Vibraciones

Vibraciones: Cataluña

Mi muchas veces admirado Manel Muntada, ha abrazado definitivamente la defensa pública en las redes del referéndum catalán convocado por la Generalitat para este domingo.

La mayoría de mis amigos y conocidos catalanes lo ha ido haciendo a lo largo de los últimos meses, y aunque en su caso me había parecido que de forma más tardía (algunos de mis contactos llevan al menos dos años haciendo proselitismo del “problema catalán” y ya hace mucho que no hablan ni comparten otra cosa), ayer enlazaba en Facebook un artículo de Jordi Galves, publicado por elnacional.cat, que les invito a leer antes de seguir con este post.

¿Ya?

¿Lo han leído?

Pues sí es así…

  • En efecto. Todo eso y mucho más (pero más serio) es lo que muchos miles (¿millones?) de personas y toda una generación de dirigentes políticos han decidido arriesgar jugándose la partida a un órdago a la grande.
  • Y sin embargo… ya hace mucho, pero mucho tiempo que observé que los viejos jugadores de mus juegan “a la piedra”… y es la forma en que parece que siempre… terminan ganando.

Hace ya más de cuatro años que conversaba con Alfons Cornella y Josep Lluis Sánchez en un acto que organizamos en Mondragón sobre lo que entonces ya estaba en marcha, al hilo de la convocatoria de Artur Más para el fallido referéndum de noviembre de 2014. Ellos ya estaban convencidos del camino a seguir, a pesar de que mi visión (distante, no podía ser de otra forma) se aproximaba más la de una generación de políticos catalanes que había decidido conducir a sus ciudadanos por el abismo de las emociones… que es un camino que percibo que siempre acaba mal.

Como mínimo, como un ejercicio de gigantesca frustración social y colectiva.

Con suerte.

Muchos meses más adelante, quizá un par de años, manifestaba públicamente mi estupor (creo que fue mediante un tuit) por la forma en que mi mil veces envidiada, culta e inteligente Cataluña seguía haciendo ruta hacia un suicidio colectivo. “No lo entiendo”, decía yo… Alfons se ofreció: “Te lo explico”. Y yo: “Gracias, pero creo que no me apetecen explicaciones”.

En realidad, creo que sí lo entendía… Lo entiendo. Pero me siguen sin apetecer las explicaciones, porque no tienen ningún valor.

No he escrito prácticamente nada sobre Cataluña en estos años de tensión y desafío político, ni en forma de artículos, ni de enlaces, ni siquiera de comentarios a las publicaciones de los demás. No creo que en total haya más de una decena de modestas y brevísimas intervenciones mías en las redes sobre este tema… y un par de ellas (les aseguro que honestamente creo que MUY educadas y hasta discretas) han tenido como consecuencia que alguien me ha dejado de seguir.

La mentira egoísta es infinitamente menos dañina que la que se envuelve en papel de regalo. La verdad y la honestidad intelectual son conceptos mutilados en las discusiones que observo y la manipulación más descarada camina desnuda entre las justificaciones sin que nadie se atreva a decírselo al rey. Y no encuentro que NADA de lo que ha venido sucediendo en la vida pública en estos años, por poco que me satisfaga o por mucho que me repugne, lo justifique.

Veo a amigos y conocidos embarcados en una etapa emocionante y “trascendente” de sus vidas. También alguno por aquí, aunque la distancia predomina. Pero a mí me genera una profunda tristeza. Qué pena…

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Vibraciones: violencia e imagen

Al hilo de los atentados de Barcelona y Cambrils y del tratamiento que se ha dado a imágenes relacionadas con los mismos, han surgido numerosas críticas a su divulgación, que se han dirigido indiscriminadamente a ciudadanos particulares y a medios de comunicación, particularmente a la prensa.

Hay una recomendación general, que según parece concita el acuerdo de asociaciones de víctimas, fuerzas de seguridad y psicólogos especializados, sobre la inconveniencia de publicar imágenes de las consecuencias de la violencia de un atentado sobre las personas.

Y yo, qué quieren que les diga… disiento de ella.

Hay razones para ello y no son menores, no se me escapan, pero veo también razones poderosas para lo contrario y, en el balance, mi posición se define al otro lado. Trataré de explicarlo, aún sabiendo lo complejo y sensible del asunto…

En realidad, mi argumentación se basa en un primer postulado en el que creo sin temor a ser ingenuo o meapilas: el mal existe. Anida en la mente de personas y las esclaviza desde el deleite de las emociones negativas, disfrazadas de razones que resultarían injustificables desde una posición de simple dignidad humana, posición que queda secuestrada e imposible para quien abraza el mal.

En alguna ocasión ya he mencionado mi obsesión por Perdita Durango, esa no del todo exitosa película de Álex de la Iglesia en la que el personaje de Romeo Dolorosa me dio, por primera vez en la vida, la oportunidad de entender los mecanismos del mal, de cómo un ser humano puede acomodarse en ello hasta convertirlo en el lugar donde quiere estar, el lugar donde obtiene sus más íntimas satisfacciones.

Esa película desnuda también algunos factores que lo caracterizan… y hay uno que merece ser destacado: cuando el mal alcanza su grado supremo, en el que las consecuencias para uno mismo carecen de la más mínima importancia, el único límite que tiene es lo que no alcance desde donde esté, porque a su alrededor todo puede ser objeto de destrucción, con mayor saña cuanto más bienintencionado, correcto e ingenuo sea lo que se le enfrente.

El mal se extiende hasta donde alcanza a ver… y por eso al primer postulado anterior es necesario añadir un segundo igual de importante: el mal debe ser combatido. Como en la Alemania nazi, como en otros fenómenos de terror que desgraciadamente nos han rodeado demasiados años, mirar para otro lado solo alimenta a la bestia, convencerse de que “no va conmigo” solo ayuda a que se extienda hasta que llegue el turno, y discutir sobre el sexo de los ángeles en el territorio del bien solo es campo de cultivo convertido en filosofía barata con la que el mal se fuma sus canutos.

Hay que ir a la semántica de la palabra terrorismo: se trata de infundir terror. Y cuando los atentados son indiscriminados, se trata de provocar el terror en la población en general, en usted, en mi, en todos nosotros… ¿Y para qué creen que se hace? Pues, mis estimados lectores… sencillamente para influir.

Para influir en las instituciones que se supone representan a quienes atacan, para influir en las decisiones de sus estados, para influir en la opinión de sus ciudadanos, para influir en su modo de vida, en sus leyes, en sus normas de convivencia y en su esquema de valores, para que quienes les estuvieran combatiendo se replieguen por miedo a las consecuencias no solo externas sino fundamentalmente internas… y ellos consigan expandir el poder que germina de su maldad.

¿Y de qué hablamos cuando hablamos de influir? Pues de comunicación. “Comunicar es influir” es una de mis frases favoritas desde que la escuché a Pablo Gonzalo. Si no lo entienden, en mi opinión les falta aún camino por recorrer en esta materia, siento ser tan tajante…

Para sembrar terror, toda acción es inútil sin comunicación: si el neutralizador para borrar la memoria de ‘Men in Black‘ pudiera existir y ser usado sobre grandes colectivos civiles, ningún movimiento terrorista utilizaría el atentado indiscriminado como arma, porque perdería todo valor. Por el contrario, centraría exclusivamente su acción en la amenaza directa a los decisores del estado… y lo debería hacer individuo a individuo…

En cualquier caso, creo que coincidirán conmigo que sin neutralizadores esto es simplemente imposible 😉 … y que incluso si existieran sería ilícito usarlos porque parte de la libertad consiste en el derecho a conocer la verdad.

