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Reflexiones: ética y negocio

Retribuir al accionista” es una de las máximas que aparece en letras de oro en la descripción clásica de la función de una compañía. Cierto es que las mismas teorías clásicas reconocen en su mayoría y al mismo tiempo la “función social de la empresa” (basada en la creación de riqueza y de empleo que genera su actividad, directa e indirectamente, en el entorno en el que opera), aunque sea como consecuencia derivada de la misma y no como propósito original.

Sin embargo, hace ya tiempo que ambas funciones se han quedado muy cortas para lo que la vida económica y social de las sociedades contemporáneas están dispuestas a tolerar… o, como veremos en los siguientes párrafos (si me acompañan con su lectura, queridos lectores), al menos en un número importante y creciente de ocasiones.

Hoy nadie pone en duda que el profundo progreso de la globalización de los mercados (cuyo efecto más positivo ha sido la reducción de los niveles de pobreza en el planeta), ha hecho que algunas de las consecuencias indeseables que también ha generado, como la desigualdad, la explotación o la corrupción, se enfrenten a un mundo donde el conocimiento y la información, formal o informal, veraz o tergiversada, también fluyen de manera planetaria. No es pues posible ya vivir con los ojos cerrados: los flujos de información distribuida abren grietas en los esquemas clásicos de función empresarial, a poco que se descuiden sus responsables.

Nadie, desde un plano teórico al menos, cuestiona que la retribución al accionista, lícita como contraprestación al riesgo a que somete a su patrimonio, solo puede ser (al contrario que desde el concepto anterior) una derivada de otros propósitos que primero se identificaron con aportar valor para el mercado (“el cliente es el rey”), luego con aportar valor social (“responsabilidad social corporativa”) y en la actualidad también aportar valor para la persona empleada (del “capitalismo emocional” a la “guerra por el talento”).

Es de ahí de donde nace, en definitiva, el trinomio de sostenibilidad económica, social y medioambiental que define hoy cualquier modelo de gestión sostenible.

Pero lo que diferencia la época actual de la inmediata precedente no es un territorio de conceptos… sino de juicios. Hablo de esos flujos de información distribuida que generan un juicio social que acaba impregnando (en el lado bueno) o impregnado (en el malo) por la política, los mercados y hasta los emergentes movimientos sociales de empoderamiento ciudadano, contaminados a su vez y con frecuencia por los anteriores en un tótum revolútum en el que es francamente difícil discernir, con demasiada frecuencia, dónde está la paja y dónde el grano.

Lo que es importante entender es que este escenario es un hecho que nos acompañará al menos durante un buen puñado de años y que descuidarlo puede tener consecuencias catastróficas para un negocio.

Así que tengan cuidado si tienen algo que ocultar: las paredes oyen más que nunca, los ojos se multiplican sin ser vistos y las posibilidades de difusión… son casi incontrolables.

Internet lo ha cambiado todo.

XXX-LEAKS, XXX-GATE, FILTRACIONES…

El escándalo por filtraciones intencionadas de secretos o de informaciones reservadas es un fenómeno ya muy viejo, con casos de impacto socio-político relevante cuyos protagonistas (delatores o “whistleblowers”) la Wikipedia registra en una tabla que comienza en el siglo XVIII (salvando la pintoresca referencia a Fray Bartolomé de las Casas de 1515 🙂 ).

Si se analiza la evolución histórica y en especial la más reciente, es fácil observar cómo los casos de fugas de información se han ido “democratizando”, pasando desde los secretos de estado a manipulaciones fraudulentas de capitales en el mundo financiero, sobornos, manipulaciones y comisiones ilegales en empresas, ocultamiento de patrimonios personales… y hasta contratos ligados al fútbol o actividades de la vida privada de millones de personas.

Pero hay otras lecturas que pueden hacerse de la evolución histórica, al margen del impacto mediático de casos como el Wikileaks de Manning, el de los documentos sobre espionaje de la NSA de Snowden, o el del HSBC de la lista Falciani.

Internet ha provocado en los últimos años un incremento brutal de las fugas de información: al mismo tiempo que la información digitalizada se almacena en volúmenes que crecen exponencialmente, la posibilidad de filtrar grandes masas de información crece igualmente y en la misma proporción. Todo depende de que haya un individuo capaz y comprometido con la fuga de información, por la razón que sea, para que los secretos queden al descubierto. Pues bien… la gráfica que se muestra a continuación refleja los casos de “delatores” que la Wikipedia tiene registrados en la tabla antes mencionada desde el año 1965… ¿Notan el crecimiento exponencial que se había empezado a producir hasta el año 2012? ¿Y no les llama la atención la drástica caída hasta 2016?

Los estados y los núcleos de poder reaccionaron en 2010 tras el Cablegate de Wikileaks persiguiendo con fiereza a los responsables personales de la filtración (Edward Manning) o de la difusión de la información (Julian Assange), hecho que tuvo un segundo gran episodio en la publicación de documentos que sobre sistemas de espionaje masivo de ciudadanos por parte de la NSA protagonizó Edward Snowden en 2013.

¿Qué ocurrió a continuación?

Pues que 3 años después volvió a aparecer otra filtración masiva, la mayor conocida en la historia, centrada en documentos mercantiles que afloraban prácticas fraudulentas (o cuando menos poco moralizantes fiscalmente hablando) de innumerables personajes públicos en todo el mundo: los Panamá Papers. Pero en esta ocasión… ¿alguien sabe quién fue el whistleblower de los Papeles de Panamá? ¿Nadie?

El crecimiento estadístico de los delatores detectados se ha quebrado… pero el volumen de información aflorado no.

Hay cosas… que ya no se van a poder detener.

ESTÁ EN LA NATURALEZA…

Es necesario huir del maniqueísmo de pensar en términos de “teorías conspiranoicas” para todo lo que sucede, de la existencia de un oculto “poder maligno”, de considerar que “los poderosos” son una casta cerrada y ajena a nosotros, conformada por extracción de la sociedad de quienes heredan el germen del mal. Las estadísticas muestran tozudamente que esas castas heredables existen, pero son una auténtica minoría entre los que ostentan poder… cada vez más. El poder “se rellena” en gran medida, generación tras generación, por personas “normales” cuyas vidas transcurren orientadas a alcanzarlo, pero que muchas veces no nacen con esa intención, vidas que en un determinado momento de su existencia se consideran responsables del futuro de sus conciudadanos, e incluso de salvar al mundo erradicando lo que consideran (y a veces acertadamente, no lo olvidemos) el ejercicio del mal.

Y cuando un ser humano se considera a sí mismo responsable de “salvar” a los demás… el relativismo echa raíces, la ambición ciega y el ego se demuestra insaciable en el camino a la gloria, personal o social.

Volviendo la mirada hacia la empresa, no es posible negar que se encuentran razones para el desalineamiento de la acción empresarial y los valores ligados a comportamientos éticos:

  • La naturaleza de la función directiva – Las decisiones suelen ser complejas, hay que actuar con rapidez y existe mucha presión para lograr los máximos beneficios en el menor plazo posible.
  • La inercia en los procesos de decisión – Los equipos pueden ser muy grandes y resulta difícil cambiar su rumbo.
  • Una cultura empresarial poco sensible – Se da una importancia central a los resultados, todo se subordina a lo económico.
  • La racionalización de las conductas – Mensajes como “siempre se ha hecho así” o “si no lo hacemos nosotros lo harán nuestros competidores” justifican cualquier comportamiento y desactivan a quienes pretenden actuar de modo distinto.
  • Procesos de socialización – “Así se trabaja en esta casa” o “debes hacerlo si quieres ser uno de los nuestros” son otros lemas que anulan las críticas, apelando al sentido de la lealtad y al deseo de pertenencia de los empleados.
  • Los valores predominantes en la sociedad – Nada de lo anterior tendría grandes consecuencias si la sociedad en su conjunto no estuviera gobernada por valores como el individualismo, el utilitarismo, el emotivismo y el relativismo.

El problema de “caer en el barro” es que las consecuencias positivas de una acción no ética se observan con rapidez (se adoptan justificadas en razones como las anteriores, pero siempre con un propósito definido)… pero el impacto real sobre la compañía y sus dirigentes de las potenciales consecuencias negativas NUNCA se interioriza hasta que ocurre, mucho más tarde.

CASOS PARA TODOS…

En el mundo económico, el recuerdo más sangrante y dramático que seguro tendrán grabado a fuego es el de la caída en 2008 de Lehman Brothers, el banco americano de inversión, fruto de un descalabro del mercado inmobiliario derrumbado sobre la vergonzosa práctica de las hipotecas subprime, a su vez esparcidas por todo el mundo. Aún no nos hemos recuperado en el planeta del desastre que provocó todo aquello… y no sé ni si habrá aún consecuencias colaterales que perduren en la política y en la sociedad… ni si habremos aprendido algo.

La connivencia de grandes empresas con la política ofrece casos como el de la petrolera brasileña Petrobras, inmersa en un escándalo de sobornos por adjudicaciones que terminaros por financiar al partido en el gobierno, a sus campañas electorales y a muchos responsables públicos… y que derivó finalmente en una pérdida del 70% de su capitalización bursátil, más adelante en la destitución indirecta de Dilma Rousseff, presidenta del país… y ya veremos en qué más aún.

