Vibraciones sonoras: «En castellano 2021»

Les propongo un test que no les ocupará más que un par de minutos: hagan una pasada rápida por la tabla que adjunto a continuación y marquen (pueden contarlas mentalmente) las casillas de aquéllos artistas de los que no han oído ni su nombre. Si al final encuentran en ella 50, 70 o 90 artistas desconocidos… ya tienen un magnífico motivo para escuchar mi playlist en Spotify de música en castellano correspondiente a 2021. 🙂

Como viene siendo habitual, «En castellano» recoge mucha más música española que latinoamericana por dos razones: en primer lugar, simplemente porque es más fácil que me llegue… y en segundo, porque creo que las nuevas generaciones musicales de mi entorno geográfico están haciendo realmente cosas muy interesantes.

Hay en esta playlist unas 200 canciones de esos más de 150 artistas (dan para casi 12 horas de buena música), seleccionadas tras haber escuchado entre 5.000 y 6.000 canciones (fragmentos o temas enteros) publicadas durante este año pasado.

30 o 40 minutos de cada fin de semana suelen ser suficientes para elegir. Es una selección a mi gusto, claro (no puede ser de otra manera), pero creo sinceramente que puede ser muy agradable para mucha gente, porque su contenido es fácil de escuchar y extraordinariamente diverso dentro de lo que puede entenderse como música pop, en un sentido amplio.

Una recomendación: no asuman que las 8 o 10 primeras son representativas del resto, porque en todo caso solo lo son de la diversidad de una playlist en la que espero que encuentren… incluso pequeñas e inesperadas joyitas.

Van a escuchar en ella música latina, rock, rock&roll, pop-rock, pop, mucho indie, baladas clásicas, folk actual, música disco, R&B y hasta retazos de punk, jazz, soul, flamenco, grunge o trap… pero siempre temas en los que he encontrado algo (una letra, una cadencia melódica, un ritmo, un arreglo, un silencio) que me aportaba algo diferente de las más de 5.000 descartadas.

Hay álbumes que destacan especialmente este año (el discazo de «El Madrileño» de C. Tangana o el recopilatorio «El Astronauta Gigante» de Coque Malla, por poner dos ejemplos muy distantes), trabajos que me han gustado mucho (Chica Sobresalto, Fito y Fitipaldis, Leiva, Paula Mattheus, Alberto Vela, Yarea, Veintiuno o Marilia Monzón), pero también muchos artistas que para mí han supuesto un descubrimiento y a quienes les invito a escuchar, porque creo que su reciente trabajo merece mucho la pena, como El Jose, Fetén Fetén, Elsa y Elmar, Paula Becker, Dani… o Malva Vela, quizá mi más sugerente hallazgo del año.

También también hay gente que «no está» y que me ha gustado (incluso mucho)… pero es que uno de los criterios para «estar» en esta lista es que los temas fueran «fáciles» de escuchar, y hay discos completos de este año que me parecen una gran obra, pero que son para escuchar de otra manera.

Si el logo de la playlist de 2020 fue el coronavirus y el del año 2021 la inyección de la vacuna, ya he abierto también la playlist de 2022 con un símbolo pensado en esa fiesta que espero podamos volver a disfrutar con la normalidad de lo que siempre fue. Como ven, también les enlazo ambas por si quieren ampliar territorios o, en concreto en la de este año que acabamos de estrenar, para invitarles a acompañarme en cada descubrimiento semanal. 😉

Ya saben cómo va esto de Spotify: pinchen en el enlace, luego en el corazón… y las encontrarán en su biblioteca.

Y a disfrutar…

Vibraciones: Navidad en la ciudad

En esta pequeña casa, diciembre es siempre mes reservado para un post de Navidad. Unas veces más y otras menos «navideño», eso sí, pero siempre centrado en hacer una parada y mirar al mundo, a la familia o en general a la espécimen humano, desde otro punto de vista al habitual.

Y en general, mejor.

Confieso que esperaba que este año pudiéramos volver a celebrar estas fechas en un ambiente bastante cercano a lo que siempre conocimos como entrañable normalidad… pero la sexta ola es un hecho y, aunque el impacto en la salud en términos de gravedad ya no es el mismo, las cifras de nuevos infectados covid se disparan y la prudencia se va a imponer un año más. Al menos en mi caso.

Quizá por eso me gustó ver cómo hace unos días las ciudades encendían sus luces de Navidad. No comparto esa carrera de algunas urbes por ser las que más millones de leds instalan en sus calles, pero sí soy de los que piensan que parte de la vida es darse un capricho de vez en cuando y en ocasiones especiales… y que aunque lo políticamente correcto hoy en día es cuestionar todo lo que no sea estrictamente necesario según criterios racionales (criterios que por otro lado son fáciles de compartir, precisamente por racionales), la vida está hecha también de otras sustancias menos justificables, menos «disciplinadas», que dan otro sentido a vivirla.

Un regalo, si uno se lo puede permitir, debería elegirse pensando en el destinatario más desde el lado del capricho que de la necesidad (aunque con ello el riesgo de no acertar se acreciente). Las ciudades, por Navidad, tienen el capricho de vestirse de luces. Para fomentar el comercio, sí… pero también para recordarnos que estamos de fiesta, que la vida (como los años) son etapas concatenadas que se cierran y se abren, que hay cosas que importan y que no cambian en lo sustancial y que hay valores, relaciones y momentos que merecen la pena y que por ello somos capaces todos (casi todos) de reservar un momento colectivo para simplemente celebrar.

He elegido para adornar estas letras algunas imágenes de las luces navideñas de Bilbao, mi ciudad. No serán seguramente las más espectaculares del universo… pero tampoco hace falta. Ya tenemos otras muchas razones para ser la capital del mundo… 😉

También un par de vídeos de anuncios (tranquilos, que ninguno es de Campofrío que estos días habrá inundado sus grupos de whatsapp… 😅), de esos que tocan la fibra sensible de mucha buena gente de esta rara especie animal que somos, aunque detrás se escondan otras inquietudes más comerciales… que también me parecen lícitas, qué caray.

Que los disfruten…

Y muy Feliz Navidad.

Reflexiones: 5 claves para la transformación digital de la empresa (industrial) / Propuesta de valor digital vs Negocio digital

¡Atención! Antenas bien arriba…

Terminamos la serie de claves básicas de transformación digital de la empresa hablando de… ¡negocio!

La última de las 5 claves básicas de esta serie de artículos es quizá la que más directamente está relacionada con efectos transformadores desde lo digital. Es un aspecto que considero crucial para cualquier empresa… pero singularmente más aún para las que son de naturaleza industrial.

Pregunta clave que toda empresa debería hacerse: ¿cuál es (o cuál puede ser) mi negocio digital?

Cualquier organización que se enfrente a definir su camino de transformación digital debería encontrar una respuesta a esta pregunta, pero la verdad es que pocas se lo cuestionan realmente en serio, así que, en mi opinión, pocas disponen de una respuesta consistente.

Tal vez no estén muy de acuerdo con esa apreciación que acabo de hacer sobre la seriedad con que las empresas se han planteado esa pregunta (las que lo han hecho), pero déjenme decirles que incluso las que creen tener una respuesta, en mi opinión solo tienen una respuesta parcial… e incluso, en muchos casos, predecible cuando no tópica.

A ver… cuando hablamos de negocio digital, lo primero que viene a la mente de cualquiera es la propuesta de valor: una empresa tiene un negocio digital si comercializa productos digitales (o productos físicos recubiertos de una capa de valor digital) o si lleva al mercado servicios de base digital.

Esa idea, que es una primera aproximación de puro sentido común, lleva a plataformas de servicios en la nube, apps, plataformas de intermediación, herramientas de gestión o acceso a la información, por ejemplo, en el caso de servicios digitales, o a la idea de «Smart Product» en el caso de productos inteligentes o conectados.

Pero este enfoque es reduccionista: si son un fabricante de bienes de equipo, la capa de servicios se centrará, muy previsiblemente, en un ejercicio de servitización circunscrito a ser capaz de conectar las máquinas que les han comprado cada uno de sus clientes para, a través del análisis de los datos generados en tiempo real, establecer modelos de predicción de comportamiento de cada máquina; es decir, en prestar al cliente un servicio de mantenimiento predictivo que genere ingresos recurrentes, más allá de la inversión.

Otras alternativas posibles se enmarcarán conalta probabilidad en modelos ya bien conocidos y estudiados de servitización, que por ejemplo abordarán, al margen del mantenimiento, la simplificación de la puesta en marcha, la personalización de las soluciones, la prolongación de la vida útil o la variabilización del coste de inversión (pago por uso y no por propiedad, pago por consumo, etc.).