Eso nos coloca directamente como observadores de cómo actúan los medios de comunicación ante un acto terrorista, en especial si se trata de un acto especialmente violento e indiscriminado. Y en el mundo en que vivimos… casi que en todos nosotros como “agentes de comunicación”, porque la ya omnipresente presencia de internet nos habilita como tales.

¿Deben publicar los medios de comunicación imágenes explícitas de las consecuencias violentas de un atentado terrorista? ¿Deben mostrar muertos y heridos, cuando éstos se produzcan? ¿Deben hacerlo en la inmediatez de los hechos? ¿Debe hacerlo cualquiera que tenga la posibilidad de obtener una imagen? Las preguntas han estado presentes entre ciudadanos, profesionales de la comunicación, psicólogos… y la crítica ha sido con frecuencia feroz contra los medios que las han mostrado, muchas veces generalizada y no razonada, otras tendenciosamente focalizada hacia unos y no hacia otros, o incluso extendida con fiereza a quienes se esforzaron por razonar y justificar una posición favorable a su difusión, aunque fuera con condiciones.

Mi impresión (no sé si la suya, amables lectores) es que, aun admitiendo que se han cometido algunos excesos, de nuevo se ha abierto un episodio de caza de brujas en este terreno, otro ejercicio hipócrita más de eso que convenimos en llamar “matar al mensajero”.

Yo creo que es absolutamente imprescindible ofrecer esas imágenes. Como es necesario ver las consecuencias de Abu Ghraib, o como es vital mostrar la cara de una mujer víctima de la violencia machista a la que le acaban de hinchar el ojo y reventar el labio de una paliza.

El terror utiliza con maestría nuestra obligación y derecho de comunicar la realidad… así que no podemos renunciar a esa batalla que es clave en su estrategia: tenemos que utilizar ese mismo derecho al menos con la misma inteligencia, para que la sociedad no esconda la cabeza en el “de momento no me ha tocado a mí”, para que interiorice la necesidad de asumir los riesgos de enfrentarse abiertamente a una lacra como esa, para que diez días después no volvamos todos a nuestra cómoda-aunque-compleja vida como si los responsables de atajar el problema fueran solo aquéllos a quienes pagamos.

Claro que tiene que haber límites. Como en todo en la vida. Y reglas de actuación: recordemos que se trata de actuar con inteligencia… y eso exige control y consensos sobre el método.

Los límites en la prensa

Hablando en primer lugar de los medios de comunicación formalmente establecidos, los límites a definir pueden tan simples como los siguientes:

  • Las fotografías no deben mostrar imágenes de personas heridas o fallecidas de modo que puedan ser reconocibles por familiares o amigos, hasta que las familias de los afectados no hayan recibido la correspondiente comunicación. Pero eso no impide publicar con inmediatez imágenes que reflejen la cruda realidad de lo que está ocurriendo… una vez convenientemente tratadas. Es muy fácil y no requiere más que un sencillo trabajo técnico al alcance de cualquiera.
  • Al menos en un atentado indiscriminado, en ningún caso debe identificarse con su nombre una imagen tomada de una víctima en el mismo lugar de los hechos (o posibilitar que sea identificable), salvo que se obtenga el permiso previo de sus familiares más directos.
  • Las fotografías no deben mostrar detalles de un dispositivo policial establecido mientras ese dispositivo policial esté en marcha. Ni de vehículos ni de agentes.. y en este caso, ni de textos explicativos o indicativos de posición. Les parecerá de perogrullo… pero la solución a este punto, cuando se da un caso concreto, no es tan sencilla como en el caso anterior, créanme, porque la valoración no depende muchas veces del criterio del periodista, al que le pueden faltar datos para establecer un juicio. Por supuesto que nunca deben mostrarse rostros de miembros de fuerzas de seguridad.
  • Las informaciones obtenidas en la inmediatez de los hechos deben proceder exclusivamente de fuentes directas u oficiales para aceptar su difusión. Las informaciones (incluidas imágenes) de sospechosos o domicilios potencialmente implicados, deben proceder siempre de una fuente confirmada.

Déjenme poner un ejemplo de libro que no implica directamente a personas concretas: la divulgación en toda la prensa de la noticia de que uno o dos terroristas se habían atrincherado, con rehenes, en un restaurante turco de Barcelona (del que se dio nombre e incluso fotografía de la fachada), poco después del atentado en las Ramblas. Era una noticia falsa que nadie verificó con los medios policiales u oficiales… pero todos la dieron, incluso con variantes. Y aun suponiendo que hubiera sido cierta… ¿de qué habría servido darla? ¿Habría ayudado a la acción policial que hipotéticamente se estuviera desarrollando? ¿Habría protegido la vida de personas? No, no y no, ¿verdad? ¿Y entonces…?

Creo que, en una crisis como la producida por un atentado de gran impacto humano, social y mediático como los de estos días, debería haber un “comité de comunicación de crisis” con participación de policías, administración y medios de comunicación, que validara las informaciones que cada medio difundiera en tiempo real. Bien realizado… podría incluso garantizar las exclusivas periodísticas y tan solo retrasar su publicación solo unos breves minutos, ¿no creen? Y sobre todo… favorecería extraordinariamente (creo) la labor policial y conduciría la colaboración ciudadana en la forma más segura y eficiente posible.

Los límites en nosotros

Queda por definir qué hacer con los comunicadores no profesionales, es decir… cualquiera de nosotros con un móvil en la mano. Internet nos permite ser generadores de contenidos o transmisores y difusores de información con un simple teléfono móvil y eso es… imposible de controlar. Pero no tiene por qué estar libre de crítica o de normas de uso social generalmente aceptadas: del mismo modo que casi todo el mundo sabe que escribir en mayúsculas en un chat es como gritar, ¿por qué no crear un manual de estilo o de uso para crisis con víctimas, que lo mismo pueda aplicarse a una masacre terrorista que a un terremoto o a unas graves inundaciones?

Y es que aquí soy mucho más crítico que con el papel de los medios de comunicación estructurados. Me repugna hasta la náusea el narcisismo de quienes apuntan su móvil a una desgracia humana como primera pulsión vital al verla, con el objetivo de mostrarla descarnadamente a los amigos, a los medios o al mundo, para decir simplemente “mirad lo que YO tengo” o “YO he estado ahí”.

Porque en estos casos es infinitamente más probable que se infrinjan los límites que a la actividad de la prensa impondría yo según el punto anterior. Es casi imposible evitar que imágenes en que víctimas fueran reconocibles, incluido niños, circulen por internet viralmente, imposibles de controlar, causando un daño adicional y totalmente evitable al daño ya causado.

La primera obligación de cualquier ciudadano testigo o implicado en un acto terrorista es proteger su propia vida; luego, avisar a los servicios sanitarios o las fuerzas policiales y colaborar después en las formas en que ellas demanden y, finalmente y solo después de lo anterior, ocuparse de atender a los afectados si se dispone de capacidades para ello.

Y nada más.