Éste de la corrupción política, con comisiones por adjudicaciones a empresas mediante, es un territorio abonado en muchos países, como saben… y de todo color político. En España, baste recordar el reciente asunto del Canal de Isabel II (que está suponiendo el desmembramiento de todo su entramado internacional), los casos de financiación irregular de PP, PSOE o CIU (GürtelBárcenas, Púnica, Filesa, ERE, Palau…), u otros más diversos que pueden ir desde la comercialización para consumo humano de aceite de colza desnaturalizado, hasta los casos de las torres KIO, Rumasa, Banesto, Gran Tibidabo, RoldánPaesa, Forcem, Fórum, Gescartera, ITV, etc., etc., etc.

Aparentemente, casi siempre hay empresas aportando comisiones jugosas a cambio de favores y contratos públicos, pero sin embargo, en nuestro entorno y sin saber muy bien por qué, el juicio social cae más sobre los políticos que sobre los empresarios… por ahora.

Porque “cuando las barbas de tu vecino veas pelar…”

¿Se acuerdan de Enron, el gigante norteamericano de la energía? Su desplome y quiebra tras destaparse sus sobornos y la manipulación de su contabilidad llevaron al desempleo a decenas de miles de trabajadores y a la pérdida de miles de millones de dólares a sus accionistas. ¿Y qué me dicen de Arthur Andersen, en aquel momento una de las firmas de consultoría de mayor dimensión y prestigio del mundo, desaparecida en menos de un año al verse arrastrada por la corriente de Enron, por connivencia y ocultación de sus estados financieros?

Famoso es también el caso de Siemens en Grecia, donde se dilucida un posible soborno de docenas de millones de euros a cambio de la obtención del contrato de digitalización de la red telefónica del país y donde hay varios responsables alemanes encausados, en un estado donde el soborno a un alto funcionario público está penado con cadena perpetua. Claro que eso no es nada comparado con los 12.000 ciudadanos de Arabia Saudí identificados en la filtración de datos de Ashley Madison, que desvela un comportamiento (el adulterio) que ese país castiga con la pena de muerte… pero no está mal eso de la cadena perpetua, ¿no creen? Una broma.

Podemos seguir, con casos más grandes y más pequeños… Como con el escándalo de utilización de carne en mal estado por parte de McDonald’s en China en 2014, que redujo sus ventas mundiales en un 4% en el mes posterior, con la reducción de casi 70.000 millones de ventas de Nestlé en 2015 tras la detección de plomo en sus fideos Maggi, con la dimisión del presidente de Toshiba y el despido (por ajuste de supervivencia) de más de 7.000 de sus empleados tras descubrirse ocultaciones contables, con la reducción a la mitad de los pedidos domésticos en Japón de los vehículos de Mitsubishi hace solo un año por la manipulación de pruebas de la eficiencia de la combustión, que finalmente acabó con su absorción por la alianza Renault-Nissan…

Para terminar, Volkswagen como paradigma: la instalación de un software ilegal para engañar durante las mediciones de gases contaminantes en 11 millones de vehículos diésel en todo el mundo, detectado en USA en 2016, obligó a la compañía alemana a pagar pagar 17.500 millones de dólares como compensación a los propietarios de los vehículos afectados y a los concesionarios (y una multa de 4.300 millones al Departamento de Justicia), condujo al achatarramiento más que probable de 325.000 vehículos devueltos por sus propietarios, e implicó la imputación penal de 6 ejecutivos de VW, además de la dimisión de su presidente. Y eso solo en Estados Unidos, donde a finales del año pasado la compañía anunció que renunciaba definitivamente a la venta de diésel, en un nicho de mercado del que poseía una cuota cercana al 70%.

El impacto en Europa del llamado Dieselgate está sin cuantificar… pero la sombra de la sospecha se ha extendido a otros fabricantes y el futuro de la tecnología diésel en el mundo es ciertamente sombrío, empujado en sentido contrario por la ola del vehículo eléctrico como tabla de salvación.

Eso sí… VW siguió siendo el primer fabricante del mundo. Como les decía, los comportamientos poco éticos en las empresas (y añadan aquí a multinacionales textiles o tecnológicas y la explotación infantil, por poner otro ejemplo) no acaban de tener consecuencias dramáticas en la reacción de los mercados de consumo europeos y de otras regiones del mundo, donde a pesar de las crecientes protestas sociales nadie parece estar dispuesto a castigarse a sí mismo… sobre todo si de esas situaciones se deriva una oportunidad de adquisición de un bien en condiciones ventajosas… 😦

PERO BASTA CON UNA PERSONA…

Es otro signo de los tiempos: una sola persona puede estropear el mejor escenario dibujado sobre malas prácticas.

No es solo una cuestión de los tristemente famosos Manning, Assange, Falciani o Snowden…

En el caso VW, el escándalo se destapó a raíz de un estudio realizado por la Universidad de West Virginia, financiado por la organización sin ánimo de lucro ICCT, realizado por un pequeño equipo de 4 personas (entre ellas, el ingeniero valenciano Vicente Franco).

Hay en el mundo muchas organizaciones de cuyo trabajo se pueden desprender consecuencias inesperadas… y son tantas… que su control es simplemente imposible.

Pero es que además hay personas que, como individuos, han optado por tener un comportamiento ético diferenciado del estándar de la sociedad a la que pertenecen, tras ser conscientes del poder o el privilegio al que pueden aspirar.

Hagamos un paréntesis…

¿Saben quién es Grigori Perelmán?

Es un matemático ruso que ha hecho contribuciones históricas a la geometría riemanniana y a la topología geométrica (¡por favor no me pregunten por ello…! 😛 ).

En particular, ha demostrado la “conjetura de geometrización de Thurston”, con lo que se ha logrado resolver la famosa “conjetura de Poincaré“, propuesta en 1904 y considerada una de las hipótesis matemáticas más importantes y difíciles de demostrar.

En agosto de 2006 se le otorgó la Medalla Fields (considerada el mayor honor que puede recibir un matemático) por “sus contribuciones a la geometría y sus ideas revolucionarias en la estructura analítica y geométrica del flujo de Ricci”. Sin embargo, él declinó tanto el premio como asistir al Congreso Internacional de Matemáticos.

El 18 de marzo de 2010, el Instituto de Matemáticas Clay anunció que Perelmán había cumplido con los criterios para recibir el primer premio de los problemas del milenio de un millón de dólares, por la resolución de la conjetura de Poincaré. Pero él, como en el caso anterior, rechazó también dicho premio y declaró: “No quiero estar expuesto como un animal en el zoológico. No soy un héroe de las matemáticas. Ni siquiera soy tan exitoso. Por eso no quiero que todo el mundo me esté mirando.”

¿Y saben quién es Moxie Marlinspike?

Pues un genio. Su batalla civil, empresarial e ideológica se sustenta en principios cuasi-anarquistas. De él (su nombre es un apodo), se dice que es el hacker más respetado y temido, un joven programador y empresario que se alza contra la monitorización del estado y que llamaría poderosamente la atención a primera vista en una reunión de grandes firmas, en mundo en el que todavía asoma el traje cruzado, la corbata del siglo pasado, un ministro y una “ristra de folletos” para recibir una subvención.

Whisper Systems es su respetadísima empresa en Silicon Valley, creada tras abandonar su responsabilidad sobre la seguridad de Twitter. Desde allí lanzó dos nuevas aplicaciones para dispositivos que usan Android (RedPhone y TextSecure), para impedir el espionaje incontrolado de las comunicaciones: “Los protocolos de Internet no fueron diseñados sobre un concepto de seguridad, así que hay mucho trabajo por hacer. No se trata de elegir entre usar Google y no preocuparse por la privacidad o dejar de usar el buscador. Tenemos que crear las posibilidades para que la gente use herramientas de seguridad”.

Rechazó hace tres años 1 millón de dólares anuales del Departamento de Estado por trabajar para ellos. En cambio, en 2016 fue quien cerró el cifrado de los mensajes de Whatsapp.

Hay gente así, en todo el mundo. Personas que pueden aflorar una información comprometida o desarrollar soluciones que incomoden a una gran empresa o al poder político, con consecuencias a veces difíciles de predecir.

Y no van a desaparecer.

Individuos como Gregori Perelmán o Moxie Marlinspike ha habido siempre. No es que las nuevas generaciones sean esencialmente diferentes… pero sí lo es su capacidad de empoderarse como individuos y de autoorganizarse colectiva y distribuidamente.

Tomen nota.

POR DÓNDE EMPEZAR…

Tal vez piensen que todo esto es privativo de las grandes multinacionales y de los grandes centros de poder… pero no, no es así. El riesgo de caer en estas prácticas afecta potencialmente y por igual a empresas de cualquier lugar, grandes, medianas y pequeñas, en momentos donde el fiel de la balanza se inclina muchas veces solo por una cuestión de oportunidad. Como en los procesos de corrupción política, nadie nace corrupto, sino que su camino vital le lleva ocasionalmente a lugares donde, quiera o no, se deberá enfrentar a decisiones que le situarán en el lado del bien o del mal.