Me explico: hasta aquí, casi solo hemos hablado de «negocio digital» en términos de «propuesta de valor digital» o de la forma de transformarla en ingresos, pero la propuesta de valor es solo uno de los 9 componentes que, como aprendimos desde el nacimiento del canvas de Osterwalder, se deben distinguir en la configuración de un modelo de negocio.

Lo que vengo a postular aquí es que, además de la propuesta de valor digital, la aplicación de la mirada digital para generar desplazamientos en cualquiera de los restantes elementos del modelo de negocio y singularmente en canales, relaciones, segmentación de clientes, recursos, procesos y alianzas (porque ingresos y costes ya habrán sido contemplados o serán inevitables derivadas de la modificación de los anteriores), es igualmente responder a la pregunta de cuál es/ puede ser / debe ser su negocio digital.

Si su producto es un producto físico recubierto de una capa de información o inteligencia (caso de las empresas fabriles), ¿por qué creen que el canal de entrega del producto físico va a ser o tiene que ser el mismo que el de la capa digital? Piénsenlo, porque mientras el flujo de materiales genera valor a medida que recorre el camino aguas abajo, es muy normal que el flujo de información genere valor precisamente cuando retorna en sentido inverso… o cuando se conecta con otros flujos de información, por ejemplo, contemplando de forma sistémica la cadena de suministro.

¿Cómo contemplan el futuro de sus procesos operacionales y qué papel está jugando lo digital en ellos? ¿Juega en su empresa un rol de mejora de eficiencia… o de calidad de producto o de innovación operativa?

¿Siguen gestionando la relación con sus clientes de la misma forma que lo hacían hace 5 años? ¿Creen que no es posible extraer más valor, desde una mirada digital transformadora, de cada touchpoint de intercambio de valor o información que identifiquen entre sus procesos y el mercado? Pues les recomiendo que se lo hagan mirar…

Y si ya lo hacen distinto con sus clientes (¡enhorabuena!)… ¿pueden decir lo mismo de los restantes grupos de interés con quienes se relacionan (la administración, los proveedores, la banca, los centros educativos, sus propios trabajadores, sus aliados tecnológicos…)?

¿Han cambiado la forma de segmentar a sus clientes en los últimos años? ¿En qué información basan esa segmentación o la adaptación a cada segmento de su propuesta de valor? ¿Usan herramientas analíticas avanzadas para entender mejor cómo hacer una u otra cosa?

Quizá el producto inteligente o los servicios digitales de valor añadido generen flujo de ingresos directo que se comprenda muy bien… pero cualquier transformación digital de otro elemento del modelo de negocio impacta directamente en el posicionamiento competitivo del negocio o en la mejora de los ratos de conversión.

O sea, puro negocio.

¿Le damos una vuelta?

Cada párrafo anterior da para otro post o para una serie de posts en sí mismo… pero hasta aquí hemos llegado en el recorrido por estas cinco claves de transformación digital que me parecen muy básicas. Espero que, si son habituales lectores de esta bitácora, no les haya aburrido mucho con reflexiones demasiado simples… pero un día aprendí eso de «los principios, primero«… y hago isomorfismo del significado de esa frase siempre que puedo, volviendo de vez en cuando a lo esencial de las cosas complejas.

Y seguimos…

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LAS ENTRADAS DE LA SERIE COMPLETA
5 CLAVES PARA LA TRANSFORMACIÓN DIGITAL DE LA EMPRESA (INDUSTRIAL)
EMPRESA CON DATOS vs EMPRESA IMPULSADA POR DATOS
INDUSTRIA 4.0 vs FÁBRICA 4.0
AUTOMATIZACIÓN Y ROBOTIZACIÓN vs INTELIGENCIA ARTIFICIAL
INFRAESTRUCTURAS TECNOLÓGICAS vs INFRAESTRUCTURAS PARA LA EMPRESA DIGITAL
PROPUESTA DE VALOR DIGITAL vs NEGOCIO DIGITAL

Reflexiones: 5 claves para la transformación digital de la empresa (industrial) / Infraestructuras tecnológicas vs Infraestructuras para la empresa digital

Otra clave muy básica…

Cuando hablamos de infraestructuras en un entorno que suene por algún rincón a sustancia digital, la mente se nos va automáticamente a las infraestructuras tecnológicas que soportan y han soportado las TIC desde siempre: almacenamiento, hosting, comunicaciones, arquitecturas, seguridad…

Sin ánimo de pontificar (recuerden que no soy un experto de nada… y tampoco de esto), podríamos representar este ámbito con un conjunto de cajas como el siguiente:

Sin embargo, muchas cosas han ido cambiando en los últimos años que han exigido evolucionar continuamente las soluciones, cambios que van:

  • desde el incremento continuo de las demandas digitales y con ello el dimensionamiento de los CPD, los espacios y equipamientos necesarios o los consumos energéticos asociados, hasta el incremento de su valor estratégico y los retos en materia de seguridad y gestión de riesgos (virtualización, alta disponibilidad, duplicación, cloud, ciberseguridad);
  • desde la digitalización de la fabricación, conectada en toda su extensión, hasta la gestión de las plantas de producción adaptadas a la variación de la demanda en tiempo real y con progresiva mayor integración de la cadena de suministro (IT/OT, IoT, AI);
  • desde la noción de empresa extendida, que desborda sus muros físicos con sus necesidades de interacción digital e intercambio de valor intangible con sus grupos de interés, hasta la vigilancia competitiva y la explotación de información exterior (integración, interoperabilidad, automatización).

Y los cambios continúan: hoy estamos inmersos en pruebas de concepto e industrialización de soluciones relacionadas con aportar inteligencia cibernética a la empresa en general y a la fábrica en particular (lo que abre nuevas necesidades que tienen que ver con el tratamiento y la extracción de valor de los datos)… que no tienen propietario como tal, porque su transversalidad hace imposible asociar su propiedad a Compras, Mercado, Planta, Recursos Humanos, Ingeniería o Finanzas.

¿De quién son, por tanto? Pues… no parece que quede otra: del área de Transformación Digital y, en parte, de nuevo de un área de Sistemas de Información evolucionada, que necesita abrazar nuevas competencias y probablemente desprenderse de otras históricas, hoy soportables en servicios gestionados por terceros.

Hablamos aún de nuevas infraestructuras puramente tecnológicas como las plataformas de datos… pero también, haciendo un ejercicio de flexibilidad mental, de soluciones BI, process mining o robotización administrativa: por su transversalidad intrínseca, ¿por qué no considerarlas también «infraestructura»?

De nuevo sin propósito de establecer postulados teóricos de ningún tipo, que técnicamente a lo mejor no se sostendrían, ¿qué tal pensar en infraestructuras con un esquema mental más próximo a la siguiente imagen?:

Diferente, ¿verdad?

Y no solo en competencias… sino probablemente en perfiles adicionales, necesarios para gestionar todo esto al servicio de la organización.

Podríamos añadir más cosas: ¿les resulta difícil pensar en el Sistema de Gestión de Seguridad de la Información como una infraestructura? ¿Y en una sólida red de servicios gestionados por proveedores de confianza?

Dejar de pensar en «Infraestructuras para los Sistemas de Información» para pensar en «Infraestructuras para la Empresa Digital» quizá resulte interesante a la hora de preparar nuestras organizaciones para el futuro, ¿no creen?

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LAS ENTRADAS DE LA SERIE COMPLETA
5 CLAVES PARA LA TRANSFORMACIÓN DIGITAL DE LA EMPRESA (INDUSTRIAL)
EMPRESA CON DATOS vs EMPRESA IMPULSADA POR DATOS
INDUSTRIA 4.0 vs FÁBRICA 4.0
AUTOMATIZACIÓN Y ROBOTIZACIÓN vs INTELIGENCIA ARTIFICIAL
INFRAESTRUCTURAS TECNOLÓGICAS vs INFRAESTRUCTURAS PARA LA EMPRESA DIGITAL
PROPUESTA DE VALOR DIGITAL vs NEGOCIO DIGITAL

Reflexiones: 5 claves para la transformación digital de la empresa (industrial) / Automatización y robotización vs Inteligencia artificial

No hay ningún problema en plantear una fábrica inteligente sin robots.

Sí, sí… sin robots industriales… e incluso sin bots.

La transformación digital de la fábrica no va ya hoy en día de automatizar o robotizar las operaciones de fabricación, control o manipulación de materiales, sino de cómo se gobiernan los procesos, sobre cómo se toman las decisiones, sobre cómo se tienen en cuenta los factores relevantes para ello y sobre quién (o qué) las toma.

Llevamos décadas impulsando iniciativas de automatización y robotización de nuestras fábricas, buscando fundamentalmente capacidad de producción, repetitividad, fiabilidad y en definitiva eficiencia en costes. Ya son casi 30 años desde que internet habita entre nosotros…

Pero de la misma manera en que se entiende fácilmente que una fábrica automatizada no implica que en ella exista una cultura digital (por muchas docenas de programas de software que haya instalados), no siempre se entiende bien que en la fábrica 4.0 ya no hablamos de programar PLCs y ni siquiera de internet, sino, como bien decía Alfons Cornella hace ya un tiempo, de la combinación de productos conectados con inteligencia artificial.

