en volúmenes que crecen exponencialmente, la posibilidad de filtrar grandes masas de información crece igualmente y en la misma proporción. Todo depende de que haya un individuo capaz y comprometido con la fuga de información, por la razón que sea, para que los secretos queden al descubierto. Pues bien… la gráfica que se muestra a continuación refleja los casos de “delatores” que la Wikipedia tiene registrados en la tabla antes mencionada desde el año 1965… ¿Notan el crecimiento exponencial que se había empezado a producir hasta el año 2012? ¿Y no les llama la atención la drástica caída hasta 2016?

Los estados y los núcleos de poder reaccionaron en 2010 tras el Cablegate de Wikileaks persiguiendo con fiereza a los responsables personales de la filtración (Edward Manning) o de la difusión de la información (Julian Assange), hecho que tuvo un segundo gran episodio en la publicación de documentos que sobre sistemas de espionaje masivo de ciudadanos por parte de la NSA protagonizó Edward Snowden en 2013.

¿Qué ocurrió a continuación?

Pues que 3 años después volvió a aparecer otra filtración masiva, la mayor conocida en la historia, centrada en documentos mercantiles que afloraban prácticas fraudulentas (o cuando menos poco moralizantes fiscalmente hablando) de innumerables personajes públicos en todo el mundo: los Panamá Papers. Pero en esta ocasión… ¿alguien sabe quién fue el whistleblower de los Papeles de Panamá? ¿Nadie?

El crecimiento estadístico de los delatores detectados se ha quebrado… pero el volumen de información aflorado no.

Hay cosas… que ya no se van a poder detener.

ESTÁ EN LA NATURALEZA…

Es necesario huir del maniqueísmo de pensar en términos de “teorías conspiranoicas” para todo lo que sucede, de la existencia de un oculto “poder maligno”, de considerar que “los poderosos” son una casta cerrada y ajena a nosotros, conformada por extracción de la sociedad de quienes heredan el germen del mal. Las estadísticas muestran tozudamente que esas castas heredables existen, pero son una auténtica minoría entre los que ostentan poder… cada vez más. El poder “se rellena” en gran medida, generación tras generación, por personas “normales” cuyas vidas transcurren orientadas a alcanzarlo, pero que muchas veces no nacen con esa intención, vidas que en un determinado momento de su existencia se consideran responsables del futuro de sus conciudadanos, e incluso de salvar al mundo erradicando lo que consideran (y a veces acertadamente, no lo olvidemos) el ejercicio del mal.

Y cuando un ser humano se considera a sí mismo responsable de “salvar” a los demás… el relativismo echa raíces, la ambición ciega y el ego se demuestra insaciable en el camino a la gloria, personal o social.

Volviendo la mirada hacia la empresa, no es posible negar que se encuentran razones para el desalineamiento de la acción empresarial y los valores ligados a comportamientos éticos:

  • La naturaleza de la función directiva – Las decisiones suelen ser complejas, hay que actuar con rapidez y existe mucha presión para lograr los máximos beneficios en el menor plazo posible.
  • La inercia en los procesos de decisión – Los equipos pueden ser muy grandes y resulta difícil cambiar su rumbo.
  • Una cultura empresarial poco sensible – Se da una importancia central a los resultados, todo se subordina a lo económico.
  • La racionalización de las conductas – Mensajes como “siempre se ha hecho así” o “si no lo hacemos nosotros lo harán nuestros competidores” justifican cualquier comportamiento y desactivan a quienes pretenden actuar de modo distinto.
  • Procesos de socialización – “Así se trabaja en esta casa” o “debes hacerlo si quieres ser uno de los nuestros” son otros lemas que anulan las críticas, apelando al sentido de la lealtad y al deseo de pertenencia de los empleados.
  • Los valores predominantes en la sociedad – Nada de lo anterior tendría grandes consecuencias si la sociedad en su conjunto no estuviera gobernada por valores como el individualismo, el utilitarismo, el emotivismo y el relativismo.

El problema de “caer en el barro” es que las consecuencias positivas de una acción no ética se observan con rapidez (se adoptan justificadas en razones como las anteriores, pero siempre con un propósito definido)… pero el impacto real sobre la compañía y sus dirigentes de las potenciales consecuencias negativas NUNCA se interioriza hasta que ocurre, mucho más tarde.

CASOS PARA TODOS…

En el mundo económico, el recuerdo más sangrante y dramático que seguro tendrán grabado a fuego es el de la caída en 2008 de Lehman Brothers, el banco americano de inversión, fruto de un descalabro del mercado inmobiliario derrumbado sobre la vergonzosa práctica de las hipotecas subprime, a su vez esparcidas por todo el mundo. Aún no nos hemos recuperado en el planeta del desastre que provocó todo aquello… y no sé ni si habrá aún consecuencias colaterales que perduren en la política y en la sociedad… ni si habremos aprendido algo.

La connivencia de grandes empresas con la política ofrece casos como el de la petrolera brasileña Petrobras, inmersa en un escándalo de sobornos por adjudicaciones que terminaros por financiar al partido en el gobierno, a sus campañas electorales y a muchos responsables públicos… y que derivó finalmente en una pérdida del 70% de su capitalización bursátil, más adelante en la destitución indirecta de Dilma Rousseff, presidenta del país… y ya veremos en qué más aún.

Éste de la corrupción política, con comisiones por adjudicaciones a empresas mediante, es un territorio abonado en muchos países, como saben… y de todo color político. En España, baste recordar el reciente asunto del Canal de Isabel II (que está suponiendo el desmembramiento de todo su entramado internacional), los casos de financiación irregular de PP, PSOE o CIU (GürtelBárcenas, Púnica, Filesa, ERE, Palau…), u otros más diversos que pueden ir desde la comercialización para consumo humano de aceite de colza desnaturalizado, hasta los casos de las torres KIO, Rumasa, Banesto, Gran Tibidabo, RoldánPaesa, Forcem, Fórum, Gescartera, ITV, etc., etc., etc.

Aparentemente, casi siempre hay empresas aportando comisiones jugosas a cambio de favores y contratos públicos, pero sin embargo, en nuestro entorno y sin saber muy bien por qué, el juicio social cae más sobre los políticos que sobre los empresarios… por ahora.

Porque “cuando las barbas de tu vecino veas pelar…”

¿Se acuerdan de Enron, el gigante norteamericano de la energía? Su desplome y quiebra tras destaparse sus sobornos y la manipulación de su contabilidad llevaron al desempleo a decenas de miles de trabajadores y a la pérdida de miles de millones de dólares a sus accionistas. ¿Y qué me dicen de Arthur Andersen, en aquel momento una de las firmas de consultoría de mayor dimensión y prestigio del mundo, desaparecida en menos de un año al verse arrastrada por la corriente de Enron, por connivencia y ocultación de sus estados financieros?