Desde los manidos asuntos de aprovechamiento de activos de la empresa en que uno trabaja (desde llevarse folios a sacar fotocopias personales, pasando a temas mayores como el cobro injustificado de dietas, por poner algunos ejemplos de aprovechamiento personal), hasta los pagos en negro para solventar una reclamación en cliente, la entrega de regalos, comisiones o pequeños sobornos (a todos los niveles: desde un carretillero en una planta de producción del cliente para que mueva unos cestones que hay que seleccionar, hasta un responsable de relevo para que adapte el proceso para que se pueda procesar un material no conforme… o al pago de comisiones a un director de compras por la adjudicación de un pedido), o el eufemismo de algunos “gastos de representación” empleados en conseguir un contrato… las posibilidades que se abren para adoptar una posición ética o no ética en los negocios son numerosas.

Y recuerden que las presiones “utilitaristas” existirán.

Recuerden que los riesgos serán minusvalorados.

Pero recuerden también que, si se manifiestan… pueden ser demoledores.

Por eso, un primer paso es establecer una política de actuación clara y pública que identifique como no deseables determinados comportamientos internos que se consideren éticamente inadmisibles por parte de la empresa, incluyendo las consecuencias que se deriven de su incumplimiento.

Hablamos de un código ético.

Hace ya algunos años que algunas empresas, incluso, han empezado a exigir a sus proveedores la adopción pública de códigos éticos, preocupadas por que no solo en su actividad, sino en toda su cadena de suministro, no se produzcan comportamientos indeseados que puedan dañar su imagen pública y en definitiva su negocio.

Son instrumentos para promover la interiorización de valores organizativos y comunicar a todos los miembros de la empresa, e incluso a proveedores y subcontratas, el comportamiento que éstos han de seguir en sus relaciones con los diferentes grupos de interés de la compañía.

Pero no se equivoquen… un código ético no es una declaración de intenciones: adoptarlo puede derivar en implicaciones no cómodas en los sistemas de valoración, régimen disciplinario, compras, alianzas, captación de pedidos y muchos otros, que quizás haya que adaptar con seriedad y aplicar con firmeza.

Si quieren profundizar en los posibles contenidos de un código ético, les recomiendo una lectura detallada del documento elaborado por Silvia Ayuso y Jordi Garolera sobre “Códigos éticos en las empresas españolas, un análisis de su contenido” (editado por la Cátedra de Responsabilidad Social Corporativa de la Escuela Superior de Comercio Internacional, de la Universidad Pompeu Fabra), donde se estratifican datos de 2010 de numerosas empresas españolas y se comparan, además, con datos de 2002 de un grupo de contraste de empresas multinacionales.

En resumen, un código ético puede regular:

  • Las responsabilidades con los clientes (calidad, integridad, honestidad, confidencialidad…).
  • Las responsabilidades con accionistas (compromiso, transparencia, aumento de valor…).
  • Las responsabilidades con empleados (no discriminación, prevención de riesgos laborales, respeto…).
  • Las responsabilidades con proveedores (equidad, integridad, peticiones razonables…).
  • Las responsabilidades con la competencia (lealtad, respeto, libre mercado…).
  • Las responsabilidades con el medio ambiente (prevenir, restaurar, limitar, reducir la contaminación…).
  • Las responsabilidades con la sociedad (respeto de DD.HH., no trabajo infantil, imparcialidad política…).
  • El uso de fondos corporativos (no fraude, gastos injustificados o malversación de fondos…).
  • El uso de equipos corporativos (protección, conservación, uso apropiado…).
  • El uso de información corporativa (no uso de información privilegiada, no filtrar información confidencial…).
  • La relación con autoridades (no corrupción, soborno o conflictos de interés, no favoritismos…).
  • El uso del tiempo corporativo (no abuso privado de internet, no alcohol o drogas, no bajas injustificadas…).
  • El trato entre empleados (no discriminación ni favoritismo, no acoso sexual, no bullying…).

Desde hace ya unos años se habla de programas de Compliance, que añaden al contenido de los códigos de conducta el análisis y la protección frente a la responsabilidad penal, el compromiso de realizar informes de sostenibilidad según las recomendaciones del GRI o el respeto a la normativa legal interna y externa, entre otros aspectos.

Es además creciente la exigencia de algunos clientes de certificar partes del programa mediante auditorias de terceros. En el automóvil, por ejemplo, BMW, Volvo o Daimler caminan ya en esta dirección.

El mundo ha cambiado y urge ponerse a ello.

Esta vez, para bien.

Vibraciones: Javier Solana, MONDRAGON y Donald Trump

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Que Javier Solana tiene ya la suficiente edad como para estar definitivamente fuera del circo de la política activa lo dice la forma en que se refiere a Donald Trump de manera pública.

Quien aún asiste con asiduidad a las reuniones del Club Bilderberg y se jacta de haber borrado la palabra “no” del vocabulario de sus propias conversaciones y negociaciones con los mayores líderes mundiales (incluyendo algunos grandes dictadores, criminales de guerra y varios sátrapas) para alcanzar acuerdos “satisfactorios para todos”, no tiene empacho hoy en adornar abiertamente a Trump con los calificativos que libremente considera que merece.

El viernes pasado ofreció la conferencia principal de la edición de este año del internamente conocido como “Foro 400”, un acto de desarrollo directivo que anualmente congrega en el Kursaal de San Sebastián a un numeroso grupo de responsables de las cooperativas de MONDRAGON, centrado en esta ocasión en el concepto de intercooperación.

Quizá no haya sido ésta, a mi modo de ver, una de las más atractivas e importantes ediciones del Foro, pero sí dejó algunas pinceladas de interés que me apetece glosar, en particular de la intervención del propio Javier Solana.

Concretamente, dos de las gráficas que mostró en su presentación y que voy a compartir ahora aquí, añadiendo algunas de las cosas que sobre ellas Javier Solana dijo… y alguna de las que no dijo, pero digo yo… 😉

La primera gráfica, de hace ya cuatro años pero aún interesante, está extraída de los trabajos realizados por TeleGeography y glosada por The Economist. Se trata de la evolución del ancho de banda en uso de la red de cables submarinos en todo el mundo, en el periodo 1997-2012, desglosando los continentes o regiones mundiales a los que presta servicio.

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La lectura que de ella hizo Solana tiene que ver con el hecho de que las comunicaciones de alto nivel que trasladan información y conocimiento tienen su mayor demanda mundial en la conexión transatlántica, lo que es igual que decir (viendo la red de cables existente), básicamente entre Europa y Estados Unidos. Este flujo de información no es solo el más importante del mundo a nivel absoluto, sino que muestra un sólido crecimiento sostenido… en contraposición con la conexión transpacífica, la única cuyo crecimiento se muestra estancado en los últimos años.

La relevancia de Europa en este ámbito se refuerza aún más si consideramos que la franja de mayor crecimiento sostenido es ya la que corresponde a las conexiones entre Europa y Asia.

Dado que, si el gráfico hubiera mostrado el tráfico de mercancías, sería prácticamente lo contrario (entre Europa y Estados Unidos es ya casi testimonial), Solana concluía que aún Europa es protagonista de los flujos de información dominantes en el mundo… que el valor añadido más importante, el de la innovación y el conocimiento, aún radica en Occidente, a pesar de que la producción y el comercio de bienes estén definitivamente globalizados.

Lo que no hizo Solana es comentar otra derivada que bien podría extraerse de la misma gráfica: a poco que se fijen, advertirán también el sólido crecimiento de las comunicaciones intra-asiáticas, que suponen ya el segundo mayor bloque de comunicaciones del mundo, de igual dimensión a las transpacíficas… lo que bien puede interpretarse como un incremento imparable de la independencia de Asia frente a la hegemonía americana. Y también a esto podría sumarse el que la franja de mayor índice de crecimiento es la que conecta Europa y Asia, pero entendiéndolo en sentido contrario al que antes aparentaba, ¿no creen? 😉

Don Javier mostró otra gráfica que no es difícil encontrar en la red: la evolución comparada del PIB en PPP entre Estados Unidos y China. De ser la norteamericana 4 veces superior en 1996, a igualarse solo 8 años más tarde, en un fenómeno acelerado en unos 10 años al menos frente a las previsiones, como una de las consecuencias de la gran crisis que hemos sufrido.

No olviden este dato porque lo podrán conectar de inmediato, como un punto y seguido, con la gráfica que viene a continuación…

Extraído de una publicación de hace menos de un año del economista Branko Milanovich en el Harvard Business Review, se trata de un gráfico de barras que representa el incremento de los ingresos que ha tenido la población mundial en el periodo 1988-2008, 20 años en los que la globalización ha tomado carta de naturaleza. Cada barra representa el 5% de la población clasificada por riqueza, ordenada de menor a mayor. El 5% más rico, por lo tanto, estaría en el extremo derecho, pero como excepción y para tener una mayor comprensión de lo que los datos nos ofrecen, lo divide a su vez visualmente en dos segmentos: quienes están entre el 2 y el 5% más ricos… y finalmente solo quienes pertenecen al 1% de los más ricos.

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Javier Solana puso el acento de su comentario en resaltar la transferencia de riqueza de las clases medias de Occidente (Europa y Estados Unidos) hacia la emergente clase media asiática, que ha visto incrementar sus ingresos netos (en términos comparables y traducidos realmente en poder adquisitivo, pues de nuevo están medidos en “paridad de poder de compra” o PPP) en torno a un 70% en el periodo frente al casi nulo incremento en la occidental.

Y… tachááánnn… he aquí la razón de un Trump. Ahí están sus votantes.