Bueno… la automatización sí es necesaria en una fábrica inteligente, porque el Internet of Things (IoT) no va por tanto de internet (que pasa a ser un simple canal por el que circulan los flujos de datos), pero sí de productos físicos que se comunican entre sí o con su entorno para concretar decisiones y ejecutarlas en función de lo que observan en esa comunicación. Y para ejecutar… se necesitan automatismos actuables.

Es verdad que, antes de ser inteligente, una fábrica necesita ser digital… y eso implica que todos los datos relevantes para entender lo que sucede en cada punto y en cada instante de los productos y los procesos debe ser información digital, que se transmita y almacene de manera accesible para la aplicación de métodos analíticos.

A partir de ahí, dos son los factores críticos para dotar de inteligencia a una fábrica: tiempo real e inteligencia artificial.

La habitual programación de rutinas y de lógicas basadas en reglas se sustituye ahora por algoritmos periódicamente reentrenados y redes neuronales artificiales que actúan en tiempo real sobre cantidades ingentes de información (Big Data) para conformar sistemas de aprendizaje automático (machine learning / deep learning) que son la base de lo que llamamos inteligencia artificial, pues configuran modelos predictivos de comportamiento en primer lugar (de defectos, de funcionamiento de máquina, de consumos, de demanda…) para intentar alcanzar el nivel prescriptivo, en el que son las propias máquinas de inteligencia artificial las que deciden qué hacer y lanzan las órdenes de ejecución correspondiente.

Ya hemos llegado a definir modelos predictivos con notable éxito (a adivinar lo que va a pasar)… pero aún nos falta camino para disponer, en la inmensa mayoría de los casos, de suficiente aproximación para que el aprendizaje automático sea capaz además de «entender» el por qué de que vaya a suceder lo que predice y para que identifique las variables de control y prediga a su vez las variaciones de resultado que se deriven de desplazamientos sobre las mismas, antes de elegir y ejecutar una orden.

En la mayoría de los casos, al menos en procesos industriales, los modelos prescriptivos no alcanzan aún precisiones de acierto muy superiores al 30-40% de las situaciones que predicen.

Lamentablemente, nuestros procesos no parecen estar cómodos en relaciones lineales causa-efecto, sino más bien en relaciones complejas multivariante, donde además nos falta aún una parte del conocimiento que, por lo que se ve derivado de nuestros límites de mejora de efectividad, debe ser relevante.

Vamos, como en los seres humanos… 🙄

Eso es lo que nos condena a permanecer aún pegados al actual estado del arte de tecnologías y procesos (que es el statu quo que tratamos de desafiar con la AI) y eso nos salva… 😉 … por el momento.

Aunque parece… que queda cada vez menos para que el software, esta vez sí, domine el universo.

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LAS ENTRADAS DE LA SERIE COMPLETA
5 CLAVES PARA LA TRANSFORMACIÓN DIGITAL DE LA EMPRESA (INDUSTRIAL)
EMPRESA CON DATOS vs EMPRESA IMPULSADA POR DATOS
INDUSTRIA 4.0 vs FÁBRICA 4.0
AUTOMATIZACIÓN Y ROBOTIZACIÓN vs INTELIGENCIA ARTIFICIAL
INFRAESTRUCTURAS TECNOLÓGICAS vs INFRAESTRUCTURAS PARA LA EMPRESA DIGITAL
PROPUESTA DE VALOR DIGITAL vs NEGOCIO DIGITAL

Reflexiones: 5 claves para la transformación digital de la empresa (industrial) / Industria 4.0 vs Fábrica 4.0

De los cinco entregables de la serie, éste es sin duda uno de los más pegados a la empresa de naturaleza industrial, lo que no impide que, sin que sea necesario hacer un gran esfuerzo de imaginación y dado que el objetivo de estos artículos es tratar conceptos muy básicos, puedan extrapolarse éstos a cualquier empresa con un modelo de negocio consolidado.

El paradigma «Industria 4.0», impulsado desde la economía alemana desde hace ya 10 años para conducir la denominada cuarta revolución industrial, se basa en la interconexión inteligente de máquinas y sistemas en el propio emplazamiento de producción (o sea, en configurar en él sistemas ciberfísicos) y se caracteriza por un fluido intercambio de información con el exterior, lo que sistémicamente promovería procesos mucho más eficientes, con menor consumo de recursos y mayor respeto medioambiental y con una gran adaptabilidad a las necesidades de la demanda en cada momento.

Cuando nos referimos a ello solemos hablar indistintamente de «industria 4.0» o «fábrica inteligente» (o «fábrica 4.0», «smart factory» e incluso «fabricación avanzada»)… pero ojo, porque con demasiada frecuencia ese tipo de analogías confunde, o al menos esconde conceptos importantes detrás de la fachada meramente productiva.

Y es que no nos referimos a lo mismo, me temo, en el significado que le damos cuando usamos una u otra forma de hablar de ello, a poco que nos quedemos en la superficie de las cosas.

El asunto tiene mucha importancia, porque cuando nos referimos a una empresa industrial, identificamos claramente su transformación digital con el hecho de abrazar el paradigma «Industria 4.0» y… si no lo interiorizamos en toda su amplitud, podemos cometer graves errores.

Les invito a leer con cierto detalle o simplemente a buscar en internet infografías del significado del paradigma «Industria 4.0» para cualquier consultora de las grandes del mercado, da igual que sea PWC, Deloitte, McKinsey o cualquier otra: encontrarán que el paradigma va mucho más allá de usar la tecnología para aumentar la eficiencia y la sostenibilidad de los procesos de producción en sí mismos y verán que eso del «fluido intercambio de información con el exterior» que mencionaba en el primer párrafo, cobra una importancia esencial.

No les costará encontrar significados coincidentes en aspectos como los cinco siguientes:

  1. Optimización de procesos y del uso de los activos mediante la digitalización y la automatización basada en algoritmos que trabajan sobre los datos obtenidos en tiempo real, orientados al coste y a la calidad.
  2. Datos y analítica de datos como competencia clave.
  3. Digitalización e integración vertical y horizontal de las cadenas de valor, desde el suministro de materias primas a la postventa.
  4. Digitalización de la oferta de productos y servicios.
  5. Modelos de negocio digitales, que explotan señales de clientes y mercados para entregar valor y generar flujo de ingresos.

Todos interiorizamos con claridad los dos primeros puntos cuando hablamos de «Industria 4.0», porque a eso nos venimos dedicando los últimos años. No resulta ya tan evidente, sin embargo, que en las empresas industriales estemos pensando en la integración de la cadena de suministro, en entenderla como un sistema que habría que considerar en toda su dimensión y complejidad para obtener la eficiencia y la sostenibilidad del sistema en sí, en contraposición a obtenerlas para un fragmento del mismo. De hecho, no es ni siquiera habitual el pensar que, más allá de la fabricación inteligente (centrada en la interacción entre el binomio producto-máquina) está la gestión inteligente de la fábrica (con sus «n» líneas de producción y su necesidad de servir a la cadena de suministro lo más pegado posible a la demanda).

Hablar de digitalización para construir una oferta de servicios sí es algo que ya empieza a ser común cuando la empresa fabrica equipamiento (máquinas, por ejemplo, aunque en este caso la servitización es muy limitativa y se centra casi exclusivamente en conectar las máquinas vendidas para ofrecer servicios de mantenimiento predictivo), módulos funcionales (susceptibles de sensorizar para ofrecer valor al sistema en que se ensamblen), o artículos para mercados de consumo (donde el territorio de agregar una capa de información al producto físico tiene un inmenso campo de oportunidades), pero resulta casi imposible encontrar casos interesantes en la fabricación de componentes industriales simples.

Y para terminar, lo que resulta extraordinariamente raro de encontrar son empresas industriales que hayan encontrado un sentido digital para su modelo de negocio, salvo grandísimas compañías multinacionales que seguro tendrán en mente y que han conseguido ya encauzar un asombroso camino de transformación de su naturaleza empresarial.

En conclusión: que entender «Industria 4.0» de esa amplia manera, desde los cinco significados de la lista, sí es entender qué implica la transformación digital de una empresa industrial… pero que no es frecuente.

O en resumen, que conviene no olvidar dos cosas muy simples:

  • La transformación digital de una empresa industrial puede ser entendida como equivalente a su desarrollo del paradigma «Industria 4.0», siempre que éste se comprenda en toda su amplitud.
  • Bajo ningún concepto el paradigma «Industria 4.0» debería ser considerado una analogía con el de «Fábrica 4.0» y mucho menos con los de «fabricación avanzada» o «fabricación inteligente».