Famoso es también el caso de Siemens en Grecia, donde se dilucida un posible soborno de docenas de millones de euros a cambio de la obtención del contrato de digitalización de la red telefónica del país y donde hay varios responsables alemanes encausados, en un estado donde el soborno a un alto funcionario público está penado con cadena perpetua. Claro que eso no es nada comparado con los 12.000 ciudadanos de Arabia Saudí identificados en la filtración de datos de Ashley Madison, que desvela un comportamiento (el adulterio) que ese país castiga con la pena de muerte… pero no está mal eso de la cadena perpetua, ¿no creen? Una broma.

Podemos seguir, con casos más grandes y más pequeños… Como con el escándalo de utilización de carne en mal estado por parte de McDonald’s en China en 2014, que redujo sus ventas mundiales en un 4% en el mes posterior, con la reducción de casi 70.000 millones de ventas de Nestlé en 2015 tras la detección de plomo en sus fideos Maggi, con la dimisión del presidente de Toshiba y el despido (por ajuste de supervivencia) de más de 7.000 de sus empleados tras descubrirse ocultaciones contables, con la reducción a la mitad de los pedidos domésticos en Japón de los vehículos de Mitsubishi hace solo un año por la manipulación de pruebas de la eficiencia de la combustión, que finalmente acabó con su absorción por la alianza Renault-Nissan…

Para terminar, Volkswagen como paradigma: la instalación de un software ilegal para engañar durante las mediciones de gases contaminantes en 11 millones de vehículos diésel en todo el mundo, detectado en USA en 2016, obligó a la compañía alemana a pagar pagar 17.500 millones de dólares como compensación a los propietarios de los vehículos afectados y a los concesionarios (y una multa de 4.300 millones al Departamento de Justicia), condujo al achatarramiento más que probable de 325.000 vehículos devueltos por sus propietarios, e implicó la imputación penal de 6 ejecutivos de VW, además de la dimisión de su presidente. Y eso solo en Estados Unidos, donde a finales del año pasado la compañía anunció que renunciaba definitivamente a la venta de diésel, en un nicho de mercado del que poseía una cuota cercana al 70%.

El impacto en Europa del llamado Dieselgate está sin cuantificar… pero la sombra de la sospecha se ha extendido a otros fabricantes y el futuro de la tecnología diésel en el mundo es ciertamente sombrío, empujado en sentido contrario por la ola del vehículo eléctrico como tabla de salvación.

Eso sí… VW siguió siendo el primer fabricante del mundo. Como les decía, los comportamientos poco éticos en las empresas (y añadan aquí a multinacionales textiles o tecnológicas y la explotación infantil, por poner otro ejemplo) no acaban de tener consecuencias dramáticas en la reacción de los mercados de consumo europeos y de otras regiones del mundo, donde a pesar de las crecientes protestas sociales nadie parece estar dispuesto a castigarse a sí mismo… sobre todo si de esas situaciones se deriva una oportunidad de adquisición de un bien en condiciones ventajosas… 😦

PERO BASTA CON UNA PERSONA…

Es otro signo de los tiempos: una sola persona puede estropear el mejor escenario dibujado sobre malas prácticas.

No es solo una cuestión de los tristemente famosos Manning, Assange, Falciani o Snowden…

En el caso VW, el escándalo se destapó a raíz de un estudio realizado por la Universidad de West Virginia, financiado por la organización sin ánimo de lucro ICCT, realizado por un pequeño equipo de 4 personas (entre ellas, el ingeniero valenciano Vicente Franco).

Hay en el mundo muchas organizaciones de cuyo trabajo se pueden desprender consecuencias inesperadas… y son tantas… que su control es simplemente imposible.

Pero es que además hay personas que, como individuos, han optado por tener un comportamiento ético diferenciado del estándar de la sociedad a la que pertenecen, tras ser conscientes del poder o el privilegio al que pueden aspirar.

Hagamos un paréntesis…

¿Saben quién es Grigori Perelmán?

Es un matemático ruso que ha hecho contribuciones históricas a la geometría riemanniana y a la topología geométrica (¡por favor no me pregunten por ello…! 😛 ).

En particular, ha demostrado la “conjetura de geometrización de Thurston”, con lo que se ha logrado resolver la famosa “conjetura de Poincaré“, propuesta en 1904 y considerada una de las hipótesis matemáticas más importantes y difíciles de demostrar.

En agosto de 2006 se le otorgó la Medalla Fields (considerada el mayor honor que puede recibir un matemático) por “sus contribuciones a la geometría y sus ideas revolucionarias en la estructura analítica y geométrica del flujo de Ricci”. Sin embargo, él declinó tanto el premio como asistir al Congreso Internacional de Matemáticos.

El 18 de marzo de 2010, el Instituto de Matemáticas Clay anunció que Perelmán había cumplido con los criterios para recibir el primer premio de los problemas del milenio de un millón de dólares, por la resolución de la conjetura de Poincaré. Pero él, como en el caso anterior, rechazó también dicho premio y declaró: “No quiero estar expuesto como un animal en el zoológico. No soy un héroe de las matemáticas. Ni siquiera soy tan exitoso. Por eso no quiero que todo el mundo me esté mirando.”

¿Y saben quién es Moxie Marlinspike?

Pues un genio. Su batalla civil, empresarial e ideológica se sustenta en principios cuasi-anarquistas. De él (su nombre es un apodo), se dice que es el hacker más respetado y temido, un joven programador y empresario que se alza contra la monitorización del estado y que llamaría poderosamente la atención a primera vista en una reunión de grandes firmas, en mundo en el que todavía asoma el traje cruzado, la corbata del siglo pasado, un ministro y una “ristra de folletos” para recibir una subvención.

Whisper Systems es su respetadísima empresa en Silicon Valley, creada tras abandonar su responsabilidad sobre la seguridad de Twitter. Desde allí lanzó dos nuevas aplicaciones para dispositivos que usan Android (RedPhone y TextSecure), para impedir el espionaje incontrolado de las comunicaciones: “Los protocolos de Internet no fueron diseñados sobre un concepto de seguridad, así que hay mucho trabajo por hacer. No se trata de elegir entre usar Google y no preocuparse por la privacidad o dejar de usar el buscador. Tenemos que crear las posibilidades para que la gente use herramientas de seguridad”.

Rechazó hace tres años 1 millón de dólares anuales del Departamento de Estado por trabajar para ellos. En cambio, en 2016 fue quien cerró el cifrado de los mensajes de Whatsapp.

Hay gente así, en todo el mundo. Personas que pueden aflorar una información comprometida o desarrollar soluciones que incomoden a una gran empresa o al poder político, con consecuencias a veces difíciles de predecir.

Y no van a desaparecer.

Individuos como Gregori Perelmán o Moxie Marlinspike ha habido siempre. No es que las nuevas generaciones sean esencialmente diferentes… pero sí lo es su capacidad de empoderarse como individuos y de autoorganizarse colectiva y distribuidamente.

Tomen nota.

POR DÓNDE EMPEZAR…

Tal vez piensen que todo esto es privativo de las grandes multinacionales y de los grandes centros de poder… pero no, no es así. El riesgo de caer en estas prácticas afecta potencialmente y por igual a empresas de cualquier lugar, grandes, medianas y pequeñas, en momentos donde el fiel de la balanza se inclina muchas veces solo por una cuestión de oportunidad. Como en los procesos de corrupción política, nadie nace corrupto, sino que su camino vital le lleva ocasionalmente a lugares donde, quiera o no, se deberá enfrentar a decisiones que le situarán en el lado del bien o del mal.