Y los de los emergentes populismos europeos… “de derechas”, claro.

Solana centró también nuestra atención sobre el indudable hecho de que los otros grandes favorecidos de la globalización han sido y son quienes engordan ese 1% de más ricos del mundo… y clamó por cambios que permitieran que parte de esa riqueza se redistribuyera para compensar a las clases medias.

Únanlo a la reflexión que les pedí que se guardaran sobre la evolución comparada del PIB-PPP entre China y USA… y ya tenemos armazón dialéctico bien estructurado para explicarlo todo… 😉

Eso sí, de lo que no hizo mención alguna Solana es del impresionante incremento de la presión impositiva que en Occidente han soportado esas clases medias, obviando que la riqueza no se transfiere tan linealmente, sino que es una sustancial creación de la misma la que permite que el crecimiento se distribuya mucho mejor que cuando se reparte, viejo proverbio liberal en el que creo a pie juntillas…

Hay otra lectura gratificante a la que hizo mención de pasada, pero que es de resaltar: la reducción significativa de la pobreza en el mundo, a pesar de que la desigualdad (con ese incremento de riqueza de los más ricos… tan obsceno, no me interpreten mal) siga creciendo.

Branko Milanovic lo explica bien todo en su libro “Global Inequality – A New Approach for the Age of Globalization“, por si quieren profundizar en el asunto. Un breve vídeo que resume la interpretación del gráfico de una manera muy visual y divertida pueden encontrarlo aquí.

Esto es todo por hoy… salvo que quieran que conversemos sobre ello, en una tertulia que se puede abrir aquí mismo. Es solo un poco más abajo.

Reflexiones: un grave e inminente problema demográfico… y laboral

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Entre nosotros, el proceso de envejecimiento de la población forma parte del paisaje cotidiano desde hace ya muchos años. Desde la política, la empresa y los medios de comunicación se nos alerta de que este fenómeno traerá consecuencias sobre el sostenimiento del sistema de pensiones, sobre la estructura productiva, sobre los flujos de inmigración o sobre el propio perfil socio-político del país, por poner algunos ejemplos.

Sin embargo y en paralelo, se da la paradoja de la inconsciencia real de que sus efectos están ya produciéndose entre nosotros y que como consecuencia vamos a sufrir inminentes problemas de orden práctico.

O eso… o es que cerramos los ojos por no querer ver, ¿no creen?

Esta misma semana, Julen Iturbe escribía un artículo glosando otro de Guillermo Dorronsoro titulado “Lo que la verdad esconde“, que exponía una serie de gráficos relacionados, entre otros factores, con las diferencias en la evolución de empleo público y privado en España en los años de la crisis, las diferencias en cuantías y crecimiento de los salarios en ambos segmentos… y cómo las titulaciones universitarias orientadas a trabajar en el sector público se habían ido colocando entre las más demandadas en estos últimos años, según los datos del EUSTAT, en paralelo al espectacular aumento de la deuda pública.

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Su conclusión era que las ‘verdades’ que justifican la preferencia por parte de la población del empleo público (“es más estable, ofrece ventajas claras para la conciliación y está mejor pagado“) “esconden una realidad silenciosa, oculta bajo la superficie: un sistema público que no consigue reducir un déficit estructural que va en aumento”. Una trampa para el futuro.

Julen prefería en su post centrar su mirada en otro factor también derivable del análisis de los gráficos (la aparente creciente predilección por las titulaciones de carácter “social”), en volver a clamar contra ese marketing empresarial contemporáneo en el que las etiquetas visibles (incluida de forma relevante “lo social”) lo son todo y en reclamar un propósito digno para la evolución y el uso de la tecnología.

Hace unos días, el gobierno en funciones (a través de Fátima Báñez, ministra del ramo), anunciaba la intención de plantear en la próxima legislatura que se pueda cobrar el 100% de la jubilación y trabajar a la vez, pocas fechas después de que la prensa aireara las declaraciones de Marcos Peña anticipando el agotamiento en 2017 de la hucha de las pensiones, fondo del que la ministra se encargó de recordar que no es un fin en sí mismo sino un instrumento de gestión meramente temporal.

Otra noticia también publicada recientemente anunciaba que, en un periodo de tan solo 30 años, España tendrá más jubilados que trabajadores y en concreto que mientras que “hoy hay casi 2’5 empleados por cada persona mayor de 67 años, a partir de 2046 habrá menos de uno” y que “el número de jubilados se multiplicará por dos en este periodo”.

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Para terminar con las referencias a la hemeroteca más reciente, y acortando los plazos de las previsiones, se publicaba también que Euskadi perderá nada menos que 80.000 habitantes en los próximos 15 años, descenso se producirá por una menor natalidad que mortalidad y a pesar de que hasta entonces llegarán más inmigrantes extranjeros y de otras comunidades que personas abandonarán el país.

Quizá, amables lectores, piensen que “largo lo fiáis”, que 15 o 30 años es un periodo, a estas alturas, en el que cualquier cosa puede predecirse sin riesgo de quedar en evidencia y con cuestionable probabilidad de que las cosas acaben sucediendo así… pero los datos demográficos se basan en la realidad de la pirámide poblacional que, salvo cataclismo bélico, se irá cumpliendo puntual e inexorablemente.

Y es más… ya se está cumpliendo en las franjas bajas de edad y ya han empezado las consecuencias, aunque aún no las percibamos social o empresarialmente.

Les invito a observar con detenimiento la siguiente gráfica (compartida en nuestra reflexión estratégica), que no está extraída de ningún artículo periodístico y que se basa también en datos oficiales contrastados. Se representan dos diagramas de barras cruzados, uno de ellos formado por las personas que cada año, en la CAPV, alcanzan la edad de 65 años (la referencia de jubilación) y otro formado por las personas que cada año alcanzan la edad de 24 (la teórica de incorporación al trabajo de titulados universitarios).

evolucion-jubilados-titulados

Frente a una historia pasada en la que cada año se jubilaban menos personas que las que se incorporaban en esa edad de 24 al mercado laboral… desde hace ya 6 años está sucediendo lo contrario. Y las perspectivas demográficas nos dicen que además, en los próximos 20 años este hecho se seguirá produciendo a un ritmo espectacular: cada año, se incorporarán entre 8 y 10.000 personas menos que las que se jubilarán.

O sea, que en los próximos 5 años estarán a disposición de las empresas 50.000 personas menos de las que se jubilen, para entendernos mejor. Y en 20 años… 200.000.

Solo en Euskadi.

Las medidas para alargar la vida laboral se van a volver imprescindibles, en la forma anunciada por Fátima Báñez, o en otras más o menos agradables para las personas según a cada una le vaya en ello.

Añadiendo a esto la reducción continua de alumnos en carreras técnicas y tecnológicas en beneficio de otras titulaciones universitarias, como veíamos en el post de Guiller… y teniendo en cuenta la importancia del sector industrial en nuestro territorio… habremos perfilado la tormenta laboral perfecta.

Y además, en tiempos de disrupción; donde el problema, más en la línea de las reflexiones habituales de Julen, se puede agravar con extrema celeridad.

Así que…

… Señoras Empresas…

… Respetadas y Distinguidas Empresas…

… más les vale construir una propuesta de trabajo atractiva para las nuevas generaciones (que además, en una parte muy relevante -la de mayor potencial creativo- no van a sentirse atraídas por modelos laborales acartonados donde encuentren difícil o poco gratificante aplicar su capacidad, desde un amplio grado de libertad, en la creación de valor)…

… porque VA A HABER TORTAS POR CAPTAR TALENTO.

Sin ninguna duda.

Y no se están enterando… o están ustedes cerrando los ojos.

Reflexiones: innovación empresarial hacia modelos sostenibles / (3) Extensión global

ética global

La tercera propuesta sobre innovación y sostenibilidad empresarial va sobre “el alcance” de la ética, sobre dónde se está dispuesto a llegar por responsabilidad, por ejemplo, en la superación de las obligaciones legales. ¿O creen que en la ética no ponemos fronteras?

La verdad es que muchas empresas vascas (que son las que más conozco) y en especial las industriales, han hecho bien los deberes para afrontar su existencia en una economía global, tanto desde el lado de los suministros como sobre todo desde el mercado, bien comprendiendo la necesidad de implantarse en el exterior o bien entendiendo la inevitabilidad de una mirada global desde lo local.

Pero en la mayoría de los casos, esa extensión de la actividad de la empresa se ha hecho con una motivación estrictamente económica, creando realidades que viven en las fronteras (cuando no al margen) de los parámetros por los que se gobierna y conduce la actividad matriz. Algunos rasgos que se observan:

  • Adquisiciones, fusiones, desinversiones y cierres decididos por criterios exclusivamente financieros, sin preocupación por la sostenibilidad a medio y largo plazo de la actividad económica y el trabajo en el territorio de implantación.
  • No integración del talento local ni traslado de prácticas de participación en gestión o negocio propias de la matriz.
  • Tolerancia ante prácticas sociolaborales y medioambientales que serían inadmisibles en la matriz.
  • Procesos de contratación comercial o negociación con las administraciones públicas realizados con demasiada frecuencia bajo parámetros dudosamente éticos.