Cierto es que las tecnologías de Big Data, machine o deep learning e inteligencia artificial aplicadas a la predicción de comportamientos de máquina o de defectos, la fabricación aditiva, la robótica colaborativa o la visión artificial nos conducen mentalmente a la fábrica inteligente… y que ésta es esencial e inevitable en el camino del que hablamos (es el corazón 4.0 y sin la fábrica inteligente y sin productos inteligentes o conectados no tendría sentido la transformación digital de una empresa industrial), pero estamos entrando en la tercera década del siglo e intuyo que, tras las aproximaciones meramente productivas de la década anterior y antes de que termine ésta, veremos desplegarse sobre las empresas industriales el paradigma «Industria 4.0» en toda su amplitud.

Y si no, al tiempo…

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LAS ENTRADAS DE LA SERIE COMPLETA
5 CLAVES PARA LA TRANSFORMACIÓN DIGITAL DE LA EMPRESA (INDUSTRIAL)
EMPRESA CON DATOS vs EMPRESA IMPULSADA POR DATOS
INDUSTRIA 4.0 vs FÁBRICA 4.0
AUTOMATIZACIÓN Y ROBOTIZACIÓN vs INTELIGENCIA ARTIFICIAL
INFRAESTRUCTURAS TECNOLÓGICAS vs INFRAESTRUCTURAS PARA LA EMPRESA DIGITAL
PROPUESTA DE VALOR DIGITAL vs NEGOCIO DIGITAL

Reflexiones: 5 claves para la transformación digital de la empresa (industrial) / Empresa con datos vs Empresa impulsada por datos

Todas las empresas generan una gran cantidad de datos. Es más… estoy por afirmar que todas las empresas generan una ENORME cantidad de datos, algo que ya me parece incuestionable si se trata de una empresa industrial.

Pero asumiendo este postulado, ¿podríamos decir que todas las empresas se gestionan con datos?

Pues déjenme decirles que, a mi juicio, la respuesta es sí. ¿O pensaban que iba a afirmar lo contrario? 😉

Toda organización de más de 10 trabadores y medianamente estructurada, aunque sea a un nivel ínfimo, controla su gestión en base a algunos indicadores, lo que le permite saber (o creer saber) al menos si gana o si pierde al final de cada mes, cuidar su tesorería, contar las reclamaciones procedentes del mercado, saber cuánto compra y a qué precio, medir o valorar el trabajo de sus empleados, calcular la eficiencia de sus instalaciones, los tiempos de inactividad de máquina, el porcentaje de productos defectuosos que fabrica, los tiempos de ciclo, la energía que consume… y al final, tomar decisiones en función de las desviaciones que observa frente a objetivos o expectativas. Eso por lo menos.

Sin embargo, me temo que pocas podrían afirmar hoy por hoy que los datos de los que disponen son de una gran calidad, sobre todo si somos capaces de ponernos de acuerdo en lo que significa eso.

Imaginen una escena: en una reunión del equipo directivo de una empresa, un miembro de la misma realiza un descargo de su área de responsabilidad y muestra varias tablas y gráficos de suporte a su argumentación. En un momento dado, un compañero advierte que hay un dato en una gráfica que desafía al sentido común, que por la razón que sea «no le encaja». Admitida por todos esa anomalía (incluido el ponente), el asunto se resuelve con una frase tipo «bueno, lo miro luego, veo qué pasa y lo corrijo, si está mal como parece… y ya os diré«. La reunión sigue adelante, se adoptan las decisiones que procedan… y la vida de la organización continúa sin mayor contratiempo.

¿Les resulta familiar?

Creo que la inmensa mayoría de las empresas se han venido gestionando (y se siguen gestionando) de esta manera.

Pero decir que un dato es «de calidad» implica asociarle características como:

  • Integridad: que expresa información exacta, completa, homogénea, sólida y coherente con el propósito que buscaba quien definió el dato.
  • Unicidad: que todos los valores distintos del elemento de datos aparecen y se reportan sólo una vez.
  • Ubicuidad: que es posible acceder al dato desde distintos dispositivos, o distintos aplicativos que lo utilicen para sus procesos.
  • Confiabilidad: que es estable, que se puede repetir la medición y obtener resultados similares y consistentes.
  • Actualización: que es un valor que representa fielmente el estado de las cosas correspondiente al momento en que se desea utilizar.
  • Seguridad: que respeta la protección de privacidad y que está protegido frente a una posible corrupción del mismo…

Sin embargo… ¿les suenan las siguientes situaciones?:

  • Sabemos que tenemos algunos problemas con datos que manejamos, pero no tenemos claro qué consecuencias tiene eso.
  • Probablemente estemos confiando en datos que son inexactos, pero lo seguiremos haciendo, porque en realidad ni siquiera lo sabemos: solo lo intuimos.
  • Vemos que se usan datos con un uso «sectario», fuera del contexto del negocio, solo para justificar argumentos.
  • Tenemos datos indefinidos o incorrectamente definidos, que generan más discusiones que valor aportan.
  • Nos encontramos con frecuencia con datos redundantes o inconsistentes y, aunque hemos hecho intentos, no acabamos de saber cómo corregir esta situación.
  • Disponemos de infinidad de datos que infra-gestionamos o simplemente no gestionamos…

¿Familiar, no?

Hemos aprendido a convivir con los problemas con los datos, que finalmente hemos llegado a asumir como algo normal, algo que pertenece a la lógica de la realidad empresarial. Y esto es así fundamentalmente por dos razones:

  • Porque la experiencia y la intuición de los gestores, a la hora de enfrentarse a los datos, es suficiente para detectar anomalías y protegerse frente a grandes daños a la hora de tomar decisiones, cuando se detectan.
  • Porque para la mayor parte de las decisiones que tomamos en nuestras empresas, por ejemplo, es irrelevante si una desviación es del 13 o del 17% frente a un objetivo, sino que basta con que seamos conscientes de que hay una desviación importante y que el factor desviado nos importa.

Sin embargo… esta situación es una bomba de relojería para el empresa digital, que ya ésta no es meramente una empresa que usa datos digitales, sino una organización auténticamente impulsada por datos («data driven»), que decide siempre en base a ellos, lo que tiene unas implicaciones muy importantes cuya consideración no es habitual encontrar. En una empresa data driven:

  • Los datos forman parte de la cultura de empresa, son el eje de todos los procesos de trabajo y de las decisiones que se toman sobre ellos, definen qué problemas abordar y permiten identificar sus causas, se ofrecen accesibles a tantas personas como sea posible y se invita a todos a encontrar continuamente nuevas formas de explotarlos.
  • Se implanta una política de analítica de datos muy estructurada que fija normas de gobernanza que aseguren su calidad, que incluye el uso de herramientas de análisis para el control de los principales KPI y que se utiliza tanto para definir la estrategia central del negocio como para analizar problemas, identificar oportunidades o tomar decisiones estratégicas y operacionales con agilidad.
  • Se establece un marco de acceso a los datos amplio, que apueste por jerarquías horizontales, donde trabajadores y directivos se comunican directamente y se contextualizan y personalizan los mensajes a los grupos de interés.
  • Se examinan y organizan los datos con el fin de atender mejor a clientes y consumidores y se aprovechan los datos digitales para proporcionar más valor a los clientes y obtener un aumento de los ingresos.

Como ya decía antes y explicaba hace un año en otro artículo con un propósito bien diferente, la verdad es que, en la mayoría de los casos, trabajar con datos de baja calidad y llenos de problemas «no ha sido en nuestras empresas una praxis desastrosa: el análisis causal se mezcla con la intuición ante resultados anómalos… y la resultante final ha sido suficientemente útil durante toda nuestra vida profesional».

Pero hemos entrado en un mundo en que la combinación de objetos conectados e inteligencia artificial es clave… y «en el mundo de los algoritmos… eso es otra cosaMalos datos implican decisiones erróneas.

Porque si un análisis humano de la información puede aflorar datos sospechosos y por tanto inútiles para tomar cualquier decisión, en el análisis de “big data” pueden convertirse en algo peor si no se detectan: ser directamente dañinos porque las decisiones automáticas se basen en información que conduzca directamente al error».

La generación de información está alcanzando tal dimensión que resulta imposible su procesamiento por humanos, por lo que, obtenida en tiempo real, se filtra, conecta y procesa por máquinas en procesos que, si bien en la mayoría de los casos están dando lugar a modelos predictivos (aún de soporte para decisiones humanas), caminan decididamente a modelos prescriptivos en los que, una vez determinadas las variables de control de un proceso, la conjunción de las predicciones de comportamiento no deseado de máquinas o personas con los algoritmos que representen el funcionamiento del propio proceso, hará innecesaria la intervención humana en la toma ordinaria de decisiones.