Desde los manidos asuntos de aprovechamiento de activos de la empresa en que uno trabaja (desde llevarse folios a sacar fotocopias personales, pasando a temas mayores como el cobro injustificado de dietas, por poner algunos ejemplos de aprovechamiento personal), hasta los pagos en negro para solventar una reclamación en cliente, la entrega de regalos, comisiones o pequeños sobornos (a todos los niveles: desde un carretillero en una planta de producción del cliente para que mueva unos cestones que hay que seleccionar, hasta un responsable de relevo para que adapte el proceso para que se pueda procesar un material no conforme… o al pago de comisiones a un director de compras por la adjudicación de un pedido), o el eufemismo de algunos “gastos de representación” empleados en conseguir un contrato… las posibilidades que se abren para adoptar una posición ética o no ética en los negocios son numerosas.

Y recuerden que las presiones “utilitaristas” existirán.

Recuerden que los riesgos serán minusvalorados.

Pero recuerden también que, si se manifiestan… pueden ser demoledores.

Por eso, un primer paso es establecer una política de actuación clara y pública que identifique como no deseables determinados comportamientos internos que se consideren éticamente inadmisibles por parte de la empresa, incluyendo las consecuencias que se deriven de su incumplimiento.

Hablamos de un código ético.

Hace ya algunos años que algunas empresas, incluso, han empezado a exigir a sus proveedores la adopción pública de códigos éticos, preocupadas por que no solo en su actividad, sino en toda su cadena de suministro, no se produzcan comportamientos indeseados que puedan dañar su imagen pública y en definitiva su negocio.

Son instrumentos para promover la interiorización de valores organizativos y comunicar a todos los miembros de la empresa, e incluso a proveedores y subcontratas, el comportamiento que éstos han de seguir en sus relaciones con los diferentes grupos de interés de la compañía.

Pero no se equivoquen… un código ético no es una declaración de intenciones: adoptarlo puede derivar en implicaciones no cómodas en los sistemas de valoración, régimen disciplinario, compras, alianzas, captación de pedidos y muchos otros, que quizás haya que adaptar con seriedad y aplicar con firmeza.

Si quieren profundizar en los posibles contenidos de un código ético, les recomiendo una lectura detallada del documento elaborado por Silvia Ayuso y Jordi Garolera sobre “Códigos éticos en las empresas españolas, un análisis de su contenido” (editado por la Cátedra de Responsabilidad Social Corporativa de la Escuela Superior de Comercio Internacional, de la Universidad Pompeu Fabra), donde se estratifican datos de 2010 de numerosas empresas españolas y se comparan, además, con datos de 2002 de un grupo de contraste de empresas multinacionales.

En resumen, un código ético puede regular:

  • Las responsabilidades con los clientes (calidad, integridad, honestidad, confidencialidad…).
  • Las responsabilidades con accionistas (compromiso, transparencia, aumento de valor…).
  • Las responsabilidades con empleados (no discriminación, prevención de riesgos laborales, respeto…).
  • Las responsabilidades con proveedores (equidad, integridad, peticiones razonables…).
  • Las responsabilidades con la competencia (lealtad, respeto, libre mercado…).
  • Las responsabilidades con el medio ambiente (prevenir, restaurar, limitar, reducir la contaminación…).
  • Las responsabilidades con la sociedad (respeto de DD.HH., no trabajo infantil, imparcialidad política…).
  • El uso de fondos corporativos (no fraude, gastos injustificados o malversación de fondos…).
  • El uso de equipos corporativos (protección, conservación, uso apropiado…).
  • El uso de información corporativa (no uso de información privilegiada, no filtrar información confidencial…).
  • La relación con autoridades (no corrupción, soborno o conflictos de interés, no favoritismos…).
  • El uso del tiempo corporativo (no abuso privado de internet, no alcohol o drogas, no bajas injustificadas…).
  • El trato entre empleados (no discriminación ni favoritismo, no acoso sexual, no bullying…).

Desde hace ya unos años se habla de programas de Compliance, que añaden al contenido de los códigos de conducta el análisis y la protección frente a la responsabilidad penal, el compromiso de realizar informes de sostenibilidad según las recomendaciones del GRI o el respeto a la normativa legal interna y externa, entre otros aspectos.

Es además creciente la exigencia de algunos clientes de certificar partes del programa mediante auditorias de terceros. En el automóvil, por ejemplo, BMW, Volvo o Daimler caminan ya en esta dirección.

El mundo ha cambiado y urge ponerse a ello.

Esta vez, para bien.

Vibraciones: voluntariado, a tu lado

Para la mayoría de nosotros, la palabra voluntariado evoca inevitablemente proyectos de cooperación en el exterior, personas implicadas en ofrecer ayuda social en países cuyas necesidades son evidentes solo con querer verlas… o en el lado más próximo, a adolescentes colaborando con campañas de recogida de ropa u alimentos o con acciones coordinadas desde una acción social y solidaria promovida desde los centros educativos.

Y no sé muy bien por qué, porque a ninguno se nos escapa que existe igualmente un voluntariado adulto y responsable que se encarga entre nosotros de una parte de nuestra sociedad que no queremos tampoco ver, de colectivos desfavorecidos o en riesgo de exclusión. No alcanzo a ver la razón, pero me da la impresión de que este voluntariado pasa socialmente más desapercibido.

Entre la diversidad de asuntos con los que me enfrento en mi función laboral, en las últimas semanas he dedicado tiempo, junto con una compañera de equipo, a analizar posibles vías de colaboración con entidades externas en materia de transformación social.

Bagara, Aita Menni, Gizabidea, Cáritas, Saiolan…

Ha sido un trabajo muy sencillo basado en un proceso igualmente simple (indagación y escucha, recopilación, agrupación por afinidad, presentación de conclusiones y propuestas de continuidad), breve pero al mismo tiempo interesante y humanamente rico.

Entre nosotros hay personas que voluntaria e indivualmente colaboran con asociaciones que se dedican a ofrecer apoyo a personas que carecen de ello, personas que no saben, no pueden o incluso ya no quieren salir de un lugar vital al que se sienten condenadas, desde la resignación, desde la enfermedad o hasta (paradójicamente) desde la rebeldía.

Quiero poner el acento en los voluntarios y no en las organizaciones, porque muchas de éstas serían inviables sin los primeros, que forman parte imprescindible de su supervivencia. Los recursos son siempre escasos y lo han sido más en estos años de gran crisis, por lo que la acción desinteresada ha sido y sigue siendo clave para que, precisamente, la sociedad en su conjunto pueda mostrarse resiliente a situaciones de una enorme dificultad.