Pero no solo medioambientalmente (que para todos es ya claro) sino como humanidad en sí misma, el mundo es cada vez más nuestra casa común, por lo que:

  • ¿No es momento de promover activamente la adopción de códigos éticos para la actividad empresarial en cualquier punto del planeta en que ésta se produzca? 
  • ¿No sería hoy, incluso, un factor de diferenciación y competitividad?
  • ¿Cómo se puede impulsar desde lo institucional?

En demasiadas ocasiones aún se mira para otro lado cuando se trata de “tirar adelante” en las actividades lejos de nuestras fronteras, justificados en que en determinados territorios es la única manera de “estar”.

La actividad económica ha generado oportunidades y progresos sociales (aún inestables o no consolidados en su mayoría) en naciones tradicionalmente abandonadas en el acceso a la educación, a la salud y a la riqueza… pero al mismo tiempo ha creado también desigualdades planetarias que los medios de comunicación y la conexión directa entre personas y colectivos a través de internet impiden ya no ver: hoy no es posible cerrar los ojos.

Creo que en mi empresa no somos precisamente un mal ejemplo de comportamientos éticos globales… sino todo lo contrario. Pero incluso en ella podría contar alguna anécdota “pelín” cuestionable, que afortunadamente tuvo un desenlace hasta divertido al final (seguro que no para todos, claro). No la contaré, porque sé que a más de uno no le gustaría y no es un asunto trascendente, pero… ¿alguno de mis queridos lectores es más valiente que yo?

Soy plenamente consciente de que cualquier decisión en el sentido positivo de la propuesta probablemente tendrá de partida costes, tangibles e intangibles pero con frecuencia relevantes. Habrá puertas que se cierren y prácticas que no se podrán mantener, pero… ¿creen que sería posible darle la vuelta a esto y convertirlo en una enorme oportunidad?

¿No estamos hablando, precisamente, de esta cara de la innovación?

Pues a ello, ¿no?

Reflexiones: innovación empresarial hacia modelos sostenibles / (1) Regeneración del tejido industrial

regeneracion industria

Hace diez días tuve el placer de participar en un seminario organizado en Bilbao, con un motivo inesperado y por una organización cuya existencia y actividad desconocía… que desvelaré en su momento para mantener un punto de sorpresa final… 😉

El asunto era explorar cómo las empresas nos relacionamos con el planeta en que vivimos, cómo entendemos la sostenibilidad desde nuestra actividad de producción o consumo y, en mi caso, cómo orientamos la innovación empresarial hacia modelos sostenibles… si es que lo hacemos.

La estructura del seminario era de 5 sesiones de trabajo entre febrero y abril, cada una de ellas con dos ponencias de “expertos” (función que en mi caso compartí con Lander Jiménez, quien expuso la experiencia de LKS) y un debate posterior.

No voy a aburrirles con la exposición que hice sobre la evolución de los factores que han guiado, tecnológicamente y en materia de gestión, la visión de actividad medioambiental, social y económicamente sostenible de mi empresa en los últimos 20 años, ni tampoco los ejes de lo que pretendemos abordar en el futuro más próximo, pero sí compartir algunas reflexiones que me pareció procedente dejar abiertas, tanto hacia quienes deciden el rumbo de las empresas, como hacia la administración y su política industrial o directamente hacia quienes trabajamos en ellas.

Voy a romper la tradición de esta bitácora y optar por escribir cinco artículos cortos en vez de uno largo. Será una reflexión abierta por artículo, alguna más tradicional (como esta primera) y otras más disruptivas… pero todas ellas sin respuesta o con respuestas insuficientes, a mi modo de ver, a día de hoy.

Comencemos por esa necesidad imperiosa de regeneración de una buena parte del tejido industrial del país…

La industria en general pero la vasca en particular, ha avanzado extraordinariamente en las últimas décadas hacia una actividad mucho más respetuosa con el medio ambiente y con el entorno en que se ubica, aunque el factor económico lastra muchas veces la utilización de las mejores técnicas disponibles (ver base documental), la optimización al límite de los consumos de energía y agua, la reducción radical de la producción de emisiones, vertidos y residuos o las posibilidades de su reutilización.

Pero mirando a la esencia de la empresa industrial en nuestro territorio, me gustaría destacar algunas características esenciales que la identifican:

  • Aún está conformada en torno a un alto porcentaje de negocios maduros (productos, tecnologías, procesos…).
  • En los buenos casos, despliega estrategias centradas en la excelencia en la gestión y en la innovación tecnológica.
  • Cultura de gestión de recursos, no de emprendimiento.
  • Desaparición de liderazgos que asuman grandes riesgos empresariales.
  • Desconfianza e impaciencia frente a la incertidumbre de creación de nuevos negocios.
  • Desprecio o infravaloración de la innovación en gestión, servicios y modelos de negocio.

Así que, ante el tsunami de cambios radicales que comienza a aceptarse que viviremos en el próximo decenio… una pregunta para quienes gobiernan nuestras empresas:

  • ¿Estamos realmente poniendo las bases de que en nuestro entorno siga existiendo trabajo sostenible y digno en el futuro?

Y para las administraciones públicas:

  • ¿No es momento de promover y favorecer una intensa cultura de emprendimiento entre las empresas, más allá de la iniciativa individual?
  • ¿Es posible provocar una explosión social de diversificación y de innovación en servicios y modelos de negocio entre el tejido industrial?
  • ¿Cómo forzarlo?

El asunto, como ven, no es precisamente nuevo: toca fenómenos cruciales para el futuro de nuestras empresas como la diversificación de sus negocios o la “servitización” de su propuesta de valor, ambos conceptos muy conocidos.

Pero… ¿alguien defiende que los estemos gestionando bien?

Reflexiones: el verdadero soporte de lo sostenible

Hace ya muchos meses, seguro que más que una docena, Manel Muntada dejaba escrito en un comentario que “el mundo actual no está hecho para disfrutarse enredándose en sus matices sino para consumirse en grandes cantidades, con rapidez y en envases reciclables”.

Pues esa frase es toda una verdad… pero es una lástima.

Y es que nos toca vivir una época en la que todo parece pervertirse y solo encuentra enfrente rancio populismo disfrazado.

Cola CaoHasta el concepto reciclable me empieza a parecer algo que esconde falsedad. Recuerdo aún las cajas metálicas de Cola Cao de cuando era niño. Son también reciclables, como las de plástico o cartón actuales, pero eso entonces no importaba… y realmente hoy no importaría. Porque aún conservo y uso un par de cajas de aquéllas casi en perfecto estado… y han pasado más de 40 años. Nada es más sostenible que eso, ni lo reciclado.

Me recuerda esta historia personal a otra que corrió por las redes también hace un tiempo: un análisis de una consultora norteamericana (creo recordar) que aseveraba que el Hummer, un mastodonte que fabricaba hasta hace 4 años GM y que consumía entre 15 y 20 litros de gasolina cada 100 km, era más sostenible que un Toyota Prius híbrido.

La afirmación se basaba entre otras cosas en que consideraba que todo Hummer encontraba un dueño como vehículo de segunda mano y tenía con él una segunda y larga vida (y a veces una tercera y una cuarta…), mientras que nadie en USA tenía la más mínima intención de adquirir un Prius de segunda mano.

Yo digo que ambas historias merecen pararse a pensar unos minutos sobre ello.

Y hay más…

Muchas de nuestras ciudades se han ido llenando de nuevos tranvías, que llevan consigo las etiquetas de vehículo eléctrico y transporte público, o sea, el paradigma de la sostenibilidad en el transporte urbano (incluso en comparación con los metros suburbanos, cuestionados por el coste de construcción de sus infraestructuras y por añadidura de su rentabilidad social).

Hummer-Prius plusPues déjenme decirles que los tranvías, desde mi punto de vista, son en la mayoría de los casos un transporte muy poco “sostenible”: ¿cuántas horas de cada día circulan, por el bien de la disponibilidad mínima que todos exigimos en cuanto a frecuencias de paso, casi vacíos o con una ocupación escandalosamente baja?

¿Qué coste unitario tiene transportar a 3, 5 o 10 personas en un vehículo de 40 toneladas de peso? Porque es una escena que, al menos en Bilbao (y sospecho que no es una excepción), cualquiera puede observar cualquier día…

Y no es el peor o el único ejemplo, claro… En Gipuzkoa, la Diputación impulsa un sistema coordinado de transporte por carretera mediante autobuses operados por diversas compañías afiliadas, bajo la denominación y la marca compartida de Lurraldebus.

El proyecto incluye tarjeta única de transporte, descuentos por uso, monitorización para la optimización del servicio… en definitiva, una magnífica idea. Pero, al igual que en el caso del tranvía, es frecuente ver autobuses que desplazan a un número muy reducido de personas e incluso (aunque lo consideren una anécdota, de verdad que no es demasiado raro a determinadas horas del día) a una única persona. La estampa da incluso un poco de pena, porque de nuevo muestra con claridad un servicio público de transporte de pasajeros en una de las formas menos sostenibles que cualquiera pudiera imaginar. Más sostenible… y a lo mejor más barato… había salido pagarle al viajero un taxi… 😉

Son solo dos ejemplos de un fenómeno, el de la noción de lo sostenible, que se ha impregnado en nuestras conversaciones entre tópicos que hemos acabado por hacer nuestros sin cuestionarlos en profundidad. Simplemente… hemos tomado posición desde el rechazo a lo contrario y como alternativa que se pone a mano.