Debería por lo tanto establecerse también una especie de “código deontológico universal” por el que quienes obtengan imágenes en el momento de un ataque o en los momentos siguientes al mismo (sin poner en riesgo su vida ni la de otros), las subieran a una plataforma habilitada para ello y a disposición del mismo comité de comunicación anterior.

No es momento de ponerse medallas, sino de colaborar como ciudadano.

Y tranquilos los narcisistas… En realidad, cada imagen, cada grabación, quedaría liberada (todas ellas) solo unas horas o un par de días después, cuando ese comité considerara su divulgación ya inocua para la gestión del caso… y tendría así asegurado el reconocimiento público y universal de su propietario. Si se quiere, hasta en blockchain

Separar el mal y su origen

Espero que la inmensa mayoría de ustedes coincida conmigo en esto…

Por muchas imperfecciones que demuestre tener, en un estado democrático en el que ninguna opción ideológica o posición política es imposible (aunque a veces el camino para conseguirla sea extremadamente difícil), en el que cualquier opción ideológica o confesión tienen cabida (como parte de los derechos humanos, que siempre son individuales) y en el que leyes emanadas del entramado institucional (aun con defectos) establecen normas de convivencia básicas, ejercer la violencia contra las personas como arma para luchar contra ello es inmoral e indefendible.

Y en cualquier estado, del tipo que sea… ejercer la violencia indiscriminada contra personas de forma deliberada, para conseguir objetivos sean o no razonables o justos, es igualmente inmoral e indefendible.

Es instalarse en el mal.

Sin matices.

En mi opinión, todo asesinato es inmoral e indefendible en cualquier circunstancia, pero para lo que trato de exponer en este artículo, me quedaré con lo anterior.

Porque en todo caso, es necesario separar el mal de las causas que posiblemente (o no) provocaran su aparición, de las razones más o menos justas que potencialmente podrían (o no) justificar su existencia. Es necesario marcar una línea roja que ningún ser humano asuma que puede cruzar sin que el resto de la humanidad la combata masiva y comprometidamente sin admitir justificación alguna, ni siquiera el que otro “mal” pudiera ser el origen del suyo.

Eso fueron los derechos humanos, en el fondo: un compendio de líneas rojas públicamente reconocidas por la práctica totalidad de la especie humana. Sin matices.

Por eso existen los “crímenes contra la humanidad”.

Por eso existe el delito de “genocidio”.

Por eso, aun con sus innumerables imperfecciones y debilidades, existen tribunales internacionales con capacidad para juzgar y condenar a los culpables. Y por eso creo que una de las labores que nos corresponde como ciudadanos es exigir el reforzamiento y reconocimiento universal de los mismos.

No trato de dibujar un esquema maniqueísta de buenos y malos en el que, obviamente, nosotros seríamos los buenos. El control social de los gobernantes y de los actos de la administración y del estado debe ser intenso y tiene numerosas lagunas, algunas realmente graves… e incluso en ocasiones demasiado cercanas a una actitud criminal. Pero el terrorismo como praxis y el totalitarismo ideológico que SIEMPRE abraza son deleznables e indignos del ser humano, independientemente de su origen o de sus causas.

También sé distinguir entre adolescentes de 17 o de 20 años, maleables y manipulables desde la ideología o la fe, con las mismas herramientas que en el fondo utiliza cualquier secta… y quienes les llevan a la radicalización de sus comportamientos desde la plena consciencia de su madurez. O de cómo gestionar la lucha contra ello…

Pero no quería hablar hoy de eso.

Hoy solo quería hablar de comunicación… su principal arma de acción.

En resumen

El mal nos utiliza para vehicular nuestro terror como arma que fuerce nuestras decisiones colectivas. Usa nuestras angustiosas ansias de escapar de lo que nos atemoriza para provocar la tensión interna que nos desestabilice como sociedad. Es difícil cuestionar esto…

El miedo es un síntoma, una consecuencia emocional de lo que nos puede ocurrir en base a lo que ya ha ocurrido… y siempre es mucho más fácil ocultar los síntomas que corregir las causas. Como ciudadanos, combatir esta disociación sí es una obligación ineludible, porque lo contrario no es inane, no es inocente… ayuda al mal.

Y por eso creo imprescindible que lleguen a la sociedad las imágenes que muestran la crudeza de sus actos, porque las sociedades acomodadas tienden a esconderse de su responsabilidad, desde el no reconocimiento de que su ejercicio de la libertad es la víctima que un movimiento terrorista realmente busca, aprovechándose de la legítima cobardía que como individuos nos genera el miedo que provoca.

Porque como se reconoce universalmente en las más básicas y antiguas normas para una comunicación eficaz, no es lo mismo contar algo que mostrarlo…

No es la primera vez que hay un atentado indiscriminado y de gran magnitud en el entorno de Barcelona. Les recuerdo Hipercor, el Puerto Olímpico, Vic, Reus…

En 1991, ETA atentó con un coche bomba contra el cuartel de la Guardia Civil en Vic. Cuando hoy simplemente se incluye este atentado en una lista, ya no se cuenta que se hizo empujando el coche bomba hacia el patio interior donde jugaban las familias, haciéndolo estallar al llegar al centro del mismo… y que por tanto en él, además de numerosos heridos, entre los 9 muertos hubo 4 niñas de entre 7 y 14 años. Pero es cuando se muestran las imágenes cuando uno interioriza de verdad que aquello fue… una auténtica masacre.

Una matanza indiscriminada de consecuencias buscadas y deseadas, de las que sus autores fueron plenamente conscientes antes y en el mismo momento de activar la detonación.

Desde los dominios del mal.

Necesitamos ver. Incansablemente. Para distinguir. Para juzgar. Para actuar.

¿Hay alguien que pueda explicarme que hoy las cosas han cambiado?

Vibraciones: el desastre aeroportuario (… y de “norwegian”)

Era mi primer contacto con Norwegian, una compañía aérea que asaltaba el aeropuerto de Bilbao con horarios y precios excelentes. Como ven en la imagen del tweet, aquel martes del pasado noviembre estaba uno predispuesto a perdonar incluso 2 horas de retraso, a cambio de una experiencia de vuelo gratificante…

Semanas más tarde vino un segundo vuelo también con retraso y días después una cancelación con varias horas de espera para viajar en el siguiente… pero sobre todo con explicaciones escasas, muy tardías, poco creíbles y abiertamente contradictorias, que es lo que más cabrea, porque uno siente que le están tomando el pelo.

En consecuencia, decidí vetar a Norwegian para mis viajes… y así ha sido hasta esta misma semana en la que (oh, carne débil…) decidí darles una nueva oportunidad.

Un reto a la serendipia en Barcelona a media mañana me permitía salir con Vueling a una hora razonable, pero el afán de aprovechar el viaje me llevó a concertar otra reunión a la tarde… y eso dibujaba la propuesta horaria de regreso con Norwegian como una tentación de excelente encaje. Así que caí… 😉

La verdad es que el pasado martes (el día antes de mi viaje) ya me cancelaron la reunión de la tarde… así que igual tenía que haber empezado a pensar que todo el plan del día se empezaba a torcer y que eso solo era el comienzo, jejeje… pero uno no es supersticioso, qué se le va a hacer. 😛

El miércoles comenzó con el embarque en el Vueling VY 1421 de las 09:05, con todos dentro del avión un buen rato sin que pasara nada de nada, acumulando un retraso que en Barcelona ya fue de 25 minutos. El tráfico de la ciudad no ayudó precisamente a recuperarlo, así que llegué a mi cita un cuarto de hora más tarde de lo acordado… aunque el encuentro se celebró satisfactoriamente: hasta aquí, todo bien.