He conocido a personas que, después de su trabajo o al cerrar su tienda, participan en procesos de acogida de inmigrantes, de personas con desequilibrios psíquicos (muchas veces detonados por situaciones de drogadicción), o con convivencias familiares violentas o fuertemente desestructuradas… Lo hacen por parejas, porque no es evidente que la conversación de acogida discurra siempre por los cauces del respeto necesario, porque las historias de vida que llegan nunca son sencillas. Y acogen a cualquiera que llegue, sin excepción.

He conocido a personas que trabajan desinteresadamente en los centros ocupacionales donde muchas personas, en especial colectivos inmigrantes, encuentran un sentido al hecho de levantarse cada día para ser útil. Voluntarios que les ayudan a realizar trabajos sencillos ocupacionales que ceden algunas empresas colaboradoras, que les educan en las disciplinas necesarias para acceder en el futuro al mercado laboral (desde utilizar y cuidar ropa de trabajo, hasta ser puntual o trabajar con el rigor necesario) o que les forman en aspectos básicos y cotidianos (desde cómo sacar un billete para el metro hasta aprender el idioma o entender una tabla sencilla para registrar información).

He conocido a personas que utilizan su apreciado tiempo libre para entrenar a equipos deportivos de personas con enfermedad mental o con discapacidades, que se dejan la piel en colaborar en campañas de recogida de ropa para refugiados, ordenando, seleccionando y procesando lo recogido para que realmente preste una función social… y así una larga lista de posibilidades de ayuda hechas realidad.

Y lo hacen desde la consciencia de que hay una parte de nuestra sociedad (que no es pequeña aunque no miremos hacia ella) que no está en disposición de alcanzar un estado de vida que pudiéramos calificar como digno.

No me verán en el lado del igualitarismo, al que considero contrario a la esencia humana. Tampoco creo en que un estado pudiera garantizarlo, porque quien lo gobierne será precisamente humano (y por tanto con sus pasiones y miserias, junto a sus grandezas), pero sobre todo porque estará sujeto a valoraciones públicas de capas mayoritarias de la población que desean sinceramente corregir los desequilibrios pero al mismo tiempo no retroceder en su forma de vida.

Pero lo que sí creo que es posible es un aldabonazo a la conciencia de muchas personas que, más allá de la caridad (que desde luego yo no considero negativa, aunque ese es otro debate en el que hoy no quiero entrar), pueden sentir que transforman para bien la sociedad a través de su trabajo.

Este es un concepto muy “cooperativo” y que creo es muy poderoso. De hecho, está en el corazón de muchos movimientos populares actuales ligados a la religión en el mundo islámico, por ejemplo, que lo utilizan desde la responsabilidad social pero también, sectaria y políticamente, para generar adhesión. Mi propuesta es que, tal y como sucede actualmente entre nosotros, se plantee como un movimiento por la dignidad, sin limitaciones políticas, confesionales o sociales, con el respeto mutuo como única condición.

Me llamó poderosamente la atención la acción social de Cáritas. No especificaré más porque no quiero resaltar diferencias entre las iniciativas de las restantes organizaciones, también importantes, pero es de justicia mencionar que su labor de atención e integración social y su reciente orientación hacia la creación de valor es muy desconocida. De hecho, no entiendo cómo no se comunica mejor…

Les reconozco que yo no estoy ahí, o al menos no de una forma expresa, pero estas conversaciones me han hecho pensar en todo esto… otra vez. Estoy en ese proceso.

En cualquier caso, mi decisión personal, o la de cada uno de ustedes, no debería ser justificante para arrinconar la reflexión y la acción individual de nadie. Las necesidades son tan importantes y crecientes, en un mundo en que el envejecimiento avanza con pasos de gigante y donde las demandas de atención crecen y crecerán exponencialmente, que el que alguien hable de lo que aún no hace o no puede hacer… no puede servir de excusa.

El voluntariado individual (¡y de empresa!) a través del trabajo, se puede ejercer de muchas maneras y con intensidad aquí mismo, aquí al lado.

Y decidan lo que decidan (que siempre me parecerá respetable), por favor regálense un tiempo para acercarse a observar y entender de primera mano… algo de lo que les aseguro que no se arrepentirán.

Reflexiones: innovación empresarial hacia modelos sostenibles / (4) Recursos como procomún

procomún oma

La cuarta y última propuesta abierta sobre innovación y sostenibilidad empresarial (habrá un capítulo adicional, pero sobre ideas concretas para empezar) aborda un territorio de mayor abstracción… y también de mayor novedad conceptual que los anteriores.

Todo comienza por interiorizar que la naturaleza, el planeta entero y el universo conocido constituyen el más gigantesco procomún que el ser humano puede reclamar como tal.  Y sin embargo, el procomún, parte esencial de las viejas comunidades rurales, ha desaparecido de nuestras preocupaciones.

Pero existe o lo podemos concebir… y aprovechar.

En el procomún podemos incluir una gran diversidad de bienes naturales, culturales o sociales, tangibles o intangibles, como la biodiversidad, las semillas, el aire, el folclore, el agua potable, el genoma, el espacio público… ¿e incluso ya internet? Bienes que muchas veces sólo percibimos cuando están amenazados o en peligro de desaparición o privatización. El procomún solo puede gestionarse desde comunidades de confianza.

La actividad económica de las empresas orientada a la producción directa o indirecta de bienes para el consumo tiene una responsabilidad fundamental en la degradación del ecosistema del que los humanos formamos parte y por consiguiente, ¿no deberíamos en las empresas ser más conscientes de qué compone hoy en día el procomún en nuestras sociedades?; ¿no deberíamos construir procomún, en especial intangible, para el desarrollo de la comunidad?:

  • Desde el profesional: el conocimiento que cada uno acumulamos fruto de nuestra experiencia nos pertenece. Sin ser desleales con nuestras empresas, ¿no es un capital gigantesco (no consumible cuando se comparte o transmite) que se podría explotar fuera de las mismas solo con la voluntad de hacerlo?
  • Desde la empresa: nuestras ingenierías, nuestro conocimiento del mercado, nuestras competencias técnicas… ¿no sería posible, con restricciones de contenidos y tiempos si se quiere, cederlas al servicio de emprendedores, aprendices, necesidades sociales y en definitiva comunidad?
  • En definitiva, que si en las comunidades rurales, el procomún se reconocía entre “autónomos”, ¿cabe pensar en un procomún entre empresas? ¿Existe ya? ¿Se puede y se debe enriquecer?

La idea de un procomún ligado a un ecosistema empresarial (un procomún de empresas, que no empresas del procomún), debería conectar muy bien con una realidad como MONDRAGON, tan presente en mi vida profesional, pero se puede extender a clusters y asociaciones con facilidad… si se desea hacerlo.

Por fin algo innovador, ¿no? 😉

¿Alguien que estire de este hilo y le vaya dotando de cuerpo unas líneas más abajo? Sería muy bienvenido… 🙂

Reflexiones: innovación empresarial hacia modelos sostenibles / (3) Extensión global

ética global

La tercera propuesta sobre innovación y sostenibilidad empresarial va sobre “el alcance” de la ética, sobre dónde se está dispuesto a llegar por responsabilidad, por ejemplo, en la superación de las obligaciones legales. ¿O creen que en la ética no ponemos fronteras?