O sea, nada nuevo: lo mismo que ha sucedido con casi todos los temas que son objeto de evaluación, valoración y conversación social. Desde la educación hasta la familia. Desde la política hasta el deporte. Desde la solidaridad hasta la justicia. Desde el cine hasta la religión.

La decepción para con comportamientos humanos vergonzosos e indignos no nos ha llevado a analizar la naturaleza humana (una vez más en la historia) y a entender sus consecuencias para saber qué se debe hacer, sino al maniqueísmo del “nosotros y ellos”… y a posicionarnos, en ese esquema, arrastrados por constructos colectivos que no son sino el producto de la misma labor táctica y estratégica de partes del mismo sistema… que simplemente no ocupan el poder.

Me estoy yendo un poco por las ramas, pero no demasiado, porque necesitamos recuperar cierto pensamiento científico en nuestros juicios (y obviamente, no me refiero, queridos lectores, a que necesitemos que los científicos piensen, jeje…). Necesitamos recuperar el pensamiento crítico individual, dejar de ser “seguidores”.

Y me da igual decir seguidores del poder o de lo contrario, porque no tengo duda de que todos los movimientos sociales que hoy nos permiten pensar que estamos cambiando el mundo, están impulsados y conducidos (si no al principio, siempre con el tiempo) por tácticas y estrategias promovidas por grupos políticos, sociales e incluso económicos situados en los bordes del sistema. Porque todo pertenece al sistema, aunque no lo veamos.

Es más, cada día estoy más convencido de una frase de un “maestro” que decía que no se puede no estar en el sistema… 😉

Conecto ahora la realidad socio-política y la noción de sostenibilidad. En una curiosa carta abierta nada menos que a Felipe VI, Juanjo Brizuela recordaba estos días que “Si algo ha avanzado la sociedad, aunque no lo parezca, es en el valor de las personas por encima del de las instituciones, por mucho que éstas tengan una dimensión considerable. (…) Ahora es mucho más fácil expresarse (…) que antes, ahora la gente al poderse conectar entre sí, se articula y se estructura como prefiere y, no sólo eso, sino que además su día a día es tan importante que todo aquello que apalanque su actividad y le mejore su visión de la vida, lo pondrá en valor. Y si no lo hace, entonces lo va perdiendo. Pasa a ser olvidado y si se insiste hasta menospreciado“.

Detrás de estas frases, como de otras muchas, está el fenómeno social provocado por la eclosión de la red. Pero la gran belleza de internet como red, para mí, es su carácter desarticulado, lo que permite que en cada momento, ante cada acontecimiento, frente a cada propuesta, uno pueda decidir estar o no estar, mostrarse o esconderse, contradecirse y no alinearse… o lo contrario.

La lucha por la neutralidad de la red no es sino un ejercicio colectivo orientado a que esa belleza sea sostenible. Tal y como la percibimos, es una pelea abierta, realizada desde la base de la ciudadanía, libre y comprometida… pero también fácil en sus dinámicas, porque se confabula contra el poder (en este caso el de las grandes operadoras de telecomunicaciones), que siempre es identificable con facilidad como el “poderoso enemigo común”.

15M collageMucho de eso impregnó también el nacimiento del movimiento del 15M, protagonizado por ciudadanos autoorganizados en busca de un futuro mejor.

Resultaba emocionante ver cómo se vigilaban y rechazaban las interferencias de ideologías y tendencias políticas, fueran de derechas, de izquierdas o de centro, nacionalistas o no; resultaba extraordinariamente vívido sentir a la sociedad despierta y abierta a ceder su capacidad y su tiempo para alcanzar acuerdos sobre mínimos higiénicos de democracia y ética pública y política; resultaba estimulante que las primeras ideas tuvieran el poder de conciliar la adscripción de amplísimas capas de ciudadanía, no solo de la participante sino también de la pasiva.

Luego empezó a derivar hacia otros territorios, porque el sistema… no solo contiene el poder visible, omnipresente, de su centro. También desde sus bordes se desarrolla poder. Con pocos medios, con pocos recursos, pero con personas dotadas de compromiso y determinación para conseguir que las cosas sucedan en el futuro de otra manera.

El fenómeno “Podemos” es por ello muy interesante, muy atractivo. Recoge el espíritu del 15M y lo lleva a la arena política: renuncia a privilegios y a financiar oscuros aparatos internos, se abre a la sociedad con procesos colaborativos y apuesta por la política como servicio, resolviendo un dilema que se había quedado, como muchas de las propuestas frescas de regeneración de la vida pública, en el cajón del olvido.

Pero ahora que cobra vida y adquiere poder formal, detrás de él ya no hay ciudadanos autoorganizados… sino “determinado tipo” de ciudadanos “autoorganizados”. Detrás de Podemos hay hoy ideología, lo suficientemente visible y condicionante como para que sea imposible que detrás de esa marca se vuelva a sentir cómoda la inmensidad de la marea ciudadana que se compadecía explícita o tácitamente con el nacimiento del 15M. Por su naturaleza, está condenado a ir perdiendo su capacidad de transversalidad.

No es una sorpresa esta lícita evolución de los acontecimientos, que conste. Es solo lo esperable. Alguna discusión, por ejemplo con Amalio Rey, ya mantuve colateralmente al respecto en su momento.

Y no se trata de tener o no razón, sino de entender la naturaleza de las cosas humanas y las claves de cómo tienden a conducirse de forma natural nuestros comportamientos colectivos.

O yo lo veo así, claro está… Es solo mi punto de vista.

No escucho a nadie desde hace mucho tiempo poner el acento en la independencia de los sistemas de control. Para mí es la gran clave de sostenibilidad de las sociedades sanas, de los sistemas éticos y hasta de los objetos que fabricamos. Solo así conseguiremos que las organizaciones que “toquen poder” alcancen en su actuación mínimos higiénicos de transparencia, de honestidad, de democracia interna y hasta de eficiencia operativa de forma sostenida. Solo así conseguiremos que las cosas que nos cuenten sean creíbles, que no nos desayunemos cada día descubriendo que algo que creíamos haber entendido y sobre lo que nos habíamos marcado una posición convencida… no era más que una capa exterior bien vestida de otra realidad que se nos escondía sencillamente porque entraba mal en el marketing del populismo.

Ya… que es aburrido… En estos tiempos líquidos, no está de moda.

Pero en mi opinión necesitamos recuperar confianza, en primer lugar, en mecanismos formales, transparentes e independientes de control del poder. La tan cacareada y sobada “regeneración democrática” ha de pasar inequívocamente por ahí. Es necesario restablecer mecanismos que nos permitan centrar nuestros juicios en afirmaciones… y por lo tanto en datos contrastables, que no sean discutidos en su valor, aunque lo sean en su interpretación. Y en la misma medida, necesitamos “medidores” confiables, construidos desde ese pensamiento científico que antes reclamaba, para formar nuestros juicios personales desde afirmaciones contrastables y no desde otros juicios potencialmente trufados de intereses no siempre visibles. Eso nos hace libres. Sostenidamente libres. 🙂

Al hilo de los párrafos de este post, aquí van algunas propuestas sanamente radicales, para que no me digan que me quedo en la queja, que  pueden hacerse incluso sin que al sistema le tiemblen las canillas:

  • Aumentar significativamente la independencia de los mecanismos de contrapoder de la sociedad: tribunales, comisiones nacionales, policías, intervención e inspección del estado, prensa… Con muy pocos cambios legales se puede hacer un camino enorme en este sentido. Y es que, por ejemplo, una justicia independiente es, incluso con leyes injustas, una garantía de libertad.
  • Destinar el dinero público para generar riqueza de dominio público: por ejemplo, eliminar de raíz las subvenciones a partidos, sindicatos, cultura del espectáculo, organizaciones empresariales, empresas, asociaciones… y transformarlas en compra pública innovadora, en capital riesgo o semilla, en participaciones societarias minoritarias para proyectos empresariales de innovación, diversificación, crecimiento o expansión, en participación en proyectos culturales, en proyectos de ayuda al desarrollo… Todo ello con objetivos definidos y retornos medibles de valor, tangible o intangible, para el procomún. ¿Por qué no financiar los partidos y sindicatos a través de una asignación presupuestaria limitada, que se distribuiría, como para la iglesia católica, en función de que la gente ponga o no una cruz en una casilla con siglas en su declaración de la renta? A mí lo de la iglesia me parece un método excelente de democratizar las asignaciones de dinero público para atender un servicio público… ¿por qué no se extiende la idea?
  • Volver a apostar con fuerza por los cuadros técnicos en la administración, revalorizarlos desde la incorporación por mérito y desde el prestigio social y dotarles de una voz que necesariamente deba ser escuchada y difundida abiertamente a la sociedad como soporte a la toma de decisiones. Es una forma de incorporar el pensamiento científico a la acción política y social para establecer, desde ahí, un armazón de datos confiables sobre los que nadie ose discutir (aunque quepa, como ya dije antes, interpretar), elaborados con perspectiva sistémica, que permitan sostener una visión creíble de cómo evolucionan los principales desafíos de nuestra sociedad. Consensos básicos en saber si avanzamos o retrocedemos, para centrar las discusiones no sobre ello sino sobre qué es lo mejor que deberíamos hacer.
  • Dignificar el trabajo como vía de transformación y crecimiento social y personal. Impulsar, incluso legalmente, el trabajo en red, el trabajo compartido, el trabajo colaborativo alrededor de proyectos de corto, medio o largo plazo. Favorecer el desarrollo personal mediante políticas activas de conciliación y flexibilización de los contratos laborales. Nada hay más barato y poderoso que invertir en capital humano, si al mismo tiempo se desbrozan caminos para que éste pueda elegir y crear.