Y ya a día de hoy, tengo para mí que la mala calidad de los datos de soporte está en el origen de la inmensa mayoría de las frustraciones hasta ahora generadas en proyectos de inteligencia artificial, por falta de integridad (no son completos, no son exactos, no son homogéneos, no son todos los necesarios…).

Poner orden en el mundo inmenso de los datos que ya están generando las empresas para avanzar hacia la noción de empresa inteligente (inteligente en cómo analiza y segmenta el mercado, en cómo fabrica el producto, en cómo compra sus materias primas o en cómo gestiona sus fábricas) es un desafío enorme del que hasta ahora solo han sido verdaderamente conscientes las empresas cuyo negocio es básicamente IT (banca, seguros, telecomunicaciones…).

Al resto nos queda entender su importancia, primero, e impulsar prácticas efectivas de gobernanza de datos, con políticas y recursos específicos para los que, y siento ser pájaro de mal agüero, no van a encontrar mucha comprensión en sus casas… 😉

La transformación digital de una empresa pasa necesariamente por convertirse en una organización no solo gestionada sino impulsada desde la extracción de valor de los datos, para desarrollar su inteligencia en la comprensión del entorno competitivo, para aumentar su capacidad de desafiar el estado del arte del conocimiento de los procesos, o para convertir los datos generados en servicios digitales de valor añadido que le diferencien y potencien su propuesta de valor.

Ya ven, como les advertí en el post de presentación de la serie, cosas muy básicas, nada seguramente que no sepan…

Pero he ahí el primer desafío.

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LAS ENTRADAS DE LA SERIE COMPLETA
5 CLAVES PARA LA TRANSFORMACIÓN DIGITAL DE LA EMPRESA (INDUSTRIAL)
EMPRESA CON DATOS vs EMPRESA IMPULSADA POR DATOS
INDUSTRIA 4.0 vs FÁBRICA 4.0
AUTOMATIZACIÓN Y ROBOTIZACIÓN vs INTELIGENCIA ARTIFICIAL
INFRAESTRUCTURAS TECNOLÓGICAS vs INFRAESTRUCTURAS PARA LA EMPRESA DIGITAL
PROPUESTA DE VALOR DIGITAL vs NEGOCIO DIGITAL

Reflexiones: 5 claves para la transformación digital de la empresa (industrial)

Me apetece escribir sobre algunas de las claves básicas que a mi juicio deben conducir la transformación digital de una compañía industrial… o, en en el caso de varias de dichas claves, la de una empresa cualquiera.

No se tratará de grandes disquisiciones documentales, ni de hojas de ruta detalladas, ni de recetas mágicas que auguren el éxito… sino de cosas muy primarias, muy «de Primero de Transformación Digital», que seguro que ya conocen pero que conviene no permitir que se escapen de la mente en medio de la vorágine de la actividad ordinaria, pero sobre todo cuando decidan que es el momento de definir o revisar el marco estratégico que guíe el proceso.

Para empezar, asumo que, si están interesados en la materia, hace tiempo que habrán llegado a la «conclusión 0», que consiste en entender que cuando hablamos de «transformación digital», la palabra clave es «transformación» y no «digital», mero complemento de la anterior.

Más allá de la mera digitalización de procesos, por tanto, hablamos de innovar digitalmente los sistemas de gestión y el negocio de la organización: innovar en el diseño de los procesos de negocio, gestionar cadenas de suministro o de diseño y producción como sistemas conectados, o desplegar nuevos servicios de valor construidos sobre nuevo conocimiento generado por conexión y explotación inteligente de los datos.

Dicho de otra manera, hablar de verdad de transformación digital es referirse al conjunto de efectos que pueden producirse explotando las nuevas posibilidades de generar valor que la digitalización abre sobre nuevas formas de entender los sistemas (ahora concretados en empresas, pero aplicables a instituciones o incluso sociedades), que permiten plantear servicios, relaciones e intercambios de valor en formas que hasta ahora eran operativamente imposibles o económicamente inviables de ejecutar.

Hablar de transformación (ahora toca de tipo digital, pero en general de cualquiera) conlleva asumir su naturaleza inherentemente estratégica… y por tanto no delegable; conlleva recuperar a Kotter para generar el cambio necesario en la organización; conlleva impregnar capilarmente a la empresa de equipos embarcados en un propósito que inevitablemente tendrá un largo plazo.

No se hable más…

Si me acompañan, pondré el acento en 5 conceptos clave que iré desgranando en sucesivos post breves, a lo largo de este mes de noviembre que se asoma ya en horas. Estos conceptos serán:

  • Empresa con datos vs Empresa impulsada por datos.
  • Industria 4.0 vs Fábrica 4.0.
  • Automatización y robotización vs Inteligencia artificial.
  • Infraestructuras tecnológicas vs Infraestructuras para la empresa digital.
  • Propuesta de valor digital vs Negocio digital.

A por ello…

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LAS ENTRADAS DE LA SERIE COMPLETA
5 CLAVES PARA LA TRANSFORMACIÓN DIGITAL DE LA EMPRESA (INDUSTRIAL)
EMPRESA CON DATOS vs EMPRESA IMPULSADA POR DATOS
INDUSTRIA 4.0 vs FÁBRICA 4.0
AUTOMATIZACIÓN Y ROBOTIZACIÓN vs INTELIGENCIA ARTIFICIAL
INFRAESTRUCTURAS TECNOLÓGICAS vs INFRAESTRUCTURAS PARA LA EMPRESA DIGITAL
PROPUESTA DE VALOR DIGITAL vs NEGOCIO DIGITAL

Vibraciones: mal periodismo, política simplista… y así nos va

Hoy toca ponerse otra vez la piel de cascarrabias…

La imagen anterior corresponde a la de un artículo publicado en El Correo la semana pasada, referido a la presencia del coche en la capital vizcaína, en estos precisos momentos, tras el impacto de la evolución de la propia ciudad y de la cultura ciudadana hacia el uso del coche, de las estrategias municipales al respecto desde hace ya muchos años, o de la omnipresente pandemia que ha afectado a todo… y entre otros aspectos de la vida a nuestros hábitos de movilidad.

Viviendo en Bilbao, el título y el subtítulo llamaron mi atención porque no sentí que se compadecieran bien con la sensación que yo tenía de cada día, así que decidí entrar a leer, para encontrar ese punto de conexión que me faltaba, por lo visto, con la realidad.

No va este post del asunto de la movilidad urbana ni de mis opiniones al respecto, lo aviso… sino del hecho de que, mientras iba leyendo, mi conversación privada empezó a llenarse de juicios críticos sobre la forma en que tanto el periodista como el político implicados en el artículo, iban desgranando su descripción de la realidad y sus propios razonamientos sobre ella.

Digo juicios críticos… pero quizá fuera más exacto hablar de una creciente (aunque leve) irritación por volver a encontrarme con narrativas de la realidad trufadas de tópicos, de manipulaciones populistas o de frases de recetario que esconden, fundamentalmente, una enorme falta de rigor en el análisis de las cosas. Algo que debería formar parte, en un mundo ideal, de las profesiones de la política y el periodismo, ¿no creen?

Si siguen leyendo, quizá acaben pensando que soy un exagerado… pero les recuerdo lo de cascarrabias, ¿vale?… 😉 y tengo para mí que lo que paso a relatar está en el fondo de uno de los problemas principales por los que nos resulta difícil avanzar mejor como sociedad.

Les dejo las analogías e isomorfismos con otras situaciones a ustedes, queridos lectores (que no es difícil)… y me meto con el asunto en cuestión, que iré desgranando en varios puntos.

«El coche vuelve a reinar en Bilbao»

En realidad, el periodista matiza nada más empezar que debería decirse que «el coche sigue reinando en Bilbao porque, en realidad, nunca ha dejado de hacerlo».

Pues va a ser que no. Y basta ver los datos que el propio periodista aporta para ese periodo de datos, al parecer tan preocupantes, que va del 1 al 19 de septiembre:

  • 1’52 millones de vehículos, dicen (?), que han entrado en la ciudad.
  • 998.128 viajeros exactos en Bilbobus.
  • No especifica los viajeros en metro… pero sí dice que se han situado al 80% de los viajeros prepandemia. Si recordamos que en 2019 el metro movió 97 millones de viajeros, podemos calcular, como aproximación grosera, el 80% de la parte proporcional a los 19 días considerados, lo que nos da una estimación (grosera, insisto) de unos 4 millones de viajeros.
  • Se mencionan los desplazamientos en bicicleta (el servicio BilbaoBizi), pero no se cuantifican… lo que creo no impactará mucho en el cálculo global, porque en esos 19 días seguramente no habrán sido más que 100 o 200.000…
  • … cosa que no ocurre con los desplazamientos a pie: con solo suponer, por hacer otra aproximación grosera, que 1 de cada 4 bilbaínos haga un único desplazamiento a pie al día por la ciudad, se agregarían más de 1’6 millones adicionales al cómputo del periodo considerado.