La verdad es que muchas empresas vascas (que son las que más conozco) y en especial las industriales, han hecho bien los deberes para afrontar su existencia en una economía global, tanto desde el lado de los suministros como sobre todo desde el mercado, bien comprendiendo la necesidad de implantarse en el exterior o bien entendiendo la inevitabilidad de una mirada global desde lo local.

Pero en la mayoría de los casos, esa extensión de la actividad de la empresa se ha hecho con una motivación estrictamente económica, creando realidades que viven en las fronteras (cuando no al margen) de los parámetros por los que se gobierna y conduce la actividad matriz. Algunos rasgos que se observan:

  • Adquisiciones, fusiones, desinversiones y cierres decididos por criterios exclusivamente financieros, sin preocupación por la sostenibilidad a medio y largo plazo de la actividad económica y el trabajo en el territorio de implantación.
  • No integración del talento local ni traslado de prácticas de participación en gestión o negocio propias de la matriz.
  • Tolerancia ante prácticas sociolaborales y medioambientales que serían inadmisibles en la matriz.
  • Procesos de contratación comercial o negociación con las administraciones públicas realizados con demasiada frecuencia bajo parámetros dudosamente éticos.

Pero no solo medioambientalmente (que para todos es ya claro) sino como humanidad en sí misma, el mundo es cada vez más nuestra casa común, por lo que:

  • ¿No es momento de promover activamente la adopción de códigos éticos para la actividad empresarial en cualquier punto del planeta en que ésta se produzca? 
  • ¿No sería hoy, incluso, un factor de diferenciación y competitividad?
  • ¿Cómo se puede impulsar desde lo institucional?

En demasiadas ocasiones aún se mira para otro lado cuando se trata de “tirar adelante” en las actividades lejos de nuestras fronteras, justificados en que en determinados territorios es la única manera de “estar”.

La actividad económica ha generado oportunidades y progresos sociales (aún inestables o no consolidados en su mayoría) en naciones tradicionalmente abandonadas en el acceso a la educación, a la salud y a la riqueza… pero al mismo tiempo ha creado también desigualdades planetarias que los medios de comunicación y la conexión directa entre personas y colectivos a través de internet impiden ya no ver: hoy no es posible cerrar los ojos.

Creo que en mi empresa no somos precisamente un mal ejemplo de comportamientos éticos globales… sino todo lo contrario. Pero incluso en ella podría contar alguna anécdota “pelín” cuestionable, que afortunadamente tuvo un desenlace hasta divertido al final (seguro que no para todos, claro). No la contaré, porque sé que a más de uno no le gustaría y no es un asunto trascendente, pero… ¿alguno de mis queridos lectores es más valiente que yo?

Soy plenamente consciente de que cualquier decisión en el sentido positivo de la propuesta probablemente tendrá de partida costes, tangibles e intangibles pero con frecuencia relevantes. Habrá puertas que se cierren y prácticas que no se podrán mantener, pero… ¿creen que sería posible darle la vuelta a esto y convertirlo en una enorme oportunidad?

¿No estamos hablando, precisamente, de esta cara de la innovación?

Pues a ello, ¿no?

Reflexiones: innovación empresarial hacia modelos sostenibles / (2) Tiempo para educar

enseñanza medioambiental

Vamos con la segunda propuesta abierta sobre innovación y modelos sostenibles. Pasamos de una idea muy ligada a la sostenibilidad económica, a otra más alineada con la sostenibilidad social y medioambiental. En concreto, sobre un aspecto que suele quedar muy al margen en las reflexiones estratégicas de las empresas, aunque como verán, muy ligado a la construcción de un legado para el futuro de las siguientes generaciones.

Nuestro mundo ha cambiado mucho en el tiempo en el que lo hemos conocido. Hoy siguen cambiando valores ciudadanos, políticos y sociales, probablemente con una dimensión e intensidad que somos incapaces incluso de percibir. Muchas personas, en todo el mundo, están además trabajando con fuerza para que estos cambios no solo se sostengan sino que se profundicen y aceleren, el paraguas de los gobiernos o al margen de ellos.

Pero al mismo tiempo, también estamos viviendo una época en las empresas en la que es frecuente observar entre el colectivo de trabajadores muchas actitudes pasivas pero crecientemente reclamatorias, donde la mayor responsabilidad siempre está en “otros” y la ambición máxima en positivo es esforzarse en cumplir las normas y en ser “cívico” (¿para sentirme con derecho a reclamar?), mientras que se echa de menos mayor abundancia de actitudes activas, militantes a la par que competentes, comprometidas desde la iniciativa y la responsabilidad ante uno mismo y frente a los demás, detrás de la ambición de que el fruto del trabajo sea un legado para nuestros hijos.

Hoy parece que todo se puede, si se quiere… aunque no se sepa de ello. Este es también un signo de los tiempos líquidos que vivimos.

En esta época de turbulencias, hay valores con frecuencia olvidados en los tiempos recientes que es imprescindible reinterpretar y recuperar. Entre ellos, la vocación de compartir y enseñar: internet ha hecho renacer el concepto clásico de aprendiz… pero no el de maestro, que necesita ser reformulado en un mundo interconectado y global. El aprendizaje se ha profesionalizado o democratizado a través de la red, pero el tiempo pasa a ser lo más valioso que tenemos y casi nadie lo cede para enseñar, si no se trata de necesidades operativas.

Pensando en la relación de la empresa con el medio ambiente, hemos aprendido muchas cosas sobre nuestra relación con esa casa común que es nuestro planeta, sobre lo que lo daña, sobre lo que lo protege, sobre lo que impide que se degrade.

La gestión medioambiental se ha ido convirtiendo poco a poco en un ámbito de actuación empresarial cuya necesidad nadie cuestiona (miserables o angustiosas excepciones aparte, como siempre), pero curiosamente, no es en modo alguno un factor de competitividad, sino un suelo ético que por obligación o por devoción se ha llegado a interiorizar con bastante amplitud.

Así que, desde la pura perspectiva de interacción con el medio ambiente que nos rodea, ¿por qué no aprovechar que la gestión medioambiental no es hoy un factor de competitividad que interese sobremanera al mundo económico para darle una vuelta radical a cómo la entendemos desde cada empresa?:

  • ¿Por qué no ceder nuestro aprendizaje a empresas con menores recursos, incluso competidoras?
  • ¿Por qué no compartir los recursos disponibles (vigilancia de la legislación, estudios y datos, soluciones tecnológicas, procesos de gestión…) si ello realmente no nos resta competitividad?

Y como derivada, dedicar personal y sistemáticamente tiempo a ello, a educar el territorio empresarial aún no conquistado o ayudarle a sumarse al colectivo militante del respeto al entorno…

  • ¿No sería un auténtico ejercicio de responsabilidad social corporativa?
  • ¿No aportaría una increíble capilaridad a la transmisión de los valores que nos ocupan?

Si creen que realmente es posible ampliar los conceptos de coste y responsabilidad con el añadido de implicación, o al menos que merece la pena intentarlo… mis respetos. Y mi agradecimiento si además lo comentan justo aquí abajo.