Luego me tocó “gastar” el tiempo que quedaba hasta las 18:30, claro, dada la anulación de la reunión de la tarde, así que después de comer un poco, empleé el tiempo lo mejor que pude en una tarde donde la humedad del verano mediterráneo se hacía notar. En fin… tras 5 horas de paréntesis vacío, vuelta al aeropuerto, a donde llegué a las 19:00, con tiempo sobrado para coger mi vuelo de regreso con Norwegian (D8 5734), de las 20:20.

Y aquí empieza la historia…

Puede que alguna hora o detalle se me bailen en la memoria, pero básicamente, esto que sigue es lo que pasó:

  • A la hora prevista para el embarque, dos azafatas de tierra de Norwegian estaban en el mostrador de embarque, pero todos veíamos que el avión aún brillaba por su ausencia en el extremo del finger. Al poco tiempo, nos comunicaban por megafonía que traía un cierto retraso debido a las condiciones climatológicas… y que la nueva hora prevista de embarque era las 20:00, lo que suponía unos 20 minutos de retraso.
  • Hacia las 19:30 había empezado a llover con fuerza en el aeropuerto de Barcelona, una tormenta de verano que duró los 10 minutos de rigor (literalmente), para dar paso de nuevo al sol. Poco después actualizaban la información y anunciaban que la llegada del avión se preveía para las 20:22. Sí, sí… “a-y-22”, así de exacto.
  • Visto que a esa hora seguía solitario el extremo del finger… volvieron a indicarnos por megafonía que, por causas climatológicas adversas, el retraso sería mayor y que se suministraría nueva información a las 21:00.
  • En ese momento, entre nosotros empezaron a cruzarse llamadas con familiares en Bilbao, quienes nos informaron de que había un fuerte viento, una de esas galernas que hacen de los despegues y aterrizajes en Loiu un parque de atracciones circunstancial… así que asumimos que ese era parte de nuestro destino del día y que tocaba esperar.
  • Esperar… hasta que, a las 20:50, nos informaban de que la hora estimada de embarque pasaba a ser las 22:00. Al mismo tiempo, un mensaje en los móviles actualizaba la información del vuelo (vía app de la compañía) notificando la salida del mismo para las 22:30.
  • En ese momento, me dirijo a una de las azafatas para pedirle un vale que nos permita tomar algo para cenar (ya que la hora a la que llegaremos a nuestras casas va a ser realmente tardía, muy probablemente por encima de las 24:00 para muchos), dado que “ya hay más de dos horas de retraso acumuladas para el vuelo“. Su respuesta inicial es que “no han pasado dos horas de retraso“. Cuando le muestro la notificación en el móvil de salida a las 22:30 (cuando el horario inicial era las 20:20)… me responde que sí, que entonces tengo razón… pero que “el límite de retraso son dos horas y media, no dos horas“. Insisto (aunque no discuto por no enredarme en ello), pero ella sigue en sus trece. Como pueden comprobar en la propia web de Norwegian, era mentira.
  • Mi comentario final en esa conversación fue que mejor sería que no tuvieran que darnos el vale transcurridas dos horas y media, porque eso significaría que el avión se retrasaba al menos hasta las 23:00… y eso implicaría que, con el aeropuerto de Bilbao cerrado (lo cierran a las 24:00) se cancelaría el vuelo. Su respuesta fue que, en efecto, “más vale que no tengamos que darles un vale, por el bien de ustedes“. De su frase y de su expresión facial, yo asumí que la probabilidad de que se cancelara… era muy alta. Pero me callé y me fui.
  • A las 22:12 corrió el rumor (algún pasajero había hablado con un familiar controlador) de que el avión acababa de aterrizar en el aeropuerto de Barcelona… pero no debió ser así, porque no llegó a la puerta de embarque hasta las 22:34.
  • A las 22:47, asomados a los cristales, comenzamos a ver cómo subían nuestras maletas a la bodega… y algunas personas volvieron a preguntar a las azafatas si realmente tenían confirmación de que iban a recibirnos en Loiu, recibiendo respuesta afirmativa, asegurando que en Bilbao habían confirmado que esperaban.
  • Pocos minutos después, en efecto, comenzaba el embarque. Primero tuvieron que acomodar a una persona mayor, recién operada, que iba en silla de ruedas. Eso justificaba unos minutos añadidos para el proceso de embarque… pero no que cuando las filas 1-15 comenzamos a entrar, tras haber pasado ya filas posteriores a la 16… observáramos que aún todo el mundo estaba en el finger y nadie había entrado. No recuerdo un embarque tan largo en toda mi vida. No puedo asegurarlo con total certeza, pero créanme que se aproximó… ¡a los 45 minutos!
  • A las 23:25 me dije a mí mismo que era un desconfiado: el embarque quedó completo, las puertas del avión se cerraron y el finger se retiró. Peeeero… nada más se movió.

  • A las 23:40, el capitán nos informa por la megafonía del avión de que Loiu cierra y que el vuelo queda cancelado. Lo hace sólo en inglés.
  • Brama el pasaje… y otro miembro de la tripulación pide disculpas y comunica (esta vez en castellano)… que el avión había sido desviado al aeropuerto de Palma por condiciones climatológicas adversas… ¡en Barcelona! Que retornaron a El Prat cuando les dieron permiso y que esa había sido la causa del retraso.
  • Los pasajeros, molestos por no haber sido informados hasta ese momento de la situación real, pero en escrupuloso orden, abandonamos el avión con el mensaje de que a la salida nos darán instrucciones.
  • A la salida no hay nadie.
  • Cuando ya todo el mundo ha salido (casi 15 minutos después) y nadie sabe qué debe hacer, una de las azafatas aparece para decirnos que allí no va a ir nadie a resolver nada, que tenemos que ir a la oficina de Norwegian, que está hacia la salida.
  • Nos ponemos en marcha y nos paramos en la oficina que la compañía tiene en la zona de recogida de equipajes. Está a medio cerrar y tampoco hay nadie. Por fin vuelve a aparecer la azafata para decirnos que la oficina a la que tenemos que acudir, tras recoger las maletas, es la de ventas que está en la terminal de salida, fuera de la zona de facturación.
  • Todos en marcha de nuevo y, por fin… parece que hemos llegado al lugar adecuado: una oficina con las dos azafatas de tierra atendiendo (uno a uno), a una fila de casi 200 pasajeros, más un hombre como tercera persona de refuerzo. Las 00:30 aproximadamente, con 35% de batería en el móvil (los pocos enchufes disponibles, como podrán adivinar, todos ocupados), unas 80 personas por delante y unas 100 por detrás… y con mi mejor esperanza cifrada en dormir 3 o 4 horas y pillar el primer vuelo posible de la mañana.