En resumen, que podemos simplificar diciendo que, en esos 19 días de septiembre, se habrán registrado unos 8’5 millones de desplazamientos en la ciudad, de los que solo 1’5 (el 18%) habrán sido en coche.

Como «licencia poética», decir que el coche reina puede quedar muy «guay», pero como información, que debería estar basada en datos veraces y contrastados… ¿el coche es el rey? 😮 ❓

«Parecen hacerse realidad los peores temores. Desde el primer momento se sospechaba que el vuelco del transporte público al privado podría terminar consolidándose. […] Pues eso es lo que está ocurriendo»

Pues tampoco. O no me parece que pueda afirmarse de tal manera.

¿Cómo se puede hablar de «consolidación», de una «nueva» situación de movilidad o de una «nueva» cualquier cosa ligada al comportamiento humano, sin haber salido aún de la pandemia?

Es un puro ejercicio de alarmismo, detrás del cual, tanto en el periodista como en el político, no hay sino intereses espurios. En el periodista, de impactar con la lectura mediante brochazos livianos de sensacionalismo en lugar de rigor. En el político, de aprovechar la labor del periodista para apalancar su protagonismo y su visión al respecto, alentando mensajes populistas que crean opinión a su favor: por una vez (y me temo que sin que sirva de precedente), recorrer los propios comentarios al artículo merece la pena para encontrar varios que, más allá de alusiones personales, desnudan el inexistente pensamiento múltiple del protagonista, de cuyo juicio escapan muchas realidades que parece obviar.

A ver… dejen que fundamente mi opinión para que nos entendamos sin que consideren que me he venido muy arriba…

Ante la cuestión de que el miedo a los contagios haya retraído a los ciudadanos del uso del transporte público, la respuesta del político es «Tenemos certificaciones que demuestran que subir en Bilbobus es seguro». ¿¿¿Certificaciones??? 😮 ¿De qué certificaciones habla, cuando ni científicamente aún se puede demostrar qué es seguro y qué no, o hasta cuánto de seguro es nada?

Y esa frase… Después de que durante el largo año y medio de pandemia, nos hayamos hartado de ver a las autoridades intentándonos meter en la cabeza (y menos mal) que teníamos que cambiar nuestros comportamientos y huir de estar en aglomeraciones y sitios cerrados, o no tocar objetos que otras personas tocan… ¿cómo se entiende lo de «certificar» ahora que docenas de personas metidas dentro de una lata, a 80 cm. de distancia una de otra, sea «seguro»?

¿No será que la situación actual cuestiona su manera de ver el mundo, hiere el prurito personal de querer dejar huella «implantando lo que pienso», o introduce un fondo de pérdidas adicionales a un servicio público ya deficitario? ¿No será que necesita por ello empezar ya a combatir dicho cuestionamiento (ahora que vamos estando vacunados y que las consecuencias de un contagio no parecen ser tan graves), asumiendo la pérdida de una prevención que hasta ahora era una tragedia, en plan «pelillos a la mar»?

Hmmm… no está bien pensar mal, creo… ¿o sí?

El coche, «el gran enemigo de las ciudades del siglo XXI tanto desde un punto de vista ambiental como de movilidad»

Probablemente hoy nadie cuestione este postulado… pero déjenme decirles que es igualmente cuestionable.

Una vez más, hemos puesto el foco en el coche, algo que todos podemos ver y tocar, para convertirlo progresivamente en lo que algunos pretenden (el enemigo número 1 de la ciudad), porque hay gente a la que le va la vida en movilizar a los demás (en lo que sea)… o en una mirada más oscura, en impulsar subrepticiamente intereses económicos o políticos distantes de los dominantes.

Sin embargo, me van a permitir el atrevimiento de defender su necesidad en la sociedad actual… e incluso el que sea la forma más sostenible de movilidad urbana para el futuro, aunque eso sí, evolucionando el actual modelo de uso del vehículo.

Para empezar, hemos construido una sociedad móvil, donde ya no es posible repensar los asentamientos humanos en términos de ubicar a las personas al lado de su lugar de trabajo. Por múltiples razones: de flexibilidad, de interactividad, económicas, de vertebración del territorio (evitar «el país vaciado»)… Cada desplazamiento, si no es por ocio, no puede ocupar nada menos que 2 horas para entrar y salir de una ciudad. Muchos de los comentarios en el propio artículo de El Correo inciden sobre ello… y es difícil pensar que una inmensa mayoría del millón y medio de vehículos que entraron en la ciudad no sea por razones laborales, comerciales o administrativas. Hacer que esos tiempos se dividan por 4 de forma generalizada, implicaría unos niveles de inversión en infraestructuras y unas afecciones al propio territorio que pocas sociedades están en condiciones de asumir.

Para seguir, una digresión: si conseguimos simplemente estabilizar el número de desplazamientos en automóvil en una ciudad, o sea, si NO conseguimos que descienda, pero sí que no aumente, ¿sería bueno o malo que se redujera el uso del transporte público para la calidad de vida de la ciudad o para la sostenibilidad del planeta? Pues sería bueno que se redujera, ¿no? De hecho, habiendo el mismo número de coches circulando en las calles, sería magnífico que hubiera menos autobuses, menos metros, menos tranvías y hasta menos bicicletas eléctricas circulando, porque eso significaría menos necesidad de inversión pública en infraestructuras, menos impacto ambiental en su construcción y, sobre todo, menos consumo de energía cada minuto del día.

Aunque como derivada, el porcentaje de uso del coche sobre el total aumentara, claro está.

En definitiva, lo que quiero decir es que el problema hay que verlo desde una perspectiva sistémica y no desde un mantra simplista, como es el de que «cuanta mayor proporción de uso del transporte público, mejor». En parte entiendo que se diga así, porque como eslogan eso se le queda en las meninges a cualquiera… pero no puede soltarse con carácter absoluto. ¿Cuánto de sostenible consideran que es un tranvía o un autobús (aunque sea eléctrico) moviendo sus 30 o sus 15 toneladas respectivamente de hierro, cobre, vidrio y aluminio por toda la ciudad, en tantos y tantos viajes en los que al cabo del día van solo 5 o 6 personas dentro? ¿No sería mucho más medioambientalmente sostenible que cada una de esas personas se hubiera movido en un pequeño city car eléctrico? ¿Lo pensamos?

Piensen en un escenario de vehículos puramente urbanos, pequeños, de conducción autónoma y uso compartido, cuyo uso se gestione desde el móvil y que recoja y entregue a cada viajero literalmente punto a punto, sin necesidad en muchas horas del día sin ni siquiera estar aparcado… y con una ocupación por encima del 80% de su tiempo, en vez de esos coches nuestros, mayoritariamente parados casi todo el día.

¿Qué sentido piensan que tendrán en este escenario (que es creíble a medio plazo) buses, metros y tranvías (o sea, cualquier medio de transporte colectivo)? Igual ninguno, ¿no?

Para terminar, me permitirán que postule que el coche no creo que sea, de ninguna manera, «el mayor enemigo de las ciudades del siglo XXI desde el punto de vista ambiental»:

  • Las ciudades son responsables del 67% del consumo energético total, sí… (aunque cuando se dice esto, debería decirse también que en Europa, las ciudades producen el 85% del PIB), pero junto al consumo de energía en el transporte están los consumos en iluminación urbana, en el consumo de agua caliente sanitaria o en el consumo energético de edificaciones y viviendas (climatización, iluminación, consumo de aparatos en el hogar..). El consumo energético de hogares y servicios (comercio y administración, fundamentalmente) es el 31% del total… y casi en su totalidad se da en ciudades. El consumo en industria (24%) se da mayormente fuera de la ciudad, así que en términos energéticos… ¿de verdad es el transporte el mayor enemigo por consumo en la ciudad?
  • Cierto es que el transporte en general y el automóvil en particular son el principal problema en cuanto a calidad del aire que se genera en la ciudad (yo sigo sospechando que existen datos sobre la afección a la salud que no son públicos), pero… el ya incuestionable desembarco del vehículo eléctrico lo irá eliminando más a corto que a largo plazo… y conviene no olvidar que en las ciudades sigue sin estar resuelto el tema de los residuos urbanos, quizá encauzado en cuanto al tratamiento de las aguas residuales (¡aunque a qué coste!), pero aún hoy con casi media tonelada de residuos sólidos urbanos generados por habitante y año, que nos vamos quitando progresivamente de encima mediante políticas limitadas de reciclaje, pero que descansan aún fuertemente en vertederos e incineradoras. Así que… ¿se puede asegurar que el automóvil sea (o al menos que vaya a ser), el mayor problema de la ciudad en cuanto a impacto ambiental?

«El parque móvil de la ciudad sigue creciendo […] Nunca antes había habido tantos coches en la ciudad. Algo que ocurre pese a que la población va a menos»

¿¿¿Y qué???