Porque no hablamos solo de conocimiento y educación medioambiental, ¿no creen?

Vibraciones: Francisco

FranciscoLa Navidad es hoy por hoy una doble fiesta: por un lado es el mayor (y a veces único) hito de encuentro familiar del año… y por otro es el gran momento de celebración en compañía de esa especie de cierre de etapa que convenimos en hacer cada 365 días.

Nuestra vida de Occidente ha ido ligando ambas muy íntimamente al consumo (fiestas, comidas, regalos, viajes…) hasta el punto de que para muchas personas dedicadas al comercio (y para otras ocupadas en actividades en las que pensamos menos, como peluquerías, bodegas, hostelería, loterías…) esta época genera una parte muy importante de los ingresos que les permiten seguir pagando facturas y sostener su nivel de vida.

Pero entre nosotros, aunque en cierta decadencia, la Navidad tiene también una raíz cristiana profunda que caracteriza la forma en que la hemos vivido durante siglos y que, se quiera o no, es la que ha hecho perdurar este periodo como algo diferente (y me atrevo a decir que formalmente mejor, en el sentido “bueno” del término) que otros momentos festivos de cada año.

Vuelvo un diciembre más a poner acento en revertir esa decadencia de los valores que para los cristianos deberían estar presentes en la Navidad… y que creo deberían poder extrapolarse sin demasiada dificultad a cualquier otra confesión, incluidos agnósticos y ateos, solo con que hablemos de personas de buena voluntad.

Este año no he elegido una palabra concreta. Bueno… ninguna que se refiera a un valor, ningún nombre común. Me quedo con un nombre propio, Francisco, tras vivir más de dos años al frente de una Iglesia que heredó en buena parte endogámica y acomodada en sus ritos, anquilosada en la conversación con las personas e incompetente para conectar con las mentes y las almas en una sociedad hiperconectada.

Una Iglesia que sigue siendo incapaz de atraer a mucha gente volcada en el servicio a los demás por sus limitaciones para adaptar y adoptar el mensaje de la caridad, el compromiso de servicio, la justicia social, el respeto por la naturaleza y por la dignidad humana, la humildad, la integridad moral y la solidaridad, a la velocidad y el lenguaje de la sociedad en la que vivimos.

Francisco llegó con la intención declarada de recuperar la iglesia del servicio a los demás y en especial a los que más necesitan ayuda. También consciente de que la tarea no iba a ser fácil.

Hoy, cuando ya no llama tanto la atención mediática y no sorprende tanto su posición frente al poder o el dinero (mejor dicho, frente a quienes lo ejercen o lo poseen, o a la forma en que lo ejercen o lo utilizan), tengo que reconocerles que mi escepticismo inicial ha ido transformándose en reconocimiento por una labor tenaz y comprometida, que está ejerciendo desde la humildad de quien se sabe solo un ser humano.

Estos días disfruto de un pequeño periodo de vacaciones y he tenido tiempo para bucear un poco en su último gran viaje, a Kenia, Uganda y República Centroafricana. Un viaje que profundiza en claves desgranadas también en viajes anteriores a Brasil, Turquía, Sri Lanka, Filipinas, Bosnia Herzegovina, Ecuador, Bolivia, Paraguay, Cuba o Naciones Unidas. Un viaje de riesgo en lo personal y en el resultado de su mensaje.

Hay muchos cambios pendientes en la vida de la Iglesia Católica y muchos de ellos se le reclaman desde hace tiempo, desde dentro, desde personas de fuera comprometidas con las necesidades de la sociedad… y también desde quienes no hacen otra cosa que criticar (apoltronados en el sofá de sus casas y acomodados en sus respetables vidas burguesas) a aquéllos que medio bien o medio mal dedican una parte de sus vidas a prestar servicio a los demás, por el simple hecho de que les incomodan los reclamos morales y ven en la falta de ejemplo una invitación a cebarse con ello desde la descalificación, el escarnio o el desprecio.

Es necesario arriesgar en lo personal y dar ejemplos de vida y compromiso a los primeros y a los segundos. También (sí, claro que sí…) combatir “la paja en el propio ojo” que se esconde tras los terceros. Y es imprescindible para todo ello un rearme moral y, por qué no, dialéctico, basado en el ejemplo, en comportamientos observables y en cambios estructurales de funcionamiento de la propia Iglesia, de sus procesos de intervención social y de sus mecanismos de comunicación y relación con la vida pública y política.

Creo que Francisco es muy consciente de todo esto. Aunque creo, también, que se le va notando que está más cerca de los 80 que de los 70… y que le va a faltar tiempo.

Les dejo más abajo algunos vídeos, que por cierto son un buen ejemplo de que la comunicación no es una fortaleza de hoy en la iglesia, a los que creo que merece la pena dedicar unos minutos y ver de principio a fin (incluso los más largos) para entender qué trato de transmitir.

Podía haber elegido la forma en que desde el principio coloca a la pobreza en el centro de su acción, desde el centro mismo de la institución eclesial (“cómo me gustaría una iglesia pobre para los pobres“), su contacto con barrios azotados por la delincuencia y la droga, su dedicación a los ancianos, los niños, los enfermos, los presidiarios, la comprometida y sorprendente encíclica sobre la naturaleza y el cambio climático, el discurso de Naciones Unidas, su impactante visita al barrio del Bañado Norte en Asunción, su afán por la transformación de la curia, su lucha por limpiar las finanzas vaticanas… pero necesariamente tenía que seleccionar y he optado por algunos aldabonazos que nos da a los que vivimos vidas en sociedades acomodadas.

Hay vídeos del viaje a África y de otros momentos con mensajes que me han parecido comprometidos y muy relevantes. En varios de ellos asoman con fuerza algunos de los que deberían ser un signos cristianos en Navidad.

Y sin más, mis estimados lectores… les dejo con el sincero deseo de que estén pasando muy felices fiestas y que vivan con intensidad un magnífico nuevo año que ya llama a la puerta.

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¿Cómo puede una persona, consciente al mismo tiempo de su pequeñez y de los condicionamientos impuestos por un stablisment y un cargo, llevar la compasión como esencia de la vida cristiana, a las almas cerradas y hedonistas de Occidente?

[Noviembre de 2005, en visita no programada a niños enfermos, en un hospital de Bangui, capital de la República Centroafricana] (00:45)

[Febrero de 2015, haciendo un alto en el camino no previsto, tras visitar una parroquia de Roma, en un campamento de chabolas ocupadas por inmigrantes latinoamericanos] (03:11)

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¿Cómo puede una persona, consciente al mismo tiempo de su pequeñez y de los condicionamientos impuestos por un stablisment y un cargo, atizar la conciencia de los poderosos, “mordiendo la mano que le da de comer”?