Déjenme poner un ejemplo sobre la importancia de acordar una base de medidores sistémicos, de pensamiento científico aplicado a la vida cotidiana, para explicar su importancia. Volvamos para ello al tranvía, al transporte público en general y al asunto del Hummer y el Prius con que arrancaba este post. Seguramente la mayoría de ustedes, queridos lectores, estén familiarizados con las famosas estrellas EuroNCAP que califican comparativamente los niveles de seguridad pasiva y activa de los automóviles que existen en el mercado, con independencia de su marca.

Pues bien… En materia de sostenibilidad se ha alcanzado ya un cierto consenso sobre la forma de calcular y permanentemente adaptar el cálculo de la huella de carbono asociada a el ciclo completo de vida de un producto, desde la obtención de las materias primas hasta su procesado, comercialización, transporte, consumo de recursos derivado de su explotación o uso y finalmente su destrucción o reciclaje. Todo ello traducido a un único medidor, variable en el tiempo pero comparable.

¿Por qué no crear un EuroNCAP de la sostenibilidad en el transporte, basado en el cálculo de la huella de carbono a lo largo de todo el ciclo de vida de cada medio? Ahí queda la idea por si alguien quiere hacerse con ella.

Permitiría hablar con propiedad. No de si el Hummer es más o menos sostenible que un vehículo eléctrico como el Prius, sin en qué circunstancias… y cómo revertir esa paradoja si es que debe hacerse. No de que “transporte público + eléctrico = sostenible” y amén… sino de cuándo se puede afirmar esa ecuación y de cómo hacer que ocurra.

El “EuroNCAP de la sostenibilidad” sería un mecanismo de control independiente que nos permitiría adoptar decisiones sociales y políticas tomando en consideración el pensamiento científico… aunque luego otras necesidades sociales y de servicio público condicionaran esas decisiones hacia lugares diferentes, como es lógico. Pero sabiendo lo que hacemos, sin engañarnos como borregos.

La calificación de eficiencia energética hoy vigente para la comercialización de electrodomésticos o para edificios y viviendas opera una función similar. Las reglamentaciones técnicas también. Pero si exigiéramos que la huella de carbono de cada producto de consumo estuviera claramente visible en cada cosa que compramos, seguro que cambiábamos la forma en que gastamos en publicidad, en que envasamos, en que reciclamos… y hasta reduciríamos, sin duda, el volumen de basura que cada uno generamos en nuestra casa cada día. Y estoy por asegurar que hasta mejoraríamos nuestra competitividad, ¿no creen? ¿Nos ponemos a ello? 🙂

La sostenibilidad de los sistemas socio-políticos que hoy conocemos en Occidente también va a necesitar nuevos medidores fiables que nos permitan saber si avanzamos o retrocedemos en la construcción de una sociedad más libre y justa o si no. En cada momento.

Necesitaremos reforzar los mecanismos independientes de control del poder que habite el centro del sistema, para formar nuestro pensamiento crítico y que éste pueda ser libre. O eso… o el centro del sistema migrará a la periferia para dejarnos en un lugar diferente pero parecido.

Y si alguien piensa diferente… pues lo respeto, cómo no. Pero me van a disculpar que les diga que, incluso desde el egoísmo del poder, me parece una postura escasamente inteligente.

No es la primera vez que escribo sobre los efectos perversos que para el pensamiento crítico tiene el populismo o sobre la necesidad de actuar sobre la regulación del trabajo como eje de vertebración y transformación social. Dos de los hilos del post de hoy.

Y como es lógico, no se me escapa que nadie me va a hacer caso, jejeje…

Pero que conste por escrito. Derecho de ciudadano.

Porque la noción de Humanidad que reclamo (y que pongo en mayúsculas porque me refiero a la condición de humano y no al conjunto de humanos) está llena de matices. Y me da que son pequeños, lentos… y ni siquiera reciclables. 😉

Reflexiones: la dimensión de la tragedia

La crisis se ha convertido en un mantra negro que se ha adherido a nuestro cuerpo y del que no vemos forma de escapar.

caldero'La definición de crisis que aparece en la Wikipedia, así, sin “desambiguar”, es descriptiva de una situación que inevitablemente nos coloca en el mismo centro de un caldero en plena ebullición, un punto desde el que cualquier dirección que tome nuestra mirada está exenta de pistas para orientarnos y en donde cualquier camino que tracemos carece de horizonte visible y parece desatar las mismas alarmas.

Pero esa incertidumbre, cuyas impredecibles burbujas parecen al principio de naturaleza volátil aunque amenazante, con el tiempo va ganando en densidad y aparece como la cerveza más negra, como un chocolate que espesa al enfriarse y en el que desplazarse cuesta cada vez mayor esfuerzo hasta el punto de que la tentación de quedarse quieto se convierte en la única opción deseada.

A medida que cada ingrediente absorbe caldo, precipita hacia el fondo, aporta al cocido espesura… y pierde sabor personal.

Esta es una dimensión de la tragedia de la crisis económica que subyace a los datos de portada de cada día, a la evolución de los parámetros macroeconómicos, a la discusión social o política, a la vida y desaparición de empresas o incluso a los casos personales que, por su impacto, riegan pertinazmente los medios de comunicación. Es una dimensión sorda, porque afecta individualmente, aunque en distinto grado, a todos y cada uno de los que vivimos aquí, afecta a las posibilidades que vemos para conducir cualquier futuro.

Hace casi dos años volví impactado de un viaje a Barcelona. Desde el primer taxista que nos llevó del aeropuerto a la ciudad, hasta el último que nos llevó hasta el vuelo de regreso, todo el mundo nos habló de lo mal que estaba la situación económica en Cataluña y en particular en Barcelona.

taxiBCN

Entonces, los niveles de desempleo aún provocarían la envidia de quienes vivían en los territorios más al sur del estado, pero créanme que la atmósfera que se respiraba en Barcelona (y que aún hoy se respira) era deprimente: “todo se está destruyendo, la gente no tiene trabajo, todo va a peor, mucha gente se está yendo, los políticos no hacen nada, esto está fatal, para el taxi la ciudad ha muerto, esto va a reventar por algún lado…”.

Curiosamente y desde entonces, la única nota positiva que he recibido en varios viajes a Cataluña procede de otro taxista, un paquistaní que nos contaba con cierto orgullo que ya eran 5.000 los paquistaníes con taxi en Barcelona. Y eso me llevó a recordar que una de las grandes diferencias en cómo vivimos lo que nos sucede está en las expectativas defraudadas; que en la espera pasiva, la sensación de pérdida es más negativa que lo que pueda indicar la realidad de los hechos…

La pérdida material

Cierto es que el impacto no puede (ni debe) igualarse. Nadie ha escapado sin consecuencias de esta etapa y de una u otra manera, la crisis ha afectado a nuestras costumbres, a hábitos que nunca nos habíamos cuestionado y a los que hemos tenido que renunciar, a privilegios y comodidades que ni siquiera reparábamos que lo fueran. Pero para algunas personas, en un número creciente, ha supuesto aproximarse demasiado o entrar de lleno en situaciones que bordean la pobreza.

Volvamos primero a la dimensión individual de la crisis y hablemos para empezar de la universalidad: ¿piensan que exagero, que hay mucha gente que conserva su trabajo y que no ha notado cambios significativos en su vida?

La verdad es que pueden fundamentarse bastante certeramente las razones por las que todos nos sentimos empobrecidos. Y es básicamente porque es verdad.

La mayoría de nuestros salarios se consumen en gastos que hemos ido consolidando como costes fijos: la comunidad, el club o el txoko, suscripciones y abonos, la hipoteca, el colegio de los hijos, las extraescolares, las pagas semanales, un modesto servicio doméstico, el gas y la electricidad, el agua, el seguro del coche, los kilómetros de combustible y los peajes de autopista hasta el trabajo, el comedor laboral…

Si a eso le sumamos alimentación y vestido, todo lo que queda es lo que destinamos al ocio y al ahorro.

¿Me admiten como hipótesis que eso sea un 20% de los ingresos?

Pues verán…

Cuando uno admite rebajarse un 8% el salario, o se queda sin una paga extraordinaria, o deja de cobrar la retribución variable… o todo a la vez, toda esa reducción no sale en la realidad práctica del total del salario, sino que hay que sacarlo de ese 20%.

Y en ese entorno, el IPC no se da por enterado… y además, los impuestos suben.

O sea, que esa reducción de un 8-10-15%… significa dividir por dos (o mucho más) el gasto variable disponible. O anularlo por completo. Significa, de partida, dejar de ahorrar. Enseguida, tener que decidir si prescindir del ocio o tirar de lo ahorrado antes. Y según el ahorro decrece, revisar los hábitos de alimentación y vestido… y hacer limpieza de algunos fijos que, en estas circunstancias, quizá nos parezcan todo un desperdicio.