Inducir en el pensamiento de los lectores una relación directa entre el número de vehículos que conforman el parque de automóviles de la ciudad y el incremento de uso de los mismos en la propia ciudad (introduciendo la idea en el contexto de este artículo), es una falacia argumental para una urbe moderna.

La sociedad ha evolucionado hacia hogares más pequeños, incluso monoparentales o individuales… y las necesidades de disponer de un medio autónomo de desplazamiento están muy ligadas al concepto de número de hogares, más que al de volumen de población.

La cuestión no está en que existan más o menos coches censados en una ciudad (si me apuran, más coches significa más poder adquisitivo medio, o más independencia personal de movimiento, lo que no es precisamente algo malo), sino en que su uso en la ciudad no sea la mejor opción a elegir… no por prohibiciones y penalizaciones sobre su uso, sino porque haya alternativas más satisfactorias en cada desplazamiento que uno se plantee realizar (por distancia, por tiempo, por disponibilidad de aparcamiento, por necesidad de mover cargas, por horarios…).

De hecho, a pesar de ese «enorme» aumento del parque de vehículos, mi experiencia personal es abrumadora en cuanto a moverme en coche por Bilbao: ya casi nunca lo hago (mi uso del coche se ha visto limitado ya casi solo a necesidades que implican salir de la ciudad), pero cuando lo considero necesario, en general me resulta más fácil y ágil moverme hoy por sus calles que hace unos años. O al menos, la experiencia claramente no es peor.


Existe una moda, casi obsesión en algunas personas con ocupación política en lo hoy políticamente correcto, en desterrar el coche de la ciudad, pero la verdad es que las arcas municipales ingresan un buen porrón de millones al año solo por el hecho de que existan esos coches, se muevan o no.

Los vehículos en Bilbao le reportarán al ayuntamiento de la villa, calculo grosso modo (y me da igual equivocarme en un 20% arriba o abajo)… unos 30 millones anuales entre impuestos de circulación, canon de aparcamientos, tasas por estacionamiento y multas. Considerando que los ingresos son de casi 600 millones, pero que de ellos más de 150 se van en costes de personal, 50 en amortizaciones y más de 180 en gasto ordinario… esos 30 millones me da que son muy necesarios para seguir financiando iniciativas como el Arriaga, el funicular, Surbisa, la Alhóndiga o Bilbao Ekintza. O eso creo.

Hay otros aspectos en que se podría fundamentar una visión muy crítica del modelo actual de uso del automóvil (la ruinosa eficiencia de invertir en un sistema de movilidad personal que no se explota ni en el 5% del tiempo disponible, o la servidumbre de suelo que supone la presencia de muchos vehículos en la ciudad, por poner dos ejemplos). En sentido contrario están las enromes aportaciones al empleo o a la generación de riqueza del sector. Pero ni de una cosa ni de otra trata este post

En este mundo de información líquida, cada vez más sesgada o de incierta fiabilidad, echo cada vez más de menos disponer de información confiable, independiente y rigurosa.

Pero en fin… mucho más echo de menos una sociedad que a eso le dé suficiente valor, la verdad… y así nos va, me temo, en el conflicto de cada día…

Vibraciones: análisis del rendimiento en los JJ.OO. de Tokio 2020

Hace solo unos días, cuando faltaban apenas un par de jornadas para la ceremonia de clausura de los JJ.OO. de Tokio, una de las etiquetas de Google llamó mi atención. Decía así: «España no está consiguiendo ‘pocas’ medallas, está consiguiendo exactamente las que paga«.

Entré a leer el artículo que enlazaba, movido por la curiosidad de ver cómo argumentaba semejante afirmación y hasta qué punto los datos que pudiera aportar para sustentarla ofrecían una correlación al menos aparente… y a partir de ahí nació este post… 🙂

Encontrarán a continuación algunas conclusiones que he ido obteniendo de datos que he ido buscando, compilando y cruzando… y creo que no se sorprenderán si anuncio alguna notoria contradicción con los postulados de ese y otros artículos que me he ido encontrando por el camino. 😉

Les adelanto la lista de mis conclusiones, solo para abrir boca:

  1. La inversión en el «Plan ADO» para Tokio ha sido la más eficiente de su historia.
  2. No es verdad que esta vez hayamos mandado deportistas a mansalva y tampoco que su rendimiento haya sido muy bajo.
  3. Las comparativas de medallas entre países no pueden hacerse bajo criterios puramente numéricos.
  4. Una gran población no garantiza un rendimiento proporcional en medallas… o en todo caso hay otro factor.
  5. Un mayor PIB no produce mas medallas… sino en todo caso al contrario.
  6. La proporción de deportistas que envía un país y la proporción de medallas por deportista que consigue se parecen «como un huevo a una castaña».
  7. Hay estrategias de éxito, si el éxito es conseguir muchas medallas.

Si alguna les ha despertado curiosidad, aunque solo sea una… ya saben: sigan leyendo. 🙂

1. LA INVERSIÓN EN EL «PLAN ADO» PARA TOKIO HA SIDO LA MÁS EFICIENTE DE SU HISTORIA

El Programa ADO fue una magnífica iniciativa nacida para preparar los JJ.OO. de Barcelona-92, consistente en activar, mediante colaboración público-privada, los fondos necesarios para romper la sequía de medallas tradicional en el deporte español hasta ese momento, becando deportistas de alto rendimiento y asumiendo los costes de grandes preparadores o materiales especiales, con asignaciones presupuestarias realizadas por periodo olímpico.

Su éxito fue incuestionable en Barcelona… y ha seguido siéndolo olimpiada tras olimpiada si atendemos su objetivo y comparamos los logros de antes y después de su existencia.

Pero la pregunta que muchos artículos de estos días se han estado haciendo es: ¿ha sido rentable la inversión ADO para Tokio? ¿Está perdiendo el modelo efectividad?

Para responder a esto, me he limitado a tomar unos pocos datos y armarlos en la tabla que sigue a continuación:

Es verdad que las asignaciones presupuestarias al Plan ADO han ido rediciéndose progresivamente en los últimos 20 años, desde que se fijara su dimensión para Pekín (más del doble que la de Tokio), pero eso no significa, como verán, que el rendimiento de dicha inversión haya descendido en proporción, como mostraré a continuación. Más bien todo lo contrario.

Como verán (y esto es especialmente claro en la tabla y el gráfico que les muestro inmediatamente después de este comentario), nunca habían resultado tan baratas las medallas (1’8 M€/medalla) o los diplomas olímpicos conseguidos (0’5 M€/diploma) como en Tokio. Y eso sin considerar que el efecto de la inflación no se ha tenido en cuenta en estos 20 años, lo que es un factor MUY significativo (aproximadamente un 35% en ese periodo) que en ningún lugar se contempla.

Me sirve esta última gráfica para hablar de los «oros». Y es para decir que de ello no hablaré mucho más, porque requeriría, en todo caso, un análisis aparte, porque a la vista está la enorme variabilidad del preciado metal frente a la cosecha de medallas en general… y porque me da que, aunque solo sea por masa y cultura (de esto hablaremos más adelante), difícilmente saldrá en este país uno de esos deportistas reyes del Olimpo, uno de esos que son capaces de levantarse 3, 5 o 7 medallas de oro en unos únicos juegos olímpicos. Solo para este tipo de súper humanos el oro es muy diferente al resto de las medallas a la hora de definir expectativas.

2. NO ES VERDAD QUE ESTA VEZ HAYAMOS LLEVADO DEPORTISTAS A MANSALVA Y TAMPOCO QUE SU RENDIMIENTO HAYA SIDO MUY BAJO

Bueno… o al menos los datos no son alarmantes en comparación con las citas precedentes.

Las mismas tablas anteriores son una demostración palpable: es verdad que ha ido casi la mayor cantidad de deportistas (321) tras Barcelona (430), pero solo han sido 1 más que la media de las 8 citas bajo el Plan ADO (320), o incluso solo 17 más que la «media-sin-contar-Barcelona» (304). No sé a ustedes qué les parece, pero a mí me da que veinte arriba, veinte abajo… es más o menos lo de siempre.

Además, es importante recordar que la selección de deportistas no se rige por criterios arbitrarios o por amiguismos. Seguro que alguno me saca a relucir algún manejo turbio, pero les aseguro que será una excepción: por lo general, son las federaciones internacionales las que marcan la marca mínima que un deportista debe alcanzar (y en qué momento o periodo) para poder inscribirse en los Juegos o, como en el caso de las competiciones por equipos, las que regulan y ponen en marcha una competición previa clasificatoria.

El ejemplo de la IAAF (atletismo) es suficientemente significativo de la dureza de los retos impuestos: va el que se lo gana… y si le dejan: las federaciones nacionales pueden establecer, a partir de los anteriores, criterios más limitantes si así lo desean.