[Noviembre de 2014, en una entrevista de NetSpirit.TV, sobre las causas de la desigualdad social en el mundo] (05:04)

[Marzo de 2015, en Nápoles, en un brutal alegato contra la corrupción desde el corazón del degradado barrio de Scampi, territorio de la Camorra] (03:13)

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¿Cómo puede una persona, consciente al mismo tiempo de su pequeñez y de los condicionamientos impuestos por un stablisment y un cargo, inducir en nuestras sociedades acomodadas la conciencia universal basada en que compartimos un único planeta y que las fronteras no hacen distinciones en la dignidad humana?

[Julio de 2015, en Bolivia, denunciando los silencios de los gobiernos frente al cambio climático y reclamando la movilización de los ciudadanos para forzar la acción frente a ello] (02:23)

[Noviembre de 2015, abriendo la Puerta Santa de la Catedral de Bangui, por primera vez fuera de Roma, haciendo de ese lugar y en ese momento la capital espiritual del mundo, como símbolo de todos los países que sufren la guerra] (06:52)

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¿Cómo puede una persona, consciente al mismo tiempo de su pequeñez y de los condicionamientos impuestos por un stablisment y un cargo, provocar un intento de cambio en un infierno olvidado del mundo?

[Noviembre de 2005, en visita a un campo de refugiados en la República Centroafricana, un estado violento y fallido] (26:29)

[Noviembre de 2005, en la visita a la República Centroafricana, o cómo hacer que una presidenta pida perdón en público por el mal creado] (00:59)

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Reflexiones: el principio cooperativo de la educación

educaciónEducación.

La Experiencia Cooperativa de Mondragón manifiesta que para promover la implantación de los anteriores Principios es fundamental la dedicación de suficientes personas y recursos económicos a la Educación, en sus diversas vertientes:

1.- Cooperativa, del conjunto de los socios y en especial de los elegidos para los órganos sociales.

2.- Profesional, en especial de los socios designados para los órganos directivos.

3.- En general, de la juventud, propiciando el surgimiento de hombres y mujeres cooperadores, capaces de consolidar y desarrollar la Experiencia en el futuro.

La educación es el segundo gran pilar sobre el que se construye la Experiencia Cooperativa de MONDRAGON.

Universalizar la educación es la clave para asegurar la igualdad de oportunidades. El desarrollo personal y profesional nos permite adoptar continuamente más capacidad de autogestión y de decisión y por consiguiente configurarnos como individuos libres.

Seguro que no les extraña que me guste contraponer dialécticamente formación con educación, porque la primera tiene objetivos concretos y se orienta al hoy y al aprendizaje operativo, mientras que la segunda nos constituye como seres humanos poderosos, nos prepara para el futuro, nos hace competentes en definitiva para enfrentar retos que aún ni siquiera somos capaces de vislumbrar… e incluso nos capacita para aprender.

En la reflexión en torno a este último principio a repaso (con el que terminaré esta larga serie, a falta tan solo de una especie de sumario de conclusiones), aparecen conexiones con muchos de los principios anteriores. Su carácter de principio-en-la-base-de-todo explica bien por qué se conecta con facilidad con la vivencia de cualquiera de los valores declarados: cooperación, participación, responsabilidad social e innovación.

Vamos a ello…

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Sentirse propietario y protagonista implica entender que, en un mundo donde la diferenciación en valor procede casi en exclusiva del trabajo de conocimiento, no crecer continuamente como profesional y como persona es probablemente el mayor ejercicio de insolidaridad que un individuo puede ofrecer frente a un colectivo del que forma parte.

Pero muchos de los caminos transitados a nivel colectivo y social por las cooperativas en los últimos años han conducido, a mi modo de ver, a lugares no deseados. El crecimiento y la globalización de la actividad empresarial ha obligado a aumentar fuertemente la profesionalización no solo del trabajo sino también de las estructuras de decisión.

Paradójicamente, la mayoría de las personas critican el alejamiento entre individuo y poder sobre las decisiones empresariales… al mismo tiempo que aceptan que el camino emprendido no tiene alternativas. Es un círculo vicioso que se refuerza en el tiempo como una espiral y que genera crecientes dosis de desconfianza interna, resignación a no alcanzar la competencia necesaria para fundar opinión… y como derivada una posición mucho más pasiva que busca asegurar el bienestar actual en el futuro más a través de la exigencia a los líderes que a uno mismo.

En los últimos decenios, las cooperativas han tratado de hacer frente a este fenómeno a través de la regulación del trabajo, la manera más simple que se ha encontrado para tratar de aportar “subjetividad” y “justicia” a las comparaciones y demandas internas de un colectivo cada vez más numeroso y desconfiado.

Pero es un camino limitado. Las quejas sobre el funcionamiento de los órganos de gobierno, por un lado y por otro, el cuestionamiento de su legitimidad y en general la insatisfacción por el funcionamiento interno, aunque no se sepa muy bien cómo proponer un modo diferente de hacer, son crecientes y sospecho que lo seguirán siendo en el futuro.

Además, esa regulación del trabajo ha conducido a una cultura de derechos frente a las obligaciones, de poder frente a responsabilidad, pasiva frente a constructiva, reivindicativa frente a inquieta… En definitiva, a un esquema mental inmovilista, de “funcionariado”, en el sentido crítico con que con frecuencia utilizamos ese término.

Obviamente, estoy construyendo un tópico y sé que es injusto generalizar de esa manera, porque la realidad es diversa y los ejemplos de lo contrario son numerosos… pero todo tópico, créanme, tiene una base de fondo que conforma el subconsciente larvado que define en cada momento la naturaleza de todo colectivo humano.

Creo honestamente que una de las pocas herramientas eficaces que tenemos a medio y largo plazo es reforzar fuertemente nuestra apuesta por la educación. No ha habido tradicionalmente una carrera de “empresariado” (que no “empresariales”) en nuestras universidades, pero debería haberla en el interior de las cooperativas, porque cada socio tiene el mismo poder de decisión (su voto) y yo no tengo dudas de que la mezcla de querer y poder, sin el saber, es una bomba de relojería que estalla en cuanto la confianza (muchas veces un tanto emocional o ciega) se resquebraja.

Y un apunte más: alguien debería decir que el esfuerzo que ello requeriría no podrá siempre extraerse del tiempo “normativo” de trabajo (me atrevo a afirmar que ya nunca podrá hacerlo en las condiciones que necesitamos), que el “café para todos” es perverso, que el igualitarismo mata la motivación y la explosión del talento… y que ser socio significa un compromiso que nada tiene que ver con cualquier planteamiento que se parezca siquiera remotamente a “derechos sindicales”.

Dicho queda.

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Cuando hablamos de participación, tanto en su vertiente societaria como en la pura gestión de la actividad diaria y de la empresa, es necesario redundar en la idea vertida al principio de este artículo: una participación efectiva requiere la confluencia en el individuo de querer, saber y poder participar.

No basta con que se delegue poder a través de mecanismos de delegación y autogestión, no basta con establecer un propósito y un clima de trabajo que excite la voluntad de las personas para tomar parte en la construcción colectiva (y no me dirán que esto no es difícil), sino que es igualmente necesario que las personas hayan alcanzado el grado de capacitación requerido para tomar las decisiones en que en cada momento se vean implicadas.