  • El hombre de refuerzo sale de la oficina para preguntar a la cola si hay gente dispuesta a ir en autobús hasta Bilbao, que están intentando poner uno. Nos informa de que se está tratando de reubicar a los pasajeros en los vuelos de la compañía de las 07:50 y 16:30 del jueves, pero que no habría sitio para todos salvo que hubiera suficiente gente como para llenar un autobús. Con la condición que le ponemos de que saliera a la 1 y media o las 2 de la mañana y no a las 6 (“por supuesto, por supuesto”, nos dice), a la altura de cola en que yo estaba ya sumaba 28 voluntades, con lo que no hay duda de que gente había… pero del autobús nunca más se supo.
  • Algunas personas, en la cola, son capaces de gestionar el cambio de la reserva online, a través de la web de la compañía. Sin embargo, sin que se sepa muy bien la razón, a algunos les aparece la opción de cambio y a otros no. A mí, no.
  • Por esa razón, la cola aldelgaza algo por delante y por detrás. Los afortunados logran incluso obtener tarjetas de embarque en un mostrador de facturación aún abierto.
  • ¡¡¡Me toca!!! 01:50 de la madrugada y mi cara se pega a la ventanilla.
  • Una de las azafatas me informa de que ya no quedan plazas en los vuelos de Norwegian del jueves. Me ofrece la posibilidad de ir en un vuelo de Vueling a las 07:10, en el que ha comprobado que hay plazas libres, pero me informa de que no puede confirmarme el billete ni darme el localizador porque Vueling no responde a sus requerimientos.
  • Le pregunto por el hotel y me dice que están teniendo muchas dificultades pero que han conseguido un hotel en Blanes. Eso sí, me informa que el hotel está a 2 horas de viaje en coche.
  • Pienso dos veces lo que me han dicho, porque lo primero que entiendo… me parece que no puede ser, que es mi cabeza que ya no está fresca. Pero sí, sí que es.
  • Le digo que si me está tomando el pelo, que son casi las 2 de la madrugada y que me ofrece un hotel para el que debo emplear 2 horas en ir más 2 en volver… teniendo que estar de nuevo a las 6 en el aeropuerto de Barcelona.
  • Le digo que si no se da cuenta que lo único que voy a poder hacer en el hotel es entrar y salir de corrido por la puerta giratoria (si es que tiene), que ni el check-in… y me responde que “es lo que la compañía me está ofreciendo“.
  • Le digo que lo que me está ofreciendo es una burla, no una solución a la que legalmente están obligados, pero su respuesta es la misma anterior.
  • En la ventanilla de al lado, el otro pasajero reacciona de la misma manera.
  • Como sigo insistiendo, me dice que si prefiero que me diga que no tiene hotel… y le digo que por supuesto que sí, que prefiero que me diga que no puede cumplir con su obligación a que trate de engañarme con un “cumplimiento” formal pero inviable.
  • Una pasajera pide la dirección del hotel de Blanes porque piensa alquilar un coche para ir hasta él. Le dicen que espere unos minutos y se la darán.
  • Bloqueadas las dos ventanillas, sin movernos, la azafata me amenaza con llamar a Seguridad para que me haga a un lado y ella pueda seguir atendiendo a los pasajeros restantes.
  • Mientras tanto, otra pasajera se ha acercado a la otra ventanilla y le dan un detalle más: pueden poner un coche para llevarla hasta el hotel de Blanes si opta por un vuelo de Vueling a la tarde, pero el retorno del hotel lo tiene que hacer por su cuenta. Literalmente le dicen que “puede coger un tren“.
  • El nivel de cachondeo sube… me pongo de espaldas a la ventanilla y comienzo a explicar educadamente al resto de la cola lo que nos están diciendo…
  • En ese momento, la otra azafata se acerca y me dice que puede asegurarme el vuelo de Vueling de las 07:10 aunque no pueda darme el localizador. Me pide que vaya al Caffé di Fiore del fondo (la única cafetería que permanece abierta a esas horas en la terminal 2) con el vale de 15€ y se compromete a ir ella allí cuando tenga los billetes para entregarnos los localizadores. Me dice que han hecho todo lo posible por encontrar hoteles, pero que no hay ni una habitación disponible.
  • Me rindo. Acepto.

  • En la cafetería solo estamos gente con vuelos cancelados (quién, si no, iba a estar allí a esas horas…). Una pasajera escoge un café, un zumo y un bollo… y pide que le den el cambio, porque eso no valía 15€. La respuesta del camarero es que no está autorizado a dar cambio contra un vale. La pasajera le recuerda que el Caffé di Fiore ingresará los 15€ completos y pide entonces que le haga un vale por la diferencia (para volver luego), pero la respuesta es que por política de empresa, “no se dan vales“.
  • La gente, en una nueva cola, se empieza a incomodar por la espera y finalmente la clienta acepta renunciar a la diferencia… pero a partir de ese momento, cada persona empieza a coger “toblerones” y barritas de chocolate y cosas así, que nadie necesitaba, para completar los 15€… y que al menos no hicieran negocio con nuestra desgraciada situación.
  • Hasta donde sabemos, a la pasajera que pidió la dirección del hotel de Blanes no se la han dado todavía (al menos, una hora después de pedirla es seguro que no la tenía). Comenzamos a sospechar que el tal hotel de Blanes ni siquiera existe… y las teorías conspiranoicas se apoderan de las conversaciones. 😮
  • Son las 03:55 y no ha venido nadie a darnos los localizadores. Cruzamos de nuevo toda la terminal para acercarnos a las ventanillas de Norwegian… y ya: nos dicen que ya tienen los datos de Vueling. Nos dan un localizador, con instrucciones para coger el bus que nos lleve a la terminal 1, con salidas cada 20 minutos.

  • Las cabezas empiezan a dar vueltas, porque a esas alturas no es cuestión ya de fiarse de nada. La sombra de un posible overbooking sobrevuela y nos tiramos como locos a intentar el checking online en la app de Vueling.
  • A mucha gente no le permite hacerlo porque se han hecho casi 30 reservas con el mismo localizador… y la app dice que no se pueden gestionar los checking online con ese número de gente.
  • Mi móvil está al 18% de batería, pero lo intento. ¡Me deja! Estoy junto a la pasajera de la cafetería, selecciono nuestros dos nombres de la lista y pido las tarjetas de embarque… En efecto, me descarga dos tarjetas de embarque… ¡pero no son las nuestras, sino las de otros dos pasajeros! Nuestro gozo, de nuevo en un pozo.
  • Por fortuna, intentamos realizar la operación de nuevo… y observamos que, aunque no nos deja obtener las tarjetas de embarque, tenemos asiento asignado. Respiramos… el porcentaje perdido de la batería del móvil había merecido la pena. 😉
  • 05:15 horas, terminal 1. Al checking electrónico le pasa como a la app: no funciona con un grupo tan grande bajo el mismo localizador, así que nueva cola: la de los mostradores de facturación para obtener las tarjetas de embarque en papel… y por fin sin problemas, en los asientos asignados vía app.
  • Embarque y vuelo a Bilbao, sin incidencias. A mucha gente aún le quedaba coger su coche para ir a Santander o a Donostia.
  • 09:10 del jueves 29 de junio. En mi casa. No hay mal que por bien no venga: no saben lo bien que sienta una ducha tras 28 horas en pie y sin cerrar un ojo. 😛

Tengo los papeles para tramitar la correspondiente reclamación y ya me han advertido que, además, es conveniente hacerlo a través de su página web… o que todo es inútil si no la presento ante la oficina de Consumo. Pero, aparte de contarle todo esto a mi agencia de viajes este próximo lunes… no sé si haré algo más. Lo que me apetece, después de escribir este largo post, es olvidarme del asunto.