En realidad, el que a una Olimpiada acudan más deportistas de un país que en ocasiones precedentes, lo que habla es bien de la evolución del deporte de élite en ese país. 🙂

Respecto del rendimiento, la gráfica siguiente permite visualizar cómo los ratios de medallas o diplomas por deportista no difieren sustancialmente de otras ediciones, con líneas de evolución que, salvo excepciones en positivo como los diplomas en Atenas o en negativo como las medallas en Sidney, muestran una estabilidad muy notable.

3. LAS COMPARATIVAS DE MEDALLAS ENTRE PAÍSES NO PUEDEN HACERSE BAJO CRITERIOS PURAMENTE NUMÉRICOS

A partir de este punto, trataré de exprimir algunos datos básicos que caracterizan a los 25 países que ocuparon la cabeza del medallero definitivo de Tokio 2020, por ver si cruzando algunos de ellos podemos extraer alguna curiosa conclusión.

Pero mucho ojo, porque las conclusiones precipitadas en este tipo de análisis (sin asomo de rigor científico) no son más que un divertimento (como este mismo artículo)… y en lo que se lee por cualquier lado, prensa a veces incluida, con demasiada frecuencia se toman como demostradores incontestables de postulados que en realidad tienen los pies de barro.

Y es que es muy frecuente encontrar comparativas entre países sobre distintos ratios de medallas conseguidas, por ejemplo, fijándose en la población relativa, o en el número de atletas que se envían por cada uno, o en el poderío económico de cada país, o en la inversión realizada… y estas comparativas carecen totalmente de sentido, por una razón tan simple como la que muestra las siguientes tablas:

Como ven, España envía el 58% de sus deportistas dentro de deportes de equipo, frente al 24% del total de inscritos en los juegos.

¿Y cuánto de relevante es esto? Pues su impacto es enorme, como demuestra la segunda tabla, de donde extraemos el dato de que solo el 6% de las medallas se entregan en deportes de equipo: España envía casi dos tercios de sus representantes a deportes donde solo se reparte el 6% del metal.

¿Cómo se van a conseguir ratios homologables de «medallas/deportista» en esas condiciones?

Imposible, ¿no?

Pues eso… Recuérdenlo cuando vuelvan a ver comparaciones de ese estilo, que las hay y las habrá, olimpiada tras olimpiada… 😀 😀

4. UNA GRAN POBLACIÓN NO GARANTIZA UN RENDIMIENTO PROPORCIONAL EN MEDALLAS… O EN TODO CASO HAY OTRO FACTOR

Cruzando los datos de población, deportistas enviados, producto interior bruto (PIB) per capita o medallas conseguidas de esos 25 primeros países triunfadores, se observan algunas cosas bastante curiosas, sin embargo.

Vean por ejemplo los siguientes gráficos: en países que cuidan su movimiento olímpico (como en mayor o menor medida ocurre en la práctica totalidad de este top-25), cabría esperar que una gran población facilitara el que fuera más fácil encontrar entre ella grandes campeones por una simple cuestión de «masa crítica». Bien, quizá con la excepción de Brasil o Australia, la primera gráfica parece mostrar de alguna forma esta relación… pero conviene detenerse un momento en la segunda…

¿No les llama la atención el que haya países, precisamente los que son más bien pequeños, que consiguen índices de medallas por habitante en una proporción mucho mayor que la que se desprendería de comparar los tamaños de población?

Parecería indicar… si me lo permiten… que hay algún factor que hace que en estos países, el esfuerzo olímpico, fuera el que fuera, da mejores resultados, ¿no es así? Porque si habláramos de países con 2 o 3 medallas, tal vez pudiera justificarse con la diosa fortuna, con haber encontrado un rara avis que sea número 1 del mundo y que distorsione las estadísticas, pero 9 medallas de una Jamaica con menos de 3 millones de habitantes deberían tener otra explicación.

Y las hay, las hay… Una importante es que en varios de los países a la cola de población de este top-25, hay un reconocimiento del deportista de élite muy importante a nivel social; otra, una alta concentración de los esfuerzos en materia de deporte de élite en una disciplina concreta; en todos ellos, una estrategia orientada al logro y focalizada en aquello que se mide, es decir, en el número de medallas a conseguir.

5. UN MAYOR PIB NO PRODUCE MÁS MEDALLAS… SINO EN TODO CASO AL CONTRARIO

Vean los siguientes datos y díganme si no son curiosos… cuando menos.

TODOS los países (6) que están por debajo de los 10.000 € de PIB/persona son TODOS (6) los que tienen ratios de medallas por habitante diferencialmente superiores. ¿Alguien me explica por qué de ese TODOS en base a criterios estadísticos o racionales?

Porque las variaciones entre los 19 países restantes, a pesar de las variaciones de PIB per capita que van de los 76.000 a los 14.000, no son precisamente llamativas comparadas con las anteriores…

Creo que puede haber un factor cultural que haga que, en naciones pobres, el reto de un deportista de élite vaya más allá que el mero logro deportivo. Yo no me atrevo a postular teorías, claro, es solo una intuición… pero da para pensar sobre ello, ¿no creen? ¿Alguna teoría por su parte medianamente fundamentada?

6. LA PROPORCIÓN DE DEPORTISTAS QUE ENVÍA UN PAÍS Y LA PROPORCIÓN DE MEDALLAS POR DEPORTISTA QUE CONSIGUE SE PARECEN «COMO UN HUEVO A UNA CASTAÑA»

O sea, que no tienen nada que ver, que no correlacionan absolutamente. Podría parecer, intuitivamente, que si un país es especialmente estricto con la selección de participantes, endureciendo los criterios de acceso a la olimpiada, por ejemplo, para sus propios atletas, ello significaría un mayor logro en términos de medallas por deportista conseguidas… pero la siguiente gráfica parece demoledora al respecto, ¿no les parece?

Menudo caos, ¿verdad?

Casos como el de USA o el de China parecerían justificar el criterio de que a mayor población, más fácil es encontrar grandes deportistas y por tanto tener una selección más productiva en términos de medallas, rebatiendo el postulado nº 4 anterior… pero ahí están también los casos de Jamaica, Noruega, Suiza, Nueva Zelanda o Dinamarca para refrendarlo.

Así que parece que las claves están en otro lugar, ¿no creen?

7. HAY ESTRATEGIAS DE ÉXITO, SI EL ÉXITO ES CONSEGUIR MUCHAS MEDALLAS

En efecto, parece haber estrategias de éxito en algunos países, centradas en algunos factores que ya apuntábamos también en ese postulado nº 4.

Holanda, al parecer, apuesta por la utilización moderna y profunda de la tecnología, combinada con la contratación de los mejores técnicos a nivel mundial, para facilitar la progresión de atletas a los que cuida en todas las facetas de su crecimiento como persona.

Italia, por su parte, opta por el deporte individual y ofrece a sus deportistas no solo un enorme apoyo financiero en su desarrollo como atletas, sino un futuro profesional ligado al ejército o la policía, que resuelve (si el deportista lo desea) un abismo al que se enfrenta en cualquier otro país cuando se termina, siempre muy tempranamente, su vida deportiva.

Otros, como ya vimos, dicen que «la clave está en la pasta«, lo que desde luego no pretendo cuestionar. Me hubiera gustado tener datos sobre la inversión dedicada por cada uno de esos top-25 países, pero no lo he conseguido.

Aun así, me parece muy claro que el dinero tiene que ser un factor muy importante, pero… lo que igualmente está claro… es que con la estrategia de España de fomentar la asistencia a través de deportes de equipo (lo que implica una muy pobre implicación en el deporte individual) la gran cosecha de medallas no se conseguirá. Ni con dinero.

Y en una cultura deportiva como la de la sociedad española… ¿cómo poner acentos en el deporte individual y especialmente en el minoritario?

Porque yo sí soy de los que cree que un país debe poner parte de sus recursos, independientemente de las necesidades sociales a las que tenga que atender, en apoyar el deporte de élite, más cuando el esfuerzo que se requiere es insignificante en relación al presupuesto de cualquier país (me repugnan cada vez más los argumentos populistas, fáciles y baratos), democrático e igualitario en base a que los apoyos financieros se entregan a quienes lo merecen, independientemente de su posición social (y son numerosísimos los ejemplos que demuestran que no se circunscriben precisamente a clases acomodadas) y consistente con quienes están dispuestos a ser cobayas en la exploración de los límites del ser humano, mientras, para ello, se movilizan infinidad de recursos de apoyo, que a su vez generan también tejido social.

Ahora bien… ¿no será éste un país que, en el «mientras tanto» que va de unos juegos a otros, el gasto en el deporte minoritario e individual sería más un riesgo de crítica o en cualquier caso un invisible pozo sin fondo, frente al ganar o no perder votos mediante acciones de propaganda populista? ¿No, verdad?

Complicado va a ser…