Y eso se nota, ¿verdad que sí? Y lo peor… es que eso es un privilegio.

pobrezaPorque cuando eso es insuficiente, o cuando los ingresos no se reducen sino que desaparecen (la sombra del desempleo es muy alargada), la eliminación de esos costes fijos llega a elementos de desintegración social. Cuando ya nada queda por suprimir y las deudas afectan a las hipotecas o a lo que debemos a los demás, el equilibrio familiar y social se desmorona alrededor de cada ser humano.

Y es entonces cuando la crisis asoma sus rasgos más trágicos, con situaciones que me ahorro describir porque están en la mente de todos.

Puede ser verdad que muchas personas asumieron riesgos que no estaban en situación de asumir. Quizá sea cierto que muchas familias tradujeron alegre e irresponsablemente que tener los mismos derechos significaba tener derecho a la misma calidad de vida material que cualquier otro, independientemente de su seguridad hacia el futuro, de la estabilidad de sus ingresos o de su empleabilidad…

Personalmente creo que eso ha ocurrido en muchos casos… y que en muchos otros no. En otros, solo pusieron sobre la mesa riesgos que eran asumibles con aparente sensatez: la dimensión y duración de esta crisis ha alcanzado también a personas que han actuado con prudencia y honestidad, si lo valoramos en lo que han sido los estándares de nuestra sociedad.

Pero aún más… Unos y otros, con errores mayores o menores, o sin ellos, están (junto a todos) en el corazón de un profundo socavón sistémico aderezado por comportamientos indignos o irresponsables de nuestras estructuras políticas y sociales, en una posición que exige que demostremos, más que nunca, que disponemos de mecanismos de cohesión social y que si no son suficientes estamos dispuestos a incrementarlos, porque el sacrificio debe compartirse aunque sea desigualmente (porque en los resultados individuales, desigual es la sociedad y desiguales somos las personas)… pero compartirse.

Y junto a la solidaridad necesaria, la radical exigencia.

Porque la insensibilidad es patente entre muchos con responsabilidades en la conducción del esfuerzo solidario.

La pérdida social

Me refiero a lo social en toda su dimensión: a las estructuras de poder a cualquier nivel (legislativo, ejecutivo y judicial), a los agentes sociales (sindicatos, patronales y partidos políticos), al tejido empresarial (banca, industria, comercio y asociaciones), al mundo de la cultura y el espectáculo (agentes y lobbies), al cuarto sector y las ONG, o al sector público (administración, organismos y empresas).

Los tiempos de vacas gordas daban para que, como en las familias, muchos de los elementos de esta dimensión social interiorizaran que vivíamos en un mundo de capacidad infinita.

Pero en estos casos, con existencias al abrigo del dinero de todos, subvencionados, protegidos o con asignaciones presupuestarias de dinero público y con las personas mirando hacia otro lado porque había para todos… el desperdicio, la estulticia en el gasto, el despilfarro y hasta directamente la malversación, el soborno y la estafa han ido ganando un terreno de cuya magnitud hoy nos asombramos.

Mirando hacia atrás, yo al menos veo la actividad pública de estos agentes como una praxis endógena y exhibicionista, plagada de actividades corporativistas, declaraciones inútiles, desvergonzadas posiciones populistas, propuestas conscientemente tendenciosas… y siempre acciones y omisiones encaminadas a preservar el statu quo, aprovechando la inacción cuando no estupidez colectiva.

No es que la crisis haya generado la enorme pérdida de confianza en las estructuras sociales que hoy lamentamos, pero nos ha hecho conscientes a todos de que eso se había producido… y la ha reforzado con evidencias incuestionables y dolorosas.

No quiero identificarme con ello con ninguna ideología: la crisis es general y no distingue muchos colores.

15MTampoco me identifico con quienes vieron (y ven) en movimientos como el 15M una vía de futuro: para mí no es sino una burbuja insostenible, porque el stablishment que no está en el poder oficial se apropiará de ella y la adoptará travestida a sus intereses, pero sobre todo porque es insostenible, porque se basa en una emoción de quiebre, de “basta ya”, que no es soportable infinitamente por personas normales cuya labor ordinaria en la vida debe ser y es otra bien distinta.

Entonces… ¿qué queda por hacer?

Yo creo que la democracia, en la forma en que la hemos ido dibujando en occidente, tiene mucho de salvable. Y además me gustaría que su evolución no repitiera hechos traumáticos de la historia, donde quizá muchas revoluciones condujeron al progreso con el tiempo, pero pasando por generaciones de penuria y sufrimiento que afortunadamente fueron capaces de ahogar los frutos perversos de aquéllas.

Creo que es tiempo de que quienes manifiestan su vocación política como afiliados a un partido o su compromiso social como miembros activos de una organización no gubernamental o a una asociación profesional, tomen la iniciativa.

Creo que es hora de que se produzca una rebelión dentro de esas estructuras que vertebran ordenadamente la acción social, una rebelión que conduzca a implantar verdaderos mecanismos internos pero independientes de vigilancia ética de los comportamientos de quienes ostentan responsabilidades sobre dineros públicos o compartidos.

En las policías de todo el mundo se les conoce popularmente como los de “asuntos internos”. De alguna manera, en las cooperativas es el papel de la comisión de vigilancia y, en cierto modo, hasta de los consejos social y rector. En algunas empresas se llama comité de ética. Creo que, por ejemplo, en los partidos políticos debería haber comités de vigilancia o de ética formados por afiliados de base, sin cargos y sin remuneraciones, que tuvieran capacidad y competencia para auditar las cuentas del partido y pedir cuentas de ello a sus responsables. Creo que deberían exigir que sus partidos incorporaran a sus programas la implantación de listas abiertas. Creo que deberían imponer la limitación en el tiempo también de cargos internos.

Pero más allá de mis opiniones y de su opinión sobre ellas, que hoy no vienen al caso, me gustaría destacar que la dimensión de la pérdida de confianza en las estructuras sociales es enorme y difícilmente reversible en amplias capas de la ciudadanía: habrá generaciones cuyo desencanto les acompañe hasta el final de sus días, personas que optarán por desengancharse o por apuntarse a una radicalidad reactiva.

Los comportamientos faltos de ética se han extendido con tanta amplitud y discrecionalidad, que han impregnado a toda su clase, ensuciando la hoja de servicios de miles de trabajadores honestos y extendiendo como una mancha de aceite la sombra de la sospecha sobre todo aquél que dependa del dinero de todos.

Me viene muchas veces a la mente una anécdota que me contaron hace algunos años: una persona de nacionalidad alemana, pareja de quien me contaba la historia, decía que le gustaría que sus hijos aspiraran de mayores a ser funcionarios. La razón es que, en Alemania, la imagen del funcionario se identifica con alguien extremadamente competente y con vocación de servicio: un bien social.

Algo no hemos hecho como debiéramos.

La pérdida moral

En realidad, es de la que comenzaba hablando en este post. La más dañina a largo plazo porque es la que abre y cierra posibilidades.

corrupcionA nuestro alrededor todo parece que haya sido una mentira: en la política, en los partidos, en los sindicatos, en la monarquía, en la banca, en las empresas, en las sociedades de autor, en el deporte, en la universidad, en la policía, en la iglesia, en el periodismo y hasta en la investigación científica. Miremos a donde miremos, vemos basura, trampas y tramposos. Pocas veces el escándalo continuo nos coloca tan cerca de una descomposición moral tan pegada a la idea de que “el poder corrompe”.

Cierto es que quienes tienen la oculta intención de beneficiarse del dinero ajeno sin atender a escrúpulos éticos y legales, ven en la actividad política y pública el terreno mejor abonado para progresar en ello… y por ello es ese un oficio especialmente castigado. Pero no es menos cierto que la extensión es tal que todos tenemos la sensación de que es la condición humana la que muestra con demasiada facilidad esa debilidad a poco que el poder empiece a otorgar cierta sensación de impunidad.

Así que es verdad que los mecanismos de control pueden haber sido insuficientes o haber estado ausentes, pero también parece que deberíamos revisar que en estos tiempos líquidos el relativismo moral no se nos haya ido de las manos…

No hace mucho tiempo que debatíamos profusamente sobre la idea de liquidez o sobre la no-empresa como conceptos de los que podía depender el futuro de la vida y del trabajo. Paradójicamente, ideas como esas podrían ser hoy más necesarias que nunca, al mismo tiempo que la sensación de trivialidad las oculta.

Porque esta crisis ha demostrado que para la gran mayoría de la gente son necesarias estructuras económicas reconocibles que permitan dar un cierto orden a nuestro recorrido vital. Porque casi nadie arriesga mucho para crear algo. Porque no vamos a salir de ésta con millones de start-ups de poco más que autoempleo.

Pero sin embargo, necesitamos un rearme moral que nos impulse a abrir posibilidades, desde nuestra iniciativa o colaborando con la de otro. Necesitamos no olvidar que lo superfluo es prescindible… y que ese no-olvido no solo nos dure al menos unos cuantos años, sino que consigamos inculcarlo en al menos una generación. Dependemos, no solo como sociedad sino como individuo, de seguir creyendo que podemos hacer cosas magníficas con las que sentirnos bien.

Si no lo consiguiéramos, la dimensión de la tragedia sería incalculable. Así que no nos lo podemos permitir.