En cualquier caso, terminaré con una lista de preguntas para las que aún no tengo respuesta:

  • ¿Cuándo supo exactamente Norwegian que el vuelo que llegaba desde Bilbao iba a ser cancelado?
  • ¿Cuándo supo que se había desviado a Palma y por qué no informó a nadie de ello?
  • ¿Existió confirmación desde Loiu de que iban a esperar su llegada, a pesar de que ésta se iba a producir después de las 12 de la noche?
  • Y en ese sentido… ¿No tomaría la decisión el propio piloto, porque simplemente ya no consideró oportuno volar a esa hora?
  • O aún peor… ¿Tardaron tanto en embarcarnos y nos desembarcaron a continuación, solo para que encajara en horarios la indecente proposición de un hotel a dos horas de viaje, teniendo 4 para volver al aeropuerto, de forma que nadie optara por ir a él y Norwegian no se gastara un euro que pudiera evitar gastar?
  • ¿Existió, en realidad, ese hotel disponible en Blanes?
  • ¿Seguro que no era posible encontrar habitación alguna, no ya en Barcelona, sino en Sant Cugat, Manresa, Sabadell, Mataró, Badalona, Granollers…?
  • ¿Llamó realmente alguien a algún lugar buscando un autobús?
  • ¿Cómo es que una solución como la del autobús, no está sistemáticamente acordada como medida de contingencia para cuando pasen estas cosas?
  • ¿Será un buen negocio abrir una cafetería en un aeropuerto de madrugada, para facturar tickets que no se consumen?
  • ¿Habrá alguna vez apps de compañías aéreas que funcionen normalmente sin errores?
  • Y por último… ¿Cómo es posible que por no prolongar 30 o 40 minutos una jornada laboral en un aeropuerto como el de Loiu, se opte por dejar a 200 personas tiradas en un aeropuerto toda una noche a 600 km de distancia? (y que no me vengan con monsergas con el cansancio de los controladores… que no hay quien se crea que 8 horas es totalmente seguro y que 20 minutos más ya no… o que no hay manera de establecer coberturas para estos casos, que ocurren con demasiada frecuencia cada año).

En fin…

Vibraciones: voluntariado, a tu lado

Para la mayoría de nosotros, la palabra voluntariado evoca inevitablemente proyectos de cooperación en el exterior, personas implicadas en ofrecer ayuda social en países cuyas necesidades son evidentes solo con querer verlas… o en el lado más próximo, a adolescentes colaborando con campañas de recogida de ropa u alimentos o con acciones coordinadas desde una acción social y solidaria promovida desde los centros educativos.

Y no sé muy bien por qué, porque a ninguno se nos escapa que existe igualmente un voluntariado adulto y responsable que se encarga entre nosotros de una parte de nuestra sociedad que no queremos tampoco ver, de colectivos desfavorecidos o en riesgo de exclusión. No alcanzo a ver la razón, pero me da la impresión de que este voluntariado pasa socialmente más desapercibido.

Entre la diversidad de asuntos con los que me enfrento en mi función laboral, en las últimas semanas he dedicado tiempo, junto con una compañera de equipo, a analizar posibles vías de colaboración con entidades externas en materia de transformación social.

Bagara, Aita Menni, Gizabidea, Cáritas, Saiolan…

Ha sido un trabajo muy sencillo basado en un proceso igualmente simple (indagación y escucha, recopilación, agrupación por afinidad, presentación de conclusiones y propuestas de continuidad), breve pero al mismo tiempo interesante y humanamente rico.

Entre nosotros hay personas que voluntaria e indivualmente colaboran con asociaciones que se dedican a ofrecer apoyo a personas que carecen de ello, personas que no saben, no pueden o incluso ya no quieren salir de un lugar vital al que se sienten condenadas, desde la resignación, desde la enfermedad o hasta (paradójicamente) desde la rebeldía.

Quiero poner el acento en los voluntarios y no en las organizaciones, porque muchas de éstas serían inviables sin los primeros, que forman parte imprescindible de su supervivencia. Los recursos son siempre escasos y lo han sido más en estos años de gran crisis, por lo que la acción desinteresada ha sido y sigue siendo clave para que, precisamente, la sociedad en su conjunto pueda mostrarse resiliente a situaciones de una enorme dificultad.

He conocido a personas que, después de su trabajo o al cerrar su tienda, participan en procesos de acogida de inmigrantes, de personas con desequilibrios psíquicos (muchas veces detonados por situaciones de drogadicción), o con convivencias familiares violentas o fuertemente desestructuradas… Lo hacen por parejas, porque no es evidente que la conversación de acogida discurra siempre por los cauces del respeto necesario, porque las historias de vida que llegan nunca son sencillas. Y acogen a cualquiera que llegue, sin excepción.

He conocido a personas que trabajan desinteresadamente en los centros ocupacionales donde muchas personas, en especial colectivos inmigrantes, encuentran un sentido al hecho de levantarse cada día para ser útil. Voluntarios que les ayudan a realizar trabajos sencillos ocupacionales que ceden algunas empresas colaboradoras, que les educan en las disciplinas necesarias para acceder en el futuro al mercado laboral (desde utilizar y cuidar ropa de trabajo, hasta ser puntual o trabajar con el rigor necesario) o que les forman en aspectos básicos y cotidianos (desde cómo sacar un billete para el metro hasta aprender el idioma o entender una tabla sencilla para registrar información).

He conocido a personas que utilizan su apreciado tiempo libre para entrenar a equipos deportivos de personas con enfermedad mental o con discapacidades, que se dejan la piel en colaborar en campañas de recogida de ropa para refugiados, ordenando, seleccionando y procesando lo recogido para que realmente preste una función social… y así una larga lista de posibilidades de ayuda hechas realidad.

Y lo hacen desde la consciencia de que hay una parte de nuestra sociedad (que no es pequeña aunque no miremos hacia ella) que no está en disposición de alcanzar un estado de vida que pudiéramos calificar como digno.

No me verán en el lado del igualitarismo, al que considero contrario a la esencia humana. Tampoco creo en que un estado pudiera garantizarlo, porque quien lo gobierne será precisamente humano (y por tanto con sus pasiones y miserias, junto a sus grandezas), pero sobre todo porque estará sujeto a valoraciones públicas de capas mayoritarias de la población que desean sinceramente corregir los desequilibrios pero al mismo tiempo no retroceder en su forma de vida.

Pero lo que sí creo que es posible es un aldabonazo a la conciencia de muchas personas que, más allá de la caridad (que desde luego yo no considero negativa, aunque ese es otro debate en el que hoy no quiero entrar), pueden sentir que transforman para bien la sociedad a través de su trabajo.

Este es un concepto muy “cooperativo” y que creo es muy poderoso. De hecho, está en el corazón de muchos movimientos populares actuales ligados a la religión en el mundo islámico, por ejemplo, que lo utilizan desde la responsabilidad social pero también, sectaria y políticamente, para generar adhesión. Mi propuesta es que, tal y como sucede actualmente entre nosotros, se plantee como un movimiento por la dignidad, sin limitaciones políticas, confesionales o sociales, con el respeto mutuo como única condición.

Me llamó poderosamente la atención la acción social de Cáritas. No especificaré más porque no quiero resaltar diferencias entre las iniciativas de las restantes organizaciones, también importantes, pero es de justicia mencionar que su labor de atención e integración social y su reciente orientación hacia la creación de valor es muy desconocida. De hecho, no entiendo cómo no se comunica mejor…

Les reconozco que yo no estoy ahí, o al menos no de una forma expresa, pero estas conversaciones me han hecho pensar en todo esto… otra vez. Estoy en ese proceso.

En cualquier caso, mi decisión personal, o la de cada uno de ustedes, no debería ser justificante para arrinconar la reflexión y la acción individual de nadie. Las necesidades son tan importantes y crecientes, en un mundo en que el envejecimiento avanza con pasos de gigante y donde las demandas de atención crecen y crecerán exponencialmente, que el que alguien hable de lo que aún no hace o no puede hacer… no puede servir de excusa.

El voluntariado individual (¡y de empresa!) a través del trabajo, se puede ejercer de muchas maneras y con intensidad aquí mismo, aquí al lado.

Y decidan lo que decidan (que siempre me parecerá respetable), por favor regálense un tiempo para acercarse a observar y entender de primera mano… algo de lo que les aseguro que no se arrepentirán.

Vibraciones: a veces… esa imagen

En algún momento de hace ya más de treinta años, decidí por fin acoplar un trípode a mi querida y espléndida Minolta (analógica, por supuesto) y salir en solitario por la ciudad. Unas veces de noche y entre juegos con el tiempo de apertura del obturador, otras de madrugada para captar esa luz blanca que despierta a la ciudad…

El trípode me acompañó con frecuencia durante algunos años en mis viajes y mi cámara siempre estuvo preparada buscando el detalle, el desenfoque, ese momento que siempre aparece cuando lamentas no tener tu máquina a mano.

Casi nadie a quien doble en edad entenderá esto, porque los smartphones lo han cambiado todo, pero conservo esa capacidad de disfrutar de los detalles escondidos en lo que veo. A veces… esa imagen que penetra por la retina… te pide de algún modo que la protejas, que conserves su belleza adoptándola para ti, que guardes su diferencia o su efímera presencia más allá del momento en que muestra visible su singularidad.

Ahora desde el móvil, sin la calidad ni el trabajo artesano de entonces, pero con el mismo espíritu de capturar el momento, con frecuencia sigo tomando fotografías de objetos e imágenes que no tienen más sentido que ése. No son instantáneas de obras de arte ni edificios históricos, no son de amigos ni familiares ni personas con las que he compartido unas horas, no son de paisajes grandiosos ni escondidos, no son puestas de sol, ni marinas, ni bodegones, ni mercados, ni abarrotadas calles comerciales, ni espectáculos, ni fiestas, ni alimentos, ni flores…

Todo eso también llena mi archivo de fotos, pero no hablo de ello en este post. O sí pero no… Me refiero más bien a objetos cotidianos, vistos por un momento de una forma diferente que me invita a sumergirme en ellos desde esa ilusión visual.

No busquen calidad en las imágenes que vienen a continuación. Ni siquiera he hecho una buena selección de las muchas instantáneas que guardo en infinitas carpetas de fotos…

Ayer, alguien me dijo que en el ámbito profesional, y a pesar de mi carácter sanguíneo y apasionado, mi desempeño es siempre infinitamente racional, 100% racional.

Que no había “arte”.

Y yo pienso que quien me lo dijo… no supo buscar bien. 😉

Y también que a mi pesar… puede que lo tenga bien escondido.

AGUA

CIELO

DEVOCIÓN

FAMILIA

FRESCO

FUEGO

HIELO

HOGAR

HUECO

HUMEDAD

LUZ

MEDICINA

MEDUSA

MÉXICO

MOLDE

NOCHE

RITO

SOL

Y sí… son 18. 😉

 

Vibraciones: Javier Solana, MONDRAGON y Donald Trump

solana-en-mondragon

Que Javier Solana tiene ya la suficiente edad como para estar definitivamente fuera del circo de la política activa lo dice la forma en que se refiere a Donald Trump de manera pública.

Quien aún asiste con asiduidad a las reuniones del Club Bilderberg y se jacta de haber borrado la palabra “no” del vocabulario de sus propias conversaciones y negociaciones con los mayores líderes mundiales (incluyendo algunos grandes dictadores, criminales de guerra y varios sátrapas) para alcanzar acuerdos “satisfactorios para todos”, no tiene empacho hoy en adornar abiertamente a Trump con los calificativos que libremente considera que merece.

El viernes pasado ofreció la conferencia principal de la edición de este año del internamente conocido como “Foro 400”, un acto de desarrollo directivo que anualmente congrega en el Kursaal de San Sebastián a un numeroso grupo de responsables de las cooperativas de MONDRAGON, centrado en esta ocasión en el concepto de intercooperación.

Quizá no haya sido ésta, a mi modo de ver, una de las más atractivas e importantes ediciones del Foro, pero sí dejó algunas pinceladas de interés que me apetece glosar, en particular de la intervención del propio Javier Solana.

Concretamente, dos de las gráficas que mostró en su presentación y que voy a compartir ahora aquí, añadiendo algunas de las cosas que sobre ellas Javier Solana dijo… y alguna de las que no dijo, pero digo yo… 😉

La primera gráfica, de hace ya cuatro años pero aún interesante, está extraída de los trabajos realizados por TeleGeography y glosada por The Economist. Se trata de la evolución del ancho de banda en uso de la red de cables submarinos en todo el mundo, en el periodo 1997-2012, desglosando los continentes o regiones mundiales a los que presta servicio.

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La lectura que de ella hizo Solana tiene que ver con el hecho de que las comunicaciones de alto nivel que trasladan información y conocimiento tienen su mayor demanda mundial en la conexión transatlántica, lo que es igual que decir (viendo la red de cables existente), básicamente entre Europa y Estados Unidos. Este flujo de información no es solo el más importante del mundo a nivel absoluto, sino que muestra un sólido crecimiento sostenido… en contraposición con la conexión transpacífica, la única cuyo crecimiento se muestra estancado en los últimos años.

La relevancia de Europa en este ámbito se refuerza aún más si consideramos que la franja de mayor crecimiento sostenido es ya la que corresponde a las conexiones entre Europa y Asia.

Dado que, si el gráfico hubiera mostrado el tráfico de mercancías, sería prácticamente lo contrario (entre Europa y Estados Unidos es ya casi testimonial), Solana concluía que aún Europa es protagonista de los flujos de información dominantes en el mundo… que el valor añadido más importante, el de la innovación y el conocimiento, aún radica en Occidente, a pesar de que la producción y el comercio de bienes estén definitivamente globalizados.

Lo que no hizo Solana es comentar otra derivada que bien podría extraerse de la misma gráfica: a poco que se fijen, advertirán también el sólido crecimiento de las comunicaciones intra-asiáticas, que suponen ya el segundo mayor bloque de comunicaciones del mundo, de igual dimensión a las transpacíficas… lo que bien puede interpretarse como un incremento imparable de la independencia de Asia frente a la hegemonía americana. Y también a esto podría sumarse el que la franja de mayor índice de crecimiento es la que conecta Europa y Asia, pero entendiéndolo en sentido contrario al que antes aparentaba, ¿no creen? 😉

Don Javier mostró otra gráfica que no es difícil encontrar en la red: la evolución comparada del PIB en PPP entre Estados Unidos y China. De ser la norteamericana 4 veces superior en 1996, a igualarse solo 8 años más tarde, en un fenómeno acelerado en unos 10 años al menos frente a las previsiones, como una de las consecuencias de la gran crisis que hemos sufrido.

No olviden este dato porque lo podrán conectar de inmediato, como un punto y seguido, con la gráfica que viene a continuación…

Extraído de una publicación de hace menos de un año del economista Branko Milanovich en el Harvard Business Review, se trata de un gráfico de barras que representa el incremento de los ingresos que ha tenido la población mundial en el periodo 1988-2008, 20 años en los que la globalización ha tomado carta de naturaleza. Cada barra representa el 5% de la población clasificada por riqueza, ordenada de menor a mayor. El 5% más rico, por lo tanto, estaría en el extremo derecho, pero como excepción y para tener una mayor comprensión de lo que los datos nos ofrecen, lo divide a su vez visualmente en dos segmentos: quienes están entre el 2 y el 5% más ricos… y finalmente solo quienes pertenecen al 1% de los más ricos.

globalizacion-y-clase-media

Javier Solana puso el acento de su comentario en resaltar la transferencia de riqueza de las clases medias de Occidente (Europa y Estados Unidos) hacia la emergente clase media asiática, que ha visto incrementar sus ingresos netos (en términos comparables y traducidos realmente en poder adquisitivo, pues de nuevo están medidos en “paridad de poder de compra” o PPP) en torno a un 70% en el periodo frente al casi nulo incremento en la occidental.

Y… tachááánnn… he aquí la razón de un Trump. Ahí están sus votantes.

Y los de los emergentes populismos europeos… “de derechas”, claro.

Solana centró también nuestra atención sobre el indudable hecho de que los otros grandes favorecidos de la globalización han sido y son quienes engordan ese 1% de más ricos del mundo… y clamó por cambios que permitieran que parte de esa riqueza se redistribuyera para compensar a las clases medias.

Únanlo a la reflexión que les pedí que se guardaran sobre la evolución comparada del PIB-PPP entre China y USA… y ya tenemos armazón dialéctico bien estructurado para explicarlo todo… 😉

Eso sí, de lo que no hizo mención alguna Solana es del impresionante incremento de la presión impositiva que en Occidente han soportado esas clases medias, obviando que la riqueza no se transfiere tan linealmente, sino que es una sustancial creación de la misma la que permite que el crecimiento se distribuya mucho mejor que cuando se reparte, viejo proverbio liberal en el que creo a pie juntillas…

Hay otra lectura gratificante a la que hizo mención de pasada, pero que es de resaltar: la reducción significativa de la pobreza en el mundo, a pesar de que la desigualdad (con ese incremento de riqueza de los más ricos… tan obsceno, no me interpreten mal) siga creciendo.

Branko Milanovic lo explica bien todo en su libro “Global Inequality – A New Approach for the Age of Globalization“, por si quieren profundizar en el asunto. Un breve vídeo que resume la interpretación del gráfico de una manera muy visual y divertida pueden encontrarlo aquí.

Esto es todo por hoy… salvo que quieran que conversemos sobre ello, en una tertulia que se puede abrir aquí mismo. Es solo un poco más abajo.

Vibraciones: tres joyas de Navidad

Como cada año, reservo en diciembre un hueco en este blog para dedicárselo a la Navidad, o al menos a algún detalle que tenga que ver con lo más bello, solidario o intrínsecamente bueno que se relacione con su naturaleza más original.

joya-navidadNavidad es realmente el único momento singular que celebramos con universalidad (hoy incluso desprovisto de carácter religioso si así se desea) cada 365 días.

Sé que hay personas que no son capaces de disfrutar de ella, que incluso, por razones personales, muchas veces familiares, la viven como una carga de tristeza, pero no puedo entender a quienes, desde la caricia de una vida afortunada, no son capaces de extraer un balance positivo de este momento en el que, por una vez y por derecho, reclamamos la grandeza de ser buenos.

El correo, Facebook, Twitter o Whatsapp nos acercan cada año docenas de vídeos, frases, memes e imágenes de felicitación de la Navidad. Admito que a veces desbordan el punto de saturación, pero estarán conmigo en que esa molestia no tiene comparación posible con el perturbador e hipotético caso de un año en el que no reciban nada, pero absolutamente nada, ¿verdad?

Los amigos, los conocidos e incluso los contactos profesionales dedican unos minutos  a desearnos momentos entrañables y un fructífero año nuevo… y en realidad a recordarnos con ello que siguen ahí, que les importamos de algún modo. Nada es más fisiológicamente necesario para un ser humano que sentir que alguien se acuerda de él…

Pero para mí hay más… Preparar la cena de Nochebuena en familia, vestir la casa de nuevo de fiesta, con el árbol, las guirnaldas o el belén, recorrer la ciudad en busca de un regalo personal con el que mostrar tu cariño a tus seres más queridos (y luego esconderlo), engañar a tus sobrinos o a tus hijos pequeños en la cabalgata, pasear estas noches de calles entre luces, partir el turrón (“yo lo parto, yo lo parto…”), cantar villancicos aunque sea desafinando… sentir al menos una vez al año la belleza de compartir un tiempo solo porque tenemos un intangible lazo en común.

Ya hay más de trescientos cincuenta días, cada año, para dedicarlos a otras cosas.

Les dejo esta vez tres joyas para una Navidad que, no lo puedo negar, a mí me gusta. Espero haber acertado con una selección emotiva pero contenida, festiva pero elegante… y sobre todo universal.

Para todos.

Porque así debería ser: para todos. Incluyan en ese “todos” lo que deseen, porque no debería tener excepción.

Fue Judith Gallimó la que me acercó este vídeo alojado en catorze.cat, en que se versiona el magnífico Hallelujah de Leonard Cohen.

Tiene diez años, se llama Kaylee Rogers y estudia en Killard House School, un centro de educación especial en Donaghadee (Irlanda del Norte). Está diagnosticada con autismo y TDAH.

Su madre dice que a través de la música se ha abierto y ha encontrado la confianza que necesitaba para hacer… esto:

Back to basics.

La segunda joya me llega a través de Ángel Lequerica, un incondicional del disfrute de la vida… y de Scott Bradlee y su Postmodern Jukebox, un lugar donde la esencia de la música se reinventa en un pasado que suena siempre personal, natural, y absolutamente próximo.

A los mandos, hace un par de años, Cristina Gatti.

Pasen y vean…

Solo voz, muchas voces, una voz.

Confieso: no me “llegó” la primera vez. Pero ya a la mitad de la segunda me encontré a mí mismo haciendo los coros en alto.

Peter Holens es un cantante y productor norteamericano especializado en música a capela con un diverso y a veces divertido canal en YouTube. Pocas cosas hay tan esencialmente humanas como nuestro lenguaje y el uso que podemos hacer de nuestra voz. Cantar a capela lo desnuda de artificios para buscar la armonía como perfección, como absoluta belleza.

Si no caen, repitan…

Feliz Navidad.  🙂