Esto es sencillo cuando se trata de modelos de autogestión y de capacitación para la actividad diaria, pero en las cooperativas… además hay que decidir sobre la empresa, sobre quienes nos representan en los órganos, sobre qué orientaciones estratégicas se aprueban, sobre qué personas se sostienen o se relevan en la dirección del proyecto común.

A la necesidad de educación para esto último ya nos hemos referido en el apartado anterior… y en lo que respecta a la participación en la gestión, el trabajo en equipo se vuelve una herramienta de aprendizaje tácito y sistémico de un potencial extraordinario.

Es verdad que el trabajo en equipo es una seña inequívoca de identidad del funcionamiento de las cooperativas, pero… ¿de verdad se extiende a la generalidad de los socios? ¿No hay aún un porcentaje muy significativo de personas en cuya labor cotidiana no se incluye prácticamente nunca el trabajar en equipo? ¿No nos limita eso de forma muy notable, entre otras cosas, en la capacidad de decidir y de formarnos un criterio propio y bien fundamentado sobre lo que observamos a nuestro alrededor? ¿No incrementa las amenazas para la confianza?

Me tienta… pero no debo volver a hablar de autogestión aquí si no quiero que este post sobrepase decenas de miles de palabras (no bromeo).

Reitero que ya lo he hecho extensamente en el blog en un conjunto de 6 artículos que pueden encontrar bien ordenados y enlazados desde la página de Temas de Empresa de esta bitácora, dentro del epígrafe reservado a la estrategia de gestión y en un apartado titulado “El impulso de la autogestión”.

También en ese mismo epígrafe hay otro capítulo titulado “Gestión de personas y trabajo de conocimiento”, donde se enlazan algunos artículos que considero relevantes para esta reflexión. En ambos capítulos están algunos de los artículos de los que más orgulloso me siento, pero sobre todo… varios de los más valorados por ustedes, mis queridos lectores.

Así que lo dejaremos aquí…

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Divulgar, educar a la sociedad en las bondades del modelo cooperativo es en sí mismo un excelente ejercicio de responsabilidad social.

Con demasiada frecuencia asumimos que lo nuestro es fundamentalmente para nosotros, que bastante tenemos con trabajar para que esto funcione como teóricamente debiera… Creo que los problemas derivados de la dimensión que hemos alcanzado nos hacen perder perspectiva de lo que abrazar un modelo cooperativo puede significar para una pequeña o mediana empresa.

No se trata de hacer proselitismo. Hay una labor de divulgación que se realiza desde el nivel corporativo, a través de colaboraciones a nivel internacional con organismos e instituciones interesados en la economía social. Es importante explicar lo que somos y como funcionamos cuando alguien nos visita… y lo hacemos.

Pero creo que falta interiorizar el valor de todo ello y hacer un esfuerzo de divulgación mucho más activo, en los barrios en los que estamos, en los foros que compartimos con otras empresas, entre nuestros proveedores y clientes… y fundamentalmente en las escuelas profesionales y en las universidades.

Quizá alguien piense que los alumnos de Mondragon Unibertsitatea entran en su abrumadora mayoría a formar parte de alguna empresa cooperativa tras acabar sus estudios… Otros quizá piensen que al menos salen sabiendo valorar el diferencial que aporta este modelo de hacer empresa…

Pues déjenme decirles que ni lo uno ni lo otro.

Y si no sucede aquí… ¿qué creen que sucede en el resto del tejido educativo de la comarca o del país?

Si creemos que el modelo cooperativo es de verdad un modelo más respetuoso con la dignidad del ser humano, ¿no deberíamos explicarlo y divulgarlo constante y activamente, como una obligación casi moral?

¿No deberíamos dedicar muchos de nosotros una parte de nuestro tiempo a la educación de las nuevas generaciones?

Por principio, vamos… (porque si es por otra cosa, ya entiendo que quizás no…)

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Postulo que la apuesta por la educación es inexistente o al menos insuficiente cuando hablamos de innovación.

Es cierto que la innovación ha comenzado a tener un cierto espacio en la formación universitaria de las generaciones que se irán incorporando a nuestras cooperativas, pero aún lo hace de forma muy sesgada, focalizada en algunos grados y posgrados pero sin trabajar el carácter emprendedor e innovador de todas las personas independientemente del contenido académico que seleccionen para su carrera.

El panorama es aún más desolador en el interior de las empresas. La apuesta por la cultura de mejora continua fue muy intensa, en general, y ahí sí se han realizado algunos esfuerzos educativos muy relevantes, al menos en algunas cooperativas. Sin embargo, la innovación exige otras disciplinas personales muy alejadas de las disciplinas y rigores que implican el mantenimiento y revisión continua de estándares, tanto en objetivos como en ritmos, en riesgos y en ambiciones.

En lo referente a la educación cooperativa, es necesario trabajar fuertemente en la importancia de la renovación permanente como parte esencial de la sostenibilidad de la propia experiencia cooperativa: todos los socios y en especial los que accedan a puestos de liderazgo ejecutivo y los que se integren en órganos sociales y de gobierno de las cooperativas, deberían educarse permanentemente en la necesidad de afrontar el riesgo inherente a la actividad empresarial, de la diversificación como estrategia de sostenibilidad del proyecto colectivo, o de la innovación como elemento de diferenciación y competitividad. Nuestra condición de empresarios, aunque se ejerza de modo singular, nos conduce a entender la necesidad de afrontar la incertidumbre con confianza, en paralelo pero más allá de la imprescindible excelencia en la gestión o de la seguridad de lo conocido.

Perseverar además en las labores de antena, formación, divulgación y sensibilización sobre las transformaciones que se están produciendo vertiginosamente a nuestro alrededor, en una perspectiva de largo aliento, se convierte en una obligación ineludible.

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Termina aquí la serie dedicada a interpretar el significado de los principios actualmente vigentes de la Experiencia Cooperativa de MONDRAGON, al hilo de lo que puedo observar que sucede hoy en nuestro mundo.

Es seguro que una mayor dedicación de tiempo generaría más preguntas abiertas y más propuestas de cambio, pero ésta busca ser solo una simple aportación personal a un debate que creo debe abrirse con seriedad y profundidad.

Mi intención inicial era redactar un último post resumiendo precisamente interrogantes y proposiciones, pero he cambiado de opinión, aun a sabiendas de que aportaría simplicidad: quiero evitar que acabe siendo una lista de propuestas que cada uno juzgue al primer vistazo. Debo insistir en que mi intención ha sido provocar reflexión sobre la materia, más allá de lo afortunado o no que haya estado personalmente en traducirla en propuestas… o del grado de acuerdo o desacuerdo con el que cada lector reciba cada una.

Sabía desde el principio, hace ya medio año, que esta serie se iba a situar en los límites de interés de muchos de quienes se han pasado hasta ahora por aquí… pero siento decirles que en esta ocasión no voy a poner las cosas sencillas, que voy a “castigar”, a cada sufrido lector interesado, con la obligación de ir a leer con detenimiento cada uno de los post… si decide entrar en la materia. 😉

La serie completa es la siguiente: